viernes, noviembre 20, 2009

LA PELUQUERÍA CHINA

Hace cosa de un año pensé que ya había encontrado, por fin, mi peluquería cuando descubrí “La Moderna”, con su aspecto clásico y elegante, su aire tradicional, sus asientos de cuero rojo y la seguridad que transmite su especialización en caballeros. Pero algo no me gustó en mi último corte, cuando el peluquero me atendió sin barrer antes del suelo la pelambre muerta del último cliente, o de clientela anterior, porque para mí que eso era mucho pelo para un solo hombre. Expongo estos antecedentes para que no piensen ustedes que soy un veleta picaflor de barberías que se corta el pelo con el primero que pasa. Yo quisiera ser fiel a una única peluquería buena, bonita y barata, pero no la encuentro.


Cuando héte aquí que, unas semanas atrás, me dan en mi barrio un papel anunciando la inauguración de una peluquería unisex. Eso no es en sí una ventaja. Las mujeres van más que los hombres a la peluquería y, si tenemos que compartir la atención, es frecuente que haya que esperar turno o, incluso, pedir hora, lo que va contra mis principios. Yo tardo en decidirme a cortarme el pelo, pero cuando me decido y encuentro el tiempo, tiene que ser en ese momento. Además, es sabido que en las peluquerías ambisexuadas, los hombres nos dejamos menos dinero que las mujeres y, por tanto, somos clientes de segunda. Sin embargo, dos detalles despertaron mi curiosidad. Uno, que tanto el repartidor como el nombre del local eran inequívocamente chinos, y dos, que los precios eran ostensiblemente baratos. En días posteriores tuve ocasión de localizar el negocio, constatar su buen aspecto, y tomar nota de que está atendido por mujeres. Esa experiencia no me la podía perder.

Podría haber esperado un poco más, pero ya se cumplían más de tres meses y mis puntas comenzaban a hacer volutitas sobre las orejas. La expectativa de una incierta entrevista de trabajo próximamente, y la posibilidad de que, de pronto, no vuelva a disponer tan alegremente de mis días, me terminó de empujar.

Premeditadamente no me lavé la cabeza, para acceder a la tarifa 2 de caballeros: lavar y cortar, 8 euros. Al entrar al local, en primer término, una china joven y atractiva le hacía las uñas a una clienta. A la derecha, otra, con el pelo teñido de tono rojizo con las piernas separadas y detrás de una mujer, parecía estar montada sobre su espalda tratando de domarla. No era así: estaba sentada en otro taburete. Aunque igualmente parecía que trataba de domarla. Una tercera chica, algo más mayor que estas dos, terminaba en ese momento con su clienta, y se dispuso a atenderme. Parecía haber entendido perfectamente que quería lavarme y cortarme el pelo, pero me invitaba a sentarme frente a una mesa sin lavabo que me desconcertaba. Obedecí y encontré que la orden era correcta: me puso el campú sin mojarme la cabeza, y luego, con un botecito de agua, me fue echando chorritos para hacer espuma. La temperatura del agua y el tacto de las manos eran igualmente fríos. La chica se entregaba a su trabajo con dedicación, pero en lugar del suave masajeo capilar que uno esperaba, me estaba dando unas friegas tan fuertes y enérgicas que casi parecería que quisiera sacarme la cabeza de los hombros. Yo suspiraba por que terminara el lavado, pero, al no ver una triste pila delante, no tenía ni idea de cómo pensaba aclararme o si, simplemente, pensaba retirarme la espuma con la toalla.

Mi peluquera por fin dejó de sacudirme el cráneo y empezó a secarse las manos en la toalla que tenía sobre los hombros. Quizá con demasiada fuerza, pues sus manos penetraban en mi espalda. Al tercer frotamiento, me di cuenta de que no era accidental. Seguía haciéndolo igual, y continuaba sus manipulaciones más abajo, haciéndome separarme de la silla para poderme masajear toda la espalda. Mis recelos me impedían relajarme. ¿A qué venía tanto sobo? ¿Acaso era un servicio extra con el que redondear al alza el precio del corte de pelo? ¿Pretendería ofrecerme, como hace poco leí en las noticias, un "final feliz"? Dudé incluso si enfadarme, pero, entre lo mal que me sale y que el brusco zarandeo no me resultaba del todo desagradable, me conformé con un gesto de sorpresa, encogiendo los hombros y volteando las manos hacia el cielo en búsqueda de explicación. La peluquera masajista, a por uvas, siguió a lo suyo, pasándose ya al plano personal en la conversación (como no podía ser de otra manera a estas alturas): "Mu delgado tú", "mucho hueso", dijo. Se rió, y pasó a darme golpes con los cantos de las manos en la zona dorsal de la espalda.

