sábado, abril 19, 2014

NATURAL

El dibujo, lejos de alejarme de las letras, me ha vuelto más filólogo, de modo que sigo con matices de Matiz. Voy, en concreto al naturalismo de las clases con modelo, que por aquí y por allá he visto definidas indistintamente como "al natural" y "del natural", lo que me tiene loco. Queriendo concretar más, quizá la clave está en el objeto (o sujeto) sobre el que se pone el foco, de modo que puede haber una clase de "modelo al natural" y otra de "apuntes del natural" y que ambas consistan en una misma cosa, con la diferencia de que los apuntes del natural pueden ser de un modelo humano, animal, vegetal o mineral. Me queda la duda de si podría considerarse un apunte del natural la copia de un sobre de sopa Knorr (las latas Campbell sólo las he visto en pintura y, por lo que a mí respecta, bien podrían ser una invención de Warhol). En cuanto al modelaje "al natural", daría la sensación de que se trata de un discreto eufemismo para velar un término más obvio y directo - desnudo - cuya sola idea y formulación de alguna forma nos agita (en especial a los aficionados). No en vano los nudistas profesionales adoptan la etiqueta de "naturistas", seguramente porque les parece natural andar con toda su naturaleza al aire.

Pero es tanta la amplitud semántica del término natural que, de alguna manera, siempre da lugar a equívocos. Por ejemplo: ¿entraría en la categoría de "natural" este posado?


Esforzado lo fue, pobrecito mío, claro que sí, y todos lo apreciamos y se lo agradecimos, pero por más desnudo que estuviera, la postura no entraba en el repertorio habitual de nadie que yo conozca (y espero que tampoco del propio modelo), lo que iría en contra de varias de las acepciones de la palabra "natural", pues no lo es en el sentido de "serle propio a alguien, pertenecer a su naturaleza o forma de ser" ni tampoco en el de "habitual, regular, esperable".

Con las mismas (o, mejor dicho, con las contrarias), cabría preguntarse si los modelos improvisados que posan para Dibujo Madrid (www.dibujomadrid.wordpress.com) en el Retiro lo hacen "al natural" o si el hecho de que no se quiten la ropa los convierte en artificiales. Y en ese caso, ¿nuestros apuntes lo serían "del natural" o "del textil"? Nótese, por otro lado, que, puestos a relacionarnos con la naturaleza, el parque del Retiro es más natural que el local de la Guindalera, y que, por más que pueda uno aficionarse a la trementina y sentir alergia al polen, lo natural es lo segundo, y lo primero, ¡vicio! (¿os podéis creer que ahora mismo estoy buscando si tengo un frasco de aguarrás en algún rincón). 


La verdad es que cualquiera que viera a la chica recordará que se comportó de forma absolutamente natural (en el sentido de espontáneo), sin parar de hablar ni de moverse. Y al mismo tiempo, ese comportamiento tan espontáneo no nos resultó natural a ninguno (en ese otro sentido de "normal, regular, habitual"). 

Resumamos lo que hemos hablado sobre la naturaleza de lo natural. ¿Qué es natural? Por definición, es lo perteneciente a la naturaleza, de modo que un espacio natural puede ser un  pedazo de naturaleza no contaminado por la mano del hombre, pero también es aquello conforme a la propiedad de las cosas, así que también lo sería un entorno humano en el que todos se comportaran de acuerdo a sus respectivas naturalezas o formas de ser. Aunque mucho me temo que el segundo caso acabaría naturalmente en catástrofe. Catástrofe natural, claro.

O no tanto, porque, en otra acepción, "natural" es aquello que sucede comúnmente, y en este sentido, dejarnos llevar por nuestras salvajes naturalezas no es estrictamente lo más natural del mundo. Al menos, para los "naturales" (en el sentido de "nacidos en un lugar") del mundo civilizado. Visto así, es más "natural" un modelo vestido que uno desnudo, por más que el segundo tenga más relación con la naturaleza. Y por ello mismo, nos atrevemos a aconsejar a los amigos que "sean naturales" cuando los padres de su novia los inviten a comer por primera vez, confiando en que nos entiendan bien y demuestren su naturalidad- su espontaneidad, su forma natural de ser -,  como es natural - o sea, como suelen - , de forma que, intimidados por un hombre mayor de gesto adusto sobreprotector de su niñita, se pasen la comida callados mirándose los cordones de los zapatos. Corremos, no obstante, el riesgo de que nos malinterpreten y entiendan por naturalidad el presentarse en pelotas en casa de los suegros (admitámoslo, en algún lugar de nuestra turbia naturaleza, deseamos que alguien alguna vez escenifique el equívoco).

