martes, diciembre 08, 2015

¿EXISTE LA FELICIDAD?

¿Existe la felicidad? Con esta pregunta titula Toño Fraguas su exhaustivo ensayo sobre la búsqueda en nuestros días de tan preciado don, a la par que manido concepto, un libro que en las librerías podría figurar tanto en la sección de filosofía como en la de humor. Lo digo como elogio, que conste, que yo me considero humorista dentro de lo que cabe, y siempre que puedo reivindico el valor de la ironía y la sorna como punto de observación de la realidad. (Me gustaría hablar más del humor. Quizá luego. La verdad es que el libro de Toño le da a uno ganas de hablar, de comentar, de debatir, de discutir, de intervenir y participar. Porque la felicidad es algo que nos toca a todos. O al menos nos gustaría que nos tocara. Como la lotería. Y como alguna vecina también).

Toño demuestra en este libro (no, no voy a desvelar el final, no diré si existe o no la felicidad), demuestra, digo, que se puede ser filósofo, culto, riguroso y sesudo, y a la vez tener sentido del humor y gracia. Y no es raro; el humor es juego y se hace a fuerza de asociaciones (inesperadas, sorprendentes, chocantes…), y si disponemos de más elementos con que jugar, más relaciones estableceremos. El humor en este libro lo hace didáctico, cercano y simpático. El autor también demuestra repetidamente que sabe griego, lo que pone peligrosamente en juego los logros antes descritos. Pero se lo perdonamos porque compartimos con Unamuno la idea de que “filosofía es filología”, y el origen de las palabras nos dice mucho del ADN de su significado (¡Toma frase, Toño!). Y a pesar de ello, el libro es claro, se lee fácil, se entiende bien… ¡no parece de un filósofo! (Escuché la anécdota, no sé si cierta, sobre un filósofo alemán de apellido bisílabo y acentuación grave, Hegel quizá, que le daba sus textos a leer a su mujer – o su ama de llaves, no recuerdo – para consultarle si eran claros para, en el caso de que lo fueran, “oscurecerlos” un poco).

¿Existe la felicidad? (Del running al sofathlón: cómo escapar del negocio de la felicidad para alcanzar el bienestar) (Plaza y Janés, 2015) me ha llegado en un momento en que los trabajos de la vida me han llevado a tener que tratar con el running, moda multitudinaria que me era absolutamente ajena hasta anteayer. Sí, había visto a alguna persona vestida de submarinista de mil colores con zapatillas imposibles corriendo por las aceras, incluso he coincidido en el ascensor con alguna joven y bien formada vecina de estas características (aunque ya digo que, como la lotería, no me ha tocado nunca), pero pensaba que era una rara afición. Al final yo, que soy el único normal, voy a resultar el raro (no sería de extrañar, pues “raro” significa “infrecuente”, y paradójicamente lo infrecuente hoy día es encontrar a personas normales).

Creo que voy por las ramas. O por los paréntesis más bien. El humor reside en los paréntesis, en los comentarios, las digresiones, el juego, lo accesorio. Pero voy a ir al grano, que querrán ustedes irse a la cama.

Por alguna razón la palabra “felicidad” me resulta vana, superficial, frívola, simplona y ñoña, y probablemente la razón está en la mercantilización que se hace de ella, según denuncia Toño. Aunque por otro lado el “bienestar” me parece una meta pobre; en realidad no me parece una aspiración, sino simplemente una circunstancia. Si “Yo soy yo y mi circunstancia”, la felicidad (¿puedo decir mejor “plenitud”?) compete y es responsabilidad del yo, mientras que el bienestar sería una característica sobrevenida para la circunstancia. Cuando te toca la lotería (o tu vecina) puedes tener bienestar; la plenitud, según yo la entiendo, no puede depender de eso.

Por lo antedicho, me he sentido muy reconfortado cuando Toño, con la autoridad de su conocimiento filosófico y de su investigación periodística, ha ido desmontando uno por uno los distintos tinglados armados en torno a la felicidad. Desde los vendemotos que se hacen de oro redefiniendo perogrulladas, hasta el mitificación de las huidas en forma de viaje. Yo soy más de los de Pascal cuando decía aquello de que “Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación”. No tengo el tema de la quietud dominado, pero me interesa. Sobre todo, por lo barato. Siento, por ello, que el autor pasa demasiado de puntillas por la opción del retiro del “Beatus Ille” horaciano, aunque entiendo que no es igual fray Luis de León que un neojipi del siglo XXI.

