jueves, diciembre 19, 2013

SI TÚ ME DICES VEN 2.0

Plantean los filósofos un problema ontológico: si a una silla se le rompe una pata y la cambias por otra, ¿sigue siendo la misma silla? ¿Y si se le rompe una segunda y una tercera y hasta la cuarta también sucesivamente, e igualmente las cambias, y después el asiento y finalmente el respaldo, hasta que no queda ninguna de las piezas originales? ¿Sigue siendo entonces la misma silla? Dicen que el hombre va regenerando todas sus células de tal forma que al cabo de siete años no queda una igual. O así lo he entendido yo.
 
Hablo de esto en relación con el Trío Los Panchos. Tengo conocimiento de su existencia desde hace más de treinta años, y ya me parecían viejísimos.Pero el caso es que sigue existiendo el trío, aunque no quede nadie de ese trío en concreto. La wikipedia dice que se formaron en el año 44, pero los tres miembros fundadores ya han muerto. Por el camino, han ido apareciendo y desapareciendo nuevas voces. Se da incluso el caso de que uno de los miembros actuales es hijo de uno de los primeros Panchos y, por tanto, podría decirse que "ha heredado" el grupo.
 
¿Y por qué hablo de Los Panchos? Pues la verdad es que no hay ningún asunto de actualidad que lo justifique. De hecho, no hay nada menos actual que Los Panchos. Pero el caso es que, quizá precisamente por ello, me ha dado la ventolera de "actualizar" uno de sus más célebres boleros, "Si tú me dices ven". Aquí el tema original:

 
Después de escuchar esto, yo les cambiaría el nombre por "Los tan panchos". A mí me parece que ese alarde de sentimentalismo esconde una falta total de prudencia y sentido común, de modo que me he propuesto lanzar otra versión más razonable para evitar que Los Panchos ablanden el cerebro a las generaciones venideras. Como no me gusta mostrar en público mi imagen ni en foto ni en movimiento, no voy a colgar un vídeo de mí mismo cantándola (al menos de momento), pero sí quisiera compartir con ustedes la letra que sustituiría a la que acaban de escuchar.

SI TÚ ME DICES VEN
 
Si tú me dices ven, te lo agradezco;
si tú me dices ven, será un honor para mí.
Mi momento de ir al baño
quizás lo he de ceder,
mis objetos, que son pocos,
¿dónde los guardaré?
 
Si tú me dices ven, me querrás cambiar,
si tú me dices ven, siempre de canal;
si tú me dices ven, ¿qué más tendré que hacer?
 
No aceleres el momento por precipitaciones
para mudarme a tu casa, a tu misma habitación,
dormir contigo sobre un mismo colchón,
guardar mi ropa, toda mi ropa,
en un solo cajón.
 
Pero si tú me dices ven, no lo descarto,
que no se me haga tarde,
que vives en un barrio
perdido, muy chungo, lejos de todo...
Si tú me dices ven... yo me lo pienso.




lunes, diciembre 09, 2013

A BUEN EMPRENDEDOR, POCAS PALABRAS

Admiro a los llamados "emprendedores", algunos me caen bien, pero desconfío de los que pretenden convertirnos a todo a la religión del emprendimiento. Me suena a timo.

Con el "compra ahora, que una casa nunca baja", llevaron al redil de la propiedad hipotecada a toda la clase media, de la que buena parte se ha arruinado y el resto se ha esclavizado de por vida. Ahora, para terminar con los que quedan, los animan con palabras de aliento y apoyo institucional y crediticio a que se hagan "emprendedores". Con eslóganes como "no esperes que te den trabajo, genera tú tu propio trabajo" estimulan la fantasía de la autonomía económica, como si al registrar una empresa te regalaran unas planchas de imprimir dinero.

Encuentro este mito similar al de los "españoles por el mundo", que salen en la tele y hacen que se sienta uno gilipollas por quedarse en España, como si por el solo hecho de salir ya te adjudicara el universo un palacete, una fortuna y una novia heredera, culta y amorosa. "¿Por qué no te vas a Yemen como el de la tele? Allí se gana mucho dinero", dirá una madre, mirando a su hijo con esa mezcla rara y condescendiente de cariño y maldisimulado desprecio, angustiada por el futuro de su retoño y saturada de su presencia prolongada a lo largo de los años en el salón comedor de la casa familiar. No sabe la madre que todo el dinero disponible en Yemen para extranjeros está en manos del atontado que se despide ahora de las cámaras haciendo adiós con la manita. Y al hijo le aflorará el trauma infantil de la permanente comparación que, con respecto a las notas y al comportamiento, le hacían sus padres con su repelente primo Luisito. El empollón.

Dejar de trabajar para otros y convertirte en tu propio jefe, eso cualquiera lo compra. Pero la realidad es que el ser tu propio jefe fácilmente se convertirá en ser tu propio esclavo, o el esclavo de la empresa que has montado, e incluso el esclavo del banco que te ha dejado dinero, si has tenido suerte. De modo que, cuando te animan a ser "emprendedor", te están diciendo "olvídate de la mediocridad de trabajar para vivir y conviértete en un guerrero del mercado que vive para trabajar". En palabras del señor Mercadona: "toma ejemplo de los chinos" (que se pasan el día metidos en su tienda con toda la familia sin hacer otra cosa en la vida que atender el negocio).

Observarán irritados que estoy entrecomillando la palabra "emprendedor", cada vez que la empleo, en singular o en plural. A mí también me disgusta, no se crean. Escrita, leída, hablada y escuchada. Porque ¿qué es eso de ser "emprendedor"? Se usa como si fuera una profesión o una función social, cuando es más bien un rasgo de carácter (por lo que se ve, muy positivo) que les es propio sólo a algunos privilegiados y cuya carencia nos convierte a los demás en poco menos que parias de la sociedad actual.

Toda la vida ha habido gente más "echada p'alante" y otros más "parados" (que no desempleados), y a ninguno de ellos ha habido que espolearlos con campañas para que elijan el riesgo o la seguridad, gente con pájaros en la cabeza que volaban buscando aventuras y fortunas y otros más árboreos que echaban raíces en su terruño por instinto de conservación propia o del entorno. Funcionarios y freelances, comerciales y contables, misioneros y párrocos de barrio, y no ha de ser mejor una cosa que otra. Mucho con cuidar las discriminaciones por razón de sexo, edad o procedencia, y no decimos nada de la discriminación por carácter. Pues desde aquí me opongo a que la carta astral se considere un mérito.

Y todo esto, además, por evitar la palabra adecuada: empresario. Tampoco tenemos muchos alma de empresario, pero, en todo caso, podemos encajar mejor la sugerencia "hazte empresario" que la de "hazte emprendedor", porque emprendedor no se puede hacer uno, como no se puede hacer bajito el que es alto ni rubio el que ya es calvo irremediablemente. ¿Y a qué viene, dirán (lo digo hasta yo), este eufemismo? ¿Tanto mal ha hecho Díaz Ferrán que ya el solo nombre de empresario tira para atrás? ¿Se hace quizás para eludir el natural pudor que puede sentir un trabajador de toda la vida al creer que va a traicionar a su clase para pasarse al "lado oscuro" del mercado laboral? Y digo "cree" porque si se piensa que va a trabajar menos o a ganar más, además de emprendedor será un ingenuo.

Me inclino a pensar (mal, y acertaré) que se trata de una maniobra empresarial, de los grandes empresarios, de los de toda la vida, para distinguir su supuesto buen nombre, del de los nuevos inmigrantes que están llegando a su gremio en oleadas, pequeños empresarios, unipersonales muchos de ellos, de recursos frágiles como pateras, que no se sabe por cuánto tiempo se tendrán a flote. ¿Y vamos a gastar  - dirán - el nombre de "empresario" en alguien que apenas dura entre nosotros unos meses o un par de años? A estos llamémoslos "emprendedores", han pensado, que es algo así como llamarlos becarios o meritorios del gremio de hacer empresa. Si consiguen mantenerse, ya se ganarán el nombre. Y mientras tanto, estarán a prueba como cualquier trabajador, pero sin derecho a paro ni indemnizaciones y, por supuesto, sin que nadie los rescate si las cosas van mal y quiebran.

Lo que digo, un timo.

sábado, diciembre 07, 2013

EL FESTIVO DEL PARADO

Hace no mucho me contaba una amiga que la habían contratado para hacer un programa piloto de televisión, que por falta de presupuesto la echaron antes de tiempo, pero que pretendían que estuviera presente en la grabación de la semana siguiente para echar una mano, en plan favor. Finalmente la contrataron para ese día, domingo. Trabajó dieciséis horas y le pagaron justo el equivalente a un día de trabajo según el salario pactado antes de su despido, sin horas extras, nocturnidades ni nada que se le parezca.

- ¿Pero no me vais a pagar el festivo? - preguntó ella.
- ¿A ti qué más te da, si estás en paro? - le contestó la productora.

Cuando digo la productora, no me refiero a una empresa, sino a una persona que desempeña las funciones de producción, una contratada, una asalariada, tal vez fija, tal vez con un mejor sueldo, tal vez todo ello momentáneamente. Una compañera, quiero decir.

Quizá en festivo no hay guardería donde dejar a una hija o hay más problema para encontrar a un familiar que te haga el favor de cuidarla o simplemente le pueda apetecer estar con su marido que, por fortuna, sí trabaja a diario. O quizá, no es probable en estos tiempos secularizados que nos ha tocado vivir, pero igual el trabajador es católico practicante y se pierde una misa.

Indignaciones aparte, en este fin de semana largo con festivo adosado me han vuelto a la cabeza mis reflexiones, sensaciones y sentimientos sobre cómo vivimos los desempleados los días festivos.

Para el que trabaja, el festivo es, por ejemplo, el día en que no madruga ni tiene prisa (o al menos, no por obligación).

¿Y para el parado? En ese sentido, todos los días serían festivos. Si quiere, no tiene por qué madrugar ni ir a ningún sitio a una hora señalada. Pero hay un detalle muy importante que distingue a los festivos de los laborables. Los festivos son como la muerte que a todos nos iguala, ricos y pobres, trabajadores y desempleados. Una persona que está en su casa en pijama a las diez de la mañana de un día laborable sólo puede ser un parado; pero si ese día es festivo, esa persona podría ser cualquiera, y aunque nadie nos vea, los parados lo sabemos y nos sabe menos mal ser perezosos.

Los festivos también descansan los parados  ¿De qué?, dirán algunos intolerantes insolidarios, ¿de qué tienes que descansar tú, que no das un palo al agua? De su censura, sobre todo. Descansan precisamente de no cumplir con el mandato bíblico de ganarse el pan con el sudor de su frente. Si no me tomara la vida con tranquilidad, diría que es un descanso de ansiedad, de frustración, de culpabilidad (para el que las tenga y las sufra). La búsqueda activa o pasiva de empleo que se le exige al parado en laborable se suspende en festivo. Hoy no hay que sufrir por oportunidades perdidas, por la llamada que no has recibido, por la oferta de la que no te has enterado. Hoy no hay que hacer nada, hoy, te pongas como te pongas, no te va a surgir ningún trabajo.

En festivo, no se puede hacer la compra, y el bolsillo vacío del parado vale lo mismo que el monedero lleno del afortunado esclavo que trabaja. En festivo, el parado solitario se apunta a comer con la familia, que lo acoge (y si no tiene familia, quitamos la coma y se queda en "la familia que lo acoge", que dentro de nada el gobierno lanzará la campaña "Siente un pobre a su mesa", y el azar será capaz de llevarnos a la mesa de un vecino de edificio).