Pero, sea por lo que sea, la connotación de "natural" es positiva, aunque su aplicación sea, por lo natural, bastante redundante. ¿No les choca que exista el "zumo de naranja natural", como si pudiera haber un zumo artificial? El caso es que lo hay, pero probablemente no es que no sea natural, sino que no es zumo de naranja. Y aunque no lo encuentro en el diccionario, juraría haber escuchado la aplicación de "natural" a la temperatura de un vaso de agua (me confirman que es un uso natural de la zona de Cataluña. "Natural" como equivalente a "del tiempo" y "del tiempo" como equivalente a "templada". Ni fría del frigorífico ni pasada por un calentador. O sea, que natural es en invierno en fría y en verano caliente y, por alguna razón, en ambos casos eso es igualmente sano. Y si lo natural es el desnudo, y éste es integral, más sano todavía. Claro, porque lo integral, lo orgánico, lo ecológico, lo biológico y, en definitiva, lo "natural" siempre es sano (aunque los microbios y las infecciones estén también en la naturaleza). 

Y ahora que me detengo un momento, me pregunto: ¿es natural darle tantas vueltas a una palabra? Y todo a partir de una duda preposicional entre modelos al natural o del natural. Sea como sea, seguiré yendo con la misma naturalidad textil a las sesiones del taller Matiz (Pilar de Zaragoza, 58, www.tallerdeartematiz.com) a practicar el natural artificio del dibujo.

martes, abril 15, 2014

¡ME HAN PASADO A BOLI!

Qué regresión a la infancia ayer.

En la sesión de dibujo con modelo, Gema, una de las profes de Matiz, me dijo que dejara ya el lápiz y me animara a usar el rotulador. Estamos hablando de hacer un dibujo del natural en poses que ayer fueron de 5 minutos; de no poder borrar para corregir y obligarme a hacerlo bien a la primera o dejar para siempre la marca de los trazos equivocados; de tener confianza y arriesgarme. Qué responsabilidad. 

Aunque, por otro lado, ¿qué riesgo hay en que te salga mal un dibujo? Si en el taller no ponen notas, si jamás los compañeros nos señalamos las faltas cuando miramos los dibujos de otros, si no soy más que un mero aficionado (¡Ojo, que no lo digo por decir, que en estas sesiones compartimos espacio con profesionales).

Lo cierto es que siempre acudo con ánimo de experimentar, y en la bolsa con lápices, además del duro, el blando, la barra de grafito, la goma y el sacapuntas, llevo rotuladores fino, grueso, e incluso un pentel para dar tinta. Y, con todo eso, acabo usando un único lápiz que ni siquiera afilo y con el que termino haciendo dibujos desdibujados con un trazo grueso e impreciso que engloba tantas posibles trayectorias que cómo no acertar.


Por eso, aunque su indicación no fue una orden - ni podía serlo -, sino simple sugerencia, propuesta o empujoncito, no pude negarme. O sí que pude y no lo hice: me lancé. Ahí, todo loco. Urgido por el breve tiempo de la pose y un frenético gipsy jazz que había de música de fondo (y que, por cierto, Gema amenazó con sustituir por "El vuelo del moscardón") empecé a trazar con una autoridad prestada el lateral de la silueta de arriba abajo hasta comprobar que los pies quedaban dentro de la hoja en vertical, y al volver hacia arriba por otro lado, las distintas partes, sus tamaños, direcciones y proporción fueron casando unas con otras como por milagro hasta que toda la figura encajó. 

Pero no es de esta satisfacción de la que quería hablar, sino de esa primera, que vino en el mismo momento en que mi superiora, la autoridad allí en ese momento - sí, Gema, tú - me mostró su confianza al darme permiso para subir el siguiente escalón, haciéndome al mismo tiempo avanzar en el dibujo y retroceder en el tiempo, porque, como sugería al principio, la escena me llevó directamente al momento en que mi profesor (3º de EGB, creo; don Matías, supongo), como llevaba haciendo desde hacía días con otros compañeros, me dijo que a partir de ese momento ya podía escribir con bolígrafo. El momento de dejar el lápiz, para nosotros, era una especie de hito de fin de infancia, un rito de paso. De paso, en concreto, a boli, que es como designábamos nosotros a ese momento, llenos de ilusión y de ingenua alegría. La fortuna me ha bendecido después con buenas notas, alguna incluso en la carrera, y siempre he estado contento de llegar a casa y dar la noticia, pero nunca tanto como el día en pude exclamar "¡Me han pasado a boli!".