El que esto escribe, carne de cañón para todo tipo de nichos alternativos, ha podido leer con una sonrisa los capítulos referidos a las mil y una dietas (¡Toño, se te ha olvidado la “primal”, la dieta que aboga por comer sólo carne y fruta, como nuestros antepasados!), y el recorrido por los mil y un yogas (qué paradójico y sospechoso que una disciplina que pretende la unidad con el todo se haya descompuesto en una multiplicidad caleidoscópica de yogas con apellidos; ¡hasta hay uno tipo sauna que se practica a 40 grados), pero me he sentido pillado in fraganti en el capítulo terapéutico. Sí, lo confieso: voy a un homeópata. Reconozco que cada vez que explico en qué consiste la medición organométrica trimestral que me hace me siento un poco Cospedal hablando de la liquidación de Bárcenas. Pero se trata de un médico. Médico médico con su título de medicina, capacitación para recetar y el sentido común de saber que un antibiótico a tiempo puede ser menos malo que unas fiebres altas continuadas. Y además, el efecto de la acupuntura sí lo puedo atestiguar. Y además, lo conozco desde hace mucho tiempo y se ha ganado mi confianza. Y además… ¡que a mí me vale!

Pero la felicidad no me la da él. Ni el dibujar, que me gusta mucho. Ni la lotería que no me ha tocado nunca (todavía), ni el dinero que tengo ni el que no tengo. Tampoco leer este libro, que ha sido muy estimulante intelectualmente. La felicidad, para mí, reside más en aspectos estudiados por otros hombres más sabios que yo que también han tenido su huequito en el libro. Tener un norte y dotar de un sentido a la vida, no esperar nada, evitar los deseos y dejar de sufrir. En resumen, me autocito: Encontré el oasis al descubrir que no hay oasis, 



