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jueves, mayo 26, 2011

¿DESTINOS CAMBIADOS?

Yo iba para Raúl, un nombre que podría ser de origen francés y significar "atrevido en la guerra", pero no soy atrevido ni en la paz. En la guerra, me temo, saldría corriendo. Ante la posibilidad de morir matando, prefiero ni morir ni matar. Quien combate y huye vive para combatir de nuevo.


Mis tíos, que me apadrinaron, sugirieron el nombre de Álvaro y a mis padres les pareció bien. Álvaro es un nombre de origen germánico que viene de las raíces all (todo) y wars (prevenido), y, como mi propio nombre indica, soy una persona bastante prudente y prevenida.


¿Esta identificación entre el nombre y la cosa fue un misterioso acierto de mis padres y padrinos que, sin saber, conocieron mi carácter? ¿O, al contrario, he desarrollado una personalidad por la sutil influencia de mi nombre? ¿Es posible que el significado del nombre esté tan asociado a su forma, su sonido y su grafía, que conformen un todo que nos pueda influir? ¿Sería más arrojado de haberme llamado Raúl? Pero entonces, ¿son todos los raúles belicosos y timoratos los álvaros todos? Quizá sí, pero no todas las personas sean igualmente sensibles a las influencias. ¿Yo lo soy? En ese caso, ¿me cambiaron el destino? Cómo saberlo. ¿A mejor o a peor? Chi lo sá. ¿Habrá en mi lugar un Álvaro frustrado devenido Raúl para cubrir mi falta?


Sin embargo, se sugiere también un origen germáncio del nombre de Raúl, según el cual significaría "consejero valiente", lo que no abriría tanta brecha entre mi vida actual y mi destino original... aunque lo cierto es que tampoco recuerdo que mucha gente me pida opinión ni que sea valeroso cuando la doy.


Al menos puedo confiar en que la fecha en que nací fue la que me correspondía y no fue manipulada por los médicos para adelantarla y poderse ir de puente. Nací en lunes.

(¿Y no he hablado yo de esto alguna vez?)

lunes, mayo 09, 2011

PRIMAVERA PRIMERA

He descubierto cosas esta primavera, me he pillado un par de trampas en mi vida, he dejado en evidencia a mi boicoteador y he vuelto al niño antes del niño.

Hemos tenido el regalo de un verano antes de tiempo. Insólito, inaudito, extemporáneo, ¡tan gozoso! Y el boicoteador, dándole la espalda al termómetro, se ha negado a quitarse el jersey ni aun con veintisiete grados, en el convencimiento, prudente, de que esto era irreal y pasaría. Pero lo he visto y le he hecho callar. Era bien fácil. Tan sólo echar un ojo a las predicciones y disfrutar del día con los dos.

La lluvia ha venido porque le correspondía, y saberlo con tiempo me ha ayudado a aceptarla. Los días han sido igualmente luminosos, cristalinos, brillantes. O es que los he visto por primera vez sin juicio en contra. Cuando renuncias a decir “qué asco de día”, no hay un día mejor que otro (aunque mi flaco cuerpo prefiera el sol y el calorcito).

He mirado asombrado el fenómeno de la semana santa: que caiga cuando caiga siempre llueve. La he vivido sin ansia ni dolor, sin hacer agenda para llenar el tiempo, sin viajes apurados para “aprovechar los días”, sin hacer mil cosas para poder contarlas, tan solo contemplando las horas como quien mira al mar. Cuando no tienes expectativas, nada puede defraudarte y la vida siempre te colma.

Y el sábado en el pueblo he captado una sensación completa, de olor, de luz, de tacto y temperatura, que venía de lejos, del final de la infancia. No era alegre ni triste, era objetiva, pura, sin condiciones. Y he pillado a mi intruso con las manos en la masa, buscando entre recuerdos un vago sentimiento de frustración, pesado, oscuro y decepcionante, con que lastrarla. Me he dado cuenta a tiempo y lo he parado, y con autoridad le he dado un golpe en la mano: eso no se hace.

Me ha gustado descubrirlo y también darme cuenta de que se ha vuelto torpe, que sus dedos de carterista ya no encuentran tan fácil las peores fotos, que quizá no son tantas, que incluso no hay ninguna, y he vivido engañado, autoconvencido de tener mil recuerdos tristones. Tampoco vayamos ahora a lanzar las campanas al vuelo, que si aquello ha triunfado será que tampoco existió lo contrario: esa arcadia feliz, el paraíso del que tanto nos hablan. No importa. Quizás me venga bien una niñez mediana para aprender mejor a huir de los extremos.