Y os lo cuento, aunque no os importe a nadie, porque en casa no tenía a nadie a quien gritárselo. 

Otro día hablaremos de más matices de Matiz, capital cultural de la Guindalera.


lunes, febrero 24, 2014

EL TIEMPO DE LAS VUELTAS

Qué curioso momento es el de las vueltas de una compra. Casi siempre pagamos con un billete, un plano de papel que tomamos de un extremo, ofreciendo el otro al vendedor para que lo agarre por allí. Hasta el pequeño de cinco euros es lo bastante grande para que no haya roce alguno entre comprador y vendedor. Pero ¿qué pasa cuando pagamos con monedas o tenemos que recibir vueltas? A veces dejo el dinero sobre el mostrador, desplegando bien la calderilla para que se vea que está completa, o señalando la moneda de dos euros, no vayan a pensar que es de sólo uno. Otras veces doy el dinero en la mano, pero sin tocar. No es que escancie las monedas desde lo alto para que hagan ruido al chocar unas contra otras al caer en la mano del dependiente, simplemente las deposito. Cuando las monedas topan con la palma de la mano de la otra persona, es hora de soltarlas y retirarse, aunque en ocasiones, generalmente de forma involuntaria, se produce un mínimo contacto por un instante. ¿Y qué hace uno cuando tienen que darle vueltas? No esperamos, como en el bar, a que el vendedor deje el dinero sobre el mostrador para sacarnos las manos de los bolsillos y recogerlo. Extendemos la mano formando un cacito, reclamando lo nuestro. Pretendiendo la exigencia del cliente, nuestro gesto expresa la humildad de pordiosero.

Ayer la panadera joven y llamativa me dio las vueltas en la mano, sin eludir el contacto de sus dedos, y no apartó de inmediato la mano, sobresaltada, como haríamos cualquiera. Diría yo que se demoró, y en lugar de tardar un instante, duró dos, menos de un segundo en todo caso. Que fuera porque eran monedas pequeñas, por un lapsus psicomotor, por blandura de carácter o que tuviera el día sensible, eso no lo sé yo. Dudo mucho que fuera algún tipo de mensaje personal dirigido a mí, que, por cierto, y ahora que lo pienso, tampoco aparté la mano de inmediato, sobresaltado. Seguramente por que no se me cayeran los quince céntimos. O quizá tuviera yo también el día sensible. ¿Y cuándo no?  

domingo, enero 05, 2014

CUENTOS DE AÑO NUEVO

Ya sé que preferirían que los escribiera de uno en uno y publicar un post con cada uno de ellos. ¿Creen que no me gustaría? Ir colgándolos de uno en uno y que el cuentakilómetros de mis entradas subiera en mayor número. Pero ya que me pongo, creo que es mejor estampar los cien pájaros que ahora tengo en mano en lugar de contar con esos que, uno a uno, podrían emprender el vuelo de mi imaginación.

1. TARTA CON CARTA (CUENTO)

El pasado día 1 recibí una tarta individual, de una sola ración en forma circular, con una vela en forma de 1 encima. Simple, de diseño poco esmerado. Seca, de mucho bizcocho y de chocolate amargo excesivamente azucarado. A través del plástico que la envolvía se intuía claramente su fabricación industrial. Pero agradecí el detalle igualmente, siempre es agradable que se acuerden de uno, no siendo para citarlo a un juzgado. Con ella venía un sobre. Era de la empresa que me paga actualmente, y que no acostumbra a mandar cestas de navidad ni ningún tipo de regalos.Dentro del sobre una carta. Logo de empresa, membrete del departamente, data, estimado Álvaro blabla, etcétera, etcétera y en resumidas cuentas una frase:

Feliz cumpleaños y que no cumpla ninguno más.

Y yo, tonto de mí, voy y me emociono.