miércoles, noviembre 11, 2015

A MÍ CHIQUITO ME COGÍA EL TELÉFONO. 3ª ENTREGA: EMILIO SE LEVANTÓ

Desde niño, he tenido mucha afición por el humor. Casi no sabía ni leer y ya buscaba en las páginas del ABC la tira cómica de Cándido que firmaba Mena. Cándido era un hombrecillo delgado y con tres pelos, de trazo muy sencillo, y sus historietas, como su propio nombre indica, eran de un humor tan blanco e ingenuo, tan infantil que resultaban casi poéticas. Ocasionalmente, encontraba alguna referencia que no era capaz de procesar y me rebelaba y protestaba: ¡No lo entiendo!, y me lo tenían que explicar. Pero ya no era lo mismo.
Me gustaba mucho también Mingote, Forges (¡cómo no!) a quien conocí en libro antes que en prensa… y también en persona. Recuerdo que en una evaluación de Pretecnología en que tuvimos que hacer un puzzle de madera, donde otros escogían motivos más realistas o cualquier dibujo sin más, yo cogí un chiste suyo, con su bocadillo y su texto.
Chistes escuché muchos, muy graciosos, de mi tío Juan Antonio, marido de mi tía Merche y hermano político (o cuñado carnal, como prefieran) de mi padre. Siendo así, un tío mío, encarnó un poco el papel de abuelo. Grande, calvo, con una gran barba blanca, ingenioso, con un tremendo acervo de anécdotas y chistes que contaba con su suave acento canario y se convertía siempre en el alma de las reuniones de adultos en las que trataba de quedarme callado sin hacerme notar. Su paciencia al leer mis tonterías de doce años me alentó para escribir.
Y mi gran descubrimiento, aquel a quien más llegué a admirar nunca, fue Jardiel, Jardiel Poncela, don Enrique, de quien mi madre tenía un pequeño librito en papel biblia, y encuadernado en piel, un “crisolín”, como los llamaba Aguilar, la firma editora. “Para leer mientras sube el ascensor”, se titulaba, y era un cúmulo de artículos breves, cuentos, máximas, de lectura poco exigente (podías leer sólo dos páginas, cinco o cincuenta según el tiempo que tuvieras), pero de escritura impecable y de una calidad humorística absolutamente aristocrática. Me llevó también mi madre por primera vez al teatro a ver una obra suya, Los habitantes de la casa deshabitada, en el teatro Infanta Isabel. Salió una colección de Obras completas que vendían en el Corte Inglés, de una sola vez o volumen por volumen, y los compré así, de uno en uno, cada vez que ahorraba un poco, con pagas no gastadas o dinero de cumpleaños, hasta que de los seis tomos me faltó sólo uno, el número 3 que misteriosamente nunca más encontré en ninguno de los centros, aunque siguieran quedando los otros cinco.
La tele también me dio de reír, que yo fui un niño de tele. De los chiripitifláuticos, los payasos, un globo, dos globos, tres globos, y cuántas cosas más. Me divertían, ya ves tú, los diálogos absurdos de Fofó y Miliki, y sus “Aventuras”, pequeñas historietas en que indefectiblemente, los payasos acababan haciéndole la pascua a un pobre señor calvo a quien llamaban señor Chinarro (y creo que era su apellido real), y como colofón final éste se ponía a perseguirlos en círculo alrededor de su mesa ad infinitum. Al cabo de los años, al equipo de  Gabi, Fofó, Miliki y Fofito, se incorporó un nuevo payaso, joven, alto, y mudo, que sólo se podía comunicar con un cencerro y al que llamaban Milikito. Supe después que eso de no dejarle hablar era una especie de prueba, de paso previo en el escalafón gremial de los payasos. O sea, una especie de castigo para el cómico, e indirectamente para los espectadores, porque yo francamente no le veía la gracia.
El mismo personaje, sin embargo, años después, despojado del maquillaje, el camisón rojo y la chistera en la cabeza, protagonizó un programa de sketchs que para mí fue mítico. Para un adolescente ávido de humor e ingenio, esto era un banquete. Nunca había visto nada igual: un gag detrás de otro, sin concesiones a presentaciones, entrevistas ni rollos parecidos. “Ni en vivo ni en directo” se llamaba. Su protagonista se convirtió en mi ídolo. Luego supe que los que fueron mis primeros jefes habían sido antes los guionistas de este programa. Ningún trabajo como la tele para ser a la vez trabajador y fan de tu programa o de tus compañeros.
Digo que fui fan, pero dentro de un orden, claro, que no pegaba fotos suyas en mis carpetas. Tampoco las pegué, claro, de Les Luthiers, cuando me descubrieron textos suyos por escrito, o grabados en una cinta que alguien me prestaba para escuchar en un radiocasette que me prestara otro.
Valga todo este preámbulo para que puedan ponerse en la piel de mis veintiún años cuando trabajaba en una empresa creativa que organizaba acciones de imagen corporativa, como edición de folletos, de calendarios, organización de eventos, etc. La hora de salida de los curritos era las siete de la tarde, pero como a esa hora nuestros jefes solían estar reunidos, la costumbre era tocar la puerta del despacho, asomar la cabeza y confirmar que nuestra presencia ya no era necesaria: “¿Necesitáis algo?”. Y si este era el santo, la seña era “No, gracias, podéis iros”, con la que ellos cumplían su parte del protocolo.
Era frecuente que les visitara alguna persona importante o un artista reconocido a quien quisieran embarcar en algún proyecto. Normalmente, podíamos saber que había venido alguien porque lo hubiéramos oído, pero los despachos de los jefes estaban a la entrada, con balcones al parque del Retiro, y desde donde yo estaba no se veía entrar a nadie. Por eso, me imponía más ver a estas presencias extrañas. Solían incomodarme, no digo que por su voluntad, pero yo me hacía la idea de estarles interrumpiendo, y al verles de espaldas o en escorzo, muchas veces sin mirarme y otras como estudiándome, pero siempre en silencio, sólo quería desaparecer y que me tragara la tierra. Mi deseo se cumplía seis pisos de ascensor y dos de escaleras mecánicas después, cuando tras apenas cinco minutos me veía ya en el andén de la estación de metro de Ibiza.
Una tarde los visitó Emilio. No sé si Rosa, la secretaria, nos lo adelantó o si fue una sorpresa absoluta. Igualmente lo fue mayúscula. Llamé, asomé la cabeza para pedir permiso para marcharme, y lo vi, sentado en una butaca pequeña, de espaldas a la puerta.
Muchas personas pueden asombrarse de la buena estrella de que disfrutan otras, unas pocas que parecen tocadas por la magia, pero las cosas no son casuales. Digo esto porque el comportamiento que vi en Emilio no lo había visto hasta entonces en ninguna otra visita, y aun hoy me parece sorprendente. Emilio, un artista razonablemente famoso, con un curriculum que incluía una nominación a los premios Emi de televisión, se volvió a mirar quién había entrado, vio a un subalterno con rango de becario o meritorio, pidiendo permiso tímidamente para poderse ir en tres segundos, y en lugar de dejar pasar el tiempo y retomar su charla, se incorporó de su asiento, se levantó y se acercó a mí, tendiéndome la mano, y se presentó.
Me quedé desarmado. No tuve, claro, los reflejos de presentarme yo por mi cuenta, de identificarme como admirador de su programa “Ni en vivo ni en directo”, ni de pedirle una foto ni un autógrafo (no he pedido ninguno en mi vida, salvo a Arévalo, por unas circunstancias que ya contaré). Pero ese gesto me dijo de él mucho más de lo que me haya dicho ningún programa que le haya visto presentar.
Esa fue una reunión previa al proyecto de “Saque Bola”, un concurso de chistes que realizamos para Canal Sur, en su parrilla de estreno en 1989, que presentó Emilio, y que se convirtió en el programa estrella y abanderado de la programación durante casi dos años. Pero eso es otra historia.

Ah, perdón, que igual no saben de quién les hablo, que no he dicho el apellido. Aragón, se llama Aragón.

lunes, noviembre 02, 2015

A MÍ CHIQUITO ME COGÍA EL TELÉFONO. CAP.2. DE CHIQUITO A CHICOTE

El germen de este libro nació, ya lo expliqué, en un momento en el año 2007 en que vi a mi compañero Juanjo Muñoz sorprenderse y admirarse de que conociera a Chiquito de la Calzada. Era una nueva constatación de que mi trabajo suscita asombro y curiosidad (¡La tele! Esos programas y series que vemos todos a diario y cuyos personajes nos parecen casi de la familia y al mismo tiempo tan lejanos e irreales. ¿Cómo será trabajar en la tele, conocer en la vida real a esos personajes?). Pero en este caso era algo más.