Ahora ya sé lo que siente un coche al pasar por un túnel de lavado, pero, como todo llega, también mi paliza terminó y me pasó a un lavabo que estaba tras una columna. Allí, en dos segundos, me vertió agua calentita del grifo sobre mi espumoso pelo. Por fin algo se aclaraba en mi cabeza. Pero, como parece que se había propuesto convertir un simple corte de pelo en una gymkana alegórica de la vida, no podía brindarme dos estímulos positivos seguidos. Tras el acalarado, vino el secado, con una toalla que olía no sé si a gambas o a esas empanadillas chinas que no me gustan ni en los restaurantes. ¿Dim sum se llaman?

Con la toalla me pasó, ya sí, a la silla de cortar, donde mi simpática amiga quiso emular el modo occidental de cortar el pelo: dando conversación. No soy yo muy partidario de ello, pero al menos no hablamos ni de política ni de fútbol. Mi maternal peluquera se interesó por si yo comía bien, pues le parecía que debía de comer poco, me preguntó si tenía hijos y, a renglón seguido de decirle que no, dedujo que estaba soltero (¿por qué no podría yo estar casado y no tener descendencia? Me intriga esta china), investigó si tenía novia y, al saber que ni siquiera, ya entró a saco a aconsejarme que me buscara una chica para que me diera bien de comer. Yo un poco protesté, diciéndole que yo mismo me cocinaba y que comía bien, pero no quise insistir demasiado. Tal vez quería presentarme a su sobrina Mari-Lí y no quería yo quitarle las intenciones. Vanas ilusiones las mías.

En unos momentos, todo pareció embarullarse. Una china hablaba por teléfono en su idioma, al poco entraba un chino macho en el local, y se ponía a hablar con mi peluquera. Terminaban y al rato la china pelirroja se acercaba a nosotros y se sentaba en la encimera a charlar con ella y echar unas risas animadamente. Juan Liverpool, Lover, Luismi de La Tira y todos los fans de Seinfeld me entenderán si les digo que me sentí como Elaine en el episodio de las manicuras coreanas. Afortunadamente, pude controlar mi susceptibilidad.

Entre tanto, mi china preferida me cortaba el pelo, sin prisa, pero sin pausa; sin pausa... pero sin ninguna prisa, y pasándome el peine por la cabeza como si quisiera ararla para plantar patatas. ¿Por qué en mi imaginación me había elaborado la absurda idea de que una peluquera china sería suave y delicada? Y lo peor es que no terminaba nunca. Llegó un momento en que me preguntó: ¿Así ya? A mí me parecía que no se me podía cortar más el pelo y le dije que sí, deseando irme, pero ella, perfeccionista hasta la exasperación, volvió a retocarme alrededor de las orejas y a cincelarme toda la cabeza con el peine. Paso por alto el detalle desagradable de que, de vez en cuando, me parecía percibir el olor de su aliento y me hacía añorar el de la toalla que olía a gambas. Y no dejaré de mencionar el alivio que sentí cuando, por el espejo, vi en el extremo opuesto de la peluquería, a la china pelirroja propinándole a una nueva clienta un masaje similar al que había recibido yo antes. Parecía, pues, que era una gentileza de la casa para todo el mundo.

Finalmente, todo terminó, y bajé de la silla como quien baja de la noria del parque de atracciones, aunque aún me esperaba cualquier cosa a la hora de pagar. Pero no, fueron los ocho euros que marcaba la tarifa. Ese fue, seguramente, el único punto en que se cumplieron mis expectativas. Pero no me arrepiento: en mi anodina vida, pude vivir en menos de una hora, toda una montaña rusa de emociones: de la sorpresa al desconcierto, pasando por la diversión, el agrado, el disgusto, el placer (poco) y el dolor (pequeño). Como Lope, diré “quien lo probó lo sabe” (y si no, ya se enterará). Aunque no sería del todo sincero si ignorara un cierto sentimiento de pérdida de inocencia que me invadió al salir. En mi corazón rondaba ya la idea vaga de que tampoco será ésta mi peluquería definitiva.

No obstante, no descarto volver.

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martes, noviembre 10, 2009

SONETOS DEL FUTBOLISTA CONTRIBUYENTE

Me ha indignado lo de los impuestos de los futbolistas extranjeros multimillonarios. No que se los vayan a subir, sino enterarme de que están pagando menos que nadie. Beneficiándose por una ley hecha para atraer cerebros, hemos traído melones. No tengo nada en contra de que vengan, y que jueguen; me parece exagerado que se les pague tanto, pero ya sabrán los empresarios si al final compensa, y si es así, me alegro por todos. Bueno, ni me alegro ni me dejo de alegrar: allá cada cual. Aunque habrá que ver cómo reaccionan los socios que, con esfuerzo, pagan sus abonos, entradas, camisetas y merchandising, al conocer que, probablemente, sus ídolos tienen tipos impositivos menores que los suyos y que, si pierden sus privilegios, amenazan hasta con huelga. A partir de ahora yo, desde luego, no me gastaré un duro en ver un partido. Claro, que ¿cómo lo van a notar, si nunca he ido al fútbol?