2. CUANDO SONARON LAS CAMPANADAS, TODAVÍA ESTABA EN PARO (COMENTARIO DE TEXTO)

Me encanta la sencilla estructura del maestro Monterroso: un circunstancial de tiempo para marcar un punto en la historia y un "todavía" dando a entender un largo e incierto pasado de la acción. Me pasaría la vida haciendo cuentos hiperbreves así.

En esta ocasión, además, para menor claridad, se da el caso de que la forma verbal no distingue si es una primera o una tercera persona. Pero es tan misterioso que casi ni dice nada. Podríamos hacer un quiebro en la relación entre los tiempos verbales a modo de licencia poética y conseguir un cuento más real y más literario al mismo tiempo. Hélo aquí: Cuando sonaron las campanadas, todavía estoy en paro.

¿Por qué "estoy", en presente? Porque lo digo desde este momento, ya han pasado unos días desde las campanadas y ese "estaba" podría haber quedado desfasado, pero no. ¿Y entonces por qué hablar de campanadas? Porque son un hito en la línea del tiempo, una puerta a otro espacio, una vuelta a la esquina de la historia, si es que la vida, en lugar de una línea, fuera una manzana (y la muerte, el otro bario, claro está).

Las campanadas son sonoras y ruidosas, visuales, festivas, carnavaleras, un rito mundano que a la vez nos recuerda el paso del tiempo y nos lo hace olvidar. Aún hay más, porque la historia de fondo que nutre este cuento añade un dato más que no quisiera que sonara a queja, pero al que no le falta mala sombra. Mi último trabajo fue la retransmisión de las campanadas el año pasado precisamente.

¿Quién me iba a decir  a mí entonces que cuando sonaran las campanadas, todavía estaría en paro?

.................

Y así, de pronto, cobra sentido este cuento y el anterior. Dos pájaros de un tiro.

................

3. CUANDO EL COCHE DEL BUENO ES MÁS LENTO QUE EL CABALLO DEL MALO (DIARIO KÁRMICO)

Recordarán mis lectores habituales que hace unos meses (el 1 de abril, en concreto) conté que los limpaparabrisas delanteros de mi coche me habían desaparecido, probablemente sustraídos, presuntamente por unos desaprensivos. Hemos cambiado de año, pero el karma me persigue. El día 1 por la mañana pude observar que me faltaba la escobilla del parabrisas trasero (apunto en mi agenda mental: comprar limpiaparabrisas). No sé si me la quitarían en la misma nochevieja o si fue antes pero no la eché en falta hasta que cogí el coche y llovió. Eso no importa ahora, sólo quiero fijarme en una cosa: en abril, los de delante; en enero, el de atrás. Me persiguen, sí, pero los estoy despistando.

4. INCONSCIENTE (ENSAYO CLÍNICO)

Me pregunto cuánta consciencia se pierde cuando se pierde la consciencia. Es decir, ¿es uno consciente de haber perdido la consciencia? Y si no lo es, ¿hasta dónde se remonta esa inconsciencia? ¿Conecta con otras inconsciencias de menor escala, como cuando uno se puso al galope de una caballo al que había cinchado sólo por un lado? ¿Y por qué estas preguntas tan a primero de año? Porque me he dado un golpe en la cabeza. ¡Cómo! ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien? Sí, tranquilos. Ni me he enterado.

El día de Nochevieja acudía a cenar a casa de mi hermana y al verme en el espejo del ascensor observé una acusada herida en mi cabeza. Larga, pero superficial; superficial, pero ancha, de casi un milímetro. Por un momento me asusté, y mi cuerpo tuvo un pronto de querer sentir dolor, pero no le salió. Ahora con esas. Del susto pasé a la extrañeza: ¿cuándo puedo haberme hecho esto? Y sobre todo: ¿cómo puedo no haberme dado cuenta si era prácticamente una cicatriz de cuatro centímetros? Como siempre que olvido algo, intenté dar marcha atrás mentalmente para encontrarlo. Llegué a un golpe que me había dado por la tarde con una repisa del lavabo al lavarme la cara. Pero no me había hecho mucho daño, y más bien había sido con el pico, no era como para hacer esa perfecta y larga línea recta... El ascensor llegaba a la planta, así que aparqué mis disquisiciones y traté de disimular mi herida con mi tupé de cuatro pelos. Me avergonzaba que me pudieran preguntar cómo me había hecho eso y no saber contestar.

