martes, marzo 12, 2013

CORRIJO A SARTRE: EL INFIERNO NO ES EL OTRO; EL INFIERNO ES EL VECINO

               Con alguien comentaba no hace mucho sobre el sentido circular del tiempo, que transcurre como en espiral y te va situando en el mismo punto pero en niveles distintos, y te encuentras personas o situaciones similares a las de hace tiempo, pero con otro punto. Uno ya no es el mismo, o es el otro quien ha cambiado, o quizá los dos. Te pones más nervioso. O menos. El otro no es tan irritante, o uno más paciente... Y ya que hablábamos ayer, como hace un rato, de vecinos, he recordado que hubo otro en otro tiempo que hizo bueno a cuantos vecinos enfadados pueda encontrarme yo en mi vida. Yo era más joven e influenciable, él más hijoputa, y en esa lucha me conviertí en el cabrón con pintas que quizá, sólo quizá, haya ya superado. Les dejo con el cuento que me inspiró para la serie inédita "Cuentos de todas las horas" (¡Atención editores!)
 
LAS CUATRO DE LA MAÑANA
 
MI VECINO
 
                  Mi vecino se despierta siempre a la hora que yo llego, y lo asocia. No se lo puedo reprochar. Aunque él cree que sí me lo puede reprochar a mí, y cada vez que me ve me echa una bronca. Al principio me asustaba. Es normal, porque es muy feo. Mi vecino tiene mucho pelo y muchas cejas. Es un mono enfadado. Pero ahora ya no me asusto. Le veo poco, esa es la verdad, y tampoco le hago demasiado caso. Incluso durante mucho tiempo, las veces que le he visto, no ha tenido nada que decirme. Debía de estar haciéndolo todo muy bien, lo cual hasta cierto punto me defrauda. Es como si le obedeciera, y mi vecino es la última persona del mundo que yo tomaría como líder.
               Se cree que le despierto yo al abrir la puerta o al bajar la persiana. ¿Cómo se puede despertar nadie porque una persona baje la persiana, aunque sea rápido? Y luego mitifica las horas. Se le llena la boca de hablarme de las tres, las cuatro o las cinco "de la madrugada". Madrugada la suya; la mía es trasnochada. Y la mala suerte es que coincido en llegar cuando se agota su sueño. Lo conozco poco, pero, por lo que le conozco - que no tiene nada que hacer y que vive obsesionado con la casa, los ruidos y los vecinos -, no me imagino qué puede soñar. Quizá que se funde una bombilla de la escalera y él, intrépidamente, antes de que nadie se dé cuenta, la sustituye por otra. De hecho, en la vida real ha cambiado dos bombillas de 60 ó 100 en cada plafón por una sola de 40, para ahorrar. O para asustarnos, porque encontrarse con su cara en esa penumbra tiene que dar un vuelco al corazón.
              No se crean ustedes que lo juzgo, sólo me tomo el tiempo de comentar, porque con él no se puede dialogar nunca. Te quiere echar una bronca, y te la echa, con lo cual se te quitan las ganas de pedir disculpas y de rectificar tu actitud. Pero cuando he dicho que era un mono enfadado, lo decía sólo físicamente. Algo de inteligencia debe de tener. Tiene, por ejemplo, una teoría del ruido. El ruido sube de abajo arriba. Supongo que por eso no se corta en pegar martillazos los sábados  y los domingos a las ocho de la mañana o en mover trastos constantemente. Pensará que no le oigo. Lo de los martillazos lo tengo superado con unos tapones para los oídos - una gran solución; a lo mejor un día se la enseño -, pero lo de los movimientos sobre el suelo no. ¿Qué moverá? ¿De dónde adónde? ¿Y para qué? A veces suena a desplazamiento de cama, otras veces a aparatos de gimnasia... Lo que me molesta es que la curiosidad me distrae y no vuelvo a coger el sueño. A lo mejor un día le echo la bronca yo. El quiere denunciarme por hacer ruido; yo le denunciaré a él por oír mis ruidos. No tiene por qué hacerlo. Me roba mi ruido.
                Llega un momento en que es hasta gracioso. Pero no me río delante de él, porque es muy modesto, y seguro que no le gustaría saber que he descubierto su lado divertido.Sólo desde el punto de vista del humor se puede entender que haya comprado un candado para el cuarto de la basura para que nadie pueda echar las bolsas en el contenedor antes de que esté en la calle. Tenemos un turno para sacarlos: una semana cada vecino, de modo que me toca prácticamente cada dos meses. Entre eso, y que casi no genero basura, que paso poco por casa y a veces estoy de viaje, cuando me toca se me olvida. Eso le saca mucho de quicio. Entonces, a la mañana siguiente, se pone a escuchar - se pone o, simplemente, le sale, porque para mí que está atento a todo cuanto hago -, y, en cuanto voy a bajar a la calle... ¡zas!, sale por la puerta y me grita. Yo siempre caigo en la trampa, y me paro, por si fuera algo importante, y entonces empieza:
                  - ¡¿Eh?! ¡¿Qué pasa contigo?! ¡¿Que la basura no la sacas?!
                  Entonces yo pienso "¿Pero qué día es hoy?" Y me doy cuenta de que es jueves y que el martes tenía que haberla sacado.
                  - ¡¿Es que notas el olor en la escalera?!
                  Porque esa es otra cosa: que no me deja contestarle. Enseguida me hace otra pregunta retórica de estas. Y a veces, ya le contesto.
                    - Pues no. ¿Qué olor?
                     Porque es verdad que no he notado ningún olor.
                     - ¡Ah! ¡¿No lo notas, y hay una peste por toda la escalera...?!
                    ¿Cómo decirle entonces que se me olvidó el otro día, y que lo siento mucho y que no volverá a pasar? Creo, además, que esta conversación fue precisamente en mi primer turno de basura. En esas ocasiones uno quisiera mandarlo a la mierda, con perdón, pero, lamentablemente, soy blando y, al final, el que se va a la mierda soy yo mismo, que me quedo crispado para el resto de la mañana.
                     Después de eso, puse mucha más atención en estar en casa para sacar la basura cuando me tocaba, y la cosa iba bien, hasta que un día, me acechó y se me echó encima por la mañana cuando salía.
                     - ¡Eh, tú! ¡¿Qué pasa contigo?! ¡¿Que el cubo no lo metes?!
                     Desconcierto en mi mente. ¿Que no meto el cubo?
                     - No. Yo lo saco.
                     - Sí, pero luego hay que meterlo.
                      Hay que meterlo, hay que meterlo... ¡Hay que joderse, eso es lo que hay!
                      - No sabía.
                      - ¡No! ¡Que se mete solo!
                      Me suelo ir dejándole con la palabra en la boca.Debía haber pedido la hoja de instrucciones antes de entrar a vivir aquí. Me gusta cuando me quiere regañar por no sacar o no meter el cubo, y entonces voy y le digo:
                       - Ayer llegué a las diez y media, y ya lo había sacado.
                     o
                       - Cuando he salido por la mañana, ya estaba dentro.
                       ¡Toma! No voy a venir antes para que no lo saque nadie. O a madrugar para meterlo. Si se pone nervioso y lo saca él, es cosa suya.
                        Y lo de los portazos... Eso fue de lo primero. Lo de los portazos fue gracioso, porque en una reunión de comunidad dijo que la puerta había que cerrarla bien, que a veces se quedaba abierta, y luego me echó una bronca por pegar un portazo. ¿Un portazo? Un portazo es cuando empujas la puerta con fuerza. Cuando se deja que un enorme portón de hierro caiga a su sitio por su propio peso para asegurarse de que cierra, eso no es portazo,es inercia. Y, en este caso, además, cumplir instrucciones. Pero mi vecino es gilipollas,¿y qué puedo hacerle?
                       - ¡¿Qué pasa con vosotros?!
                       Eso, otro día. Llevaba un mes sin pasar por casa y acababa de volver el día anterior. No podía haber hecho nada. Y, ¡coño!, que ahora era plural, y yo sin saberlo. No sé si es signo de respeto o se cree que formo parte de una conspiración a nivel internacional.
                      - La otra, que llega a las tres de la mañana pegando portazos...
                       La otra debe ser la del bajo, que es nueva, y, como el ruido sube de abajo arriba, se le ha subido hasta el segundo cuando ella ha cerrado la puerta de su casa. Lo que no sé es qué culpa tengo yo. Yo, precisamente que ya he superado la prueba del portazo.
                      - ... Y usted, ¡a las cinco de la madrugada, el persianazo que ha pegado! ¡¿Es que no puede cerrar la persiana de otra manera?!
                       Probablemente sí, si en lugar de echarme la bronca me lo hubiera pedido por favor.
                      - Pues no me he dado cuenta.
                     - Pues ya se enterará cuando ni le deje dormir yo.
                       Ah, vaya, vaya, esas tenemos. Vengativo incluso. Y efectivamente, a la mañana siguiente, pude oírle a las diez y media dando martillazos. Debía llevar desde las ocho, que es cuando se pone, pero lo malo es que, con los tapones, no oigo nada. Le oía amortiguado y no pude reprimir mantener la sonrisa por el pobre hombre.Qué esfuerzo tan inútil: levantarse pronto para ponerse a dar golpes y que yo apenas le preste atención. Me quedé en la cama adormilado un rato más para terminar de descansar y por joderle, porque seguro que estaba esperando a oír cómo me levantaba para sentir que me había despertado. El pobre todavía se tuvo que estar una hora más dando martillazos. Y, a veces,claro, tenía que descansar, y me dejaba a mí con la intranquilidad de si habría terminado o no.
                        Cuando terminé de descansar, me levanté y, con una sonrisa maliciosa, busqué su número en la guía. Estaba a nombre de su mujer. Debe de ser viudo. O la volvió loca, vete tú a saber. Mi idea era llamarle un día en mitad de la noche,para despertarle. Partirle toda la noche.Por gilipollas. Lo malo es que, como realmente no le odio, me parece doblemente cruel. No me gusta dar lugar a malos entendidos. Y lo gracioso es eso, que no es por odio. Lo haría sólo para darle una lección. Seguro que sospecha que soy yo, pero nunca podría saberlo con seguridad. ¿Tendrá el teléfono al lado de la cama o lejos? ¿Cuántas llamadas necesitaré para despertarle e, incluso, que se levante? ¿Cuatro? Cinco y colgar estaría bien. Seguro que se despierta e incluso se levanta. Pero, total, ¿para qué? No, seguramente no lo haga.
                       Ahora estoy en Valencia. Ya han pasado algunas semanas de aquello. Acabamos de grabar un programa. Son las cuatro de la mañana, y estoy dudando si marcar su teléfono para despertarle.
FIN
 
                         Bueno, como comprenderán esto es una recreación ficticia. En realidad todo fue así excepto lo de la venganza. Nunca busqué su teléfono en la guía. Lo que hacía era llamarme al mío dos o tres veces por la tarde sin dejar mensajes. Cuando pasa esto y pongo en marcha el contestador, se pasa un minuto tocando pitidos. Fuertes, desagradables. Por eso dejé el contestador con el volumen al máximo antes de salir de viaje, y me llevé un aparato marcador de tonos (estamos hablando del año 1997) con el que poder poner en marcha el contestador desde otro teléfono y así escuchar los mensajes a distancia. Y eso es lo que hacía a las tres o las cuatro de la mañana cuando terminábamos de grabar: llamarme, marcar el código del contestador y esperar a que empezaran a sonar los pitidos de mis anteriores llamadas sin mensaje, a ver si el sonido subía de abajo arriba y le despertaba en mitad de la noche, y sin poder protestar porque al fin y al cabo... ¡yo no estaba en casa!
 