Pero la indignación no es estado habitual de mi carácter ni quiero yo establecerme en ella, sino usarla tan sólo de trampolín para espacios más elevados del espíritu. En este caso, me ha despertado el ingenio y la ironía para sacar adelante estos sonetillos satíricos que, a falta de mejor publicación, comparto en esta ventana con ustedes.

1
La ministra Salgado tiene vista
y ve bien lo que pagan los demás
y si alguno al pagar se queda atrás,
descuidad, que no se le despista.

A la caza está ya del futbolista:
“Los Agüeros, Henrís y Benzemás
tendrán que apoquinar un poco más”
ha dicho la ministra, que es muy lista.

Si se aprueba la norma, los fichajes
se comprarán un jet y harán más viajes,
que todo deportista que se forra

acaba, me lo dice la experiencia,
cambiando de lugar de residencia,
que, para ahorrar, no hay nada como Andorra.

2

A Kaká, que es un chico muy creyente,
Y trabaja en Madrid, no hace turismo,
lo quieren convertir, no al islamismo,
sino a que se haga un buen contribuyente.

Párate ya galáctico, detente,
deja de practicar el escapismo,
que hay quien paga cuarenta por lo mismo
por lo que tú tributas sólo veinte.

¿Por qué estos privilegios y prebendas,
que no tenemos nadie con Hacienda?
¿Tan grande es el poder que tiene el lobby

de extranjeros de ficha millonaria?
Que paguen por igual bramán y paria.
Que paguen ya Chygrynsky, e Ibrahimovic.

3
Parecerá ironía hacer pagano
a un Cristiano de nombre verdadero.
Mas si en tu sueldo cobras cinco ceros
el no pagar, Ronaldo, no es cristiano.

Si paga el socio y paga el canterano,
que tributen lo mismo los dineros
de los cracs millonarios extranjeros
es justo, necesario, sabio y sano.

Sin embargo, los clubes los protegen
y piden al Gobierno que los deje,
pues coinciden en el mismo mes de mayo

el final de la liga con la cuenta
del incómodo impuesto de la renta,
y temen en el campo algún desmayo.

4
La ley, que algunos llaman desatino,
la verdad es que a mí me reconforta,
pues ha podido unir a Joan Laporta
con el presi rival, con Florentino.

Los dos dicen lo mismo: “Estoy que trino”,
pues el chollo fiscal ya se les corta
(aunque a los clubs modestos, les importa
el tema poco menos que un pepino).

Y haciendo como han hecho buenas migas,
los grandes capitostes de la liga
se han propuesto el hacer acción conjunta:

con llevar, amenazan, un parón
a la más principal competición.
Se me ponen los pelos, ay, de punta.

5
Habrá en los equipos cambios de rol:
el defensa rompedor que era un paquete
se habrá de reciclar en un piquete.
Las cosas son así en el fut-ból

Y el delantero que ose meter gol
por tener fama y gloria como ariete
sólo obtendrá, y eso en un periquete,
el baldón deshonroso de esquirol.

Estará consternada la afición.
¿Qué pondrán los domingos en la tele,
para que al hincha no le dé un telele?

Algo inventará la televisión:
Si la liga de fútbol entra en huelga,
pondrán liga de fútbol. Pero belga.

6 (SONETO INVERTIDO)

Pero en todo este asunto hay un detalle
que hace que suene mal toda mi charla,
pues parece que hubiera algo que falle:

Si la huelga es en contra de un patrón,
¿cómo puede el patrono convocarla
y a quién quiere con ello hacer presión?

La idea que en el aire está sin fecha,
si lo piensa uno bien, a mí me pega
que salió del magín de un estratega
llamado Pellegrini, es mi sospecha.

¿A quién mejor que a él esto aprovecha,
que al cuello la camisa no le llega?
Semana en que la liga no se juega,
es semana también que no le echan.

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martes, noviembre 03, 2009

EN QUÉ ESTARÍA YO PENSANDO

De vuelta a casa andando, paso por delante de un local en obras sobre cuyo escaparate han pegado varios carteles de publicidad. En un fugaz instante, leo de un tirón el titular de uno de ellos, único en la calle, y me sorprende. Es una propuesta que no se refiere a ningún campo profesional, académico o comercial, sino que invade directamente la esfera personal y quiere influir sobre el carácter de las personas. Me hace gracia, no obstante, y hasta simpatizo con él, pero es tan increíble que tengo que pararme y frotarme metafóricamente los ojos para volver a mirar y leerlo detenidamente. En efecto, como me temía, no podía ser. El cartel invita a matricularse en un curso de moda con un gancho tan objetivo y concreto como “Hazte estilista”. ¿De dónde había sacado yo que ponía “Hazte elitista”? En qué estaría yo pensando.