El truco funcionó. Nadie reparó en mi herida. Pero espera: ¿de verdad funcionó? Estamos hablando de una herida incisa contusa en todo lo alto de la frente sólo oculta bajo un débil sombrajo capilar. ¿No sería más bien que me han hecho una delicada operación de cerebro a vida o muerte, que ha salido bien, pero me han borrado el pasado inmediatamente anterior, y que toda mi familia y sus amigos se confabularon para no recordármelo?

Un día después, bajo mi llamativo paraguas naranja que nunca perderé porque si me lo olvido todos recordarán que era el mío, mi pequeño y endeble paraguas que no soporta un embate de viento, observé la forma y anchura de sus varillas, coincidentes con las de mi herida, y recordé haberlo sostenido en alguna ocasión demasiado cerca de mi cabeza. ¿Podría ser que la herida fuera un golpe de paraguas? Eso no lo recordaba. ¿Y que la hubiera causado tan sólo el rozamiento? Qué delicada piel tenemos en la cabeza algunos escritores.

Recuerdo con nitidez la pedrada en la frente que recibí de niño cuando mediaba en un conflicto armado (armado con piedras) entre mi primo, Pelé (un amigo al que llamábamos así) y los nietos de Lorenzo Portal, un vaquero del pueblo de cuando aún pastaban vacas en El Espinar. Si recuerdo un golpe así, sería muy extraño que esta herida hubiera sido causada por un fuerte golpe y que no recordara. Habría que pensar que el golpe que había dejado inconsciente y que no lo recuerdo precisamente porque me dejó inconsciente. Pero qué quieren que les diga, prefiero esa versión a la del paraguas.


5. DIÓGENES Y YO (ENSAYO CÍNICO)

He estado haciendo limpieza. Me gusta terminar el año deshaciéndome de cosas y poniendo orden en casa. Esta vez la tarea ha cabalgado entre el año saliente y el entrante, y entre nubes de polvo, pelusas, gestión de residuos e indultos por si acaso, todo ha terminado prácticamente en una reordenación del inventario y poco más.

Tenía a gala sentirme un joven ecológico y comprometido que separa envases, papel, vidrio y basura y apenas genera residuos para su ciudad, pero he entendido que no. Sí genero basura, claro que genero basura. Lo que pasa es que no la saco.

Y eso de que vivo solo es un mito. Hace ya años que mi síndrome de Diógenes y yo somos pareja de hecho. El día que se muera, heredaré sus cosas y no notaré su ausencia.


jueves, diciembre 19, 2013

SI TÚ ME DICES VEN 2.0

Plantean los filósofos un problema ontológico: si a una silla se le rompe una pata y la cambias por otra, ¿sigue siendo la misma silla? ¿Y si se le rompe una segunda y una tercera y hasta la cuarta también sucesivamente, e igualmente las cambias, y después el asiento y finalmente el respaldo, hasta que no queda ninguna de las piezas originales? ¿Sigue siendo entonces la misma silla? Dicen que el hombre va regenerando todas sus células de tal forma que al cabo de siete años no queda una igual. O así lo he entendido yo.
 
Hablo de esto en relación con el Trío Los Panchos. Tengo conocimiento de su existencia desde hace más de treinta años, y ya me parecían viejísimos.Pero el caso es que sigue existiendo el trío, aunque no quede nadie de ese trío en concreto. La wikipedia dice que se formaron en el año 44, pero los tres miembros fundadores ya han muerto. Por el camino, han ido apareciendo y desapareciendo nuevas voces. Se da incluso el caso de que uno de los miembros actuales es hijo de uno de los primeros Panchos y, por tanto, podría decirse que "ha heredado" el grupo.
 
¿Y por qué hablo de Los Panchos? Pues la verdad es que no hay ningún asunto de actualidad que lo justifique. De hecho, no hay nada menos actual que Los Panchos. Pero el caso es que, quizá precisamente por ello, me ha dado la ventolera de "actualizar" uno de sus más célebres boleros, "Si tú me dices ven". Aquí el tema original:

 
Después de escuchar esto, yo les cambiaría el nombre por "Los tan panchos". A mí me parece que ese alarde de sentimentalismo esconde una falta total de prudencia y sentido común, de modo que me he propuesto lanzar otra versión más razonable para evitar que Los Panchos ablanden el cerebro a las generaciones venideras. Como no me gusta mostrar en público mi imagen ni en foto ni en movimiento, no voy a colgar un vídeo de mí mismo cantándola (al menos de momento), pero sí quisiera compartir con ustedes la letra que sustituiría a la que acaban de escuchar.