También, por otro lado, el festivo es un poco el territorio del parado, que ya se ha acostumbrado a tener el tiempo libre y a llenar sus horas de aficiones y terapias ocupacionales de lo más diverso, y se convierte en anfitrión de los trabajadores que, después de dedicar a su labor madrugones, transportes, actividad y charla durante cuatro días, acaban mareados y perdidos de sí mismos. ¿Qué me gustaba hacer?, se preguntan. Y el parado sugiere: actualiza tu blog o juega al candy crush hasta que te duelan los dedos.

El parado, eso sí, no siente la ansiedad del trabajador en los fines de semana largos, no tiene obligación de aprovecharlos más, de salir de puente y viajar. Lo podría hacer cuando quisiera, en cualquier momento... si tuviera dinero. En casos como el mío, en que la austeridad está incorporada a mi modo de vida, trabaje o no, no encuentro tanta diferencia. No tengo, eso sí, esa especie de jetlag anticipado que te entra el domingo por la tarde cuando, después de tres o cuatro días viviendo como una persona, descubres que, tras la noche, volverás a trabajar.

Todo esto, en cuanto a la prosa; por lo que se refiere a la poesía del festivo, ¿acaso no tenemos vista, tacto u olfato para darnos cuenta del plus de luminosidad del día de asueto, de la limpieza del aire y el buen rollo que se respira por la calle? Aquí al séptimo día lo llamamos domingo - dominus diem, día del Señor -, pero en inglés lo llaman Sunday - día del sol -, y será casualidad, pero parece que la estrella luce más. O igual es que es mayor el reflejo de los mismos rayos sobre el tradicional "traje de domingo", que aunque en estos tiempos no sea muy de estreno, es de mejor color y conserva su apresto.

No me gusta, por ello, que las tiendas abran en domingo. ¿Contratan a más gente, les pagan más por ser festivo, o les dicen que "a ti qué más te da, si estás en paro"?  El caso es que obligan a abrir también a los pequeños comercios familiares que no se pueden permitir más gente, y hacen que la vida parezca un continuo trabajar, corrompiendo ese ambiente de festivo en el que todos estamos descansando. Salvo los camareros y los futbolistas. Me siento mal comprando en domingo, siempre es porque se me ha olvidado algo entre semana, porque no he estado atento, porque, sabiendo que siempre habrá algo abierto, uno se despreocupa. No, señores, nos están malacostumbrando, nos vuelven irresponsables. Y a veces me parece ver la censura tras la sonrisa del frutero cuando en pleno domingo te acercas a comprar unos plátanos que podías haber comprado simplemente ayer por la mañana. Tú puedes descuidarte porque él trabajará para ti, aunque eso no le suponga no descansar nunca. Ahora, el festivo no es un motivo común de alegría porque no es común, no nos pertenece a todos, ahora, más que nunca, cada uno tiene que luchar por lo suyo hasta el último segundo libre de su día de fiesta. Y eso es muy malo, señores. No sé si para la economía, pero sí para los parados, porque toda esa gente que está trabajando en domingo nos hace quedar muy mal.




miércoles, noviembre 27, 2013

LA CHICA DE LOS DONUTS

Me ocurrió hace un par de semanas o tres, en un breve paréntesis ocupacional en medio de mi desempleada vida y, como en aquel momento no tuve ocasión de contarlo, lo rescato ahora.

Situémonos en un vagón cualquiera de metro, en la larguísima línea 10 de Madrid, con dirección al Norte. Ya hemos traspasado las estaciones punta y ahora los viajeros somos pocos y estamos casi en familia. Tanto que hasta me puedo sentar. El tren para y sube una chica, la chica de los donuts del título. La llamo así porque lleva en la mano un envase de plástico transparente de cuatro donuts extendidos en horizontal, como una bandeja con tapa. De los cuatro bollos para los que está diseñado el pack faltan dos: uno está desaparecido, el segundo se lo está comiendo en ese momento.

El donut no es un alimento bien proporcionado. Y no lo digo ya por su composición alta en azúcares refinados, sino por algo mucho más tangible: su tamaño y peso. Por compararlo con algo de su rango, podemos decir que un croissant, sólo uno, basta para que desayune una persona adulta. Por el contrario, un donut, sólo uno, a pesar de ser altamente saciante, no es suficiente. Y, sin embargo, una segunda pieza completa resulta excesiva. Le sobra aproximadamente un tercio. A mi juicio, pues, el tamaño del donut debería tener la proporción áurea con respecto a la unidad; es decir, 1,618 de lo que es un donut de los de ahora.

Hago esta disertación leonardiana para explicar que comprendí perfectamente que la chica estuviera comiendo un segundo donut. Bueno, tampoco lo comprendí tan perfectamente del todo. Primero, porque tengo para mí que una persona debe salir de su casa por la mañana sin obligaciones fisiológicas pendientes. Es decir, entre otras cosas, habiendo desayunado. Llegar puntual al trabajo y ponerse a desayunar me parece igual que llegar tarde. Y utilizar el baño de la empresa para otra cosa que no sea lavarse las manos, un abuso de confianza. Me sorprende que el bueno de Kant no lo mencione expresamente como parte de su imperativo categórico. En todo caso, la chica de los donuts no iba a desayunar en el trabajo, ya lo estaba haciendo por el camino. Tampoco me entusiasma, pero valoro que aproveche el tiempo. Aunque, chica de los donuts, dondequiera que estés, teniendo en cuenta que eran cerca de las diez de la mañana, me gustaría que hicieras esta reflexión: ¿De verdad no te da tiempo a desayunar en casa? Mejor pensado, casi prefiero que la chica de los donuts no lea esto, me quedaría más tranquilo.

Digo más: me extrañó también el formato del envase, incómodo, poco práctico, desmesurado para una sola persona, escaso para una celebración de cumpleaños. ¿Qué pasó con la célebre caja de cartón de seis de toda la vida? Según veía a la chica comer su segundo (y suponía que último) donut, no podía evitar pensar en el trasiego de cargar con ese despliegue de paquete pasando tornos, empujando puertas de salida del metro, y ocupando después medio escritorio en el trabajo.

Mi extrañeza por ver a una persona comiendo en el transporte público es de índole general, pero este caso aportaba algunas particularidades y es que la chica, por decirlo de alguna forma que no se me entienda, era más convexa que cóncava. No utilizaré la expresión "entrada en carnes", porque me desagrada sintáctica y semánticamente. La palabra "carne" me connota a res sangrante y, en todo caso, ausente de piel, y en cuanto a qué entra en qué, me parece obvio que más bien son las carnes y los kilos los que estaban dentro de la chica. Un poco a presión, eso sí. ¿Le suponía eso algún reparo a la hora de elegir alimentarse de bollería industrial? Evidentemente no: la mujer ingería su bollo, de chocolate en este caso, bocado a bocado, sin prisa pero sin pausa, sin avidez ni deleite, sin placer ni dolor, con una inconsciente determinación, como cumpliendo una misión que le hubiera sido impuesta, como hipnotizada.

¿Y a ti qué te importa?, dirán ustedes. Efectivamente, nada, pero, contagiado quizá de su estado hipnótico, no podía dejar de mirarla y hacerme todas estas reflexiones que ahora comparto. Sabía que no debía mirarla fijamente, pero lo hacía, sabía que no debía analizar tanto la situación, pero ocurría igualmente y, sobre todo, sabía que no debía juzgarla y trataba de no hacerlo, pero un grupo de voces cotorras en mi cabeza insistían en dar vueltas al tema "luego se quejará de que está gorda". Y según lo pensaba, sentía que mis pensamientos de alguna forma encontraban manifestación en mi cara, que aunque no los dijera en voz alta, algo se trasluciría de mi expresión corporal y de mi terca y obstinada manera de mirar a la chica de los donuts. Concentrado en mirar hacia otro lado y pensar en otra cosa, no apartaba mi mirada de ella ni dejaba de pensar, de una u otra manera, en los donut. ¿Qué va a hacer con los que queden? ¿Ofrecerá en su trabajo? ¿Y no es un poco feo ofrecer de los que te sobren después de haber comido? ¿No se los irá a comer todos? No podía evitar censurarla internamente, e internamente sufría y le pedía disculpas por mi mala educación. Pero si ella era ajena al mundo que le rodeaba (dicho sea sin segundas), más lo era al mundo interior del pasajero que tenía enfrente.

De pronto algo pasó que desbloqueó mi hechizo e hizo saltar por los aires todos mis remordimientos de conciencia. Quizá se lo imaginan. De hecho, he metido un espoiler en el párrafo anterior en forma de pregunta retórica como quien no quiere la cosa. Ya lo saben, ¿verdad? La ingesta de un solitario donut en un triste vagón de metro estaba dando de sí más que la célebre magdalena de Proust, y el asunto no era comparable. En realidad, y aunque la chica masticara de forma premiosa, casi rumiando, he sido más yo quien le ha dado coba a su desayuno. El caso es que, irremediablemente, el donut llegó a su fin. Y justo en ese momento, cuando yo pensaba que ya habían terminado mis tribulaciones, que mi compañera de viaje dejaría de comer y yo podría mirar hacia cualquier lado, incluido el suyo, sin ser sospechoso de nada, la joven cogió otro donut, el tercero del paquete y sin pensárselo dos veces se lo llevó a la boca. En ese momento supe que a ella, libre u obligada por fuerzas oscuras, no le importaban nada su peso, su salud ni, por supuesto, lo que pudiera pensar o mirar un anónimo pasajero curioso que le hubiera tocado en suerte delante. No me entretendré tanto con este tercer bollo, el segundo de mi viaje. Lo comió como el anterior: bocado a bocado, con constancia, sabiendo perfectamente adonde quería llegar. Al cuarto. ¿Necesitan que se lo diga? Evidentemente, no iba a llegar a su oficina con un único donut para ofrecerlo a los compañeros. Sin muestra de hartazgo ni de cansancio, también lo cogió, mordió, masticó y deglutió paso a paso como si no hubiera un mañana. ¿He dicho como si no hubiera un mañana? Miento: como si hubiera un mañana y sabiendo que había habido un ayer. Es decir, como todos los días. Sí, señores, mi amiga del metro se había zampado cuatro donuts como cuatro soles sin darle la mayor importancia, claro indicio de que era una rutina habitual que hace mucho había dejado de cuestionarse.

Y yo preocupado.

martes, octubre 08, 2013

MÚSICA DE CALLE

ALL OF ME

Llevo desde el lunes de la semana pasada sin poderme quitar un tema de la cabeza, y digo tema en el sentido de canción, no de asunto o materia. A cada rato se me presenta un tarareo mental de "All of me", el clásico estándar de jazz que, acabo de descubrir en wikipedia, se compuso en 1931 (o sea que tiene 82 años nada menos) y es uno de los temas más grabados de este tipo de música.

La cosa empezó al ver a un conjunto de músicos tocando en la calle. Eran tres y ya no me acuerdo de sus instrumentos. Había un contrabajo, eso no se olvida,  quizás un viento - trompeta, clarinete o saxofón -y probablemente una guitarra. Parecían de ese grupo tan animado que eran como diez o doce y tocaban con mucho swing, rollo "gypsy jazz", y te alegraban el día cuando te los encontrabas. Siempre me planteé cómo podía salirles a cuenta. Aunque sacaran el doble que cualquier acordeonista triste, entre tantos no tocarían a nada. Bueno, pues se ve que han hecho las mismas cuentas que yo, y ahora salen sólo tres. Los EREs han llegado a la música callejera.