                         Debo de ser una mala persona, porque aún me sonrío pensando en esa travesura, y no me arrepiento.



lunes, marzo 11, 2013

EL VECINO ENFADADO

               Hoy me he vuelto a cruzar con mi vecino enfadado, le he vuelto a saludar alto y claro, y él ha vuelto a pasar de mí, apretando los dientes y mirando al infinito. Y me he sentido mal. Me divierte tanto verle hacerse el ofendido ostensiblemente que pienso si no será una crueldad saludarle.
 
               En realidad era más divertido antes, cuando empecé a notar este comportamiento, que fue después del verano. A veces se hacía el despistado y me evitaba. Me dio pena un día en que fue a contestarme y se dio cuenta de que había hecho intención de retirarme el saludo, y se quedó boqueando, con el saludo a medias. E incluso una vez que le pillé desprevenido, le saludé sin que me viera llegar y me contestó en voz baja. Acto seguido se estaba arrepintiendo de su debilidad y lo pasaba mal, y a mí me divirtió. Y me sigue divirtiendo verle tan instalado en su orgullo herido. Por eso, no sé si es cruel hacerle pasar un mal rato voluntariamente.
 
               Pero en mi defensa diré que no sólo lo hago por divertirme. Diría incluso que no es ni siquiera mi principal intención. En parte es por educación, porque es una persona conocida, vecino de mi propia casa, y me parece absurdo no saludarle. También por respeto, porque es un mayor, y porque forma parte del Consejo de Estado del edificio, como todos los que alguna vez han sido presidentes de la finca. Como yo mismo. Y porque yo no estoy enfadado con él. De hecho, me cae bien, y me da pena verle contenerse. Y si yo también le retiro el saludo a él, nunca más podremos hablarnos el uno al otro. 
 
                 El hombre está enfadado desde que, ahora hace un año, hicimos unas obras de limpieza y pintura de la fachada, que duraron más de lo previsto, y le ocasionaron la molestia de tener una red verde delante de su ventana unos veinte días. También, que le dijeron que bajara las persianas para proteger la ventana. Pero esto era sólo mientras se estaba trabajando en esa zona, no las veinticuatro horas del día los siete días de la semana. Esto es lo que he sabido del tema. Yo no era el pintor que tardó ni el contratista que lo contrató ni la lluvia que lo retrasó todo ni la mala suerte que hizo que no nos gustara cómo quedó y nos decidiéramos a pintar la fachada entera en vez de sólo una parte, como habíamos quedado. Yo no era nada de eso, pero sí era una cosa: era el presidente. Mea culpa.
 
                Puede ser que su enfado también tenga que ver con que, en mi ausencia, él reclamara información sobre el estado y duración de las obras a otros vecinos, particularmente los de la comisión de obras, y más particularmente a uno de ellos, y que estos, por ignorancia real o por mero hartazgo, le daban largas, silencios, bromas y todo tipo de capotazos con tal de torearle. Y eso pudo sentarle mal. Es posible también que no encajara con gusto el que un día, el vecino más bromista, le tocara los testículos, esta vez no como siempre, sino literalmente. Por encima de los pantalones, se entiende, que estamos entre caballeros. En honor a la verdad, diré que no presencié el espectáculo, pero el propio protagonista activo me lo relató entre risas, sin que yo supiera muy bien qué cara ponerle. Debí haber hecho acopio de autoridad y mandarle de inmediato a pedir disculpas al pobre viejo. Podría decir que no tengo carácter, podría decir que este vecino bromista tiene quince años más que yo, podría decir muchas cosas que son verdad, pero más verdad que todo esto es que ni se me ocurrió. De hecho es ahora mismo, al escribirlo, cuando por primera vez se me pasa por la cabeza.
 
                Luego hubo que recoger firmas para autorizar la extensión de las obras de pintura, y llamamos a su puerta, y estuvo enfadado con su amigo y compañero de presidencias, que no había pintado nada - y nunca mejor dicho - en todo el asunto; conmigo, que no había tenido ocasión de hablar con él de nada, y, por supuesto, con el otro, al que le cerró la puerta en las narices en primera instancia, y en segunda le recibió a paraguazos. La imagen, de tan infantil y tan antigua, me resulta tierna como el recuerdo de una historia del tebeo, del que se llamaba así, TBO.
 
                   Después se negó a pagar las derramas, el administrador trató del calmar las aguas, y creo que ya se puso al corriente, no lo sé... pero a mí no me saluda. Y no es a mí solo, que ya otros vecinos me lo han comentado, poniendo el grito en el cielo: "Qué se habrá creído", "Pues yo ya no le vuelvo a saludar". Cuánta energía perdida en enfadarse y qué poco esfuerzo en comprender. Porque, sabiendo lo que tiene en casa, a una hermana con problemas mentales de la que tiene que cuidar, es fácil entender que le desquicie cualquier cosa, como no poder levantar la persiana, o que le toquen los huevos metafórica o literalmente. Por eso, aunque a veces dude de si lo hago por educación o por divertirme, siento que tengo que seguir saludándole.
 
 

viernes, marzo 08, 2013

LO DEL COLESTEROL

No quería comentar nada por no alarmar, pero ayer se me fue el dedo en el teclado, y ahora casi es más sospechoso hacerme el olvidadizo y pasar por alto el tema. Las cosas hay que saberlas y afrontarlas. Sí, es un hecho: tengo colesterol. Y cuando digo tengo colesterol, quiero decir colesterol del malo y quiero decir que lo tengo alto. Tampoco una barbaridad, no se vayan ustedes a creer, y está en mi voluntad bajar esas cifras. Pero, ¿cómo?, si me han dado una tabla de lo que debería hacer... ¡y ya lo hago! No como mantequilla ni margarina, y miro los ingredientes de los envases para evitar comprar alimentos elaborados con grasa de palma o coco. Como la fruta y la verdura indicada, como legumbres, consumo frutos secos a diario, y cereales integrales, apenas dos huevos a la semana, no tomo bollería industrial, ni grasas animales y cocino todo a la plancha o cocido.

Sí, se han dado cuenta, ¿verdad? Me he comido algo. Dos cosas, lo confieso. Los lácteos que comía no eran desnatados. Ya lo he corregido, me he quitado el yogur griego del desayuno, uno al día no todos los días, y me he quitado lo poco que pudiera comer de queso. Y luego está lo del pescado, que hay que comer más y preferiblemente pescado azul. ¡Pues ya está! Llevo un mes cenando sardinas cada dos días. Afortunadamente, ayer me llegó un correo de estos absurdos que dice que si les cortas la cola no huelen al cocinarlas. Lo he hecho, y ha funcionado, no sé por qué. Ahora espero el correo que diga que las propiedades del pescado azul están en el olor, y que unas sardinas que no huelen no reducen el colesterol.

También me dijeron que no me preocupara, y no me he preocupado. Que a lo mejor no era por la comida, sino porque lo generaba yo, y he tratado de no generarlo, sin saber cómo. O por la genética, y he buscado a otros padres, pero ya soy mayor para que me adopten. O por el estrés... pero eso sí que no. ¡Cómo va a ser por el estrés, si lo que me ha estresado ha sido saber que tenía colesterol! Afortunadamente, hay algo más que puedo hacer por mi salud: caminar. Y eso hago: camino por las principales arterias de la ciudad, oxigenando el recorrido y barriendo metafóricamente la grasa. Y que no me venga nadie ahora a decirme que las metáforas suben el colesterol.

En fin, amigos, vigílense, porque si yo, que debo de estar dentro del 5% por ciento de la población que más sano come en Madrid, he podido tener colesterol, ¡nadie está a salvo!

jueves, marzo 07, 2013

ANDO PARADO Y NO PARO DE ANDAR

Noto la crisis en que antes no tomaba taxis por no gastar, y ahora, por ahorrar, hasta me ahorro el metro. Le doy una coba a cada metrobús que no se imaginan. El último me lleva durando desde principios del mes pasado, y no es que no salga de casa, que estaré parado pero no paro. Lo que pasa es que en el ocio del desempleo el tiempo ha dejado de ser un artículo de lujo, y uno nada en su abundancia. Por eso puedo permitirme ir andando a muchos sitios, y lo hago. Debo de llevar como tres caminos de Santiago en el último mes. Además me viene bien por una cosa del colesterol que ya les contaré si me animo a seguir escribiendo.

Vivo en un cruce de caminos y puedo ir a muchos sitios en línea recta, y a muchos más con doblar una sola esquina a lo largo del trayecto. Si uno sabe cómo llegar y tiene el tiempo, la distancia no parece tanta.

Andando, la ciudad se me hace más corta y accesible. Vivo en Madrid como quien vive en un pueblo, un pueblo grande, de altos edificios y numerosa vecindad, donde hay de todo: conciertos gratuitos de fundaciones, presentaciones de libros en grandes almacenes, un herbolario en cada manzana, talleres de pintura, homeópatas... Me gusta ver que se puede disfrutar de una vida tranquila sin tenerse uno que retirar al campo. Madrid se me ha convertido, sin ella saberlo, en una ciudad de provincias, una "ciudad lenta". En mi camino, ni veo los coches, más que cuando tengo que atravesar la Castellana, y los semáforos se confabulan para que no pueda hacerlo de un tirón. Ni de dos. Pero me da igual. Tengo tiempo.

Y en este "beatus ille" urbano, en que el mundanal ruido pierde identidad y se disuelve en otras notas, encuentro una secreta satisfacción en el pequeño vértigo que me entra al no recordar dónde aparqué el coche por última vez hace seis días.



jueves, mayo 26, 2011

¿DESTINOS CAMBIADOS?

Yo iba para Raúl, un nombre que podría ser de origen francés y significar "atrevido en la guerra", pero no soy atrevido ni en la paz. En la guerra, me temo, saldría corriendo. Ante la posibilidad de morir matando, prefiero ni morir ni matar. Quien combate y huye vive para combatir de nuevo.


Mis tíos, que me apadrinaron, sugirieron el nombre de Álvaro y a mis padres les pareció bien. Álvaro es un nombre de origen germánico que viene de las raíces all (todo) y wars (prevenido), y, como mi propio nombre indica, soy una persona bastante prudente y prevenida.


¿Esta identificación entre el nombre y la cosa fue un misterioso acierto de mis padres y padrinos que, sin saber, conocieron mi carácter? ¿O, al contrario, he desarrollado una personalidad por la sutil influencia de mi nombre? ¿Es posible que el significado del nombre esté tan asociado a su forma, su sonido y su grafía, que conformen un todo que nos pueda influir? ¿Sería más arrojado de haberme llamado Raúl? Pero entonces, ¿son todos los raúles belicosos y timoratos los álvaros todos? Quizá sí, pero no todas las personas sean igualmente sensibles a las influencias. ¿Yo lo soy? En ese caso, ¿me cambiaron el destino? Cómo saberlo. ¿A mejor o a peor? Chi lo sá. ¿Habrá en mi lugar un Álvaro frustrado devenido Raúl para cubrir mi falta?