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jueves, octubre 22, 2009

ONCE

Ojito. Desde el viernes de la semana pasada se me vienen ocurriendo ideas para posts y, por otros encargos o por falta de rigor y voluntad propia, los he ido aparcando, eso sí, apuntándome un titular para no olvidarlos, y añadiendo día a día ese acontecimiento, reflexión, experiencia o emoción que he pensado, merecían un post. Seguidores habituales, pues, si los hubiera, no creáis que esta nota que leéis constituye por si misma la actualización del día. No, señores, hoy traía trabajo acumulado y he hecho mis deberes: diez posts como diez soles. Y con éste, once.

Ahora, a ver si hay narices que comentarlos todos y volverme loco.

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POR HABLAR

Ayer estuve en acupuntura, y mientras dejaba que las agujas clavadas sobre puntos estratégicos hicieran su trabajo, el médico recibió una llamada de una persona que tenía gripe. El doctor le sacudió la paranoia de que fuera gripe A y le recomendó remedios sencillos que conozco pero que no divulgaré para que no demanden por instigar a la automedicación. Yo entonces pensé: “Cuánto tiempo hace que no me pongo malo”, como suelo pensar una o dos veces al año. Y también, como siempre, involuntariamente me arrogué cierto mérito por tener una buena constitución y por cuidarla adecuadamente. De forma instantánea y casi automática me sacudí esos sentimientos de vanidad y, en segundo término, quise minimizar la reflexión. Incluso no haberla hecho nunca. Pero fue inútil: el pensamiento ya estaba lanzado al universo. Y alguien debió de oírme. El dios de las bromas, mi tutor castigador del curso del 63 cósmico, o mi ángel de la guarda, atento a que no se me suban los humos, ¿quién sabe? El caso es que, como era de esperar, en la misma tarde noche de ayer empecé a notar el picor en la garganta tan característico de mis constipados. Y a estas horas se lo puedo confirmar con toda seguridad: estoy constipado. Y con ello, otra constatación: la bufanda de verano ya no es suficiente.
(Por cierto, para información sobre la gripe A recomiendo este link:
http://vimeo.com/6790193 )

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YO TE QUISE

Mi amigo Dani ha escrito y rodado un corto, “Yo te quise” que ya es visitable en youtube y en su página web:

www.loctary.blogspot.com

El otro día me invitó a la “premier”, su primera exhibición en público. Me gustó, es muy divertido. El personaje principal es una chica a la que le gusta mucho cantar y se graba sus propias canciones “a capella”. Me he sentido un poco identificado, y me han dado ganas de colgar mis “Grandes Éxitos”, pero siento un cierto temor reverencial a dejar cualquier tipo de prueba material de mi existencia en la red. Eso que dice la campaña de Telemadrid – “en internet tu imagen no es sólo tuya, es de todos” – ha hecho mella en el adolescente neurótico que llevo dentro, así que ni un vídeo ni una foto y ni siquiera mi voz. Aunque, ahora que ya tengo mis “Obras Completas” pasadas a DVD, cualquier día me suelto el pelo. Amenazo.

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MI EX

Una amiga, convencida de que un hombre y una mujer tendrían una inmediata afinidad si coincidían en dos puntos: ser solteros y heterosexuales, me presentó el correo electrónico de una amiga suya: Álvaro, éste es el e-mail de X; e-mail de X, éste es Álvaro. Tras comprobar en un par de “citas a ciegas” puramente epistolares que no pegábamos nada, viví la extraña circunstancia de “cortar” con alguien con quien no había salido nunca y que, por cierto, no conocía ni mi cara (Yo sí la suya; hay personas más desinhibidas a la hora de colgar su foto en internet; por mi parte, creo que bastante hago con firmar con mi nombre real). El caso es que un amigo mío, chistoso él, bautizó a la chica con la que no había tenido ninguna relación, como “Mi ex”.
Pero, rizando el rizo de la teoría de los seis grados de separación que no inventa pero sí divulga mi amigo Juan (http://www.liverpoolmadrid.com/2008/04/la-teora-de-los-seis-grados-de.html), amigo por cierto de mi chistoso amigo, resulta que estoy a dos grados de separación de mi ex por otro camino, ya que ha resultado ser amiga de la novia de un amigo.

La carambola termina por el momento con un bloqueo de las sincronicidades tan absurdo que raya en lo milagroso. Ya es raro verme en un bar. Pues el otro día estuve. Estuvieron también mi amigo, su novia, “mi ex” y más gente. En este caso, la posibilidad de que no nos llegáramos a conocer, bien porque nos presentaran, bien porque participáramos en una misma conversación, era realmente baja, y sin embargo se dio. Incluso me atrevería a decir que, sin yo esconderme ni ella evitarme (aunque no tengo certeza de ninguna de ambas cosas), nunca estuve en su ángulo de visión. Ni siquiera cuando participamos en el mismo corrillo: la conversación la coparon ella y mi amigo y luego desapareció por donde había venido.