Yo iba a hacer un recado, eso no tiene importancia, y me quedé un rato a verlos. Lo bueno de no tener horarios es la libertad para hacer este tipo de actos lúdicos. Por unos momentos, me sentí dentro de una película de Woody Allen. Como mero figurante y sólo en la banda sonora, pero algo es algo. Ahora mismo no sé si la ha incluido en alguna de sus películas, pero sería de extrañar que no. El tema tiene un punto sentimental y triste:

All of me, why not take all of me?
Baby, can't you see I'm no good without you?
Take my lips, I'll never use them
Take my arms, I want to lose them

Your goodbye left me with eyes that cry
Tell me how can I go on, dear, without you?
You took the part that once was my heart
So why not take all of me?
Pero, al igual que Woody Allen lo disfraza todo con diversión, comedia y chistes, la música viva y alegre también parece hacer una parodia de la letra en esta canción.

Por cierto, que yo no recordaba cómo seguía, más allá de la primera estrofa, y tenía curiosidad por conocer su evolución y su final. Imposible, al cabo de un minuto y medio de melodía e improvisación, cuando esperaba algún tipo de giro inesperado, el trío volvió a empezar. Bien, pensé, quizá esta canción tiene esa estructura, en la que se repite todo una vez, y luego hace un cambio para terminar. Tampoco. La improvisada small-band de la plaza de Neptuno parecía haber entrado en bucle. No es de extrañar: ¿quién, salvo yo, se queda más de un minuto escuchándolos? Por eso, con saberse un trozo largo de canción pensaban que iban sobrados, nunca nadie descubriría que en realidad no sabían acabarla. Pero mi inesperada incorporación como público - que pensé que les halagaría - les estaba dejando en evidencia. Consecuentemente, las efusivas y abundantes sonrisas de agradecimiento que me prodigaron al principio se empezaron a tornar en esquivos rictus incómodos.

Al cabo de ocho minutos y cinco repeticiones y media, la cosa empezó a resultar tan angustiosa que opté por irme. Quizá ya era tarde. Una música tan alegre y pegadiza escuchada tan de seguido encontró en mi desocupada cabeza el terreno propicio para arraigar, y desde entonces cada pequeño silencio interior es inmeditamente cubierto por "All of me", en versión instrumental, que hasta ahora tampoco me sabía la letra.

Después de este relato, me parece obligado enlazarles a alguna referencia de la canción y, por no decantarnos por uno u otro, les he seleccionado a un anónimo con un "gypsy style" similar  a los músicos de la calle.

http://www.youtube.com/watch?v=_cZfMLVdvxI

EL CHANTAJISTA

De camino a la compra, en una esquina cercana a mi casa, me encuentro a un músico silente, de pie, apoyado contra la pared, con el acordeón en el suelo, no haciendo nada. Pienso que está justo en el recreo, tiene derecho el hombre, cinco minutos de pausa a la hora, o un pequeñísimo receso entre canción y canción o, quién sabe, acaba de terminar su repertorio, y está pensando por dónde seguir. Yo, que sí sé por dónde seguir, paso de largo y voy a mis recados.

Al cabo de treinta minutos... veinte... quince como poco, vuelvo sobre mis pasos con la carga de la compra hecha y, en la misma esquina, me encuentro al mismo hombre en idéntica actitud y con el mismo acordeón callado. ¿Por qué?, me pregunto. ¿Terminó su jornada laboral? Entonces, ¿qué hace ahí, que no se va a su casa? ¿Le ha entrado pánico escénico? No se le ve asustado. De hecho, hace tiempo que no veo a nadie en actitud más relajada. ¿Quizá un bloqueo artístico? ¿Como el miedo a la hoja en blanco del escritor, pero en música? Sólo encuentro razonable una explicación:

El hombre no ofrece la música para conseguir unas monedas... ¡nos chantajea con ella! Y es probable que le salga más rentable la amenaza de sacar el acordeón que el tocarlo realmente.


OPOSICIONES

Y ahora resulta que el Ayuntamiento de Madrid va a convocar oposiciones para poder tocar música en la calle.

http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/07/madrid/1381147856.html

Miento, no son oposiciones, la noticia no habla de plazas limitadas, sólo de la necesidad de tener autorización. ¡Con lo bonito que es que se puedan hacer cosas libremente, sin necesidad de carnés ni autorizaciones! ¿Que uno toca mejor? Le das dinero y te quedas a escucharlo. ¿Que no te gusta "El cóndor pasa"? Pues pasa tú. Pero ahora va a hacer falta una "Prueba de idoneidad". ¿Será por audiciones o por curriculum? ¿Es suficientemente idóneo un sin papeles con ocho años de violín en el Conservatorio, probablemente no demostrables?

Supongo que a los músicos idóneos les obligarán a sacarse un IAE, hacerse autónomos y pagar impuestos por el dinero recaudado en los días de trabajo, que a lo tonto puede ser más que el salario mínimo, y no porque hagan mucha caja, sino porque el salario mínimo es verdaderamente mínimo.

Y digo yo: ¿y si les hiciéramos pruebas de idoneidad a los políticos?




viernes, junio 21, 2013

LA VIDA ES COMO UNA CAJA DE BOMBONAS

Soy fan del butano. Del gas, no del color. Del color también, siempre que lo llamemos naranja y se componga de más amarillo y más luz que ese oscuro tono de las bombonas. En comparación con los otros consumos domésticos que tengo o podría tener es sin lugar a dudas el más barato, y ya saben que por ese lado a mí me ganan. Soy un hombre extraño. A mí no se me conquista tanto por el estómago como por la economía. En serio, hace poco en una revista (gratuita) de la OCU salió un reportaje comparativo entre las maneras de vivir de una joven pija y una funcionaria de mediana edad. La primera, acostumbrada a marcas "premium" y caprichos; la segunda, austera hasta la médula, concienciada con el medio ambiente, y esforzada por salvar algo para oenegés (OONNGG, para los puristas de las siglas). Por un par de semanas estuve enamorado. Luego vi a la cajera del Eroski y dudé de mis sentimientos.
 
El caso es que la instalación del butano requiere cierto mantenimiento, una revisión oficial cada cinco años. Me tocaba ya (y no en diciembre pasado, como querían hacerme creer para cobrarme antes de tiempo), y llamé para reclamarla. No estaba quien llevaba el tema, así que tomaron nota de mi teléfono para llamarme, y cuando me llamaron lo hicieron como si hubiera partido de ellos la idea: "Oiga, que le toca hacer la revisión". "Ya lo sé, he llamado yo, y la voy a hacer porque quiero, no porque me lo diga usted".
 
Me sorprende la ausencia de lógica en algunas conversaciones. Me dicen que vendrán de 9 a 10. Como no quiero que me encuentren en calzoncillos y con las legañas, tendría que levantarme como a las ocho, así que pregunto "¿No puede ser más tarde?". Y me dicen: "Si quiere, se lo pongo de 9 a 11". ¿Y qué gano yo con eso? Me tengo que levantar igualmente a las ocho por si vienen a las nueve, y encima aumentan su margen de llegada con lo que en lugar de tenerme pendiente una hora me tienen dos. Supongo que si le hubiera pedido que viniera por la tarde, me habría dicho que vale, que entre las nueve y las cinco.
 
Finalmente, vino el técnico a las nueve y media y fue rápido: todo estaba bien. La revisión era tanta pasta que las vueltas parecían ridículas, pero ¿qué sentido tiene dejárselas de propina? A lo mejor lo esperaba y le parecí un tacaño. Puedo vivir con ello. Hasta dentro de cinco años no volveré a verle, si es estoy aquí y si es que viene el mismo. Por otro lado, él está trabajando y yo en paro. ¿Qué es eso de ir de señorito? Podrían perfectamente venir a regañarme los señores del INEM (que ahora se llama SEPE, como míster Proper se llama Don Limpio). "No le damos a usted 400 euros para que los vaya tirando en propinas; si le sobra el dinero, no le damos nada". Se lo tenía que haber dicho al técnico para que no me odiara. "Pensaba darle propina, pero estoy en paro". Y a lo mejor me hacía descuento. Se me ocurre que dentro de poco en el Servicio de Empleo a los perceptores de prestación o subsidio nos obligarán no sólo a buscar trabajo activamente, sino también a reclamar descuentos, como hacía mi madre cuando éramos pequeños en cualquier tienda en la que entrábamos. "El no ya lo tienes".
 
Me enrollo por nada, sólo quería hablar de la conversación de besugos: ¿De nueve a diez, no puede ser más tarde? De nueve a once, si quiere. En momentos así uno quisiera ser un profesor delante de un alumno y explicarle el error, ponerle un negativo y suspenderle la evaluación para que aprenda a pensar. Pero no quise encenderme mucho hasta pasar la revisión del butano, no fuera a soltar una chispa y a saltar por los aires.
 
Una línea más tachada en mi lista de tareas. Qué poco épico suena eso al lado de las muescas de los revólveres. Qué distinta es la vida del amo de casa de la del pistolero.

viernes, junio 14, 2013

GISELA NOVAIS & THE BLUE SUMMERS: ALTAMENTE RECOMENDABLE

Anoche, contraviniendo mis costumbres, cambié lo monacal por lo monegasco e hice vida social. Y hoy mi atrevidísima ignorancia se va a arriesgar a hacer crítica musical; en este caso una reseña laudatoria, para que nadie se ofenda y me diga que no tengo ni idea (lo cual es cierto, por otro lado).
 
Asistí al estreno de un videoclip musical de una calidad y factura impecables. "Give me a shot" es el tema. Sobrio, elegante, con mucha clase. La imagen, el sonido y los intérpretes. Aunque debo confesar que me sentí un poco incómodo: iba vestido de cualquier manera, y aquello era música para escuchar con traje y corbata. No era música seria, pero sí música en serio. Compuesta con rigor e interpretada con todo el buen gusto que ha quedado liberado por falta de uso en nuestros días. De hecho, sin ser para nada una música pasada de moda, evocaba sin querer (o queriendo, ellos sabrán) a otros tiempos, a los buenos tiempos, sean estos cuales sean. Me la puedo imaginar, por ejemplo, en un guateque de los publicistas de Mad Men o en una banda sonora de la nouvelle vague. Es una música que gusta, y gusta que te guste, porque uno siente pertenecer a una cierta aristocracia intelectual y artística al escucharla. No se me vayan a asustar, que no hay que estudiar para escucharla.

Después siguió un concierto con las canciones de su disco de próxima aparición. Fue un concierto acústico, que es casi como decir una exposición visual o un perfume oloroso, pero en los ambientes musicales, "acústico" quiere decir con los instrumentos sin conectar. O sea, sin ruido, como debe ser.
 
Hace poco escuché que el saxofonista de jazz Paul Desmond, al ser preguntado por cómo definiría su sonido, contestó "Como un dry martini". Lo mismo o parecido podríamos decir de Gisela Novais & The Blue Summers. Un dry martini, un whisky con hielo o un gin tonic. Algo sofisticado, pero sin complicaciones. Muy puro y con calidad. Sí, amigos, esta música no puede escucharse de botellón en los bafles surrounder del maletero de un Seat León tuneado. Esto es otra cosa, que pudo ser más o menos así: Yaveh le dijo a Guillermo Summers que se avecinaba un largo diluvio de raps y reguetones que anegaría la Tierra, y le encargó que construyera un grupo en el que poder rescatar los estilos que merecieran la pena, y creó su arca particular: una banda de swing, soul, rhythm and blues, jazz and blue-eyed soul (esto último no sé lo que es, lo ponen ellos en su etiqueta).  
 
Ya metidos en el terreno de las metáforas y comparaciones (¿cómo describir, si no, un sonido?), y por salirnos un poco de los espirituosos, quizá diría que huele a madera y que es un sonido masculino. ¿Qué significa eso? Yo qué sé. Hay grupos estrictamente masculinos que suenan muy femeninos (es una manera de hablar; en realidad suenan a gato). Lo que quiero decir es que suena a club de jazz, a voz grave y profunda, a composiciones pensadas y medidas, a estructura e ingeniería. Y luego está, claro, desmontándome el argumento, Gisela.