Sin embargo, se sugiere también un origen germáncio del nombre de Raúl, según el cual significaría "consejero valiente", lo que no abriría tanta brecha entre mi vida actual y mi destino original... aunque lo cierto es que tampoco recuerdo que mucha gente me pida opinión ni que sea valeroso cuando la doy.


Al menos puedo confiar en que la fecha en que nací fue la que me correspondía y no fue manipulada por los médicos para adelantarla y poderse ir de puente. Nací en lunes.

(¿Y no he hablado yo de esto alguna vez?)

viernes, mayo 20, 2011

POESÍA

A veces, los poetas me aceptan sin reparo entre los suyos. Y yo acepto el regalo inmerecido sin libros ni autores preferidos; sin pluma, sin versos propios, sin escribir poemas. Trato de ser poesía.

lunes, mayo 09, 2011

PRIMAVERA PRIMERA

He descubierto cosas esta primavera, me he pillado un par de trampas en mi vida, he dejado en evidencia a mi boicoteador y he vuelto al niño antes del niño.

Hemos tenido el regalo de un verano antes de tiempo. Insólito, inaudito, extemporáneo, ¡tan gozoso! Y el boicoteador, dándole la espalda al termómetro, se ha negado a quitarse el jersey ni aun con veintisiete grados, en el convencimiento, prudente, de que esto era irreal y pasaría. Pero lo he visto y le he hecho callar. Era bien fácil. Tan sólo echar un ojo a las predicciones y disfrutar del día con los dos.

La lluvia ha venido porque le correspondía, y saberlo con tiempo me ha ayudado a aceptarla. Los días han sido igualmente luminosos, cristalinos, brillantes. O es que los he visto por primera vez sin juicio en contra. Cuando renuncias a decir “qué asco de día”, no hay un día mejor que otro (aunque mi flaco cuerpo prefiera el sol y el calorcito).

He mirado asombrado el fenómeno de la semana santa: que caiga cuando caiga siempre llueve. La he vivido sin ansia ni dolor, sin hacer agenda para llenar el tiempo, sin viajes apurados para “aprovechar los días”, sin hacer mil cosas para poder contarlas, tan solo contemplando las horas como quien mira al mar. Cuando no tienes expectativas, nada puede defraudarte y la vida siempre te colma.

Y el sábado en el pueblo he captado una sensación completa, de olor, de luz, de tacto y temperatura, que venía de lejos, del final de la infancia. No era alegre ni triste, era objetiva, pura, sin condiciones. Y he pillado a mi intruso con las manos en la masa, buscando entre recuerdos un vago sentimiento de frustración, pesado, oscuro y decepcionante, con que lastrarla. Me he dado cuenta a tiempo y lo he parado, y con autoridad le he dado un golpe en la mano: eso no se hace.

Me ha gustado descubrirlo y también darme cuenta de que se ha vuelto torpe, que sus dedos de carterista ya no encuentran tan fácil las peores fotos, que quizá no son tantas, que incluso no hay ninguna, y he vivido engañado, autoconvencido de tener mil recuerdos tristones. Tampoco vayamos ahora a lanzar las campanas al vuelo, que si aquello ha triunfado será que tampoco existió lo contrario: esa arcadia feliz, el paraíso del que tanto nos hablan. No importa. Quizás me venga bien una niñez mediana para aprender mejor a huir de los extremos.

Busco un delicado equilibrio entre arriba y abajo. Pero el centro no está entre medias, sino más alto que arriba.

martes, noviembre 23, 2010

ESTOY QUE LO PIERDO

Que alguien me corrija si lo explico mal, pero un cuento indio dice más o menos que la vida es un palacio lleno de obras de arte y bellos objetos por el que uno tiene que atravesar portando una jarra de aceite sobre su cabeza. Si te distraes viendo las obras, corres el riesgo de que se caiga el jarrón y derrames su contenido. Si sólo estás pendiente de éste, puedes perderte la "colección permanente" de la vida y la exposición itinerante que te haya tocado en suerte. El secreto está en saber ver y disfrutar de la belleza sin dejar de atender el tesoro propio que te han encomendado. Y en eso estoy, en tratar de no perderme yo ni perderme nada... pero mucho me temo que algo se acabará cayendo por el camino.

PRIMER PARAGUAS, PRIMERA PÉRDIDA

De momento, he perdido el paraguas. Mi primer paraguas chispas. Pequeño, de bolsillo, negro, con funda negra. Lo describo para que si alguien encuentra uno de esas características tan especiales e inequívocas sepa que es el mío.

Ya sé que todo el mundo pierde el paraguas, pero eso no me sirve de consuelo: mi rigor es hacia mí; los demás, que se arreglen consigo mismos. Y lo que más me duele es que no consigo rastrear ni tan siquiera el momento es que usé mi paraguas por última vez. Puedo haberlo llevado, quizá, al futbito. Es la opción que barajo ahora mismo, aunque no sirve de mucho, no sabría a quién reclamarlo.

Tres euros creo que me costó este mismo año. Lo sé, es el paraguas más miserable del mundo, pero yo era paragüista en pruebas y no merecía la pena mayor inversión. Y, visto lo visto, hice bien en no ceder a mi tentación de comprarme ese de 20 euros en Muji, de encendido color naranja. Aunque quizá ese sí podrían reconocérmelo. Tal vez me suelte la cabeza y me anime.

¿Es metáfora de algo este descuido o sólo advertencia? ¿Descuido de qué, advertencia de quién? La persona del mundo en que más confío soy yo mismo... y empiezo a no poderme fiar.

Huy, qué final más inquietante.

martes, octubre 05, 2010

ALGO PASA CON EL BANCO DE SANTANDER

No es que venga ahora a quejarme de cláusulas abusivas y comisiones. En realidad, el único vínculo que mantengo con el banco de Santander es que, hará unas semanas, durante un breve trayecto a pie, me fijé por casualidad en una placa roja que había en la fachada de una sucursal suya en la calle del conde de Peñalver. ¿Qué decía esta placa? Ni más ni menos que esto:

Efectivamente, en clara rebeldía con las normas de ortografía, estaba acentuada la palabra "Peñalver" a pesar de ser palabra aguda terminada en"r". Error mayúsculo sobre letra minúscula, ya que, además de quebrantar una de las más sólidas convenciones del idioma, se mostraba en ello una incoherencia interna preocupante, pues el propio nombre del banco - Santander - responde al mismo esquema silábico: trisílabo agudo terminado en "r" (más aún; en "er"), y estaba sin tilde.
Omito mis aventuras fotográficas: sólo diré que esta instantánea fue cualquier cosa menos instantánea. Pero aquí está. Y quizá me la hubiera guardado en una carpeta perdida, a la espera de descubrir otras faltas en señalizaciones urbanas de todo tipo: vallas publicitarias, letreros luminosos, rótulos de comercios, etc. Pero he aquí que pronto encontré una foto hermana con la que relacionarla. ¿Héla dónde has dicho? Aquí:
En José Abascal volvía a repetirse el mismo patrón... si es que fuera un patrón, que no lo era por lo que ya he indicado: que en ese caso, Santander también habría habido de llevar su correspondiente tilde.
Y obstinado en su error, el rotulista del banco rojo (en el sentido más literal del color, por supuesto), volvía a hacer de las suyas treinta números más abajo.



¿Qué pasa con el banco de Santander? Como lingüista licenciado ofrezco desde aquí a quien corresponda mis servicios de corrector de rótulos que buena falta les hace. ¿Sólo por tres errores?, dirán ustedes. No se crean. En breve me acercaré a la oficina de Maria de Molina para hacer la correspondiente fotografía a la placa, que ya le he echado el ojo, y compartirla con ustedes. Sí, sí, "Maria", han leído bien. Es el Santander el que lo ha escrito mal.
Y con esto, inauguro una etiqueta en mi blog.
Estaremos atentos a más delitos contra las inocentes palabras.
















domingo, octubre 03, 2010

RELACIONES Y MATEMÁTICAS

- Lo nuestro no puede ser - le dijo él a ella -. ¿No ves que tienes sólo veinte años y yo cuarenta? Te doblo la edad. ¿Te das cuenta? Cuando tú tengas treinta años, yo tendré sesenta; cuando tú tengas cuarenta, yo tendré ochenta, y cuando tú te mueras, yo seré demasiado mayor para cuidarme solo.

viernes, octubre 01, 2010

KRIPTONITA

Esa música que no es música sino ruido atronador ataca al animal: agarrota los músculos y muele los huesos. En cuanto a lo que pueda haber de espíritu en uno, lo desmorona al primer instante, de un solo golpe en la base misma de la débil construcción. No es mucho mejor la melodía sensiblera y acuosa que ablanda el hueso y enñoñece el alma, pero en este caso se trataba de música seca y percutida en un local amplio empequeñecido por efecto de la poca luz y del mucho público. Ha sido entrar y constatarlo una vez más. Los minutos justos para despedirme como quien pierde un avión, y me he ido. No, mejor dicho: he huido. Es demasiado tarde, el daño está hecho; pero ha sido a tiempo, podía haber sido peor. Búscaré música clásica y tal vez dentro de un mes, siendo optimistas, reine otra vez la armonía.
Qué extraño magnetismo tienen algunas palabras (¿Escribí ya sobre ello o sólo pensé en hacerlo? No atribuyo esta duda a mi memoria, sino a la pereza literaria que me habita desde hace meses, sin apenas oposición por mi parte). La palabra "fiesta", por ejemplo, sigue despertando en mí una extraña y nerviosa expectación. ¿Expectación de qué? ¿Acaso no he comprobado que todos los tipos de fiesta posible que son sólo una ceremonia de venenosos excesos? Saturación de comida, azúcares, alcoholes y música tóxica de diversa índole. ¿Por qué la celebración de la vida se empeña en destruirla?

Si en lugar de un cumpleaños familiar es una cena de adultos, se añade la fantasía de un posible acercamiento a alguna bella joven. No niego que en ocasiones, y aun sin probar gota de alcohol, se produce en mí un cierto efecto de borrachera social y se me suelta la lengua, y entonces, si los astros me proporcionan encanto, quizá pueda acaparar por un tiempo la atención de mi círculo. Pero todo es vano e inconcreto.

¿Quizás aún permanezca un algo residual de antiguos boicoteos propios, un insano apego a la frustración...? No creo, uno ya ha conquistado el "Puedo". Puede haber tardado media vida (que en este momento aún es toda) en convencerse, pero un día se da cuenta: Puedo. Ese mismo día se pregunta: ¿Debo?

Entonces, en algún momento la música hace inaudible la conversación y me deja sin armas, el humo hace el aire irrespirable y tomo conciencia de que al día siguiente, justo al día siguiente, tengo que estar en perfecto estado de revista y conviene irse, que aquí no hay nada más que hacer, nada más que ver. Entre otras cosas, porque la luz se ha hecho escasa e intermitente. Así que me voy. Y terminó la fiesta y quedó en nada.

domingo, mayo 09, 2010

ME DEJO BARBA

De nuevo y sin saber muy bien por qué, me dejo barba. ¿Es por ahorrarme un poquito de tiempo por la mañana ahora que madrugo tanto? Sabéis que no, que si me levanto quince minutos antes luego lo amortizo presumiendo. Llevaba tiempo pensándolo, que yo no hago las cosas así a lo loco. En realidad es que creo que yo soy con barba, sólo que a veces descanso.