Vamos, que mi ex y yo no nos hablamos... pero de buen rollo.

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DAR RECUERDOS

De camino a casa paseando (el frío pedía metro, pero me empeñé), veo a dos personas juntas, una de las cuales habla por el móvil con una tercera que parece ser conocida de ambos. La que lleva el teléfono transmite a su acompañante algo que le dice su interlocutor en las ondas: “que le da recuerdos”. El recordado se rebela y pide coger el móvil para que se los dé directamente a la oreja. No sé en qué quedaría la cosa, pero me mueve a reflexión, porque si esta persona llega a ponerse al teléfono, ¿qué le diría el otro? “Hola, Fulano, muchos recuerdos”. Imposible.

Los recuerdos son algo que nunca se pueden dar personalmente. Parecería que son una especie de encargo incómodo que uno puede dar a alguien para que se lo dé a otro, pero que no quieres ver la cara que pone el receptor cuando los recibe. Un ejemplo: le has comprado a un primo segundo un regalo de boda que crees que es adecuado y que le gustará pero a ti no te convence. No vas con el jarrón en brazos para dárselo; se lo mandas por mensajero o por medio de alguien que sabes que lo va a visitar. Igual con los “recuerdos”. Es como si fuesen algo de lo que avergonzarse. Por eso, el empeño por ponerse al teléfono de esa persona tenía algo de desafío. “¿Cómo que me manda recuerdos? ¡Eso no me lo dice a mí a la cara! ¡Trae el teléfono! “, y cuando lo coge: “Venga, venga, dime ahora eso que me querías decir. ¿Qué es lo que me mandabas...?”.

Pero, claro, tiene sentido. A un tercero le puedes decir que le diga a alguien que te acuerdas de él, pero si estás hablando con esa persona directamente, esos recuerdos están de sobra. ¿Cómo no te vas a acordar si estás hablando con él?

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CRISIS DE NACIONALIDAD

Escucho que la National Gallery expone en estos días piezas de imaginería española del siglo XVII, que es acogida con recelo por los visitantes, acostumbrado a una representación más alegre de un Jesucristo resucitado o, en todo caso, a ninguna representación de la divinidad. Les parecen nuestros muñecos los precursores morbosos y gores de “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson, y yo, de pronto, me siento hermanado con el escandalizado y horrorizado público inglés y tengo ganas de gritar: Lo mismo, lo mismito pienso yo. Mi sentimiento es igual, mis argumentos, en caso de tenerlos que dar, serían idénticos. Y es entonces cuando me asalta la duda: “A ver si voy a ser yo inglés”.

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TEMPORADA DE SANDALIAS

En realidad, debería haber acabado hace ya tiempo, cuando aquella semana de frío en septiembre anunció que el verano había terminado. Pero volvieron a subir un poco las temperaturas, y algunas mujeres, llevadas por una frívola mezcla de irresponsabilidad y filantropía, aún seguían sacando de paseo las esmaltadas uñas de sus pies. El frío de ahora ya viene más en serio, y en un exhaustivo repaso por los pasillos del metro, apenas he llegado a encontrar un par de zapatos de empeine corto sugiriendo pícaramente el cuádrupe escote de los cinco dedos, pero de esas impúdicas desnudeces de una semana atrás ya no queda nada: se ha echado el cierre. La temporada de sandalias ha terminado.

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¿MARKETING O TRABAJO BIEN HECHO?

A punto de bajar las escaleras que llevan a mi andén del metro oigo una melodía delicada que mi oído reconoce y que mi cuerpo todo acepta con agrado. Vuelvo a la vista, y al fondo del pasillo, veo a un hombre mayor sentado, tocando el violín, y a un lado otra persona que, interpreto, maneja otro instrumento. De inmediato identifico la pieza: el Ave María de Schubert . Con un reflejo prosaico del que me avergüenzo, echo un vistazo para comprobar que mi tren aún no llega y me encamino hacia el viejo. Según me acerco, todos los elementos van tomando forma y realidad. El acompañamiento orquestal no es en directo, sino una grabación que el maestro, como tantos otros músicos de la calle, trae en algún tipo de reproductor; la persona que se sentaba a su lado, pues, no hace un dueto musical con él. Quizá sí en la vida: tiene todo el aire de ser su mujer.

Ya llego a la funda abierta de su instrumento donde exhibe varias estampas de vírgenes y una pequeña cestita para recibir el agradecimiento de su público transeúnte. Nunca he visto en el metro una cesta más llena. El violinista, viejo, bajito, calvo, resulta entrañable. Alguno nos quedamos un instante enfrente de él, por hacer los honores a su arte, y contemplamos el gesto sonriente con que acepta las monedas. Retardamos nuestro paso, pero no nos atrevemos a quedarnos de pie como pasmarotes en la esquina. Las cuatro o cinco personas que han pasado en estos segundos le han dejado algo. Coincide también que todas ellas eran personas de edad que quizá hayan empatizado con el viejito simpático o incluso con el exhibicionismo de su fervor mariano. En todo caso, mérito suyo por acertar de pleno con su público objetivo. Si lo pilla Antena 3, lo mete de jefe de programas.