He hablado antes de Paul Desmond, y sin embargo era Stan Getz el saxofonista en que uno hubiera pensado. Al ver las fotos de la presentación y el nombre de Gisela, uno esperaba bossa nova. Pero no, nada de eso. Gisela Novais parece nombre de brasileña, pero es argentina y canta en inglés. La banda tiene espíritu cosmopolita, porque no es de aquí ni de allá, ni de ahora ni de los 80 ni de los 60. Nace como clásico de todo tiempo y lugar. Pero no es sólo con su nombre como engaña Gisela, que la ves con cara de niña revoltosa y en dos notas se convierte en femme fatal y gran dama del jazz. No sé hablar de timbres, colores, tesituras y matices, no distingo cada cosa, pero sí le escuché todo tipo de registros y hasta la osadía de quitarse el micro en un momento dado para ofrecernos su voz aún más en vivo.

Cómo sería el concierto que, en un momento dado, llegué a la locura y me descubrí llevando el ritmo con los pies. Quien me conoce sabe que eso supone un entusiasmo al que soy poco dado. En definitiva, pues, diré que se trata de un grupo distinguido, con clase y con estilo, tanto que cuando, por una vez, dejaron sus canciones propias y se animaron a hacer una versión de "Hit the road, Jack" (un tema de Ray Charles tan clásico que lo conozco hasta yo) le dieron tanta personalidad que hacía difícil descubrir al original. No seré yo quien diga si lo mejoraron... pero sí, lo digo: me gustó mucho más. Quizás fue por la novedad, no les digo que no. O por la Novais, pero tienen que escucharlo.

Dijeron que sacaban disco en dos semanas, quizá yo no pueda avisarles por entonces. Estén pendientes. 

miércoles, junio 12, 2013

LOCOS MEDIOS DE MOCIÓN

LA CONTRACICLISTA

Probablemente se trate de una de las visiones más poéticas que se me hayan presentado últimamente. Una chica joven, creo que delgada, no me fijé mucho, no debía ser muy para fijarse, subía a la acera en sentido contrario al tráfico montada en su bicicleta de ruedas grandes, de esas que llamamos de paseo y que se han convertido en especie en vías de extinción por la aparición de esa atrocidad de "mountain bike" depredadora. Creo que no llevaba casco. No, no lo llevaba. Con casco, la imagen nunca hubiera llegado a poética, se habría quedado en pintoresca, extravagante o simpática, a lo sumo. Lo cierto es que hasta el momento ni siquiera llega a eso, ¿verdad? Una chica poco llamativa en bici, sin casco, delgada pero de gemelos presuntamente musculados. Lo importante no es eso, sino el coleo, porque tras la bici iba un remolque, que ya me dirán cuándo han visto ustedes una bici con remolque, y sobre el remolque, como un envite a la sorpresa, la enorme y rígida funda de un contrabajo completando una estela de más de cuatro metros entre bici, ciclista, remolque e instrumento. En difícil equilibrio entre la cursilería francesa de Amelie y un rigor germánico ecologista, la caravana escapó a mis espaldas sin yo volver la vista atrás para retener su imagen. La foto estaba hecha.
 
LA SILLA ELÉCTRICA
 
La silla eléctrica, como tal, a pensar de ser un mueble paradójicamente inmóvil, es incuestionable que es un medio de transporte tremendamente eficaz, pues facilita un traslado muy dífícil y delicado: el tránsito de la vida a la muerte. No es un elogio, por supuesto; es un dato. Pero no es de esta silla eléctrica de la que quería hablar sino de esa otra, como motito de cuatro ruedas con manillar, en la que se desenvuelven nuestros más modernos ancianos. Las pocas que había visto hasta ahora eran de estética sobria y lento movimiento, casi como la maquinaria pesada industrial que acompaña su funcionamiento con un avisador acústico monocorde y desagradable, en plan: "cuidado que voy, cuidado que voy, cuidado que voy...". Pero ayer vi uno de estos aparatos como quads de andar por casa a pleno rendimiento. Cruzando la calle de Francisco Silvela de lado a lado, entre oleadas de peatones, una simpática viejecita ponía la directa y, melena al viento, apisonaba inmisericorde el paso de cebra a no menos de veinte kilómetros por hora, arrollando y adelantando a su paso a todos los viandantes sin "cuidao que voy" que valiera. Quién tuviera una de esas para cruzar la Castellana entera de una sola vez.
 
APARCO Y MIENTO
 
Hace un par de días tuve que coger el coche por un recado y aparcar en zona verde un rato. Me quedé en el coche esperando. Los agentes no suelen multarte si estás en el coche. En cualquier caso, te avisan, y ya te vas. Me preparé una excusa por si acaso, que me había detenido un rato porque me había mareado. Pero no pensé que hiciera falta. En efecto, así fue: pasó una agente, me vio, y pasó de largo. Sin embargo, al rato, vino otra (¿quizá avisada por la primera?) e, ignorando mi presencia, miró la matrícula y empezó a escribir en un cuaderno. Salí del coche a preguntar si me estaba tomando nota, me dijo que sí, y yo saqué mi excusa. "¿Quiere que llame al Samur?", me retó. "¿Me voy?", le dije yo. Evidentemente, antes de que me pongan una multa, desaparco el coche. "Si se encuentra usted mal, llamo al Samur", insistió ella, sin ninguna preocupación aparente por mi salud. No tuve los reflejos de explicarle que la que me estaba poniendo enfermo era ella, pero aguanté el tipo: "Hombre, para llamar al Samur no creo que sea". Finalmente cedió, me pidió que pusiera los intermitentes y se fue.   
 
Le dan ganas a uno de preguntar: ¿Es usted del Servicio de Aparcamiento Regulado? Pues apárqueme el coche, hágame ese servicio.
 
... E INSULTO
 
A la guardia, por supuesto. Para mis adentros y entre dientes, pero de forma expresa también (dentro de los límites de la cabina cerrada del coche) cuando busco aparcamiento y el que circula delante de mí me quita un sitio. Me acuerdo de su madre, le pinto atributos caprinos y lo emparento con el mismísimo diablo. Y si el coche es grande, lujoso y bien lavado, le echo en cara que no se gaste el dinero en un parking y nos quite las escasas plazas de la calle a los pobres. Lo digo, lo pronuncio, lo grito a media voz y sin mucha vehemencia, sin pensarlo de verdad, y así me desahogo. Ayer me pasó. Era de esperar. Entré por una calle detrás de tres coches. Al llegar a la esquina, el que tenía delante dobló a la izquierda. Los otros habían seguido recto. Giré yo también. Esperaba que mi predecesor fuera a meterlo en un parking que hay a la vuelta, pero no. Había un hueco en batería a la derecha, y allí plantó sus cinco metros de flamante berlina azul. Y yo inicié mi protocolo de descarga. Diez metros adelante, a la izquierda, había un sitio en línea, y aborté mi letanía de maldiciones. Cuando comenzaba la maniobra, vi llegar a otro coche, y esperar. Si estaba buscando sitio, esta vez me había adelantado yo. Me apareció cierta sádica maldad y, al instante, me acordé de mi mismo hacía un minuto. Sin duda alguna, el conductor de atrás estaba pensando en mi madre. No pude reprochárselo y, sintiendo cierta empatía, sonreí. Al fin y al cabo, ya tenía el coche aparcado. Era feliz.

martes, junio 11, 2013

ESTOY BUENÍSIMO

¡Noticias frescas!, diréis algunas.
 
Desde luego, es algo que venía sospechando desde hace tiempo, pero que, por modestia, no podía dar por cierto. Y preguntarlo por confirmar me parecía de mal gusto. Pero hoy he tenido la confirmación que buscaba, y de forma concreta, con cifras y datos que la avalan. 
 
La mala noticia es que me lo ha dicho un hombre. El aspecto peligroso es que yo estaba en una camilla asaeteado de agujas por todo el cuerpo. La escena parece sugerir que me encontraba en manos de un Aníbal Lécter cualquiera y que la bondad de mi persona se refería al aspecto gastronómico. Nada más lejos de la realidad: estamos hablando de salud.
 
El médico homeópata que me mantiene sano con acupuntura me ha hecho una medición del funcionamiento orgánico muy pormenorizada, de la cual se desprende un parámetro: el estrés o desgaste celular, creo que se llama. El menda que se lo inventó da como único valor bueno el cero, pero la realidad es inmisericorde, y lo cierto es que el día a día nos desgasta, y tener más de cien puntos en esa categoría es algo bastante habitual que, por sí mismo, no compromete excesivamente la salud. Pues bien, yo llevo un año que me salgo. En septiembre, por mi cumpleaños, ya di una cifra inusitadamente baja en esta consulta: 50 puntos. En los controles trimestrales siguientes he subido un poco: a ochenta, y ciento y pico, respectivamente. Un promedio bastante aceptable. Hoy he roto cualquier expectativa posible y, sin haberlo pretendido, he rebajado mi propio record en un punto: 49. En resumidas cuentas, lo que estoy contado: que estoy buenísimo.
 
EL TRABAJO NO ES SALUD
 
Me pregunto qué estoy haciendo para conseguir estos altísimos niveles de salud. Aún no me he vuelto vegetariano ni macrobiótico, hago una sola hora de ejercicio a la semana, de tal manera que más que deporte es rehabilitación. Quizá que camino, quizá que me he puesto a comer sardinas cada dos o tres días por lo del colesterol, que sigue estable. Pero en septiembre aún no había empezado con nada de esto. No, la variable más importante de mi vida durante todo este tiempo es... (redoble de tambor)... que no trabajo. Quiere eso decir que, contrariamente a lo que postula la sabiduría popular, el trabajo no es necesariamente salud. Hay que ser muy prudente antes de formular las ideas contrarias; es decir: que la salud estriba en no trabajar o que el trabajo hace enfermar.
 
La primera idea (que la salud está en no trabajar) queda desmentida desde el momento en que la mayoría de las personas que mueren llevan tiempo jubiladas. Se podría pensar que eso refuerza la segunda teoría: que el trabajo les hizo enfermar. Pudiera ser. Pero estos planteamientos nos pueden llevar a territorios muy complicados ahora que van a reformar las pensiones. Por lo que tengo entendido, cuanto mayor sea la esperanza de vida, menor será la cuantía de la pensión, de manera que si uno decide no trabajar para estar más sano y vivir más años, cotizará muy poco, generando una exigua pensión que a su vez se verá reducida por su esperada longevidad. En el lado contrario, está la posibilidad de trabajar como un mulo cotizando al máximo, comiendo mucho, bebiendo mucho y fumando un cigarro detrás de otro. La alta cotización generará una alta pensión y el gran desgaste hecho hará esperar un infarto temprano, con lo que la pensión no sufrirá mermas. O sea, vivir mucho y bien, con poco dinero, o malvivir a tope con los bolsillos llenos. ¿Oriente y occidente?
 
Y todo esto, sólo por decir que estoy buenísimo. Ahora,  como digo una cosa digo la otra: lo del pelo no sé cómo lo voy a arreglar. Ya me hago un autobisoñé acostando hacia adelante el pelo más alto de la mitad posterior de mi cabeza, y en el frontal hago un trampantojo con los pelos del tupé de modo que a los ojos del ignorante siga pareciendo un muchacho de veinte años con unas pocas canas en la barba, pero la cosa está complicada. Ya empiezo a plantearme algún tratamiento crecepelo. O incluso el trasplante. No es, por supuesto, mi prioridad. Primero está terminar de pagar la hipoteca, después acabar con el hambre en el mundo y luego ya, eso sí, recuperar el pelo. Al fin y al cabo, tampoco importa tanto. ¡Con lo bueno que estoy!
 