Busco un delicado equilibrio entre arriba y abajo. Pero el centro no está entre medias, sino más alto que arriba.

jueves, mayo 06, 2010

UN ERMITAÑO EN FACEBOOK

"Hazte de facebook, hazte de facebook, que está muy bien"; "así estás en contacto con todos tus amigos"; "hazte de facebook, que se liga mucho"; "si no te haces tú, te hago yo la página".

Yo me resistía, pero confieso que me asustaba la posibilidad de que alguna amiga, por hacer la gracia, me hiciera una página falsa y mi anonimato fuera suplantado por una burbuja vacía etiquetada con mi nombre y que el día de mañana, si lo necesitaba, tuviera que hacerme un hueco a codazos con la nadidad de otro yo. Una cosa es ser anónimo y otra ser conocido de forma errónea. Quizá eso tampoco debía haberme importado, pero el caso es que al final se han salido con la suya. Ahora siento vergüenza por haber mostrado debilidad, un poco como si me hubiera traicionado a mí mismo, a mi estilo de vida simple, ordenado, centrado, alejado de modas y consumos. Ya no me puedo mirar a la cara. Y como afeitarse a ciegas es complicado, volveré a dejarme la barba.

Entrar en facebook es como morirse y ver asistir a tu funeral a todas las personas que han aparecido alguna vez en tu vida. Como un alef donde se reflejaran al unísono los rostros de todos tus conocidos y conocidos de conocidos, y conocidos de conocidos de conocidos hasta el infinito, sin mesura ni criterio. Como una fiesta perpetua sin motivo, innecesaria e intrascendente. Es barroco, maximalista, inabarcable, infernal. Y sin darnos cuenta aceptamos la cantidad como valor absoluto, como si la plenitud de la vida se midiera por el número de amigos de esta particular forma de amistad. Más es más.

Sus instrucciones y demandas lo convierten a uno en una especie de tamagotchi del señor Facebook que, erigido en tu nueva madre, te sugiere que te hagas amiguito de fulano o de mengana porque tenéis uno o dos amigos comunes, aunque echo en falta cierto criterio represor que te indique con quién no debes juntarte. Facebook, en su azaroso comportamiento, te arrojaría sin dudar en brazos de cualquier mala compañía que te llevara a las drogas, la prostitución o el arribismo. Adolescente cotilla, te pone al corriente al segundo de las nuevas relaciones de tus contactos. "Ahora Javi y Alejandro son amigos". Como si antes estuvieran enfadados. Parece uno esperar los "están saliendo" y los "han cortado" que se sucedían semana a semana en las pandillas quinceañeras en verano.

¿Qué pintas tú en facebook? Me dirán. Y yo también me lo pregunto. Quizás mi fortuna en la vida me ha hecho despertar, junto al recelo, una cierta confianza en el azar. Así, de pronto, me aventuro a ser un poco más accesible y a que me pueda encontrar alguien interesante, sin perder por ello la escurridiza opacidad que caracteriza a este ermitaño.

Para contradecir mis expectativas, por de pronto, ya he quedado mal innecesariamente con dos o tres personas que solicitaron mi amistad - como si eso se pudiera pedir - y a las que he "ignorado" sin saber que eso era entendido como una seca negativa. Eran personas con quienes coincidí en algún punto de mi vida y a las que, por esa costumbre social del "a ver si nos vemos" y "tenemos que quedar", incluí en mi directorio de correo. Allí seguían, como yo en el suyo, supongo, posadas, tranquilos, sin hacer ruido ni estorbar, como una prenda de fondo de armario que algún día pudiéramos necesitar. ¿Y por qué, entonces, tenía yo que tomar una decisión drástica y a bote pronto sobre el papel que desempeñan en mi vida? ¿Acaso soy su enemigo porque me parezca fuera de lugar tener un reporte permanente de sus actividades, y ellas de las mías? Bien pensado, podría decir lo mismo de todos los amigos que llevo agregados.