SI TÚ ME DICES VEN
 
Si tú me dices ven, te lo agradezco;
si tú me dices ven, será un honor para mí.
Mi momento de ir al baño
quizás lo he de ceder,
mis objetos, que son pocos,
¿dónde los guardaré?
 
Si tú me dices ven, me querrás cambiar,
si tú me dices ven, siempre de canal;
si tú me dices ven, ¿qué más tendré que hacer?
 
No aceleres el momento por precipitaciones
para mudarme a tu casa, a tu misma habitación,
dormir contigo sobre un mismo colchón,
guardar mi ropa, toda mi ropa,
en un solo cajón.
 
Pero si tú me dices ven, no lo descarto,
que no se me haga tarde,
que vives en un barrio
perdido, muy chungo, lejos de todo...
Si tú me dices ven... yo me lo pienso.




lunes, diciembre 09, 2013

A BUEN EMPRENDEDOR, POCAS PALABRAS

Admiro a los llamados "emprendedores", algunos me caen bien, pero desconfío de los que pretenden convertirnos a todo a la religión del emprendimiento. Me suena a timo.

Con el "compra ahora, que una casa nunca baja", llevaron al redil de la propiedad hipotecada a toda la clase media, de la que buena parte se ha arruinado y el resto se ha esclavizado de por vida. Ahora, para terminar con los que quedan, los animan con palabras de aliento y apoyo institucional y crediticio a que se hagan "emprendedores". Con eslóganes como "no esperes que te den trabajo, genera tú tu propio trabajo" estimulan la fantasía de la autonomía económica, como si al registrar una empresa te regalaran unas planchas de imprimir dinero.

Encuentro este mito similar al de los "españoles por el mundo", que salen en la tele y hacen que se sienta uno gilipollas por quedarse en España, como si por el solo hecho de salir ya te adjudicara el universo un palacete, una fortuna y una novia heredera, culta y amorosa. "¿Por qué no te vas a Yemen como el de la tele? Allí se gana mucho dinero", dirá una madre, mirando a su hijo con esa mezcla rara y condescendiente de cariño y maldisimulado desprecio, angustiada por el futuro de su retoño y saturada de su presencia prolongada a lo largo de los años en el salón comedor de la casa familiar. No sabe la madre que todo el dinero disponible en Yemen para extranjeros está en manos del atontado que se despide ahora de las cámaras haciendo adiós con la manita. Y al hijo le aflorará el trauma infantil de la permanente comparación que, con respecto a las notas y al comportamiento, le hacían sus padres con su repelente primo Luisito. El empollón.

Dejar de trabajar para otros y convertirte en tu propio jefe, eso cualquiera lo compra. Pero la realidad es que el ser tu propio jefe fácilmente se convertirá en ser tu propio esclavo, o el esclavo de la empresa que has montado, e incluso el esclavo del banco que te ha dejado dinero, si has tenido suerte. De modo que, cuando te animan a ser "emprendedor", te están diciendo "olvídate de la mediocridad de trabajar para vivir y conviértete en un guerrero del mercado que vive para trabajar". En palabras del señor Mercadona: "toma ejemplo de los chinos" (que se pasan el día metidos en su tienda con toda la familia sin hacer otra cosa en la vida que atender el negocio).

Observarán irritados que estoy entrecomillando la palabra "emprendedor", cada vez que la empleo, en singular o en plural. A mí también me disgusta, no se crean. Escrita, leída, hablada y escuchada. Porque ¿qué es eso de ser "emprendedor"? Se usa como si fuera una profesión o una función social, cuando es más bien un rasgo de carácter (por lo que se ve, muy positivo) que les es propio sólo a algunos privilegiados y cuya carencia nos convierte a los demás en poco menos que parias de la sociedad actual.

Toda la vida ha habido gente más "echada p'alante" y otros más "parados" (que no desempleados), y a ninguno de ellos ha habido que espolearlos con campañas para que elijan el riesgo o la seguridad, gente con pájaros en la cabeza que volaban buscando aventuras y fortunas y otros más árboreos que echaban raíces en su terruño por instinto de conservación propia o del entorno. Funcionarios y freelances, comerciales y contables, misioneros y párrocos de barrio, y no ha de ser mejor una cosa que otra. Mucho con cuidar las discriminaciones por razón de sexo, edad o procedencia, y no decimos nada de la discriminación por carácter. Pues desde aquí me opongo a que la carta astral se considere un mérito.