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PAGAR “DE OÍDO”

El jabón de lavavajillas es caro. Ahora lo venden en pastillas comprimidas o en pequeñas bolsas con la dosis justa de jabón líquido. En la última compra tuve que reponer, y, aunque ya me había decidido por una marca líder, cuando llego al pasillo me encuentro con que no sé si su liderazgo es de ventas, de investigación y desarrollo, de variedad de productos o de confusión al consumidor. Quiero decir que tenía, al menos, dos bolsas diferentes. En una, las dosis contienen sólo jabón verde; en la otra, añaden otro líquido azul engarzado con el verde en un dibujo en plan yin-yang. Dice que abrillanta. En mi casa nadie me he quejado nunca del brillo de la cristalería, así que me llevo la normal. ¿Pero qué tamaño? Me dejo guiar por mi instinto. Mi instinto de ahorrar, quiero decir. Hay una bolsa que dice que en caja me descuentan directamente dos euros y medio. ¡Pues ésa y no se hable más!

Compro más cosas. No muchas, pero sí las suficientes para olvidarme del precio del lavavajillas y de la estupenda oferta de la que me voy a beneficiar. Cuando voy a pagar, algo me suena raro. Me parece mucho dinero para las pocas cosas que llevo. Caigo en que el lavavajillas vale como ocho euros, con lo cual ya es fácil que llegue a la cantidad que me ha dicho la cajera. Pero en el mismo momento me doy cuenta de que, a esos ocho euros y pico hay que hacerle un descuento. ¿Me lo habrán hecho? No padre. Lo reclamo. La cajera confirma que es así, pero no se la ve muy suelta ejecutando el operativo de la oferta. Una compañera le explica que simplemente me dé el dinero (yo ya he pagado), y que pegue la pegatina en el ticket. Accedo a irme sin mi comprobante de compra. No creo que le fuera a sacar más partido.

Minutos después, en la frutería compro cuatro cosas con intención de bajar en un par de días con una lista más amplia. A la hora de pagar, el precio vuelve a sonarme alto. Es aproximadamente la misma cantidad que suelo gastar, pero me he llevado menos cosas. El ticket no menciona el género; sólo el peso, el precio del kilo, y el resultante. No consigo asignar a qué corresponde cada cosa, y el frutero vuelve a pesarlo todo. En efecto, me estaba cobrando dos euros y pico de más.
Vaya tarde. Si compro en un par de tiendas más, me forro. Ahora, como no empiece a trabajar pronto me voy a convertir en contable.

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SI LA COSA FUNCIONA

He ido a ver la última de Woody Allen, lo reconozco, con ciertas expectativas. Después del bajón existencialista de “Match Point”, de la intrascendente “Scoop”, que ni fu ni fa (aunque la he vuelto a ver recientemente y me ha gustado más), me pareció que con “Vicky Cristina Barcelona” se había entregado al morbo por el morbo, y no hice intención ni de verla (si alguien cree que merece la pena, le invito a que me quite mis prejuicios). De pronto, veo el trailer de “Si la cosa funciona”, en la que vuelve Nueva York, sus clásicos de jazz y sus diálogos ingeniosos. Vuelve, en fin, Woody Allen.

Uno se cree mejor a Larry David haciendo de su “alter ego” que a otros jóvenes – y no tan jóvenes – anodinos que solía utilizar últimamente. Claro, el protagonista, neurótico, obsesivo, pesimista, está a años luz de alcanzar la paz interior y nadie en su sano juicio querría ponerse en su piel, pero la peli tiene algo que para mí vale oro: el humor. Es una comedia, es divertida y, aunque el genio deja traslucir su nula confianza en la especie humana, el resultado es alegre y uno sale del cine con una sonrisa y buen sabor de boca. Sí, quizá el que las cosas vayan bien sea fruto de la casualidad, pero si la cosa funciona... Y funciona.

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EL PARTIDO DEL VIERNES

Después de dejar que la vuelta al cole se asiente, llega el momento de que los Padres y Antiguos Alumnos reconquistemos nuestros terrenos: los campos de futbito, el del patio y el del polideportivo. El viernes comenzamos la temporada de este curso, en mi caso con muchas ganas y totalmente resignado a sufrir agujetas hasta el próximo partido. Desde finales de mayo lo más cerca que he estado de hacer deporte ha sido restaurando un futbolín este verano (eso merecería un blog entero, pero se me pasó el momento), y la inactividad pasa factura. Así y todo, encaro el curso deportivo con ilusión y alegría. Creo haber comentado alguna vez que jugar al futbol es, con toda probabilidad, la única actividad que me divierte. Así que, si puedo jugar, doy gracias... ¡y hasta que el cuerpo aguante!