 

lunes, mayo 27, 2013

I DO LIKE MONDAYS (¿SE DICE ASÍ?)

Tras varios meses de esfuerzo, en que he cambiado el yogur griego por uno desnatado y he comido sardinas cada dos días para bajar el colesterol, hoy me han confirmado que he conseguido mi propósito: tenía 224 y ahora tengo 222. Pero no lo he conseguido, porque sigue alto. Pero no importa, porque no soy fumador. Y el caso es que 224 tampoco importaba. Vamos, que he hecho dieta para nada. A lo mejor los médicos tienen orden de ponernos instrucciones a los parados para mantenernos entretenidos.

Luego, en la Juan March, concierto. Algo bastante pintoresco: un enjambre de saxofones. Sí, lo de enjambre es traducción libre de "ensamble", pero siendo un instrumento zumbón creo que le viene bien. Saxofones, saxofones y saxofones, de todos los tipos y tamaños. Saxofonazos que llegan al suelo y se tocan sentados, y saxofonitos que no parecen saxofones porque no dan esa vuelta de Jota tan característica del instrumento y se quedan en una mera i latina gorda, como un clarinete dorado o un enorme matasuegras venido a más, a mucho más. He llegado a contar hasta quince saxofones. Sin duda ha sido el espectáculo más saxual que he llegado a ver en mi vida.
 
Las piezas han sido todas adaptaciones, nadie compone para una orquesta de saxofones, y resultaba ínteresante ver obras para órgano desdobladas en una multiplicidad de instrumentos de tonos diferentes. De tonos musicales, porque de color todos eran iguales. ¿Se habían preguntado alguna vez para qué quieren el oro todos esos que lo compran?¡Para hacer saxofones! Chistes aparte, no sé de qué metal se fabrican y por qué, si son de latón, de plata, aluminio o acero inoxidable ni si el dorado es natural o es un baño de lujo y para qué.
 
Sí ha habido una pieza escrita para saxofones, de un joven compositor, que además ha dirigido su obra. El nombre prometía: Espectra-Rítmica. Me ha pasado como a Septiembre aquel personaje de "El destino se llama Clotilde" (de Giovanni Guareschi, el creador de Don Camilo), que no sabía si las cosas le habían gustado hasta que se lo preguntaba a su padre.
 
"...Septiembre describió también algunas chicas con las cuales había paseado, describió espectáculos de teatro, de cine, excursiones, baños calientes.
- Te has divertido - le decía de cuando en cuando el padre. No valía la pena, era una ópera pésima. En ese concierto te has aburrido mortalmente".
 
Igualmente yo no he sabido valorar si el hecho de hacer sonar una orquesta como una psicofonía de Cuarto Milenio era excentricismo o genialidad, ni me ha gustado ni me ha disgustado, me ha interesado, me ha resultado agradable por momentos y al instante también incómodo y absurdo. De modo que he aparcado mi valoración, a ver si ustedes me podían decir algo.
 
Sí he terminado entusiasmado con una alegre obertura de Berstein al final, al término de la cual, mientras algunos asistentes se levantaban porque se había hecho más tarde que de costumbre, los aplausos se han extendido porque eran muchos los artistas que se los tenían que repartir y porque, también hay que decirlo, no se movían del escenario. El director sí se ha ido, ha contado tres, y ha vuelto con un bis. "Un pasodoble", ha dicho. "Imposible", dirán ustedes. Lo ha dicho. Y lo han tocado. Y con el pasodoble me han tocado también las narices, porque el pasodoble sólo tiene sentido en una plaza de toros o una verbena, lugares adonde yo, sabiendo que hay bandas que matan a los toros y otras que tocan pasodobles, no voy nunca. Pero me he quedado. Las cosas hay que hacerlas hasta el final.
 
Y ello ha tenido también su recompensa,  porque al salir, por las escaleras, he escuchado a una mujer mayor, con más sorna que vehemencia, y con seguridad de entendida, que ha sintetizado su crítica a Espectra en una frase: "Si el que lo ha compuesto no se la sabía de memoria, que ha tenido que seguir la partitura, es que no hay quien la entienda". Y en esa frase sin valoraciones, me ha parecido entender que no le había gustado. Así que igual me quedo yo también con eso, que si no no voy a poder dormir con la duda de si la experiencia elevó mi espíritu o me irritó.

¡Y no han sido los únicos metales de hoy! De pronto, en Saber y Ganar se les ocurre hacer una prueba (Última llamada) de relacionar unos cortes de audio con la obra musical a la corresponden. Todos ellos ¡de trompetas! No es que sea inquietante, pero es una casualidad digna de atención, ¿no?
 
Lo que sí sé que no me gusta es limpiar. Sobre todo porque no sé si lo hago bien, si utilizo el producto adecuado con la herramienta indicada y lo aplico de la forma correcta. Me lleva mucho tiempo y no me queda bien del todo. Podría decir lo mismo de muchos de mis dibujos, pero me divierten más. No obstante, me estaba haciendo consciente de que no podía prolongar por más tiempo mi desorden, el caos no aguantaba más esta situación, quería ya un compromismo de mi parte: o tenemos un síndrome de Diógenes o rompemos. Y hemos roto. Hoy he hecho limpieza.
 
Lo divertido es que he tenido que fingir que quería vender mi casa para obligarme a hacerlo. Una agente de captación ha quedado en venir por la tarde, y la vergüenza de que viera mi casa en semejante estado ha hecho de catalizador para movilizar todas mis dotes de limpiador. Claro, que al verla un poco más limpia y ordenada, me han dado ganas de quedarme a vivir aquí siempre.
 
Tampoco ahora se hagan una mala idea de mí. Yo limpio con frecuencia. Cada vez que veo pelusas, cojo la escoba y barro el lugar, e incluso a veces me extiendo por otras zonas. Y no pasan nunca más de dos días sin que el montón de pelusa vaya a la basura. Y sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, la fregona ha vuelto negros como cinco cubos de agua. No ha sido una limpieza exigente ni muy general, pero trataré de no manchar mucho, y espero que el nuevo orden pueda aguantar el verano. Ya les tendré al corriente.
 
El día ha dado mucho más de sí, no se crean, porque saltándome las órdenes de la policía macrobiótica, me he hecho un plato solanáceo de patatas, pimientos y chapiñones que me ha quedado francamente bueno, y luego en Matiz (Pilar de Zaragoza, 58 - publicidad subliminal) he dibujado a un hombre desnudo de un solo trazo y sin escandalizarme. A ver si localizo a la señora de la Fundación Juan March y le pregunto si me ha gustado. Yo creo que sí, pero no cuenten con que en Lápiz de Quintintas (www.lapizdequintintas.blogspot.com) abra una nueva sección con "El chico del lunes", que todo tiene un límite.
 
Y como soy así de chulo, voy a publicarlo sin revisar.

viernes, mayo 24, 2013

LO QUE DA DE SÍ UN DÍA

NO SÉ
 
Eso dije: No sé. No supe qué contestar ante una pregunta tan sencilla, y no es que me haya vuelto tonto, que también puede ser, sino más bien que me entontece la vida. ¿Y qué pregunta fue esa, que dices tan fácil pero tan difícil? Una que me hizo una conocida. Mía y de todos ustedes, porque es famosa. ¿Conoces a famosos? Sí, conozco a famosos, ¿no ves que he trabajado en la tele? Y así llegamos a la pregunta que me hizo esta rubia espectacular de ojos azules: ¿Sigues en tele? Y allí me quedé en blanco. ¿Sí? La verdad es que en ningún momento he decidido nada en contra, o sea que sí, pero lo cierto es que ahora mismo no estoy trabajando en la tele, o sea que no. A lo mejor no sigo y no me he enterado. O a lo mejor seguir o no seguir es sólo una cuestión de sentimiento. En cuyo caso, ¿sigo en la tele? No sé.
 
¡PRINGAO!
 
Esto fue el lunes, cuando volvía a casa de paseo. Hacienda me había dado cita para hacerme la declaración de la renta en una oficina situada en el barrio más noble de Madrid. Y al salir, después de que la gestora asignada me confirmara que sí, que después de pasarme medio año en paro, aún me tocaba pagar, sentí en mi cogote las miradas divertidas de los ricos residentes del barrio observándome con prismáticos desde sus balcones, terrazas y áticos, que se reían calladamente mientras pensaban para sí: ¡Ahí va otro pringado! Y lo cierto es que coincido con ellos.
 
LA MEJOR TARTA DE CHOCOLATE DEL MUNDO
 
Quise luego aprovechar la mañana, pero los museos se habían confabulado para cerrar en lunes o abrir dos horas más tarde, así que escapé del lugar caminando, ahorrándome el metro sólo por fastidiar. Y por descubrir lugares nuevos, como La Mejor Tarta de Chocolate del Mundo. Se llama así la tienda, y con ese nombre dan ganas de probarla. O Melhor Bolo de Chocolate do Mondo nació en Lisboa hace 20 años, está en Brasil y Estados Unidos, y finalmente ha llegado a Madrid y Sevilla. ¿Ven por qué es interesante hacer un AVE Lisboa-Madrid?
 
La verdad es que la estrategia empresarial es clara: la especialización. "Sólo hacemos una cosa, y en eso somos los mejores del mundo". Y al tratarse de algo tan subjetivo como el sentido del gusto, no es desmentible. Lo cierto es que dedicándose sólo a hacer una tarta de chocolate, el nombre del negocio tenía que tener pegada. No hubieran llegado muy lejos con "Una tarta de chocolate que no está mal".
 
La monopastelería ni siquiera da a la calle: hay que cruzar un patio de una vivienda para llegar, lo que, aunque parece malo, puede ser hasta bueno, porque uno llega con un nosequé de aventurero que ha descubierto un secreto y alcanzado un lugar mágico semiclandestino. Eché un falta que me pidieran un santo y seña, pero igualmente yo no les pedí ninguna tarta, sólo información. Me llevé una tarjetita muy chic. Hela aquí:



 
 
LA TARJETA POP
 
Y la tarjetita chic me hace recordar una tarjetita pop que recogí hace semanas en la ventanilla de mi coche, y que anunciaba otro negocio diferente con otra gran estrategia de marketing. Sobre un fondo de color rosa díez, una foto que parece un dibujo de una joven sonriente que parece estar pasándoselo bien. Tiene una melena yeyé, y al primer golpe de vista uno diría que está bailando. En la esquina superior izquierda hay un círculo en color verde oscuro que encierra a otro círculo excéntrico más pequeño en un tono de verde diferente, ácido, y sobre este fondo circular se inserta, en blanco, con el borde remarcado en rojo, un precio: desde 30 euros.
 
Todo sugiere juventud y diversión, y me lleva a pensar en un nuevo bar de copas, un poco caro para mi gusto, o una tienda de ropa de reciente implantación que ha renunciado a competir con los chinos. Y sin embargo, la actividad comercial anunciada no tiene nada que ver con todo esto. Pero hay que fijarse. Hay que fijarse en que la chica de la foto tiene los hombros descubiertos. Y los brazos. Y el ombligo y las piernas. Y que cuando te anima a venir a "pasarlo fenomenal con nosotras", que son cuatro chicas jóvenes, guapas, viciosas y marchosas, uno no quiere ser mal pensado, pero tampoco puede evitar pensar que tal vez de trate de un aviso encubierto de prostitución.
 
El anuncio es bueno, porque no es como esas fotocopias en blanco y negro, que son todas iguales, y que lo mismo valen para una chica de 23 años que recibe sola como para una señora rumana seria que limpia casas y cuida ancianos. Este anuncio es casi una tarjeta de visita: mayor gramaje, colores vistosos, papel satinado... Vamos, que dan ganas de ir sólo para felicitar al diseñador gráfico.
 