Y todo esto, además, por evitar la palabra adecuada: empresario. Tampoco tenemos muchos alma de empresario, pero, en todo caso, podemos encajar mejor la sugerencia "hazte empresario" que la de "hazte emprendedor", porque emprendedor no se puede hacer uno, como no se puede hacer bajito el que es alto ni rubio el que ya es calvo irremediablemente. ¿Y a qué viene, dirán (lo digo hasta yo), este eufemismo? ¿Tanto mal ha hecho Díaz Ferrán que ya el solo nombre de empresario tira para atrás? ¿Se hace quizás para eludir el natural pudor que puede sentir un trabajador de toda la vida al creer que va a traicionar a su clase para pasarse al "lado oscuro" del mercado laboral? Y digo "cree" porque si se piensa que va a trabajar menos o a ganar más, además de emprendedor será un ingenuo.

Me inclino a pensar (mal, y acertaré) que se trata de una maniobra empresarial, de los grandes empresarios, de los de toda la vida, para distinguir su supuesto buen nombre, del de los nuevos inmigrantes que están llegando a su gremio en oleadas, pequeños empresarios, unipersonales muchos de ellos, de recursos frágiles como pateras, que no se sabe por cuánto tiempo se tendrán a flote. ¿Y vamos a gastar  - dirán - el nombre de "empresario" en alguien que apenas dura entre nosotros unos meses o un par de años? A estos llamémoslos "emprendedores", han pensado, que es algo así como llamarlos becarios o meritorios del gremio de hacer empresa. Si consiguen mantenerse, ya se ganarán el nombre. Y mientras tanto, estarán a prueba como cualquier trabajador, pero sin derecho a paro ni indemnizaciones y, por supuesto, sin que nadie los rescate si las cosas van mal y quiebran.

Lo que digo, un timo.

sábado, diciembre 07, 2013

EL FESTIVO DEL PARADO

Hace no mucho me contaba una amiga que la habían contratado para hacer un programa piloto de televisión, que por falta de presupuesto la echaron antes de tiempo, pero que pretendían que estuviera presente en la grabación de la semana siguiente para echar una mano, en plan favor. Finalmente la contrataron para ese día, domingo. Trabajó dieciséis horas y le pagaron justo el equivalente a un día de trabajo según el salario pactado antes de su despido, sin horas extras, nocturnidades ni nada que se le parezca.

- ¿Pero no me vais a pagar el festivo? - preguntó ella.
- ¿A ti qué más te da, si estás en paro? - le contestó la productora.

Cuando digo la productora, no me refiero a una empresa, sino a una persona que desempeña las funciones de producción, una contratada, una asalariada, tal vez fija, tal vez con un mejor sueldo, tal vez todo ello momentáneamente. Una compañera, quiero decir.

Quizá en festivo no hay guardería donde dejar a una hija o hay más problema para encontrar a un familiar que te haga el favor de cuidarla o simplemente le pueda apetecer estar con su marido que, por fortuna, sí trabaja a diario. O quizá, no es probable en estos tiempos secularizados que nos ha tocado vivir, pero igual el trabajador es católico practicante y se pierde una misa.

Indignaciones aparte, en este fin de semana largo con festivo adosado me han vuelto a la cabeza mis reflexiones, sensaciones y sentimientos sobre cómo vivimos los desempleados los días festivos.

Para el que trabaja, el festivo es, por ejemplo, el día en que no madruga ni tiene prisa (o al menos, no por obligación).

¿Y para el parado? En ese sentido, todos los días serían festivos. Si quiere, no tiene por qué madrugar ni ir a ningún sitio a una hora señalada. Pero hay un detalle muy importante que distingue a los festivos de los laborables. Los festivos son como la muerte que a todos nos iguala, ricos y pobres, trabajadores y desempleados. Una persona que está en su casa en pijama a las diez de la mañana de un día laborable sólo puede ser un parado; pero si ese día es festivo, esa persona podría ser cualquiera, y aunque nadie nos vea, los parados lo sabemos y nos sabe menos mal ser perezosos.