Entiendo la curiosidad de los espectadores, pero la de Juanjo me cogió por sorpresa. Era una curiosidad nueva, porque él no era ajeno a este mundo; era una persona del medio, que trabajaba dentro, que escribía para presentadores, y sin embargo se sentía igualmente ilusionado por haber reducido a dos sus grados de separación con don Gregorio.

El sentirme interesante fue halagador, aunque fuera por algo tan poco meritorio como haber coincidido con alguien, y la idea de publicar mi vida laboral y la relación de famosos que conozco quedó sembrada en lo profundo de mi inconsciente.

Otro empujoncito me dio Noelia Bodas, en La Tira, al sugerirme que podría impartir una clase en un máster de guión. “Si yo no sé nada”, objeté. Pero ella consideraba mi mera experiencia lo suficientemente interesante como para estar a la altura de muchas de las clases que recibió como alumna (No seré yo quien juzgue los planes de estudios de los cursos privados de postgrado). Así será, pensé yo, y no le di muchas más vueltas.

En posteriores intermedios entre trabajo y trabajo, la idea volvía a mi cabeza, con un título claro. Pero algo me refrenaba, y era un cierto tufillo a despedida, que quisiera si me lo permiten exorcizar. Señores de la tele: voy estando mayor… ¡pero no me he retirado!

En uno de mis últimos periodos de paro, conseguí un breve paréntesis laboral para preparar en Antena 3 la retransmisión de las Campanadas de Nochevieja para La Sexta (cosas de la fusión). Las habrían de presentar Sandra Sabatés y Alberto Chicote. Lamentablemente no conseguí hacer llegar a tiempo al departamento de promos mi idea de versionar el estribillo de la cabecera de la antigua serie de dibujos animados “Don Quijote de la Mancha”, cambiando los nombres de Quijote y Sancho por los de Chicote y Sandra, pero pueden componerlas ustedes en su cabeza a partir de este corte de youtube (del 00:18 al 00:30)



Me voy por las ramas. Este trabajo, notorio pero intrascendente (por su propia naturaleza, ni aunque hubiéramos tenido un 80% de share habríamos podido renovar), fue muy importante para este libro. Volvía a trabajar en Antena 3, la que durante tanto tiempo fue mi casa, para una producción propia. El trabajo en la tele te proporciona la experiencia de la secuencia circular del tiempo. Periódicamente, uno vuelve otra vez a un mismo punto. Pero no se trata de un círculo cerrado, sino de una espiral, como los surcos de un disco de vinilo, porque llegas al mismo punto, pero en un escalón distinto, más adentro o más afuera, quién lo sabe, pero con evidentes diferencias sobre la primera vez. O sobre la segunda o la tercera.

En esta vuelta a Antena 3, esperaba encontrar, como de costumbre, a un montón de amigos, pero me encontré el hotel del Resplandor. Pasillos vacíos, redacciones abandonadas, y por aquí y por allá pequeños reductos de trabajadores que se juntaban en un mismo lugar para no sentirse solos. Con una sensación mixta de asombro y desolación, día tras día, me fui reencontrando con los pocos amigos que aún quedaban allí, y recordamos viejos tiempos. Pero sobre todo fue con mi compañero Fernando del Moral, a cuyo lado trabajé. Fernando, el mítico guionista fijo de la televisión privada, estaba colaborando en un programa de zapping elaborando la parte histórica, y recordamos a compañeros y amigos, programas, anécdotas, modos de trabajo… ¡incluso los sueldos que se pagaban!

A la sensación de vuelta se añadía que no eran mis primeras campanadas, sino las segundas. Dieciocho años antes ya trabajé en otra retransmisión, la despedida del año 1994 y bienvenida de 1995, con Pepe Carrol, que en paz descanse, ¡y el propio Chiquito de la Calzada! Estuvimos cerca de dos horas ensayando los diez o quince minutos de la retransmisión, una y otra vez repitiendo los mismos chistes: el de la cosa que está tan mal que estamos friendo las sardinas con saliva; el de ve preparando las angulas-qué quieres, que me tire una hora pintándole los ojos a los fideos… Y yo riéndome a carcajadas a cada chiste, exactamente igual todas las veces, para tratar de arrancarle la risa al público de gala que habíamos traído, joven, elegante, de buen ver… pero sosito.

Esas campanadas las retransmitimos desde un estudio virtual, un prodigio tecnológico que recientemente había incorporado Antena 3 y que sólo usaba para las predicciones del tiempo, pero que, para la ocasión, había reproducido el interior de un café en altura en un edificio cercano a la puerta del Sol, cuyo reloj se veía por una ventana (incrustado en croma).