Ya les veo venir: están ustedes pensando que si tardé unos segundos en darme cuenta de la actividad real que anunciaba la tarjeta, eso significa que la comunicación no es buena, porque es ambigua. No les falta razón, pero no la tienen. Parece paradójico, y un poco lo es (quizá es una paradoja buscada, para hacer más excitante el descubrimiento). Resulta que la tarjeta tiene una vuelta, con una clara invitación: "Presentando esta tarjeta, te invitamos a una copa". Vuelve la idea del bar. Y más abajo, una memoria de calidades: Vídeos. Aire Acondicionado... ¿Es una promoción inmobiliaria? 24 horas. Todos los días. La zona y un teléfono. Yo ahora me inclinaría más por un negocio hotelero, sino fuera porque hay un dibujo de la silueta de una chica en ropa interior acentuando simultáneamente las redondeces traseras y delanteras de su culo y de su pecho. Y uno puede ser ingenuo, pero no tanto, que cuando unas letras en color verde te remiten a la página web putitasenmadrid, eso sólo puede significar una cosa: que al creador de la web no le llegaba suficiente sangre a la cabeza para inventarse un nombre más disimulado y sugerente. Y que la chicas joven de la cara A y sus 3 amigas jóvenes, guapas, viciosas y marchosas de la cara A de la tarjeta van a lo que van.

Bien mirada la tarjeta, igual no es tan equívoca (censuro los datos de contacto para que no me acusen de ciberproxeneta).


 
 


BARBA GRATIS
 
Y a lo que iba yo era a mi casa, que estaba hablando del lunes y esto era un inciso. Fue entonces cuando me encontré con ella, la rubia famosa de ojos azules que trabaja en la tele, y yo... no lo sé. En realidad, no nos conocimos en la tele, sino en un cumpleaños de un compañero, que era primo suyo, y a quien ella recordó. A él sí lo conocí en la tele, pero ha dejado el medio, claramente, y también el país, porque es un emprendedor. Ella, cuyo nombre de Tania no les diré para no dar envidia, me dijo que había renovado contrato con Telecinco, y que mientras tanto estaba haciendo un curso de barbería. Como se lo cuento. Vamos, que si estaba haciendo el curso de barbería... ¡es que lo estaba haciendo allí mismo! A su lado, un hombre grande a quien recuerdo con poco pelo y sin barba, le susurró algo, y ella me lo transmitió ipso facto. ¡Claro! ¡Que cuando quieras te arreglan gratis la barba! Y si viviendo en el mundo que vivimos, el ofrecimiento no me llegó más al alma, es porque soy un hombre de corazón frío y barba descuidada. No se me entienda mal, me encanta todo lo gratis, pero es que... realmente... un arreglo profesional de barba es la última de mis necesidades, teniendo como tengo una maquinilla de pelo en casa que me paso al 3, y unas tijeras como plan B.
 
En aquel momento me sentí observado por varios ángulos, giré la cabeza y vi que no era paranoia, que había más chicos, no sé si alumnos o profesores de la escuela, que me miraban con curiosidad. Me pareció leer en sus miradas que no entendían cómo podía estar hablando la glamourosa presentadora con un hombre de edad, de poco pelo, despeinado, y con la barba sin arreglar. Y yo vi las suyas tan perfectamente recortadas que parecían pintadas con un corcho quemado, y me pareció que yo no quiero eso para mí, así que terminé mi conversación con la rubia Llasera y reemprendí mi marcha.
 
JUBILADO SIN PERRO
 
Me dio tiempo incluso de acudir al concierto de mediodía de la fundación Juan March, como un jubilado sin perro más, a comparar el discreto olor a viejo de la sala con el más intenso que recordaba de la iglesia de mi pueblo. Tampoco aseguraría yo que no aportara nada por mi parte, porque en estos días de frío y sol en que me quedo tieso en casa, cuando salgo a la calle me abrigo como para atravesar el Ártico, y luego el caminar a buen paso me hace transpirar.  ¡Y así acalorado y sudoroso había mantenido mi anterior conversación! Qué desastre. Y no he hablado del pelo, despeinado y con autobisoñé. Pero eso había quedado atrás.
 
Ahora, sentado en un butacón de la última fila, sólo tenía que disfrutar del concierto, y eso me dispuse a hacer. Leí el programa y sonreí imaginando el sonido de motor que haría el trío Attenelle con su violín, violonchelo y piano, cuando atacaran la segunda pieza, de Grieg, Andante con moto.

 
 
Como ven, en esta vida el que no se divierte es porque no quiere. O porque le han dicho que le van a desahuciar.
 

martes, mayo 21, 2013

SIETE MÉDICOS PARA UN APRENSIVO

Hace unos meses visité por primera vez a mi médico de la Seguridad Social, por ver qué era eso antes de que nos lo quitaran. Me mandó unos análisis, me dio el colesterol alto, me dijo que hiciera dieta y que me repitiera los análisis a los tres meses. A los tres meses he vuelto, y el médico no estaba. Se había jubilado. ¡Enhorabuena!
 
Me mandaron a la consulta 13. Después de esperar media hora y ver pasar a los que habían llegado ants que yo y a un par de después, el médico me preguntó si le esperaba a él, le dije que sí, y me contó que seguramente me correspondía otra consulta de la planta, que siempre se equivocaban. Consultó en su ordenador, y tampoco. Mi consulta era abajo, que entrara directamente, que me estaban esperando. Así hice. Toqué la puerta, abrí, la doctora hablaba por teléfono y me pidió que esperara. Al rato, un buen rato, colgó, me hizo entrar, deshicimos el entuerto, me recetó los análisis y, cuando le pregunté su nombre para pedir la cita otro día, no me lo dio, porque sólo estaba de paso, supliendo al titular (cuyo nombre ya ni pedí, por no enredar).
 
Y pese a todo, no es a este baile de médicos a lo que me quiero referir con el curioso título que encabeza este artículo, sino al no menos curioso caso de desdoblamiento múltiple de personalidades de mis médicos. Sí, señores, porque mi primer médico, de apellido Aniceto, que también es nombre propio, tenía además nombre compuesto: Julio María. O sea, tres nombre: Julio, María, Aniceto... y Romo, para romper la secuencia. Me hubiera encantado verlo en otro entorno, contando chistes, para poderle hacer uno yo: ¡Muy agudo, Romo! (Este chiste será entendido por las generaciones venideras que se acojan a la nueva ley de educación).
 
Pero para más Inri, el nuevo médico que me corresponde, que es, por cierto, el de la consulta 13 que se quiso deshacer de mí la semana pasada, también es de nombre doble, Juan Ignacio, y de apellido dos veces nominativo, San Vicente y Domingo. ¡Toma castaña! ¡Cuatro nombres propios, y uno de ellos canonizado! Mejor imposible: Si los doctores Juan, Ignacio y Domingo no llegan a acertar, ya obrará el milagro San Vicente. Empezamos con mal pie, pero no puedo estar en mejores manos.
 
De modo que, después de pasarme toda una vida como paciente autodidacta, sin pisar la consultas patrias, en apenas tres meses encuentro dos médicos de familia, un carrusel de doctores, y una lista de siete nombres de galeno para atenderme. Pues menos mal que soy paciente sencillo, de pocas dolencias, fácil diagnóstico y buen conformar, que si me da por hacerme el impertinente y empezar a pedir una segunda opinión, me llevo siete.
 
Y digo yo: Cuando privaticen la gestión... ¿le harán recortarse el nombre?

viernes, mayo 17, 2013

BREVES PERO INTENSOS

AUTOIMPACIENCIA
 
Entro en la página de columna de juguete para ver si he escrito algo últimamente, veo que no y me decepciono. Por lo menos en San Isidro, los ángeles podían haberme hecho el trabajo, como cuenta la leyenda que le hicieron al santo patrón.
 
En estos días de diálogo y confrontación entre sindicatos y patronales, me parece cuanto menos curiosa la historia. Un día Isidro el labrador, a quien todavía no habían canonizado, dejó el campo sin trabajar por ir a misa (¿dónde estaba en aquellos días, el mandato de "Primero la obligación y después la devoción"). Por milagro, cuando volvió todo estaba hecho. Como él era católico, no habían sido los duendes, sino los ángeles, pero el resumen es claro: un trabajador deja de trabajar y se convierte en patrón. Santo Patrón, pero patrón al fin y al cabo.
 
Por cierto, los chicos que se aprendan esta historia, que a partir del año que viene les entra en selectividad.

INFIDELIDAD

¿Se puede ser infiel a una frutería? Yo tenía ese sentimiento de culpabilidad, que casi era más una sensación, y liviana, cuando hace años compraba en el súper una bandeja de champiñón laminado o unas manzanas, por ahorrarme el tiempo de visitar otra tienda. 
 
Y sin embargo ahora, con total desvergüenza, me he aficionado a la frutería ecológica, y mi frutería de siempre (bueno, de los últimos catorce años, tampoco exageremos) se ha convertido en "la otra". No creo que lo sepan, pero algo deben de intuirse. Las cosas no están bien entre nosotros. ¡Hasta me reprendieron un día por palpar un aguacate! Como si no supiera yo tocar la fruta, y como si no me hubieran dado alguna vez sin querer uno de esos que tienen un lado pocho.
 
Todo pasa, nada permanece.
 
Sobre todo, los aguacates.
 
NÚMEROS: 11,11
 
Y ya que hablamos de fruterías, el otro día conseguí el premio especial al precio redondo, un premio honorífico sin dotación económica ni reconocimiento público, pero que llena de satisfacción a quien lo consigue. Dejar tu coche aparcado cuando el cuentakilómetros marca 50.000 kilómetros exactos, por ejemplo (hace más de veinte años que no tengo un coche con menos de esos kilómetros, por cierto). Pues en la frutería, la "otra" que ahora es la "una", después de que me hicieran un descuento de un 5% sobre el valor de mis diez últimas compras, cuadré un ticket en once con once: once euros con once céntimos, que así escrito con letra no dice nada, pero en número hay que verlo: 11,11. ¿Quiere eso decir algo? Quizá debí comprar un cupón de la once. Se me acaba de ocurrir. ¿Ya es tarde?
 
La otra noche, por cierto, escuché a un vidente de la tele dar números concretos de lotería a las personas para que compraran porque les iba a tocar. Me apunté uno. Luego me pareció entenderle que sabía el número pero no el día en que saldría ganador. Ni tampoco el sorteo: ¿Lotería nacional, ONCE? ¿Y qué se supone que hay que hacer? ¿Ir a una administración y pedir un décimo de ese número para quince días, un mes, mes y medio...? ¿Cuánto tiempo debes esperar sin que toque para dejar de comprarlo? Una señora le llamó enfadada porque hacía varias semanas que le había dicho que iba a entrar dinero en su casa, y no había ni llamado al telefonillo. El vidente le dijo que eso no era inmediato, echó unas cartas y dijo que le llegaría en octubre o así. Sí, claramente estaba "ganando tiempo", pero nuestro Gobierno no se atreve ni con octubre. Hasta el 2015 no bajará el paro, dice. O sea, que no les molestemos con el temita hasta dentro de año y medio. Para eso prefiero a Sandro Rey, que por lo menos es más optimista. Le podríamos hacer Presidente del Gobierno, y nos convertiríamos en una monarquía con dos reyes: uno en la Zarzuela y otro en la Moncloa.
 
UNA HIPÓTESIS
 
La cajera pizpireta esta tarde volvía a estar en el Eroski, y me he pasado por su caja. Dado que ella está quieta y no se puede mover, y yo tengo la facultad de elegir por qué caja pagar, se me ocurre una hipótesis. ¿No seré yo quien la busca a ella y no al revés? No es probable, ya lo sé, pero tiene sentido.
 