La barba me queda bien, pero últimamente le había dado por hacerse la interesante y ponerme unas canas en la barbilla que, francamente, no corresponden a mi edad, saber y gobierno. Por eso, la castigué al ostracismo y, como no me gusta andar dando bandazos - ahora me afeito, ahora no - he aguantado como un año desbarbado, haciéndome el jovencito. Esperemos que la barba haya aprendido la lección y salga negra como las penas. Aunque tampoco me tiene muy contento que digamos el pelo de la cabeza. Vale que no es canoso, pero se ha entregado a la pereza, al no crecer y al clarear, y ya no es la tupida mata que solía ser. Y eso no es plan porque yo sí soy el que era.

Estaba, en fin, que no sabía si esperar a gastar las cuchillas y la crema de afeitar antes de dejarme la barba, cuando se me han juntado un par de días tontos de no afeitarme y me lo he planteado. Al fin y al cabo, no me viene mal tener la maquinilla cargada para repasarme el cuello (como digo en mi facebook, es ese cuello repasado el que distingue al que se está dejando barba del que simplemente no se afeita). Es mal momento, lo sé. Me había puesto una foto de perfil en plan hombre lobo, con unas gafas de pasta que no son mías para desconcertar al personal actual que me conoce otro aspecto, y, de pronto, en lugar de aprovecharme de este camuflaje, voy y me mimetizo con mi foto, para que todos puedan reconocerme a la primera.

Quizás es que, después de haber entrado por el aro del facebook, no me reconocía a mí mismo, y me reencuentro mejor con la barba que con mi juvenil cara de pajarito. O que espero que esta barba señorial infunda temor, autoridad, respeto o, en todo caso, distancia. Eso va a ser. Una especie de señal no verbal que viniera a decir: Eh, no se confundan, no se crean que por hacerme del facebook ahora voy a ser un modernito extrovertido. Yo sigo siendo el mismo hombre serio, riguroso e inaccesible que acostumbraba.

La última pregunta tiene que ver con las últimas preguntas. ¿Será esta barba la definitiva, con la que despida mis días y con la que, si llego a merecerlo, salude a San Pedro en las alturas?

jueves, mayo 06, 2010

UN ERMITAÑO EN FACEBOOK

"Hazte de facebook, hazte de facebook, que está muy bien"; "así estás en contacto con todos tus amigos"; "hazte de facebook, que se liga mucho"; "si no te haces tú, te hago yo la página".

Yo me resistía, pero confieso que me asustaba la posibilidad de que alguna amiga, por hacer la gracia, me hiciera una página falsa y mi anonimato fuera suplantado por una burbuja vacía etiquetada con mi nombre y que el día de mañana, si lo necesitaba, tuviera que hacerme un hueco a codazos con la nadidad de otro yo. Una cosa es ser anónimo y otra ser conocido de forma errónea. Quizá eso tampoco debía haberme importado, pero el caso es que al final se han salido con la suya. Ahora siento vergüenza por haber mostrado debilidad, un poco como si me hubiera traicionado a mí mismo, a mi estilo de vida simple, ordenado, centrado, alejado de modas y consumos. Ya no me puedo mirar a la cara. Y como afeitarse a ciegas es complicado, volveré a dejarme la barba.

Entrar en facebook es como morirse y ver asistir a tu funeral a todas las personas que han aparecido alguna vez en tu vida. Como un alef donde se reflejaran al unísono los rostros de todos tus conocidos y conocidos de conocidos, y conocidos de conocidos de conocidos hasta el infinito, sin mesura ni criterio. Como una fiesta perpetua sin motivo, innecesaria e intrascendente. Es barroco, maximalista, inabarcable, infernal. Y sin darnos cuenta aceptamos la cantidad como valor absoluto, como si la plenitud de la vida se midiera por el número de amigos de esta particular forma de amistad. Más es más.

Sus instrucciones y demandas lo convierten a uno en una especie de tamagotchi del señor Facebook que, erigido en tu nueva madre, te sugiere que te hagas amiguito de fulano o de mengana porque tenéis uno o dos amigos comunes, aunque echo en falta cierto criterio represor que te indique con quién no debes juntarte. Facebook, en su azaroso comportamiento, te arrojaría sin dudar en brazos de cualquier mala compañía que te llevara a las drogas, la prostitución o el arribismo. Adolescente cotilla, te pone al corriente al segundo de las nuevas relaciones de tus contactos. "Ahora Javi y Alejandro son amigos". Como si antes estuvieran enfadados. Parece uno esperar los "están saliendo" y los "han cortado" que se sucedían semana a semana en las pandillas quinceañeras en verano.

¿Qué pintas tú en facebook? Me dirán. Y yo también me lo pregunto. Quizás mi fortuna en la vida me ha hecho despertar, junto al recelo, una cierta confianza en el azar. Así, de pronto, me aventuro a ser un poco más accesible y a que me pueda encontrar alguien interesante, sin perder por ello la escurridiza opacidad que caracteriza a este ermitaño.

Para contradecir mis expectativas, por de pronto, ya he quedado mal innecesariamente con dos o tres personas que solicitaron mi amistad - como si eso se pudiera pedir - y a las que he "ignorado" sin saber que eso era entendido como una seca negativa. Eran personas con quienes coincidí en algún punto de mi vida y a las que, por esa costumbre social del "a ver si nos vemos" y "tenemos que quedar", incluí en mi directorio de correo. Allí seguían, como yo en el suyo, supongo, posadas, tranquilos, sin hacer ruido ni estorbar, como una prenda de fondo de armario que algún día pudiéramos necesitar. ¿Y por qué, entonces, tenía yo que tomar una decisión drástica y a bote pronto sobre el papel que desempeñan en mi vida? ¿Acaso soy su enemigo porque me parezca fuera de lugar tener un reporte permanente de sus actividades, y ellas de las mías? Bien pensado, podría decir lo mismo de todos los amigos que llevo agregados.

Pero ya que he venido a este mundo raro, me buscaré una silla y trataré de observar sin poner fotos ni colgar vídeos, sin hacer ruido, en fin, a ver si puedo. Mientras tanto, pondré en la columna de lo positivo que me ha hecho añorar el blog, este blog, que tan abandonado tengo, y que, en realidad, he descubierto que prefiero mil veces como forma de expresión. Y por eso hoy, de nuevo, actualizo.

martes, diciembre 08, 2009

ECLIPSE DE HORA

Miro el reloj: son menos cinco, pero ¿de qué hora? La aguja pequeña ha desaparecido. Sé que son las once menos cinco, pero el largo minutero me tapa la visión del marcador horario. No recuerdo haber visto nunca una conjunción semejante. Si me preguntan, juraría que otros relojes montan las agujas al revés, con la pequeña encima, precisamente para evitar estos eclipses. Por ello, lo valoro como un hecho más singular y me deleito en su contemplación. No sé si habrá que tomar precauciones. Imprudente, lo observo sin radiografías ni gafas de soldador durante ¿30?, ¿40?, ¿60 segundos, todo lo más? El tiempo, que todo lo mueve, ha hecho desplazarse 6 grados al testigo de sus minutos, y por debajo ya asoma el otro centinela, que siempre estuvo allí.

El bolero, por un momento, consiguió su objetivo. "Reloj, no marques las horas".

viernes, noviembre 20, 2009

LA PELUQUERÍA CHINA

Hace cosa de un año pensé que ya había encontrado, por fin, mi peluquería cuando descubrí “La Moderna”, con su aspecto clásico y elegante, su aire tradicional, sus asientos de cuero rojo y la seguridad que transmite su especialización en caballeros. Pero algo no me gustó en mi último corte, cuando el peluquero me atendió sin barrer antes del suelo la pelambre muerta del último cliente, o de clientela anterior, porque para mí que eso era mucho pelo para un solo hombre. Expongo estos antecedentes para que no piensen ustedes que soy un veleta picaflor de barberías que se corta el pelo con el primero que pasa. Yo quisiera ser fiel a una única peluquería buena, bonita y barata, pero no la encuentro.


Cuando héte aquí que, unas semanas atrás, me dan en mi barrio un papel anunciando la inauguración de una peluquería unisex. Eso no es en sí una ventaja. Las mujeres van más que los hombres a la peluquería y, si tenemos que compartir la atención, es frecuente que haya que esperar turno o, incluso, pedir hora, lo que va contra mis principios. Yo tardo en decidirme a cortarme el pelo, pero cuando me decido y encuentro el tiempo, tiene que ser en ese momento. Además, es sabido que en las peluquerías ambisexuadas, los hombres nos dejamos menos dinero que las mujeres y, por tanto, somos clientes de segunda. Sin embargo, dos detalles despertaron mi curiosidad. Uno, que tanto el repartidor como el nombre del local eran inequívocamente chinos, y dos, que los precios eran ostensiblemente baratos. En días posteriores tuve ocasión de localizar el negocio, constatar su buen aspecto, y tomar nota de que está atendido por mujeres. Esa experiencia no me la podía perder.

Podría haber esperado un poco más, pero ya se cumplían más de tres meses y mis puntas comenzaban a hacer volutitas sobre las orejas. La expectativa de una incierta entrevista de trabajo próximamente, y la posibilidad de que, de pronto, no vuelva a disponer tan alegremente de mis días, me terminó de empujar.

Premeditadamente no me lavé la cabeza, para acceder a la tarifa 2 de caballeros: lavar y cortar, 8 euros. Al entrar al local, en primer término, una china joven y atractiva le hacía las uñas a una clienta. A la derecha, otra, con el pelo teñido de tono rojizo con las piernas separadas y detrás de una mujer, parecía estar montada sobre su espalda tratando de domarla. No era así: estaba sentada en otro taburete. Aunque igualmente parecía que trataba de domarla. Una tercera chica, algo más mayor que estas dos, terminaba en ese momento con su clienta, y se dispuso a atenderme. Parecía haber entendido perfectamente que quería lavarme y cortarme el pelo, pero me invitaba a sentarme frente a una mesa sin lavabo que me desconcertaba. Obedecí y encontré que la orden era correcta: me puso el campú sin mojarme la cabeza, y luego, con un botecito de agua, me fue echando chorritos para hacer espuma. La temperatura del agua y el tacto de las manos eran igualmente fríos. La chica se entregaba a su trabajo con dedicación, pero en lugar del suave masajeo capilar que uno esperaba, me estaba dando unas friegas tan fuertes y enérgicas que casi parecería que quisiera sacarme la cabeza de los hombros. Yo suspiraba por que terminara el lavado, pero, al no ver una triste pila delante, no tenía ni idea de cómo pensaba aclararme o si, simplemente, pensaba retirarme la espuma con la toalla.