Recuerdo que hubo un catering de nivel como merecía la ocasión, y que me recomendaron no poner muchas pegas a tomar un par de copitas de vino (tres quizás), para facilitar mi animación y el efecto dominó que queríamos conseguir. Sí, amigos, se me había encargado la responsabilidad de reírme y contagiar la risa al público. Y no fue tan fácil, porque en el último ensayo los chistes ya habían perdido para mí todo el efecto y empezaba a sentir agujetas en la mandíbula. Pero así se hizo, y me convertí en la risa de las Campanadas de Antena 3, y me oyeron hasta en Telecinco. Muchos años después, durante la grabación de un piloto, Tomás Summers me presentó al Sevilla, el cantante de los Mojinos Escozíos, y en el momento en que me oyó reírme, dijo que reconoció mi risa. No sé si me dijo que la tenía grabada y todo. Entonces me lo creí; ahora que lo escribo, me temo que el guasón de Tomás se conchabara con él para embromarme.

Volvemos a diciembre de 2012 y al encargo de las Campanadas de la Sexta, un trabajo que me proporcionaba de nuevo la experiencia de las campanadas, pero en esta ocasión, en vivo y en directo, en el lugar de los hechos, y como Dios manda, ¡con chica! ¡Y qué chica! Yo que pensaba que ya lo había visto todo y me había convertido en indeslumbrable, descubrí que siempre hay un más allá. Pero dejémoslo: Sandra merece capítulo aparte.

Hice de redactor, acudiendo al Intermedio a pedir que nos grabaran unos consejitos que yo mismo había guionizado, hice también, por primera vez, de reportero de calle, ¡a estas alturas! Pero, por encima de todo, esta experiencia me brindó un vínculo, un nombre, un cabo de hilo del que tirar para convertir ya completamente en incuestionable la necesidad de escribir este libro. Porque no me digan que no es casualidad que hiciera unas campanadas con Chiquito y años después… ¡con Chicote! ¡Sólo eso bien merece un libro! Y aquí lo tienen (bueno, lo van teniendo por entregas).

Debo aprovechar, por cierto, para reivindicarme, ya que recientemente una campaña de publicidad de aceitunas ha reunido a Chiquito y Chicote en un mismo spot. No sólo mi idea es previa (exactamente, de diciembre de 2012), sino que mi propia experiencia me avala y me autoriza por encima de ningún otro para establecer esta graciosa relación entre sus nombres (por cierto, no recuerdo que el anuncio aprovechara este detalle, lo que me desconcierta especialmente, porque entonces ¿para qué los juntaron?). En todo caso, dicho queda: la publicidad me copia, ¡me siento realizado!

Antes he hablado de la teoría de los grados de separación. Se presta aquí hacer un inciso sobre ello. Me he documentado: la propuso en 1930 un escritor húngaro, Frigyes Karinthy, y pretende que cualquier persona de la Tierra puede estar conectada con cualquier otra por un máximo de cinco intermediarios (o seis grados de separación). En el grado 1 estarían todas las personas que uno conoce directamente, sin  persona interpuesta. El clásico “un amigo de un amigo”, que precisa de un intermediario y sólo uno, estaría a dos grados de separación. Y así sucesivamente.

Este grado 2 de separación es particularmente importante y convierte al intermediario en una persona con poder: el poder de presentarte a la otra persona, sea ésta un famoso, una mujer que te atrae, un cliente potencial o un profesional de gran renombre y agenda muy apretada.

Según escribo esto, me viene a la cabeza que quizá esas miradas de adoración casi devocional que me prodigan algunas personas cuando se enteran de que trabajo en la tele provienen de la idea inconsciente de que, al conocer a sus ídolos, yo podría presentárselos, y por tanto, soy para ellas una especie de mago o sacerdote que tiende puentes entre el brillante e inalcanzable mundo de los famosos y el de los vulgares espectadores. ¿Pero tú también, Juanjo, compañero mío?


        El interés de este libro, si tiene alguno, habrá de ser un poco éste, que los lectores crean conocerme y, así, reducir un grado de separación con muchos de sus adorados personajes televisivos. Advierto, no obstante, y a sabiendas de que puedo perder muchos lectores potenciales, que hasta el momento de escribir estas líneas me he ahorrado el trabajar en programas de corazón y telerrealidad, y no conozco, por tanto, a nadie de Gran Hermano, Mercedes Milá incluida.

domingo, octubre 25, 2015

EL CHISTE DE HOY: GASTRONOMÍA E INCOMPRENSIÓN

No me atrevo a titular mi entrada de hoy como "Chiste del día", como solía hacer, sugiriendo una rutina. No nos engañemos: a estas alturas todos sabemos que no voy a publicar un chiste a diario. Y si lo hago, bienvenido sea. O malvenido, que uno nunca sabe cómo acertar. Pero qué demonios, ¡me arriesgo!