Hoy estaba menos joven. Se le ha puesto un poco de voz de señora mayor en una frase. No toda la frase, como a picos, cada seis u ocho sílabas. No sé explicar qué era: un gangueo, un resabio, qué sé yo; sin duda se está contagiando por el entorno. Qué lástima de erosión.
 
El cliente inmediato anterior a mí ha visto que su antecesor se dejaba un envase de queso de untar y le ha llamado. El comprador olvidadizo ha vuelto y se lo ha llevado, y Rocío (casi se me olvida el nombre, ¡qué ligero es el recuerdo!) ha dicho que las cosas ¿chiquitinas?, ¿chiquitajas?, ¿chiquitujas?, algo así, se olvidan con facilidad. ¿Como a mí su nombre? Se me ha hecho de señora mayor el adjetivo. ¡Que alguien le ponga en una recepción de hotel, de guía turístico o algo antes de que se eche a perder!
 
MÁS NÚMEROS: 66
 
Es mi peso. Llevo desde el año 2000 queriendo engordar, superar la barrera de los 62 kilos a los que apenas alcanzaba a llegar ocasionalmente, mientras me movía con frecuencia por los 60 y bajando: 59, 58... Desde hace unos meses ya me he instalado por encima de los 65. 67 a veces, incluso, pero diría que mi peso más habitual es 66.
 
Si encuentro que estoy en 66 dos tercios de las veces en que me peso, y en 67 el otro tercio,  el promedio resultante sería que mi peso medio es de 66,6. ¡El peso del diablo! ¿No les da miedo? Es posible que últimamente sea peor persona, lo que pasa es que como salgo poco a la calle no se me nota, pero he sido infiel a mi frutería, y estoy dibujando mujeres desnudas en mi otro blog. ¡Y confieso que disfruto! ¿Es posible que, mientras otros venden el alma al diablo yo simplemente le haya vendido mi cuerpo? Y al peso, además.
Es claramente otra hipótesis, quizá no tan descabellada como la anterior, pero sin mucho fundamento.
Al diablo le gusta disfrutar de la vida, y yo ya no estoy para muchos trotes. Empiezo a recordar una alegre cancioncilla que a veces cantaba mi padre, y que comenzaba "Me siento caduco, me miro al espejo, ya voy para viejo y estoy solterón", y me siento reflejado. Tengo a mi madre tratando de recordar el resto. Por internet no lo he encontrado, si a algún otro caduco, más caducado que yo, le suena la letra, por favor póngase en contacto conmigo.
 
Del pelo ni hablamos.
 
Y de trabajo, igual que de pelo.
 
¡VECINAS!
 
Cuando he vuelto esta tarde de la sala de torturas (Pilates nivel 0), he tomado el ascensor de mi casa. No suelo hacerlo, así hago ejercicio, pero venía cargado de la compra (me remito al parágrafo titulado "Una hipótesis"). Al pararse en mi piso, he oído follón, ruido de personas. Me he extrañado, vivo en un descansillo muy silencioso: a un lado, la nonagenaria doña Rosario, que sigue creyendo que yo no vivo en la casa, después yo mismo (que tampoco creo que doña Rosario viva en la suya), luego Juliana, y a la vuelta el piso vacío de aquel matrimonio que murieron. Permítanme la concordancia ad sensum, pero cada miembro murió a su hora. De hecho, por lo que sé, a un miembro le tuvieron que amputar un par de miembros (las piernas, por ser más exactos) por enfermedad. Lo digo por no perder el chiste, no por morbo, porque yo no llegué a verlo, cuando eso sucedió ya no vivían en la casa. En el tiempo que llevo en este edificio, el piso ha estado vacío casi siempre.
 
Y mira por dónde cuando salgo del ascensor, me encuentro con una mujer hablando hacia atrás con otras dos o tres: Treinta y pico, sesenta, veinte-treinta y una última quizá cuarentona. ¿Qué es todo esto? Por el tono de la conversación y porque han hablado de cifras, parece la típica visita de una agente inmobiliaria y sus clientes. Parecía que la primera, la que me ha abierto la puerta del ascensor porque quería entrar ella, era la profesional, pero la que ha hablado de los millones ha sido la última. ¿Podría entonces ser la visita de una joven acompañada de su madre, y guiada no por una sino por dos agentes inmobiliarios? Parece más razonable que pensar que se va a instalar una familia desestructurada de mujeres de distintas edades.
 
Mi casa es extero-reflexiva. El término me lo acabo de inventar: quiere decirse que tiene ventanas exteriores y otras que dan a un patio interior, por las que veo otras dependencias de mi propia casa. Sí se ven, claro, las ventanas correspondientes a las otras alturas de mi misma letra, pero no se distingue nada ni subiéndote a una escalera. Además, mi piso no tiene una sola pared colindante que el que se está vendiendo, de modo que por ese lado poco vamos a coincidir, y en las zonas comunes es improbable, porque lo cierto es que mis horarios coinciden más con la generación de los mayores, jubilados y prejubilados, que con sus hijos y los jóvenes alquilados de la comunidad.
 
Pero ¿qué quieren? Soy un consumista de novedades, y ver de pronto tanta vida en mi rellano me ha dado una alegría.

lunes, mayo 06, 2013

ACOSO

Años escribiendo un blog en un noventa por ciento sobre mis movidas personales para que el único personaje que despierte interés en mi público sea una cajera políglota y pizpireta que atiende en un Eroski center de mi barrio. En fin, por aclamación popular... y porque ha vuelto a entrar en la escena de mi vida, hablaré de ella.
 
No sé cómo decirlo. Me acosa. Eso es: me acosa. Lo he sabido decir. Pero me acosa sin agresividad, sin persecución, más poniéndose delante que yendo detrás de mí. ¡Haciéndose la encontradiza conmigo!

Tras descubrirla en el supermercado un día por la tarde, el pasado martes entré casualmente a comprar dos tonterías por la mañana. Adivinen quién estaba en una caja. Efectivamente: ella. Son ustedes unos linces. No sé cómo pudo saber que yo iría esa mañana a comprar ni cómo se las arregló para cambiarle el turno a alguien y coincidir conmigo. Y eso precisamente es lo que más me inquieta, las molestias que se toma.
 
Las colas de las cajas estaban más o menos así así, pero ya que había hecho el esfuerzo me pareció mal no pasar por el puesto de Rocío. Sí, amigos, la cajera, ahora, tiene nombre. El martes se había puesto una chapita en el pecho y buen cuidado tuvo de que la viera, así como quien no quiere la cosa, mientras atendía a la clienta inmediata anterior a mí. Luego conmigo estuvo tímida, la pobre. Simpática, alegre, sonriente, sí, pero sin atreverse a entrar en más conversación. Que si quiero una bolsa por cinco céntimos y yo que no, mostrándole las dos bolsas arrugadas que traía en los bolsillos para evitarme el gasto a mí y al planeta.
 
Si lees esto, Rocío, que sepas que no me disgusta, ni mucho menos, encontrarte en el Eroski. De hecho, tu presencia nacional me resulta pradójicamente exótica, me maravilla que te llames Rocío y no tengas acento sevillano y que, sabiendo inglés como lo sabes, trabajes con esa alegría en la línea de cajas me devuelve la fe en el ser humano y la decepción por el mercado laboral. Me halaga tu interés y me enternece tu disimulo, pero no quiero dar alas a una falsas ilusiones y hacerme cómplice de tu futura frustración. Lo nuestro es imposible, pertenecemos a dos mundos distintos: tú al de la juventud con idiomas, a las nuevas tecnologías, a los lectores de código de barras y al manejar dinero, al mundo real, en definitiva, mientras que yo... yo pertenezco al mundo de inventarme las cosas para divertirme un rato.
 
Y a ustedes, lectores, siempre les quedará la duda de si alguna vez existió en un Eroski center una cajera pizpireta llamada Rocío.

MI PODEROSO INFLUJO SOBRE LAS GRANDES CORPORACIONES

Terminado ya mi capítulo sobre cómo conseguí que Jorge Salvador renovara el mobiliario de la terraza de 7 y acción para mi libro de memorias televisivas, hablaré aquí de empresas más altas que me han subido la moral a la par que me la han bajado. ¿Cómo es eso? Lo explicaré.

Los fieles que siguen mi blog sabrán enseguida de qué hablo. A los nuevos les remitiré a mi entrada del 5 de octubre de 2010 titulada "Algo pasa con el Banco de Santander".
 
Por hacer un resumen, diré que había encontrado faltas de ortografía en las placas de algunas sucursales de este banco, pero durante un tiempo estuve ocupado y no saqué tiempo para hacérselo llegar. El pasado mes de marzo llegó el momento, elaboré un dossier informativo y se le envié a un contacto que tengo en el Santander para que lo transmitiera al departamento correspondiente, no sin antes comprobar que las placas seguían mal escritas. Todo de buen rollo, en plan divertido y sin querer meter el dedo en el ojo a nadie, mostrándome colaborador y ofreciéndome para lo que pudieran necesitar. De hecho, lo titulé como Dossier Confidencial y le adjunté el siguiente preámbulo:
 
  "Este informe ha sido elaborado por un particular, amante de la correcta escritura y los paseos atentos. Paren, pues, las alarmas, que no es un documento oficial encargado por la propia entidad bancaria para fiscalizar el trabajo de sus departamentos ni tampoco ningún otro tipo de inspección pública".
 
Pues bien, el martes en uno de mis largos paseos comprobé que José Abascál ya se había convertido en José Abascal como Dios manda y yo proponía, en las dos sucursales detectadas por mí; que Maria De Molina había recuperado su acento y rebajado las ínfulas de la preposición, de forma que pudiéramos leerla como María de Molina, y que Conde de Peñalvér imitaba la grafía de la placa municipal que está a sólo dos metros: Conde de Peñalver. ¿Casualidad? Yo creo que no. A mi inflada inmodestia le gusta sentirse causa activa de estos cambios. Mi contacto lo da por hecho. Hasta aquí la parte heroica de este caballero andante de la lengua española.
 
La parte patética es que he hecho un favor a una de las empresas probablemente más ricas del país, sin que nadie (salvo mi prima) haya acusado recibo de mi dossier, me lo hayan agradecido ni por supuesto me hayan ofrecido colaborar en la corrección lingüística de su red de sucursales y de su departamento de comunicación. Vamos, que le he hecho un favor gratis al mismo banco que durante años estuvo cobrando 30 céntimos de comisión por apunte a nuestra Comunidad de Vecinos (nos acabamos cambiando, claro).
 
Lo que ellos no saben es que aún conozco más placas incorrectas... ¡y no se lo he dicho! ¡Ja!¡Ja!¡Ja! (Pronúnciese con voz grave y hueca) ¿Quién ríe ahora? ¿Eh? ¡¿Quién ríe ahora?!

Ah, bueno, que ésa es otra. Que ni siquiera me han dicho que el dossier estaba muy gracioso. Y lo estaba.

miércoles, mayo 01, 2013

CURRICULUM DEMANDARUM LABORIS

Hoy, día del trabajo, y con objeto de hacer constar lo activa que es mi búsqueda de empleo, rescato las demandas que a lo largo de los últimos meses he ido publicando en facebook con bastante éxito de crítica y público y bastante poco de empresas o particulares contratantes. Así, el 15 de enero, renovaba la publicación de mi primera demanda de septiembre, ofreciéndome para el trabajo en el que más experiencia tengo:


"Caballero guionista de mediana edad, educado, universitario, amante de las buenas letras y el humor, busca productora o cadena de televisión afín, de contrato agradable, para posible relación laboral seria o lo que surja".

Habida cuenta de que quizás mis más de veinte años de experiencia en el medio pueden no significar mucho e incluso asustar a un posible contratante, el 17 de enero me puse lúdico y apelé a mis principales valores diferenciales y a algunas facultades descubiertas recientemente. El mensaje es: no contrata usted un guionista, me contrata a mí.