Mi peluquera por fin dejó de sacudirme el cráneo y empezó a secarse las manos en la toalla que tenía sobre los hombros. Quizá con demasiada fuerza, pues sus manos penetraban en mi espalda. Al tercer frotamiento, me di cuenta de que no era accidental. Seguía haciéndolo igual, y continuaba sus manipulaciones más abajo, haciéndome separarme de la silla para poderme masajear toda la espalda. Mis recelos me impedían relajarme. ¿A qué venía tanto sobo? ¿Acaso era un servicio extra con el que redondear al alza el precio del corte de pelo? ¿Pretendería ofrecerme, como hace poco leí en las noticias, un "final feliz"? Dudé incluso si enfadarme, pero, entre lo mal que me sale y que el brusco zarandeo no me resultaba del todo desagradable, me conformé con un gesto de sorpresa, encogiendo los hombros y volteando las manos hacia el cielo en búsqueda de explicación. La peluquera masajista, a por uvas, siguió a lo suyo, pasándose ya al plano personal en la conversación (como no podía ser de otra manera a estas alturas): "Mu delgado tú", "mucho hueso", dijo. Se rió, y pasó a darme golpes con los cantos de las manos en la zona dorsal de la espalda.

Ahora ya sé lo que siente un coche al pasar por un túnel de lavado, pero, como todo llega, también mi paliza terminó y me pasó a un lavabo que estaba tras una columna. Allí, en dos segundos, me vertió agua calentita del grifo sobre mi espumoso pelo. Por fin algo se aclaraba en mi cabeza. Pero, como parece que se había propuesto convertir un simple corte de pelo en una gymkana alegórica de la vida, no podía brindarme dos estímulos positivos seguidos. Tras el acalarado, vino el secado, con una toalla que olía no sé si a gambas o a esas empanadillas chinas que no me gustan ni en los restaurantes. ¿Dim sum se llaman?

Con la toalla me pasó, ya sí, a la silla de cortar, donde mi simpática amiga quiso emular el modo occidental de cortar el pelo: dando conversación. No soy yo muy partidario de ello, pero al menos no hablamos ni de política ni de fútbol. Mi maternal peluquera se interesó por si yo comía bien, pues le parecía que debía de comer poco, me preguntó si tenía hijos y, a renglón seguido de decirle que no, dedujo que estaba soltero (¿por qué no podría yo estar casado y no tener descendencia? Me intriga esta china), investigó si tenía novia y, al saber que ni siquiera, ya entró a saco a aconsejarme que me buscara una chica para que me diera bien de comer. Yo un poco protesté, diciéndole que yo mismo me cocinaba y que comía bien, pero no quise insistir demasiado. Tal vez quería presentarme a su sobrina Mari-Lí y no quería yo quitarle las intenciones. Vanas ilusiones las mías.

En unos momentos, todo pareció embarullarse. Una china hablaba por teléfono en su idioma, al poco entraba un chino macho en el local, y se ponía a hablar con mi peluquera. Terminaban y al rato la china pelirroja se acercaba a nosotros y se sentaba en la encimera a charlar con ella y echar unas risas animadamente. Juan Liverpool, Lover, Luismi de La Tira y todos los fans de Seinfeld me entenderán si les digo que me sentí como Elaine en el episodio de las manicuras coreanas. Afortunadamente, pude controlar mi susceptibilidad.

Entre tanto, mi china preferida me cortaba el pelo, sin prisa, pero sin pausa; sin pausa... pero sin ninguna prisa, y pasándome el peine por la cabeza como si quisiera ararla para plantar patatas. ¿Por qué en mi imaginación me había elaborado la absurda idea de que una peluquera china sería suave y delicada? Y lo peor es que no terminaba nunca. Llegó un momento en que me preguntó: ¿Así ya? A mí me parecía que no se me podía cortar más el pelo y le dije que sí, deseando irme, pero ella, perfeccionista hasta la exasperación, volvió a retocarme alrededor de las orejas y a cincelarme toda la cabeza con el peine. Paso por alto el detalle desagradable de que, de vez en cuando, me parecía percibir el olor de su aliento y me hacía añorar el de la toalla que olía a gambas. Y no dejaré de mencionar el alivio que sentí cuando, por el espejo, vi en el extremo opuesto de la peluquería, a la china pelirroja propinándole a una nueva clienta un masaje similar al que había recibido yo antes. Parecía, pues, que era una gentileza de la casa para todo el mundo.

Finalmente, todo terminó, y bajé de la silla como quien baja de la noria del parque de atracciones, aunque aún me esperaba cualquier cosa a la hora de pagar. Pero no, fueron los ocho euros que marcaba la tarifa. Ese fue, seguramente, el único punto en que se cumplieron mis expectativas. Pero no me arrepiento: en mi anodina vida, pude vivir en menos de una hora, toda una montaña rusa de emociones: de la sorpresa al desconcierto, pasando por la diversión, el agrado, el disgusto, el placer (poco) y el dolor (pequeño). Como Lope, diré “quien lo probó lo sabe” (y si no, ya se enterará). Aunque no sería del todo sincero si ignorara un cierto sentimiento de pérdida de inocencia que me invadió al salir. En mi corazón rondaba ya la idea vaga de que tampoco será ésta mi peluquería definitiva.

No obstante, no descarto volver.

martes, noviembre 10, 2009

SONETOS DEL FUTBOLISTA CONTRIBUYENTE

Me ha indignado lo de los impuestos de los futbolistas extranjeros multimillonarios. No que se los vayan a subir, sino enterarme de que están pagando menos que nadie. Beneficiándose por una ley hecha para atraer cerebros, hemos traído melones. No tengo nada en contra de que vengan, y que jueguen; me parece exagerado que se les pague tanto, pero ya sabrán los empresarios si al final compensa, y si es así, me alegro por todos. Bueno, ni me alegro ni me dejo de alegrar: allá cada cual. Aunque habrá que ver cómo reaccionan los socios que, con esfuerzo, pagan sus abonos, entradas, camisetas y merchandising, al conocer que, probablemente, sus ídolos tienen tipos impositivos menores que los suyos y que, si pierden sus privilegios, amenazan hasta con huelga. A partir de ahora yo, desde luego, no me gastaré un duro en ver un partido. Claro, que ¿cómo lo van a notar, si nunca he ido al fútbol?

Pero la indignación no es estado habitual de mi carácter ni quiero yo establecerme en ella, sino usarla tan sólo de trampolín para espacios más elevados del espíritu. En este caso, me ha despertado el ingenio y la ironía para sacar adelante estos sonetillos satíricos que, a falta de mejor publicación, comparto en esta ventana con ustedes.

1
La ministra Salgado tiene vista
y ve bien lo que pagan los demás
y si alguno al pagar se queda atrás,
descuidad, que no se le despista.

A la caza está ya del futbolista:
“Los Agüeros, Henrís y Benzemás
tendrán que apoquinar un poco más”
ha dicho la ministra, que es muy lista.

Si se aprueba la norma, los fichajes
se comprarán un jet y harán más viajes,
que todo deportista que se forra

acaba, me lo dice la experiencia,
cambiando de lugar de residencia,
que, para ahorrar, no hay nada como Andorra.

2

A Kaká, que es un chico muy creyente,
Y trabaja en Madrid, no hace turismo,
lo quieren convertir, no al islamismo,
sino a que se haga un buen contribuyente.

Párate ya galáctico, detente,
deja de practicar el escapismo,
que hay quien paga cuarenta por lo mismo
por lo que tú tributas sólo veinte.

¿Por qué estos privilegios y prebendas,
que no tenemos nadie con Hacienda?
¿Tan grande es el poder que tiene el lobby

de extranjeros de ficha millonaria?
Que paguen por igual bramán y paria.
Que paguen ya Chygrynsky, e Ibrahimovic.

3
Parecerá ironía hacer pagano
a un Cristiano de nombre verdadero.
Mas si en tu sueldo cobras cinco ceros
el no pagar, Ronaldo, no es cristiano.

Si paga el socio y paga el canterano,
que tributen lo mismo los dineros
de los cracs millonarios extranjeros
es justo, necesario, sabio y sano.

Sin embargo, los clubes los protegen
y piden al Gobierno que los deje,
pues coinciden en el mismo mes de mayo

el final de la liga con la cuenta
del incómodo impuesto de la renta,
y temen en el campo algún desmayo.

4
La ley, que algunos llaman desatino,
la verdad es que a mí me reconforta,
pues ha podido unir a Joan Laporta
con el presi rival, con Florentino.

Los dos dicen lo mismo: “Estoy que trino”,
pues el chollo fiscal ya se les corta
(aunque a los clubs modestos, les importa
el tema poco menos que un pepino).

Y haciendo como han hecho buenas migas,
los grandes capitostes de la liga
se han propuesto el hacer acción conjunta:

con llevar, amenazan, un parón
a la más principal competición.
Se me ponen los pelos, ay, de punta.

5
Habrá en los equipos cambios de rol:
el defensa rompedor que era un paquete
se habrá de reciclar en un piquete.
Las cosas son así en el fut-ból

Y el delantero que ose meter gol
por tener fama y gloria como ariete
sólo obtendrá, y eso en un periquete,
el baldón deshonroso de esquirol.

Estará consternada la afición.
¿Qué pondrán los domingos en la tele,
para que al hincha no le dé un telele?

Algo inventará la televisión:
Si la liga de fútbol entra en huelga,
pondrán liga de fútbol. Pero belga.

6 (SONETO INVERTIDO)

Pero en todo este asunto hay un detalle
que hace que suene mal toda mi charla,
pues parece que hubiera algo que falle:

Si la huelga es en contra de un patrón,
¿cómo puede el patrono convocarla
y a quién quiere con ello hacer presión?

La idea que en el aire está sin fecha,
si lo piensa uno bien, a mí me pega
que salió del magín de un estratega
llamado Pellegrini, es mi sospecha.

¿A quién mejor que a él esto aprovecha,
que al cuello la camisa no le llega?
Semana en que la liga no se juega,
es semana también que no le echan.

martes, noviembre 03, 2009

EN QUÉ ESTARÍA YO PENSANDO

De vuelta a casa andando, paso por delante de un local en obras sobre cuyo escaparate han pegado varios carteles de publicidad. En un fugaz instante, leo de un tirón el titular de uno de ellos, único en la calle, y me sorprende. Es una propuesta que no se refiere a ningún campo profesional, académico o comercial, sino que invade directamente la esfera personal y quiere influir sobre el carácter de las personas. Me hace gracia, no obstante, y hasta simpatizo con él, pero es tan increíble que tengo que pararme y frotarme metafóricamente los ojos para volver a mirar y leerlo detenidamente. En efecto, como me temía, no podía ser. El cartel invita a matricularse en un curso de moda con un gancho tan objetivo y concreto como “Hazte estilista”. ¿De dónde había sacado yo que ponía “Hazte elitista”? En qué estaría yo pensando.

jueves, octubre 22, 2009

ONCE

Ojito. Desde el viernes de la semana pasada se me vienen ocurriendo ideas para posts y, por otros encargos o por falta de rigor y voluntad propia, los he ido aparcando, eso sí, apuntándome un titular para no olvidarlos, y añadiendo día a día ese acontecimiento, reflexión, experiencia o emoción que he pensado, merecían un post. Seguidores habituales, pues, si los hubiera, no creáis que esta nota que leéis constituye por si misma la actualización del día. No, señores, hoy traía trabajo acumulado y he hecho mis deberes: diez posts como diez soles. Y con éste, once.