Hablaría de lo cortos que estamos de efectivos los naranjas este año, del gran fichaje que hemos hecho y de más que habrá que hacer, pero mi blog es personal y en esta nota he venido a hablar de mi intervención en el partido. Porque estuve enorme. Podía no haberlo estado y lo habría dicho. O, al menos, me habría callado. Pero no sé que tuve, presencia tal vez, un estar permanente en mi sitio, que sin casi moverme llegué a desesperar a nuestros contrarios los blancos. Aguanté cuando debía, salí cuando fue oportuno, tapé hueco en todo momento sin perder la vertical. Y casi sin yo saberlo, mis reflejos sacaron la mano en varias ocasiones a una altura y distancia del cuerpo absurdas, despejando lo que era un gol cantado. Mientras, nuestras filas iban entrando en calor y, tras un tercio largo del encuentro sin hallar portería, conseguimos marcar. Después, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, fueron cayendo más goles.

En nuestro lado, también cayó alguno: un tiro imparable, después de rechazar dos disparos a bocajarro, y otro en una jugada sucia de córner en que – ahí sí que no estuve bien – no salí a defender mi territorio. Saqué un balón del suelo en la misma línea, pero uno de los míos, que cubría el poste, impidió con su pierna que el balón saliera de la puerta, y un delantero blanco la empujó. Resultado: Naranjas, 7; Blancos, 2.


Al terminar no necesité las felicitaciones de mi equipo, aunque las hubo. Yo sabía el partido que había hecho, aunque también sentía que no lo había hecho yo, sino que, simplemente, había dejado actuar al cuerpo sin interferir, y éste había sabido estar en su sitio y hacer lo que debía. De vuelta a casa, sólo notaba un tirón en la parte posterior del muslo izquierdo, que ya traía yo de días anteriores. El sábado, no tenía más agujetas que si me hubiera pasado la tarde jugando a las cartas. Así pues, resultado: Satisfacción, 100; Cansancio, 0.

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viernes, octubre 16, 2009

VÉRTIGO

A las preguntas "¿En qué trabajas?", "¿A qué te dedicas?" e incluso la extensa e indeterminada "¿Qué eres?", uno acostumbra a saber qué contestar. Parecen las tres una misma cosa, y sin embargo puede uno dedicar su vida a algo completamente diferente de su trabajo - la familia, la justicia social, la poesía... - y, por supuesto, ser mucho más que un mero profesional de alguna cosa.

Bien está la reflexión, pero lo cierto es que uno ha entrado siempre a ese trapo y no voy ahora a hacerme el exquisito. O quizá sí, porque, estando como estoy en un periodo de inactividad profesional, la respuesta a esas preguntas empieza a no ser tan clara ni tan rápida.

Aún no ha llegado el momento de cambiarla, pero ya me entran dudas con el tiempo verbal. El presente habitual, "soy", implica una absoluta confianza en volver a trabajar de lo mismo en un plazo razonable, estableciendo así (como hasta ahora ha pasado) una continuidad atravesada por varias interrupciones, unas más cortas y otras más largas. Pero ¿y si no volviera a llamarme nadie, si no volviera a trabajar en "lo mío"? ¿Seguiría "lo mío" siendo "lo mío" sin mí?

Evidentemente, mis contactos, conocimientos y experiencia, mi curriculum en definitiva, van a posibilitar más fácilmente un nuevo trabajo donde me era habitual. Ahora, por ejemplo, tengo pendiente una entrevista, y un ex-jefe y sin embargo amigo me ha encargado que escriba unas cosas para un proyecto que quiere presentar.
Otra cosa es que no surja nada de todo esto, el tiempo siga pasando, y uno empiece a perder la costumbre y la mano, y se le olvide lo que siempre le había sido fácil. Ahora, por ejemplo, no consigo ponerme a escribir lo que debo. ¿Y si llega el plazo y no tengo nada y le dejo colgado?
También pudiera ser que quien pierda la costumbre sea el medio, y aprenda ya a funcionar sin ese tornillito que soy yo. Hay que asomarse a todas las posibilidades. Aunque algunas dan un poquito de vértigo.
Por eso, no siendo adivino y sin poder anticipar lo que me deparará el futuro, si me preguntan a qué me dedico, encuentro más adecuado usar un pretérito perfecto: "Hasta ahora he trabajado como...", que no implica que no pueda volver a ganarme la vida como siempre, pero que tampoco lo da por hecho. La fórmula creo que es idónea incluso para cuando uno está trabajando. Es como ponerse una traba para, aunque sea testimonialmente y por sólo un instante, poner en cuestión nuestras certezas; en especial la de la propia identidad: ¿Quién soy yo? No vale decir "carpintero" o "taxista" o "escritor". Uno para, duda, y dice: "Trabajar, trabajo de camarero, pero ser... no tengo ni idea de quién soy".