El caso es que, siendo domingo, día de comida familiar, o con amigos, día de paella o barbacoa para muchos, me ha venido a la memoria un bonito chiste que guardo entre mis preferidos. Recuerdo perfectamente quién lo contó en uno de aquellos programas de mis buenos tiempos en Antena 3. Si no me equivoco, era "De los buenos el mejor", en que cada cuentachistes encarnaba un personaje. Este de los espaguetis (con e inicial y en plural) que enseguida transcribo lo contaba "La Puri", a quien recuerdo con traje rojo de chaqueta, no sé si de secretaria o dependienta de tienda. Lamentablemente, no llego a su nombre. Probablemente me venga justo en el instante posterior a haber tocado el botón de publicar. Bueno, eso me dará excusa para otra entrada. De momento, ahí va el chiste.

Se trata de una conversación entre dos personas, marido y mujer, pero el primero ni entra en escena, ni abre la boca, así que a todos los efectos, dramáticamente funcionará como un monólogo. Y dice, pues, la mujer, a su marido en off:

- El lunes te hice espaguetis y te gustaron; el martes te hice espaguetis y te gustaron; el miércoles te hice espaguetis y te gustaron; el jueves te hice espaguetis y te gustaron; el viernes te hice espaguetis y te gustaron; ayer sábado te hice espaguetis y te gustaron, y hoy domingo te hago espaguetis, y no te gustan, (Vehemente, demente, cargándose de razón) ¡DESDE LUEGO NO HAY QUIEN TE ENTIENDA!

martes, octubre 20, 2015

A MÍ CHIQUITO ME COGÍA EL TELÉFONO

"A mí Chiquito me cogía el teléfono" es el título del "Informe de vida laboral de un mercenario de la tele"; es decir, mis memorias de mi vida en la tele, que están avanzadas, pero llevan un tiempo más paradas que yo. No es porque no esté generando capítulos nuevos, que también, aunque aún me quedan episodios por desarrollar. El asunto es que esto de escribir memorias parece cosa de jubilado y no quisiera darme yo mismo por acabado. Al contrario, quiero invocar al espíritu de Chiquito (también vivo, por otro lado) para reclamar un poco de fortuna en esto de trabajar. Aparte de ello, no sé qué habría de hacer con este testamento, si patearme editoriales con las que no ganar un duro, autoeditármelo para vendérselo a los amigos, publicarlo por fascículos en columna de juguete o inaugurar un nuevo blog, ya el tercero.  De momento, opto por una primera entrega en este blog abandonado, lo que no anula ninguna de las otras posibilidades, y abro los oídos virtuales para escuchar por escrito sus opiniones. Allá va el primer capítulo, que explica el proyecto.

A MÍ CHIQUITO ME COGÍA EL TELÉFONO

"Hablábamos Amador Moreno y yo, y salió Chiquito en la conversación. No recuerdo la razón. En realidad no tiene por qué haber una razón: desde el año 94, Chiquito, con mención expresa o sin ella, está presente en todas las conversaciones de guionistas de humor del país. Y de cómicos profesionales. Y de cómicos aspirantes, y de cuentachistes aficionados, y de animadores familiares. Pero eso será otra historia. Hablaba, decía, con Amador, cuando mi compañero sacó a relucir mi relación con el humorista, y en la mesa de al lado se volvió Juanjo Muñoz, abriendo los ojos como platos, como antes había abierto las orejas para escucharnos. Emocionado, admirado incluso, me preguntó:
-   ¿Conoces a Chiquito?

Hay frases que lo retratan a uno, que dicen mucho de ti, de tu vida, de tu historia personal. Si dices, como Julio César, “Llegué, vi, vencí”, es que ganaste a alguien y, por lo que parece, lo hiciste sin gran dificultad: sólo tuviste que mirar. En algunas frases dichas sin querer o con toda intención, se resume en ocasiones el curriculum de uno, y eso es lo que me sucedió a mí aquella tarde en la redacción de Noche Hache, cuando Juanjo me preguntó con los ojos como platos si conocía a Chiquito, mirándome casi con devoción, como quien ve en persona a un ser mitológico o especial. Yo me sentí halagado, y me vine arriba. Tanto, que se me hizo corto el reconocimiento, y se lo quise matizar lleno de orgullo.
            -      ¿Que si conozco a Chiquito? ¡A mí Chiquito me cogía el teléfono!

Recreen la acción con el índice de la mano derecha estirado, dando vueltas hacia arriba dibujando un muelle y comprenderán por qué, al instante mismo de terminar mi frase, estallé en una sonora carcajada con la que me reía de mí mismo al tiempo que trataba de borrar la vergüenza propia que sentía por mi ataque de soberbia.

Es tonto enorgullecerse uno del triunfo conquistado por una persona que pasó a tu lado alguna vez. Si lo miras bien, parece casi la cara amable de la envidia. Y por ser la cara amable, siento una cierta indulgencia por mí mismo por esta debilidad. Y también por Juanjo, que confundiendo fortuna con mérito, me miraba con admiración. Poco le faltó para pedirme un autógrafo. Aunque de éstas también he tenido.