Los festivos también descansan los parados  ¿De qué?, dirán algunos intolerantes insolidarios, ¿de qué tienes que descansar tú, que no das un palo al agua? De su censura, sobre todo. Descansan precisamente de no cumplir con el mandato bíblico de ganarse el pan con el sudor de su frente. Si no me tomara la vida con tranquilidad, diría que es un descanso de ansiedad, de frustración, de culpabilidad (para el que las tenga y las sufra). La búsqueda activa o pasiva de empleo que se le exige al parado en laborable se suspende en festivo. Hoy no hay que sufrir por oportunidades perdidas, por la llamada que no has recibido, por la oferta de la que no te has enterado. Hoy no hay que hacer nada, hoy, te pongas como te pongas, no te va a surgir ningún trabajo.

En festivo, no se puede hacer la compra, y el bolsillo vacío del parado vale lo mismo que el monedero lleno del afortunado esclavo que trabaja. En festivo, el parado solitario se apunta a comer con la familia, que lo acoge (y si no tiene familia, quitamos la coma y se queda en "la familia que lo acoge", que dentro de nada el gobierno lanzará la campaña "Siente un pobre a su mesa", y el azar será capaz de llevarnos a la mesa de un vecino de edificio).

También, por otro lado, el festivo es un poco el territorio del parado, que ya se ha acostumbrado a tener el tiempo libre y a llenar sus horas de aficiones y terapias ocupacionales de lo más diverso, y se convierte en anfitrión de los trabajadores que, después de dedicar a su labor madrugones, transportes, actividad y charla durante cuatro días, acaban mareados y perdidos de sí mismos. ¿Qué me gustaba hacer?, se preguntan. Y el parado sugiere: actualiza tu blog o juega al candy crush hasta que te duelan los dedos.

El parado, eso sí, no siente la ansiedad del trabajador en los fines de semana largos, no tiene obligación de aprovecharlos más, de salir de puente y viajar. Lo podría hacer cuando quisiera, en cualquier momento... si tuviera dinero. En casos como el mío, en que la austeridad está incorporada a mi modo de vida, trabaje o no, no encuentro tanta diferencia. No tengo, eso sí, esa especie de jetlag anticipado que te entra el domingo por la tarde cuando, después de tres o cuatro días viviendo como una persona, descubres que, tras la noche, volverás a trabajar.

Todo esto, en cuanto a la prosa; por lo que se refiere a la poesía del festivo, ¿acaso no tenemos vista, tacto u olfato para darnos cuenta del plus de luminosidad del día de asueto, de la limpieza del aire y el buen rollo que se respira por la calle? Aquí al séptimo día lo llamamos domingo - dominus diem, día del Señor -, pero en inglés lo llaman Sunday - día del sol -, y será casualidad, pero parece que la estrella luce más. O igual es que es mayor el reflejo de los mismos rayos sobre el tradicional "traje de domingo", que aunque en estos tiempos no sea muy de estreno, es de mejor color y conserva su apresto.

No me gusta, por ello, que las tiendas abran en domingo. ¿Contratan a más gente, les pagan más por ser festivo, o les dicen que "a ti qué más te da, si estás en paro"?  El caso es que obligan a abrir también a los pequeños comercios familiares que no se pueden permitir más gente, y hacen que la vida parezca un continuo trabajar, corrompiendo ese ambiente de festivo en el que todos estamos descansando. Salvo los camareros y los futbolistas. Me siento mal comprando en domingo, siempre es porque se me ha olvidado algo entre semana, porque no he estado atento, porque, sabiendo que siempre habrá algo abierto, uno se despreocupa. No, señores, nos están malacostumbrando, nos vuelven irresponsables. Y a veces me parece ver la censura tras la sonrisa del frutero cuando en pleno domingo te acercas a comprar unos plátanos que podías haber comprado simplemente ayer por la mañana. Tú puedes descuidarte porque él trabajará para ti, aunque eso no le suponga no descansar nunca. Ahora, el festivo no es un motivo común de alegría porque no es común, no nos pertenece a todos, ahora, más que nunca, cada uno tiene que luchar por lo suyo hasta el último segundo libre de su día de fiesta. Y eso es muy malo, señores. No sé si para la economía, pero sí para los parados, porque toda esa gente que está trabajando en domingo nos hace quedar muy mal.