"Actualizo mi demanda de empleo con nuevos datos:

Veterano guionista con conocimientos de latín, porte aristocrático y buena conversación se ofrece como trompetista sin trompeta para animación de oficinas y fiestas de borrachos, figuraciones con frase en series de época o guardar silencio en una esquina. Abstenerse baterías: no hago duetos."


Soy consciente de haber desterrado la modestia de mi pauta de comportamiento en esta demanda, pero aunque soy novato en esto de la auto-venta, tengo entendido que es positivo un cierto alarde de facultades. No obstante, los datos aportados en esta y en todas las demandas son rigurosamente ciertos. Mi latín no es como para mantener una conversación con el Papa Francisco, pero conozco unas cuantas locuciones, frases de sabiduría e incluso poemitas. Lo de la trompeta parecerá pintoresco, pero es así. De hecho, en el auditorio adecuado con la acústica apropiada y una oportuna resonancia doy bastante el pego. Ese lugar son los pasillos del metro. En cuanto a la figuración, la ejercí en mis últimos trabajos de guionista, y aunque no es para estar orgulloso, el hecho es que suscité gran simpatía entre los aficionados al programa, a pesar de negarme siempre a hacerme una foto con nadie.

En todo caso, creo que ya estaba dejando claras mi flexibilidad laboral y mi posición abierta ante un posible cambio de actividad, pero el 23 de enero di un paso más, ofreciéndome incluso a un giro radical y a abandonar los teclados qwerty por el volante.

"Reputado guionista de dilatada experiencia con carné de conducir y vehículo propio se ofrece para el transporte a baja velocidad de personas sin prisa, con servicio de empatía, asentimiento y concesión de la razón para indignaciones de toda índole."

Y para avalar este ofrecimiento, ofrezco documentación: Permiso de Conducción del Reino de España tipo B expedido el 21-01-1988. Y que es cierto que me gusta respetar los límites de velocidad y que tengo cierta tolerancia para conversar con miss Daisy, que es el target al que me puedo dirigir con estas velocidades.

Aprovecho, por cierto, la ocasión, para renovar mi agradecimiento a Gonzalo, el benefactor que me cedió graciosamente su coche al que tanto provecho estoy sacando para el traslado propio y de otras personas. Como no sé si prefiere mantenerse en el anonimato o si, al contrario, no nombrarlo es negarle el reconocimiento, he optado por la solución de decir su nombre sin apellido.

Visto, en todo caso, que me estaba alejando de mis territorios conocidos, reparé en mi campo de conocimiento, aunque no de experiencia profesional: la lengua. ¡Qué narices!, me dije, ¡si una de mis posibles escapatorias profesionales siempre ha sido la de dar clases de español a extranjeros! Ofrezcámonos al mercado. Y el 1 de febrero, publiqué:

"Lingüista universitario, maduro y educado, con alto dominio del español, certera intuición gramatical y formación específica en la enseñanza del idioma a extranjeros ofrécese como tutor de exóticos fichajes deportivos, preferiblemente millonarios. También modelos del este."

Y por titulación no será, que tengo un Certificado Universitario del Curso de Formación de Profesores de Español como lengua extranjera, expedido por International House Madrid y la Universidad de Barcelona Virtual, en agosto de 2003. Bien es cierto que nunca he ejercido la profesión, pero a cambio puedo sacar la carta de mi licenciatura en Filología Hispánica, en la rama de Lingüística, por la Universidad Complutense de Madrid, en 1990.

Si alguno quiere reprocharme un cierto elitismo a la hora de escoger a mi clientela, se lo puedo aceptar, pero es una cuestión pragmática: necesitaría dar muchas menos horas de clase para sacarme un sueldo. Y si el día de mañana puedo vivir sin dinero, no tendría inconveniente en prestarme voluntario para ilustrar a inmigrantes sin recursos.

El 8 de febrero, volvía a llamar a la tele, reinterpretando mi posible función en este medio. Al igual que dije anteriormente, mis posibles contratantes tienen que saber que no contratan simplemente un guionista: me contratan a mí.

"Distinguido guionista veterano prestaría su carismática presencia y apellido compuesto para aportar dignidad y lustre a producciones audiovisuales de cualquier calibre. También desde casa."

Era una manera de llamar la atención a posibles programas de medio pelo que tuvieran ciertas reservas para convocar a sus filas a una persona como yo. No pasa nada si es así, probablemente su programa no sea la ilusión de mi vida, pero es también muy probable que en los casi veinticinco años que llevo trabajando (menos los periodos de paro, claro) haya hecho cosas peores o me hayan pagado menos.

Para mi siguiente demanda, cambié el foco. Mi reciente afición por el dibujo, y el descubrimiento de las sesiones de modelo al natural pusieron ante mis ojos otra forma de trabajo que, aunque es muy expuesta, aparentemente no requiere una formación específica. ¿Y no podría hacer yo eso? El caso es que me veo bien. Por eso, el 22 de febrero, me lié la manta a la cabeza y me tiré a la piscina.

"Tendré que publicar una nueva demanda de empleo para que no se diga que no lo busco activamente:

Caballero longuilíneo de interesante figura entrenado en el estatismo y el silencio con un repertorio corto de posturas estables y poco exigentes aparcaría su natural sentido del ridículo para posar como modelo de dibujo y pintura en talleres de alumnado desconocido con al menos tres grados de separación. También pongo comas."


Poco puedo decir que no dijera en mi mensaje. Quizá que en un alarde de arrojo podría animarme a posar ante un alumnado desconocido con tan sólo dos grados de separación. El caso es que aunque me atrae el reto, tengo cierta reticencia a descubrir en mí a un Míster Hide exhibicionista que pudiera traerme problemas en la mitad restante de mi vida.

Sin embargo, la idea me recuerda a las palabras del filósofo: "Omnia mea mecum porto". Todas mis cosas las llevo conmigo. (Para más información, les remito a una página que acabo de encontrar y que lo explica bien http://www.citas-latinas.com.ar/2010/01/omnia-mea-mecum-porto.htm). El no necesitar para trabajar nada más que lo puesto (en realidad ni eso), me daría una gran libertad de acción, pues podría desempeñar mi labor en cualquier lugar del mundo.

Por otro lado, habiendo conocido ya a un profesional de larga carrera y a recién llegados procedentes del mundo de la danza, y siendo consciente de mis grandes limitaciones de elasticidad muscular, también admito que a lo más que podría aspirar es a modelo de segunda fila. Pero ¿acaso hay mayor prueba de humildad en un trabajo que presentarse uno tal cual es... y ni siquiera ser demasiado bueno en eso?

Animado por esta nueva apertura de pensamiento y quizá motivado por el espíritu de Carnaval, volví a apelar a mis conocimientos, en este caso carnales, el 28 de febrero (en que, según mis cálculos, ya estaríamos en Cuaresma, qué díscolo).

"Caballero guionista con titulación demostrable en técnicas de quiromasaje en academia nacional de nombre exótico y con más de veinte años de experiencia en digitopresión de teclados de ordenador ofrécese a cambiar su superficie de trabajo por espaldas, cuellos y extremidades de mujeres estresadas sin lesiones comprometidas. Curiosas no abstenerse; viciosas sí. También retratos al natural de resultado incierto."

Y se preguntarán ustedes: ¿Titulación demostrable? Pues sí señores. Thuban corporación (que aunque parezca el nombre de una institución sectaria es una academia de terapias alternativas) me otorgó un Diploma el 30 de junio de 2003 por mis 144 horas lectivas estudiando el aparato locomotor de la anatomía en forma teórica y práctica, estudios que cursé también con la idea de tener una profesión portátil desempeñable en cualquier lugar y circunstancia. No la he cultivado mucho, esa es la verdad, pero esto es como montar en bicicleta... que tampoco monto. Soy una cajita de sorpresas, ¿a que sí? Además, cuento con camilla propia bien escondida en mi casa.

Mientras el trabajo llegaba o no llegaba, he empezado a desarrollar una labor lúdica y artísitca que me está proporcionando grandes satisfacciones (y espero que también a alguno de ustedes), y por ello en mis mejores sueños concebí la posibilidad de vivir haciendo lo que estoy haciendo ahora mismo. ¿Y vivir del aire? He ahí el problema. Pero no hay que descartar nada, así que, por pedir que no quede. Y lo pedí el 7 de marzo.

"Indisciplinado artista multidisciplinar educado, austero y agradecido aceptaría mecenazgo de fundaciones culturales o benefactores particulares para llevar adelante una vida sencilla, tranquila y lúdica con la que dar buen ejemplo a las generaciones venideras. O también puedo ponerme a trabajar, lo primero que salga."

La callada por respuesta. El 13 de marzo debí de tener un acceso de angustia. Es mi demanda más desesperada. No estoy orgulloso de ello.

"Estoy tan indignado con el mercado de trabajo, que le voy a poner una demanda. Esta vez, sencillita:

Guionista con experiencia se ofrece para trabajar."
Y en la línea donjuanesca del "clamé al cielo y no me oyó", pero con una elaboración más literaria, retomando la dignidad y la elegancia del hombre que lo vive todo como juego, me atreví a dirigirme al propio mercado de trabajo, cara a cara, con una carta que ha tenido mucha aceptación entre mis seguidores de facebook. Esto fue el 16 de abril:

"Querido mercado de trabajo:

Nos hemos tomado un tiempo. Que no era yo, que eras tú... En este tiempo, no te engaño, yo he conocido al paro, y tiene sus cosas buenas, pero no me da lo mismo que tú, y siempre parece que tengo que poner yo más de mi parte. Tú me llenabas más (el bolsillo, se entiende).

¿Por qué no lo volvemos a intentar una temporadita, a ver qué pasa?


Un cordial saludo.

Álvaro
 
(Igual me recuerdas más por mi número de afiliado a la Seguridad Social, pero no me lo sé de memoria)".

Y unos días después, el 26 de abril, la que hasta ahora es mi última demanda de trabajo, la más disparatada, un chiste, una humorada sin más, basándome en la dificultad para el manejo preciso en pintura de las técnicas líquidas en general y de la tinta en particular.

"¡Acabo de caer en otra salida para mi estancada vida laboral! Ahí va mi demanda:

Artista novel especializado en tinta negra y borrón ofrece dibujos mudos a la comunidad psicoanalítica para su utilización como nuevos tests de Rorschach.

O como retratos. Interesados contactar en esta página o en www.lapizdequintintas.blogspot.com.
También explico los chistes."

La alusión a mi blog de chistes es, claro está, una velada forma de reivindicarme como humorista gráfico. De nuevo cuño, sí. Con sólo dos meses de experiencia, también, pero creo que con suficiente calidad de contenido y un interesante dibujo de vocación artística.

Tampoco, por supuesto, es momento de omitir mis dotes literarias para el espejismo, esa observación de la realidad entre el cielo y la tierra, entre lo metafísico y lo costumbrista, con la que tanto disfrutamos los tres o cuatro que me leéis y yo mismo escribiendo esta columna de prensa que nadie me encargó nunca y que me he tenido que crear para mis juegos.

Para ambas cosas, pues, viñetista y columnista, una u otra o las dos, me ofrezco desde aquí a cualquier medio de comunicación, en estos momentos en que la prensa escrita está en plena expansión. ¿O me he enterado mal?

Este larguísimo "curriculum" sólo puede terminar de una manera, que es abusar de la confianza de mis lectores e involucrarles directamente, con la consigna más utilizada en el mundo del guión, el santo y seña con el que un guionista se descubre ante los suyos (no hagan uso de ella, se lo ruego), y que dice así:

"Oye, si sabes de algo, dímelo".

Pues eso.