Ahora, a ver si hay narices que comentarlos todos y volverme loco.

POR HABLAR

Ayer estuve en acupuntura, y mientras dejaba que las agujas clavadas sobre puntos estratégicos hicieran su trabajo, el médico recibió una llamada de una persona que tenía gripe. El doctor le sacudió la paranoia de que fuera gripe A y le recomendó remedios sencillos que conozco pero que no divulgaré para que no demanden por instigar a la automedicación. Yo entonces pensé: “Cuánto tiempo hace que no me pongo malo”, como suelo pensar una o dos veces al año. Y también, como siempre, involuntariamente me arrogué cierto mérito por tener una buena constitución y por cuidarla adecuadamente. De forma instantánea y casi automática me sacudí esos sentimientos de vanidad y, en segundo término, quise minimizar la reflexión. Incluso no haberla hecho nunca. Pero fue inútil: el pensamiento ya estaba lanzado al universo. Y alguien debió de oírme. El dios de las bromas, mi tutor castigador del curso del 63 cósmico, o mi ángel de la guarda, atento a que no se me suban los humos, ¿quién sabe? El caso es que, como era de esperar, en la misma tarde noche de ayer empecé a notar el picor en la garganta tan característico de mis constipados. Y a estas horas se lo puedo confirmar con toda seguridad: estoy constipado. Y con ello, otra constatación: la bufanda de verano ya no es suficiente.
(Por cierto, para información sobre la gripe A recomiendo este link:
http://vimeo.com/6790193 )

YO TE QUISE

Mi amigo Dani ha escrito y rodado un corto, “Yo te quise” que ya es visitable en youtube y en su página web:

www.loctary.blogspot.com

El otro día me invitó a la “premier”, su primera exhibición en público. Me gustó, es muy divertido. El personaje principal es una chica a la que le gusta mucho cantar y se graba sus propias canciones “a capella”. Me he sentido un poco identificado, y me han dado ganas de colgar mis “Grandes Éxitos”, pero siento un cierto temor reverencial a dejar cualquier tipo de prueba material de mi existencia en la red. Eso que dice la campaña de Telemadrid – “en internet tu imagen no es sólo tuya, es de todos” – ha hecho mella en el adolescente neurótico que llevo dentro, así que ni un vídeo ni una foto y ni siquiera mi voz. Aunque, ahora que ya tengo mis “Obras Completas” pasadas a DVD, cualquier día me suelto el pelo. Amenazo.

MI EX

Una amiga, convencida de que un hombre y una mujer tendrían una inmediata afinidad si coincidían en dos puntos: ser solteros y heterosexuales, me presentó el correo electrónico de una amiga suya: Álvaro, éste es el e-mail de X; e-mail de X, éste es Álvaro. Tras comprobar en un par de “citas a ciegas” puramente epistolares que no pegábamos nada, viví la extraña circunstancia de “cortar” con alguien con quien no había salido nunca y que, por cierto, no conocía ni mi cara (Yo sí la suya; hay personas más desinhibidas a la hora de colgar su foto en internet; por mi parte, creo que bastante hago con firmar con mi nombre real). El caso es que un amigo mío, chistoso él, bautizó a la chica con la que no había tenido ninguna relación, como “Mi ex”.
Pero, rizando el rizo de la teoría de los seis grados de separación que no inventa pero sí divulga mi amigo Juan (http://www.liverpoolmadrid.com/2008/04/la-teora-de-los-seis-grados-de.html), amigo por cierto de mi chistoso amigo, resulta que estoy a dos grados de separación de mi ex por otro camino, ya que ha resultado ser amiga de la novia de un amigo.

La carambola termina por el momento con un bloqueo de las sincronicidades tan absurdo que raya en lo milagroso. Ya es raro verme en un bar. Pues el otro día estuve. Estuvieron también mi amigo, su novia, “mi ex” y más gente. En este caso, la posibilidad de que no nos llegáramos a conocer, bien porque nos presentaran, bien porque participáramos en una misma conversación, era realmente baja, y sin embargo se dio. Incluso me atrevería a decir que, sin yo esconderme ni ella evitarme (aunque no tengo certeza de ninguna de ambas cosas), nunca estuve en su ángulo de visión. Ni siquiera cuando participamos en el mismo corrillo: la conversación la coparon ella y mi amigo y luego desapareció por donde había venido.

Vamos, que mi ex y yo no nos hablamos... pero de buen rollo.

DAR RECUERDOS

De camino a casa paseando (el frío pedía metro, pero me empeñé), veo a dos personas juntas, una de las cuales habla por el móvil con una tercera que parece ser conocida de ambos. La que lleva el teléfono transmite a su acompañante algo que le dice su interlocutor en las ondas: “que le da recuerdos”. El recordado se rebela y pide coger el móvil para que se los dé directamente a la oreja. No sé en qué quedaría la cosa, pero me mueve a reflexión, porque si esta persona llega a ponerse al teléfono, ¿qué le diría el otro? “Hola, Fulano, muchos recuerdos”. Imposible.

Los recuerdos son algo que nunca se pueden dar personalmente. Parecería que son una especie de encargo incómodo que uno puede dar a alguien para que se lo dé a otro, pero que no quieres ver la cara que pone el receptor cuando los recibe. Un ejemplo: le has comprado a un primo segundo un regalo de boda que crees que es adecuado y que le gustará pero a ti no te convence. No vas con el jarrón en brazos para dárselo; se lo mandas por mensajero o por medio de alguien que sabes que lo va a visitar. Igual con los “recuerdos”. Es como si fuesen algo de lo que avergonzarse. Por eso, el empeño por ponerse al teléfono de esa persona tenía algo de desafío. “¿Cómo que me manda recuerdos? ¡Eso no me lo dice a mí a la cara! ¡Trae el teléfono! “, y cuando lo coge: “Venga, venga, dime ahora eso que me querías decir. ¿Qué es lo que me mandabas...?”.

Pero, claro, tiene sentido. A un tercero le puedes decir que le diga a alguien que te acuerdas de él, pero si estás hablando con esa persona directamente, esos recuerdos están de sobra. ¿Cómo no te vas a acordar si estás hablando con él?

CRISIS DE NACIONALIDAD

Escucho que la National Gallery expone en estos días piezas de imaginería española del siglo XVII, que es acogida con recelo por los visitantes, acostumbrado a una representación más alegre de un Jesucristo resucitado o, en todo caso, a ninguna representación de la divinidad. Les parecen nuestros muñecos los precursores morbosos y gores de “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson, y yo, de pronto, me siento hermanado con el escandalizado y horrorizado público inglés y tengo ganas de gritar: Lo mismo, lo mismito pienso yo. Mi sentimiento es igual, mis argumentos, en caso de tenerlos que dar, serían idénticos. Y es entonces cuando me asalta la duda: “A ver si voy a ser yo inglés”.

TEMPORADA DE SANDALIAS

En realidad, debería haber acabado hace ya tiempo, cuando aquella semana de frío en septiembre anunció que el verano había terminado. Pero volvieron a subir un poco las temperaturas, y algunas mujeres, llevadas por una frívola mezcla de irresponsabilidad y filantropía, aún seguían sacando de paseo las esmaltadas uñas de sus pies. El frío de ahora ya viene más en serio, y en un exhaustivo repaso por los pasillos del metro, apenas he llegado a encontrar un par de zapatos de empeine corto sugiriendo pícaramente el cuádrupe escote de los cinco dedos, pero de esas impúdicas desnudeces de una semana atrás ya no queda nada: se ha echado el cierre. La temporada de sandalias ha terminado.

¿MARKETING O TRABAJO BIEN HECHO?

A punto de bajar las escaleras que llevan a mi andén del metro oigo una melodía delicada que mi oído reconoce y que mi cuerpo todo acepta con agrado. Vuelvo a la vista, y al fondo del pasillo, veo a un hombre mayor sentado, tocando el violín, y a un lado otra persona que, interpreto, maneja otro instrumento. De inmediato identifico la pieza: el Ave María de Schubert . Con un reflejo prosaico del que me avergüenzo, echo un vistazo para comprobar que mi tren aún no llega y me encamino hacia el viejo. Según me acerco, todos los elementos van tomando forma y realidad. El acompañamiento orquestal no es en directo, sino una grabación que el maestro, como tantos otros músicos de la calle, trae en algún tipo de reproductor; la persona que se sentaba a su lado, pues, no hace un dueto musical con él. Quizá sí en la vida: tiene todo el aire de ser su mujer.

Ya llego a la funda abierta de su instrumento donde exhibe varias estampas de vírgenes y una pequeña cestita para recibir el agradecimiento de su público transeúnte. Nunca he visto en el metro una cesta más llena. El violinista, viejo, bajito, calvo, resulta entrañable. Alguno nos quedamos un instante enfrente de él, por hacer los honores a su arte, y contemplamos el gesto sonriente con que acepta las monedas. Retardamos nuestro paso, pero no nos atrevemos a quedarnos de pie como pasmarotes en la esquina. Las cuatro o cinco personas que han pasado en estos segundos le han dejado algo. Coincide también que todas ellas eran personas de edad que quizá hayan empatizado con el viejito simpático o incluso con el exhibicionismo de su fervor mariano. En todo caso, mérito suyo por acertar de pleno con su público objetivo. Si lo pilla Antena 3, lo mete de jefe de programas.

PAGAR “DE OÍDO”

El jabón de lavavajillas es caro. Ahora lo venden en pastillas comprimidas o en pequeñas bolsas con la dosis justa de jabón líquido. En la última compra tuve que reponer, y, aunque ya me había decidido por una marca líder, cuando llego al pasillo me encuentro con que no sé si su liderazgo es de ventas, de investigación y desarrollo, de variedad de productos o de confusión al consumidor. Quiero decir que tenía, al menos, dos bolsas diferentes. En una, las dosis contienen sólo jabón verde; en la otra, añaden otro líquido azul engarzado con el verde en un dibujo en plan yin-yang. Dice que abrillanta. En mi casa nadie me he quejado nunca del brillo de la cristalería, así que me llevo la normal. ¿Pero qué tamaño? Me dejo guiar por mi instinto. Mi instinto de ahorrar, quiero decir. Hay una bolsa que dice que en caja me descuentan directamente dos euros y medio. ¡Pues ésa y no se hable más!

Compro más cosas. No muchas, pero sí las suficientes para olvidarme del precio del lavavajillas y de la estupenda oferta de la que me voy a beneficiar. Cuando voy a pagar, algo me suena raro. Me parece mucho dinero para las pocas cosas que llevo. Caigo en que el lavavajillas vale como ocho euros, con lo cual ya es fácil que llegue a la cantidad que me ha dicho la cajera. Pero en el mismo momento me doy cuenta de que, a esos ocho euros y pico hay que hacerle un descuento. ¿Me lo habrán hecho? No padre. Lo reclamo. La cajera confirma que es así, pero no se la ve muy suelta ejecutando el operativo de la oferta. Una compañera le explica que simplemente me dé el dinero (yo ya he pagado), y que pegue la pegatina en el ticket. Accedo a irme sin mi comprobante de compra. No creo que le fuera a sacar más partido.