Ese fue probablemente el primer momento en que tomé conciencia de mi papel en la historia de la televisión de nuestro país. Un papel de turista que se hace fotos junto a los principales monumentos (¡y qué monumentos!, como diría José Luis López Vázquez, a quien no conocí), y que presume orgulloso ante sus amigos de la proeza de simplemente haber estado allí.
           -      ¿Ves la Torre Eiffel? ¡Pues yo estuve allí!
-                    ¿Construyéndola?
-         -      No, haciéndome una foto.

Eso significaba que me estaba haciendo mayor. Pero también que por primera vez comprendía en toda su magnitud que mi azarosa vida por el mundo de la tele podía despertar un interés no sólo en el profano espectador, sino incluso entre profesionales. ¡Si hasta a mí mismo me sorprende a veces recordar las cosas que he vivido!

No puedo seguir, por cierto, sin aclarar un punto. ¿Qué significa – se dirán ustedes – eso de que Chiquito me cogía el teléfono? O igual no se lo dicen porque hoy día todos los teléfonos, fijos y móviles, tienen una pantalla que registra el número del teléfono que llama. No era así ni mucho menos en aquellos tiempos. Ya existían los ordenadores, eso sí, pero los móviles eran aún un gadget propio de James Bond y de unos contados ejecutivos esnobs. Chiquito no era ni lo uno ni lo otro: era un señor mayor de Málaga, un artista que llevaba toda la vida trabajando y que era la primera vez que actuaba en televisión. Era una especie de “yo estuve allí” que, de pronto, se convirtió en el “allí” del que uno podía presumir por haber estado junto a él. Pero por el momento vivía en su casa de siempre, con su mujer y su teléfono.

Entonces, ¿qué mérito tenía que me cogiera el teléfono? ¿Acaso sabía que era yo y no otro quien llamaba? ¿Acaso no se lo cogía a todo el mundo? ¿Acaso de lo que estoy presumiendo es simplemente de haber tenido su número de teléfono? No, no y no. Chiquito empezó a salir por televisión a finales de julio de 1994 y ya en septiembre empezamos a recibir en la redacción las primeras llamadas queriendo contratarlo para actuaciones. En octubre, la cuestión ya era insostenible.

Los agentes consiguieron el teléfono de Chiquito, el teléfono de Chiquito empezó a sonar como los nuestros, y Chiquito empezó a volverse loco. ¿Pero por qué lo llamaban a él, no tenía representante? Obviamente no: era un artista que iba de chiringuito en chiringuito cantando y contando chistes para quien estuviera por allí y a quien de vez en cuando contrataban para amenizar una cena o una fiesta privada. Y de pronto, lo veían como diez millones de personas de una sola vez. Finalmente, consiguió un representante (mejor dicho: un representante consiguió hacerse con Chiquito, la joya más deseada del momento), pero para solucionar el problema de las llamadas a su casa, optó por la calzada de en medio: no coger el teléfono a nadie… salvo las llamadas del programa.

Les intriga saber cómo podía reconocer Chiquito que era yo mismo quien le llamaba y no un pesado de una sala de fiestas de un pueblo de Cuenca, ¿verdad? Una opción hubiera sido llamar siempre a la misma hora, pero eso en televisión es imposible; en cualquier momento puede haber un cambio, y hay que avisar. Se decidió crear una contraseña secreta, una clave con la cual Chiquito pudiera saber inequívocamente que era yo y no otra persona quien le llamaba.

Han pasado casi veinte años desde entonces, seis o siete generaciones de teléfonos móviles (en mi mano dos o tres nada más), con posibilidad de poner tonos distintos según el teléfono que llama, y también han cambiado los terminales de teléfono fijo, todos ellos ya con identificación de llamadas. Creo, pues, que si Chiquito quiere tener alguna contraseña para cribar sus llamadas entrantes, seguramente habrá escogido alguna más sofisticada, así que me veo autorizado para revelar el gran secreto entre Chiquito y yo. Ahí va: simplemente marcaba su número, esperaba que sonara una vez el timbre de llamada y colgaba, para acto seguido volver a marcar y escuchar que al otro lado alguien descolgaba el aparato.
               -      ¿Chiquito? – le preguntaba.
               -      ¿Qué pasa, fenómeno?


Fenómeno, ese era yo. Y a mí Chiquito me cogía el teléfono, ¿qué os vais a pensar?"

(¿Sigo?)

lunes, abril 27, 2015

BOLERO FUSIÓN: ARMANDO MANZANERO + CORRUPCIÓN

Con Rodrigo aprendí
que hay muchos diferentes delitos fiscales:
fraude, evasión,
falsedad documental, blanqueo de capitales;
aprendí
que si maquilla las cuentas de su empresa
cualquier persona, la pueden llevar presa,
según las leyes vigentes del país,
pero con un matiz,
no a un expresidente del FMI.