Por lo que a mí respecta, ya me he hecho algún cursito que otro a lo largo de los años por si tuviera que hacer un repentino cambio de carril (que no de acera), pero la verdad es que no tengo demasiada confianza en poderme desenvolver bien en esas otras labores ni mucho menos que me pudiera ganar la vida ni la mitad de bien que hasta ahora. De momento, estoy aprendiendo otras destrezas, como apuntarme al paro en un solo día y sin madrugar. ¡Ojo!, que hay pasar por cuatro sitios (¿tiene sentido que haya que esperar una cola para que te den un impreso?). Tuve suerte, ayer inauguraban en mi oficina un turno de tarde extraordinario, martes y jueves de cuatro y media a seis y media.

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martes, octubre 06, 2009

SEXO MINIMALISTA

1. A veces uno camina por la calle y se encuentra a una mujer de esas de belleza ligera y delicada que tanto apreciamos algunos, caminando en su misma dirección. Entonces juega a "probársela", a ver "si le queda bien". Es tan sólo andar junto a ella, a cierta distancia, respetando unos límites para no molestar, y mirando de reojo, por contemplar su paso elegante y natural, nunca altivo, con la secreta esperanza de comprobar que, milagrosamente, pese a no ser uno tan distinguido, caminamos acompasados al mismo ritmo y que, el paso no engaña, "somos de la misma talla". El juego termina cuando ella llega a su boca de metro o entra al restaurante asiático en que trabaja.

2. Mirando a las desconocidas, uno en ocasiones se topa de frente con sus miradas. Despectivas las de las guapas y ambiciosas que se sienten por encima de ti después de subirse a sus tacones; incitadoras las de algunas profesionales que parece que te van a contagiar a distancia toda su miseria y la de sus clientes; muchas sonrientes, sin más; algunas, despistadas, y también las hay neutras o indiferentes. Pero un día te encuentras con una mirada que en menos de un segundo transmite seducción, deseo y satisfacción, todo en un mismo instante y sin necesidad de contacto físico. Al momento, te has ido de allí, siguiendo tu camino, con un cierto sabor a "qué chica más maja" y sin ninguna ansiedad por saber su nombre ni volverla a ver.

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jueves, octubre 01, 2009

REMORDIMIENTOS

Todos los expertos, economistas y políticos, coinciden en relacionar la crisis con el descenso del consumo, y tratan de incentivarnos para que no tengamos miedo y sigamos comprando como si nada. Y entonces observo mi vida, mi obstinada austeridad, mi maldisimulada tacañería, y, por un momento, siento remordimientos. También yo... ¡cómo soy! Podría comprarme algo más de ropa, hacer algún viaje, cenar fuera alguna vez... gastar, en definitiva. Pero no, soy un mal ciudadano que emplea el dinero que gana sólo en las cosas imprescindibles, necesarias y útiles. A eso conducen doce años de colegio sin Educación para la Ciudadanía. A eso llevan la Religión, la Filosofía y el Latín. Mea culpa. Sí, lo reconozco. Yo tengo la culpa de la crisis porque, pudiéndome permitir una tele de pantalla plana (que ahora no son tan caras) sigo con una vieja de las de tubo. ¡Pero es que me la compré en marzo de 2005! ¡Tendré que darle unos añitos de vida útil, al menos! Además, estando como estoy sin trabajo, me parecería mal gastarme el dinero del paro en televisiones. Imagínate que me mandan a un inspector del INEM y me ve con una de esas teles enormes y lujosas. "Si tienes para pantallas de plasma, tendrás también para comer", podría decirme. Y retirarme la prestación.

Y sin embargo, aplicando un elemental método científico, puedo deducir que no, que no soy yo el culpable. De ningún modo puedo serlo. Cuando todo era bonanza y vacas gordas, gastaba lo mismo y, como hoy, sólo contribuía al sostenimiento de tres negocios: la frutería, el herbolario y el banco. El mercado inmobiliario no se ha podido hundir por mí, ni le he retirado mi apoyo al sector automovilístico. Simplemente, nunca se lo he dado. Nunca he ido a un concesionario a gastarme el sueldo de varios meses en estrenar el modelo que yo eligiera en mi color preferido; he optado por esperar a que los coches vinieran dóciles a mí cuando les correspondiera, con el mínimo quebranto de bolsillo. Y el mundo giraba, y todos vivían como ricos.

Ahora, cuando escucho hablar de "incentivar el consumo", me parece oír un mensaje oculto: "Si no quieres ser pobre, gasta como un rico". Al final, la crisis pasará y no habremos aprendido nada. Y eso sí que debería causarnos remordimientos.

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