Minutos después, en la frutería compro cuatro cosas con intención de bajar en un par de días con una lista más amplia. A la hora de pagar, el precio vuelve a sonarme alto. Es aproximadamente la misma cantidad que suelo gastar, pero me he llevado menos cosas. El ticket no menciona el género; sólo el peso, el precio del kilo, y el resultante. No consigo asignar a qué corresponde cada cosa, y el frutero vuelve a pesarlo todo. En efecto, me estaba cobrando dos euros y pico de más.
Vaya tarde. Si compro en un par de tiendas más, me forro. Ahora, como no empiece a trabajar pronto me voy a convertir en contable.

SI LA COSA FUNCIONA

He ido a ver la última de Woody Allen, lo reconozco, con ciertas expectativas. Después del bajón existencialista de “Match Point”, de la intrascendente “Scoop”, que ni fu ni fa (aunque la he vuelto a ver recientemente y me ha gustado más), me pareció que con “Vicky Cristina Barcelona” se había entregado al morbo por el morbo, y no hice intención ni de verla (si alguien cree que merece la pena, le invito a que me quite mis prejuicios). De pronto, veo el trailer de “Si la cosa funciona”, en la que vuelve Nueva York, sus clásicos de jazz y sus diálogos ingeniosos. Vuelve, en fin, Woody Allen.

Uno se cree mejor a Larry David haciendo de su “alter ego” que a otros jóvenes – y no tan jóvenes – anodinos que solía utilizar últimamente. Claro, el protagonista, neurótico, obsesivo, pesimista, está a años luz de alcanzar la paz interior y nadie en su sano juicio querría ponerse en su piel, pero la peli tiene algo que para mí vale oro: el humor. Es una comedia, es divertida y, aunque el genio deja traslucir su nula confianza en la especie humana, el resultado es alegre y uno sale del cine con una sonrisa y buen sabor de boca. Sí, quizá el que las cosas vayan bien sea fruto de la casualidad, pero si la cosa funciona... Y funciona.

EL PARTIDO DEL VIERNES

Después de dejar que la vuelta al cole se asiente, llega el momento de que los Padres y Antiguos Alumnos reconquistemos nuestros terrenos: los campos de futbito, el del patio y el del polideportivo. El viernes comenzamos la temporada de este curso, en mi caso con muchas ganas y totalmente resignado a sufrir agujetas hasta el próximo partido. Desde finales de mayo lo más cerca que he estado de hacer deporte ha sido restaurando un futbolín este verano (eso merecería un blog entero, pero se me pasó el momento), y la inactividad pasa factura. Así y todo, encaro el curso deportivo con ilusión y alegría. Creo haber comentado alguna vez que jugar al futbol es, con toda probabilidad, la única actividad que me divierte. Así que, si puedo jugar, doy gracias... ¡y hasta que el cuerpo aguante!

Hablaría de lo cortos que estamos de efectivos los naranjas este año, del gran fichaje que hemos hecho y de más que habrá que hacer, pero mi blog es personal y en esta nota he venido a hablar de mi intervención en el partido. Porque estuve enorme. Podía no haberlo estado y lo habría dicho. O, al menos, me habría callado. Pero no sé que tuve, presencia tal vez, un estar permanente en mi sitio, que sin casi moverme llegué a desesperar a nuestros contrarios los blancos. Aguanté cuando debía, salí cuando fue oportuno, tapé hueco en todo momento sin perder la vertical. Y casi sin yo saberlo, mis reflejos sacaron la mano en varias ocasiones a una altura y distancia del cuerpo absurdas, despejando lo que era un gol cantado. Mientras, nuestras filas iban entrando en calor y, tras un tercio largo del encuentro sin hallar portería, conseguimos marcar. Después, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, fueron cayendo más goles.

En nuestro lado, también cayó alguno: un tiro imparable, después de rechazar dos disparos a bocajarro, y otro en una jugada sucia de córner en que – ahí sí que no estuve bien – no salí a defender mi territorio. Saqué un balón del suelo en la misma línea, pero uno de los míos, que cubría el poste, impidió con su pierna que el balón saliera de la puerta, y un delantero blanco la empujó. Resultado: Naranjas, 7; Blancos, 2.


Al terminar no necesité las felicitaciones de mi equipo, aunque las hubo. Yo sabía el partido que había hecho, aunque también sentía que no lo había hecho yo, sino que, simplemente, había dejado actuar al cuerpo sin interferir, y éste había sabido estar en su sitio y hacer lo que debía. De vuelta a casa, sólo notaba un tirón en la parte posterior del muslo izquierdo, que ya traía yo de días anteriores. El sábado, no tenía más agujetas que si me hubiera pasado la tarde jugando a las cartas. Así pues, resultado: Satisfacción, 100; Cansancio, 0.

viernes, octubre 16, 2009

VÉRTIGO

A las preguntas "¿En qué trabajas?", "¿A qué te dedicas?" e incluso la extensa e indeterminada "¿Qué eres?", uno acostumbra a saber qué contestar. Parecen las tres una misma cosa, y sin embargo puede uno dedicar su vida a algo completamente diferente de su trabajo - la familia, la justicia social, la poesía... - y, por supuesto, ser mucho más que un mero profesional de alguna cosa.

Bien está la reflexión, pero lo cierto es que uno ha entrado siempre a ese trapo y no voy ahora a hacerme el exquisito. O quizá sí, porque, estando como estoy en un periodo de inactividad profesional, la respuesta a esas preguntas empieza a no ser tan clara ni tan rápida.

Aún no ha llegado el momento de cambiarla, pero ya me entran dudas con el tiempo verbal. El presente habitual, "soy", implica una absoluta confianza en volver a trabajar de lo mismo en un plazo razonable, estableciendo así (como hasta ahora ha pasado) una continuidad atravesada por varias interrupciones, unas más cortas y otras más largas. Pero ¿y si no volviera a llamarme nadie, si no volviera a trabajar en "lo mío"? ¿Seguiría "lo mío" siendo "lo mío" sin mí?

Evidentemente, mis contactos, conocimientos y experiencia, mi curriculum en definitiva, van a posibilitar más fácilmente un nuevo trabajo donde me era habitual. Ahora, por ejemplo, tengo pendiente una entrevista, y un ex-jefe y sin embargo amigo me ha encargado que escriba unas cosas para un proyecto que quiere presentar.
Otra cosa es que no surja nada de todo esto, el tiempo siga pasando, y uno empiece a perder la costumbre y la mano, y se le olvide lo que siempre le había sido fácil. Ahora, por ejemplo, no consigo ponerme a escribir lo que debo. ¿Y si llega el plazo y no tengo nada y le dejo colgado?
También pudiera ser que quien pierda la costumbre sea el medio, y aprenda ya a funcionar sin ese tornillito que soy yo. Hay que asomarse a todas las posibilidades. Aunque algunas dan un poquito de vértigo.
Por eso, no siendo adivino y sin poder anticipar lo que me deparará el futuro, si me preguntan a qué me dedico, encuentro más adecuado usar un pretérito perfecto: "Hasta ahora he trabajado como...", que no implica que no pueda volver a ganarme la vida como siempre, pero que tampoco lo da por hecho. La fórmula creo que es idónea incluso para cuando uno está trabajando. Es como ponerse una traba para, aunque sea testimonialmente y por sólo un instante, poner en cuestión nuestras certezas; en especial la de la propia identidad: ¿Quién soy yo? No vale decir "carpintero" o "taxista" o "escritor". Uno para, duda, y dice: "Trabajar, trabajo de camarero, pero ser... no tengo ni idea de quién soy".

Por lo que a mí respecta, ya me he hecho algún cursito que otro a lo largo de los años por si tuviera que hacer un repentino cambio de carril (que no de acera), pero la verdad es que no tengo demasiada confianza en poderme desenvolver bien en esas otras labores ni mucho menos que me pudiera ganar la vida ni la mitad de bien que hasta ahora. De momento, estoy aprendiendo otras destrezas, como apuntarme al paro en un solo día y sin madrugar. ¡Ojo!, que hay pasar por cuatro sitios (¿tiene sentido que haya que esperar una cola para que te den un impreso?). Tuve suerte, ayer inauguraban en mi oficina un turno de tarde extraordinario, martes y jueves de cuatro y media a seis y media.

martes, octubre 06, 2009

SEXO MINIMALISTA

1. A veces uno camina por la calle y se encuentra a una mujer de esas de belleza ligera y delicada que tanto apreciamos algunos, caminando en su misma dirección. Entonces juega a "probársela", a ver "si le queda bien". Es tan sólo andar junto a ella, a cierta distancia, respetando unos límites para no molestar, y mirando de reojo, por contemplar su paso elegante y natural, nunca altivo, con la secreta esperanza de comprobar que, milagrosamente, pese a no ser uno tan distinguido, caminamos acompasados al mismo ritmo y que, el paso no engaña, "somos de la misma talla". El juego termina cuando ella llega a su boca de metro o entra al restaurante asiático en que trabaja.

2. Mirando a las desconocidas, uno en ocasiones se topa de frente con sus miradas. Despectivas las de las guapas y ambiciosas que se sienten por encima de ti después de subirse a sus tacones; incitadoras las de algunas profesionales que parece que te van a contagiar a distancia toda su miseria y la de sus clientes; muchas sonrientes, sin más; algunas, despistadas, y también las hay neutras o indiferentes. Pero un día te encuentras con una mirada que en menos de un segundo transmite seducción, deseo y satisfacción, todo en un mismo instante y sin necesidad de contacto físico. Al momento, te has ido de allí, siguiendo tu camino, con un cierto sabor a "qué chica más maja" y sin ninguna ansiedad por saber su nombre ni volverla a ver.

jueves, octubre 01, 2009

REMORDIMIENTOS

Todos los expertos, economistas y políticos, coinciden en relacionar la crisis con el descenso del consumo, y tratan de incentivarnos para que no tengamos miedo y sigamos comprando como si nada. Y entonces observo mi vida, mi obstinada austeridad, mi maldisimulada tacañería, y, por un momento, siento remordimientos. También yo... ¡cómo soy! Podría comprarme algo más de ropa, hacer algún viaje, cenar fuera alguna vez... gastar, en definitiva. Pero no, soy un mal ciudadano que emplea el dinero que gana sólo en las cosas imprescindibles, necesarias y útiles. A eso conducen doce años de colegio sin Educación para la Ciudadanía. A eso llevan la Religión, la Filosofía y el Latín. Mea culpa. Sí, lo reconozco. Yo tengo la culpa de la crisis porque, pudiéndome permitir una tele de pantalla plana (que ahora no son tan caras) sigo con una vieja de las de tubo. ¡Pero es que me la compré en marzo de 2005! ¡Tendré que darle unos añitos de vida útil, al menos! Además, estando como estoy sin trabajo, me parecería mal gastarme el dinero del paro en televisiones. Imagínate que me mandan a un inspector del INEM y me ve con una de esas teles enormes y lujosas. "Si tienes para pantallas de plasma, tendrás también para comer", podría decirme. Y retirarme la prestación.