Con Rodrigo aprendí
que poner a nombre de otro lo que tienes,
eso es delí
eso es delito, es alzamiento de bienes;
que las black card
no son legales, que eso también es mentira,
usarlas es una apropiación indebida
según las leyes vigentes del país,
pero con un matiz,
no para un exjefazo del FMI.

Con Rodrigo aprendí
que la nobleza no se hereda de la cuna,
que es frenesí
seguir queriendo tener más y más fortuna;
aprendí
que un financiero puede estar ya moribundo,
que seguirá esquilmando a todo el mundo
hasta que pongan en su sepultura el RIP.
Con Rodrigo aprendí
que la avaricia parece no tener fin;
con Rodrigo aprendí
que la avaricia parece no tener fin.

jueves, abril 02, 2015

LOS HUESOS DE CERVANTES

1. Buscando bajo el suelo del convento
de las monjas descalzas Trinitarias,
se han encontrado huesos, más de ciento.
No son de una persona, son de varias.

En concreto, los hay de dieciséis,
y entre tanta osamenta, por fortuna,
os lo aseguro, no sé si me creeréis,
no hay hueso ninguno de aceituna.

Han tratado de hacer interesantes
unas letras que dicen MC
diciendo que quizá son por Cervantes

Pero el autor en sí no se distingue,
pues la tumba se ve que no es de un single;
es de lo que llamaban LP.

2. Para mí que no están en sus cabales
quienes persiguen quimera tal
como tratar de hallar restos mortales
de un autor que decimos inmortal.

Pero aceptando que la podredumbre
le ha alcanzado también a don Miguel,
imaginen también que alguno es él,
en medio de esa muchedumbre.

Devenido romántico en lo eterno,
entonces el Miguel del siglo de oro
yace con su mujer , ¡caray qué tierno!

Qué tierno, sí, y falto de decoro,
pues descansa por siempre con su esposa
más catorce personas en la fosa.

3. Hay indicio en verdad, y muchas ganas
de haber encontrado a su persona.
A Cervantes, comentan las hermanas,
lo enterraron allí… o por la zona

Mas tanto cuerpo junto y hueso pocho,
a la ciencia le dificulta el caso:
el carbono catorce queda escaso;
es mejor el carbono … dieciocho.

El hallazgo, en verdad, no es para tanto:
lo que quede del genio son retazos,
no se sabe si de él o de algún santo.

Manco era su mote, el de Lepanto.
Habrá que comprobarlo sin más plazos:
los restos lo son, mancos… de dos brazos.

4. ¡Es Cervantes! – proclaman los científicos,
¡Es Cervantes! – qué hallazgo tan magnífico.
¿Qué Cervantes? – se pregunta el político.
Cervantes, don Miguel, autor prolífico.

¿Cómo saben seguro si es Miguel?
Esa seguridad, ¿cómo la tienen?
Si es imposible la prueba de ADN,
¿quién puede atestiguar que este es aquel?

Con certeza no hay nadie que lo afirme,
será Miguel si nadie lo desmiente
aportando una prueba de repente:

un cuerpo cervantino irrebatible.
Raro será si hay alguien que se anime
y que quiera buscarlo, y que lo encuentre.

5. No ha sido la labor nada sencilla
- ¡ciencias y letras juntas varios meses! -,
pero en el municipio había intereses
de que pasase gente por taquilla.

Si la tumba es del célebre Cervantes,
la visita a la tumba ahora se cobra.
Pongamos nuestras manos a la obra,
fijemos la tarifa cuanto antes.

Va a aumentar el turismo en gran medida,
al menos eso auguran los expertos,
pues Madrid ya tendrá lo que uno pida.

Vendrá gente al teatro y a conciertos,
la ciudad seguirá teniendo vida,
pero atraerá a más gente con sus muertos.

6. ¿Qué opina, a todo esto, el interfecto?
¿Le habrá sentado mal ser descubierto
o, al contrario, le parece perfecto?
¡Quién puede saber qué piensa un muerto!

Si en acordarse no tuvo interés
del pueblo de la Mancha del Quijote,
qué más le dará que salgan ahora a flote
los podridos huesos de sus pies.

Igual le daba risa este montaje,
que den tanta importancia y rindan culto
a su cuerpo hecho polvo, ya corrupto,

Y puede que lo tome como insulto,
pues como autor, el mejor homenaje,
no es verle a él, es leer sus personajes.

7. SONETO INVERSO

Para mí los restos de Cervantes,
los únicos que son interesantes,
don Quijote y Sancho son, y Dulcinea.

Si esto anima a la gente a que se lea,
bien hallada la sepultura sea.
Y que busquen también a Rocinante.

Aunque, no sé por qué, mucho me temo,
que haber hallado al fin su sepultura
no va a animar a nadie a la lectura
y seguiremos siendo igual de memos.

En todo caso, yo me maravillo:
el tesón y el trabajo han sido enormes,
el reto será hallar ahora en el Tormes
al anónimo autor del Lazarillo.