Y sin embargo, aplicando un elemental método científico, puedo deducir que no, que no soy yo el culpable. De ningún modo puedo serlo. Cuando todo era bonanza y vacas gordas, gastaba lo mismo y, como hoy, sólo contribuía al sostenimiento de tres negocios: la frutería, el herbolario y el banco. El mercado inmobiliario no se ha podido hundir por mí, ni le he retirado mi apoyo al sector automovilístico. Simplemente, nunca se lo he dado. Nunca he ido a un concesionario a gastarme el sueldo de varios meses en estrenar el modelo que yo eligiera en mi color preferido; he optado por esperar a que los coches vinieran dóciles a mí cuando les correspondiera, con el mínimo quebranto de bolsillo. Y el mundo giraba, y todos vivían como ricos.

Ahora, cuando escucho hablar de "incentivar el consumo", me parece oír un mensaje oculto: "Si no quieres ser pobre, gasta como un rico". Al final, la crisis pasará y no habremos aprendido nada. Y eso sí que debería causarnos remordimientos.

jueves, septiembre 24, 2009

VISIONES

Dos visiones en los dos últimos días:

AUTOTROMPETISTA

Un hombre, más joven que mayor, en su vehículo comercial, más coche que furgoneta, parado en medio del tráfico, más por el semáforo que por un atasco, aprovecha el tiempo y, en lugar de tocar la bocina impacientemente tratando de que el primer coche salga como un resorte en cuanto cambie el disco, saca su instrumento y ensaya con él. Suerte tiene de que sea una trompeta y no un contrabajo o un piano de cola, pero la sorpresa para mí es igualmente mayúscula. E igualmente mayúscula la simpatía que despierta en el trompetista que pude ser. Más renuente que frustrado, me considero un aficionado tramposo que cogió el atajo de la imitación. Ya sé que no es lo mismo. ¡Bravo por el trompeta!

PERRO SALTARÍN

Un perro blanco y peludo de esos samoyedos de zonas frías cruza un paso de cebra con alegres saltitos, quizá contento de que el verano se acabe y anticipando otro invierno helador más adecuado a su constitución y abrigo. Corre como al trote, con una gracia especial, como de puntillas. Se diría un perro bailarín. No es muy grande, aventuro que es cachorro. Detrás de él, a tres o cuatro metros, pasa su dueña, sujetándolo con una correa ni floja ni tirante, con la tensión justa y, sobre todo, constante. Ni el perro la arrastra tras él ni tampoco pierde el ritmo el animal, de modo que la cuerda caiga fláccida al suelo. La mujer no es vieja, pero tampoco una jovencita, y se mueve acompasada al paso ligero de su amigo. Cruza con una extraña carrera que es rápida, pero no tiene prisa, sin casi tocar el suelo. La ciudad, por unos instantes, no hace ruido.

miércoles, septiembre 23, 2009

PUBLICIDAD ENGAÑOSA

Se dice que la publicidad engaña, que la publicidad miente. Y es lógico que disfrace un poco la verdad para presentar las cosas mejor de lo que son con objeto de vendérnoslas. A todo eso estamos acostumbrados, y ya vamos alerta.

Lo que no me explico es que mienta sin interés. Me refiero al anuncio de unos seguros cuyo nombre, paradójicamente, no recuerdo con seguridad. Dice el anuncio, más o menos: "¿Dónde está el acomodador? ¿Dónde está el hombre que te ponía la gasolina? Todos han sido sustituidos por máquinas". ¿Por máquinas? ¡Por el amor de Dios! ¿Ha visto alguien algún robot en una sala de cine que te mire las entras y te ilumine el camino hacia tu asiento con un haz de luz láser? ¿Estoy haciendo el tonto cuando yo mismo cojo la manguera de la gasolina, la enchufo al depósito del coche y aprieto el gatillo? ¿Hay algún automatismo desconocido que podría evitarme esta labor? No, señores, no lo hay. Los dos ejemplos (pocos, por otro lado, para ilustrar un concepto) son erróneos. Ni el acomodador ni el gasolinero han sido sustituidos por máquinas. Han sido suprimidos. Donde estaba el acomodador, ahora no hay nadie; donde estaba el gasolinero, sólo hay aire.

Quiere el anuncio hacer ver que su empresa es buena, que no ha echado a nadie, y tiene mucho personal para atenderte. Claro, es que, si siguiera el ejemplo de los cines y las estaciones de servicio, se quedaría con una oficina vacía en la que sonarían los teléfonos sin que nadie los cogiera.

El anuncio es bonito, pero no funciona porque uno se queda enganchado en el error. Algo le ha sonado mal, aunque no sepa qué y, mientras lo piensa, termina el anuncio sin haber aprendido el nombre de los seguros y con una nebulosa de desconfianza. Es un recelo inconsciente que uno no termina de concretar. ¿Por qué no me fío de estos seguros? En el fondo es muy sencillo: Si te engañan con el anuncio... ¿qué no harán en la letra pequeña de los contratos?

martes, septiembre 15, 2009

¡TODOS A VER A MALAJE!

Como dice el protagonista de esta nota, voy a contar una cosa... antes de que se me olvide. Ya ni me acordaba de cómo entrar en mi blog, pero la próxima actuación en Madrid de mi admirado amigo Malaje me impulsa a hacer una recomendación.

MALAJE SOLO, como su propio nombre indica, es más bien una soledad en la escena que una compañía de teatro, similar al nombre del grupo que acuñó Pablo Carbonell cuando empezó a cantar en solitario y se presentaba en los conciertos con el saludo de: "Hola, somos los Pablo Carbonell".

Así, Malaje Solo, aunque en su página web parece haberse rodeado de algún otro actor, yo lo he conocido actuando solo, y no sólo en los límites de una sala, sino solo en el mundo, porque ha ideado un género del que él y sólo él es el único representante: el "humor aburrido".

Este concepto genial, pese a lo paradójico que pueda parecer en sus términos, es absolutamente preciso y descriptivo del humor que realiza. Tiene algo de literario, de filosófico, de poético y de naïf. Si les gusta Augusto Monterroso a lo mejor no les gusta Malaje, pero yo diría que sí. A mí me gustan los dos.

Se desmarca Malaje del tópico del andaluz "grasioso" y abraza el término "malaje", de dudosa etimología, que algunos vinculan con "mal ángel" y con el que se cataloga a las personas sosas, siesas, sin "duende", sin "arte", sin gracia. Malaje no engaña a nadie: no tiene gracia, pero tiene más humor que cuarenta cuentachistes juntos. O sea, que Malaje no tiene gracia, pero es gracioso.

Después de meses sin escribir una nota, ni siquiera de despedida o de suicidio, soy consciente de que habré perdido al poco público que tenía y que mi poder de convocatoria habrá bajado de cero a menos cero, pero, por si acaso, no quería dejar de hacer la recomendación. Aquellos de mis lectores que vivan en - o cerca de - Madrid, y quieran ver a un humorista único acérquense a la

Sala El Montacargas, en la
calle Antillón, 19,
el jueves 17 de septiembre a las 21:00.
Dentro del Festival de Clown de Madrid, podrán ver su espectáculo
¿CUÁNDO SE COME AQUÍ?
(Quizá, dadas las horas de la representación, lo cambie por Cuándo se cena aquí).

Me preguntarán ustedes: ¿Tú vas a ir? Y yo contestaré como el novio solícito y enamorado que le decía a su novia cómo la quería y cómo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, recorrer el mundo, subir y bajar montañas, luchar contra animales feroces, atravesar el Atlántico a nado, etc. Ella, encandilada, le preguntaba "¿Vendrás a verme mañana?", y él contestaba: "Si llueve no". Yo trataré de ir, no obstante.

Y también, quizás, me pregunten ¿Volverás a escribir en el blog? Tal vez, ¿quién lo sabe? Este verano he arreglado un futbolín que estaba para tirar y soy un hombre nuevo. Habrá que ver qué conservo del antiguo.

martes, mayo 19, 2009

EL HUMOR DE MI VIDA. CÁNDIDO

Habiendo descubierto hace poco de manera clara la necesidad de humor en mi vida, me ha parecido bueno dedicar atención a estudiar las referencias humorísticas que he tenido y que de una u otra forma han sido importantes para mí y, por supuesto, a agradecerlas. Y en primer lugar, debo recordar a Cándido, el simpático y entrañable personaje de Mena, cuyas tiras cómicas encabezaron durante muchos años una página del ABC, inmediata anterior a las que decían de "huecograbado", en la que compartía espacio con un crucigrama, un jeroglífico y quizás el horóscopo. Era Cándido un personaje flaco, calvo, con dos pelos, y gafas, que protagonizaba unas sencillas historias de humor blanco y sin palabras, en tres o cuatro viñetas. Me recuerdo de niño yendo con avidez a mirar en el periódico el chiste de Cándido, y recogijarme con sus chistes o, al contrario, alarmarme y angustiarme cuando, muy de vez en cuando, no entendía el chiste y me lo tenían que explicar. Es Cándido, por tanto, para mí, humor de infancia mantenida en el tiempo, y hace un tiempo me sorprendió enormemente descubrir que en internet no había una sola imagen de este personaje. Recordé que una hermana me había regalado un par de tazas de desayuno adornadas con chistes en color de este dibujo (que siempre vi en Blanco y Negro en las páginas de ABC), y decidí hacer una foto a cada viñeta para compartir con mis lectores este recuerdo. Y también, un poco, por hacer labor de documentación: la próxima vez que alguien busque a Cándido o a Mena, aparecerá columnadejuguete. Aquí va su tira:




¿Lo han entendido o se lo explico?

Gracias, Cándido.

domingo, abril 19, 2009

VUELVE LA SINCRONICIDAD

Conservo como amigos a dos jefes de mis primeros tiempos profesionales. Tengo un infrecuente, pero afectuoso contacto con ellos, que algunos años se limita a felicitarnos las navidades y el año nuevo. La tarde del jueves mi móvil apagado recibió una llamada de uno ellos, que no dejó mensaje. Le llamé al día siguiente: quería confirmar mi dirección para enviarme una invitación a la presentación de un libro suyo (teniendo en cuenta que esta semana he acudido a otra presentación de libro, ya me resulta llamativo). Más aún el que, por la tarde, mientras jugaba al fútbol, me llamara el otro, con recado de que me pusiera en contacto cuando pudiera. Le contesto la llamada, y es también para pedirme la dirección. Los dos en el mismo día y para lo mismo. En este caso, el motivo era otro: una invitación de boda.

martes, abril 14, 2009

LA SINIESTRALIDAD EN SEMANA SANTA

Leo que la siniestralidad en Semana Santa ha caído a mínimos históricos. ¿Será verdad? Yo encontré las procesiones igual de siniestras que siempre.



Se refiere la noticia a la caída de los accidentes de carretera, que ha habido menos, y con menos muertos. Contrasta esta satisfacción abstracta (nadie siente ser superviviente, nadie cree pertenecer al 18% menos de víctimas que el año pasado) con el dolor concreto de quienes han perdido a alguien esta vez. Se celebra, pues, la estadística, con satisfacción, pero sin alegría ni triunfalismos.



Y después de este bajón, para dejarlo en alto, comparto con ustedes este simpático gesto subversivo encontrado en Trujillo.



Por cierto, dato extraño: de mis acompañantes, las personas más descreídas eran las más interesadas en las procesiones, mientras que a los más religiosos nos producían un rechazo tendente a infinito.

Y digo yo: ¿no podríamos inventarnos un folclore más festivo, menos morboso y que no juegue con las cosas sagradas, para entretener a los turistas?