Pero ya que he venido a este mundo raro, me buscaré una silla y trataré de observar sin poner fotos ni colgar vídeos, sin hacer ruido, en fin, a ver si puedo. Mientras tanto, pondré en la columna de lo positivo que me ha hecho añorar el blog, este blog, que tan abandonado tengo, y que, en realidad, he descubierto que prefiero mil veces como forma de expresión. Y por eso hoy, de nuevo, actualizo.

martes, diciembre 08, 2009

ECLIPSE DE HORA

Miro el reloj: son menos cinco, pero ¿de qué hora? La aguja pequeña ha desaparecido. Sé que son las once menos cinco, pero el largo minutero me tapa la visión del marcador horario. No recuerdo haber visto nunca una conjunción semejante. Si me preguntan, juraría que otros relojes montan las agujas al revés, con la pequeña encima, precisamente para evitar estos eclipses. Por ello, lo valoro como un hecho más singular y me deleito en su contemplación. No sé si habrá que tomar precauciones. Imprudente, lo observo sin radiografías ni gafas de soldador durante ¿30?, ¿40?, ¿60 segundos, todo lo más? El tiempo, que todo lo mueve, ha hecho desplazarse 6 grados al testigo de sus minutos, y por debajo ya asoma el otro centinela, que siempre estuvo allí.

El bolero, por un momento, consiguió su objetivo. "Reloj, no marques las horas".

viernes, noviembre 20, 2009

LA PELUQUERÍA CHINA

Hace cosa de un año pensé que ya había encontrado, por fin, mi peluquería cuando descubrí “La Moderna”, con su aspecto clásico y elegante, su aire tradicional, sus asientos de cuero rojo y la seguridad que transmite su especialización en caballeros. Pero algo no me gustó en mi último corte, cuando el peluquero me atendió sin barrer antes del suelo la pelambre muerta del último cliente, o de clientela anterior, porque para mí que eso era mucho pelo para un solo hombre. Expongo estos antecedentes para que no piensen ustedes que soy un veleta picaflor de barberías que se corta el pelo con el primero que pasa. Yo quisiera ser fiel a una única peluquería buena, bonita y barata, pero no la encuentro.


Cuando héte aquí que, unas semanas atrás, me dan en mi barrio un papel anunciando la inauguración de una peluquería unisex. Eso no es en sí una ventaja. Las mujeres van más que los hombres a la peluquería y, si tenemos que compartir la atención, es frecuente que haya que esperar turno o, incluso, pedir hora, lo que va contra mis principios. Yo tardo en decidirme a cortarme el pelo, pero cuando me decido y encuentro el tiempo, tiene que ser en ese momento. Además, es sabido que en las peluquerías ambisexuadas, los hombres nos dejamos menos dinero que las mujeres y, por tanto, somos clientes de segunda. Sin embargo, dos detalles despertaron mi curiosidad. Uno, que tanto el repartidor como el nombre del local eran inequívocamente chinos, y dos, que los precios eran ostensiblemente baratos. En días posteriores tuve ocasión de localizar el negocio, constatar su buen aspecto, y tomar nota de que está atendido por mujeres. Esa experiencia no me la podía perder.

Podría haber esperado un poco más, pero ya se cumplían más de tres meses y mis puntas comenzaban a hacer volutitas sobre las orejas. La expectativa de una incierta entrevista de trabajo próximamente, y la posibilidad de que, de pronto, no vuelva a disponer tan alegremente de mis días, me terminó de empujar.

Premeditadamente no me lavé la cabeza, para acceder a la tarifa 2 de caballeros: lavar y cortar, 8 euros. Al entrar al local, en primer término, una china joven y atractiva le hacía las uñas a una clienta. A la derecha, otra, con el pelo teñido de tono rojizo con las piernas separadas y detrás de una mujer, parecía estar montada sobre su espalda tratando de domarla. No era así: estaba sentada en otro taburete. Aunque igualmente parecía que trataba de domarla. Una tercera chica, algo más mayor que estas dos, terminaba en ese momento con su clienta, y se dispuso a atenderme. Parecía haber entendido perfectamente que quería lavarme y cortarme el pelo, pero me invitaba a sentarme frente a una mesa sin lavabo que me desconcertaba. Obedecí y encontré que la orden era correcta: me puso el campú sin mojarme la cabeza, y luego, con un botecito de agua, me fue echando chorritos para hacer espuma. La temperatura del agua y el tacto de las manos eran igualmente fríos. La chica se entregaba a su trabajo con dedicación, pero en lugar del suave masajeo capilar que uno esperaba, me estaba dando unas friegas tan fuertes y enérgicas que casi parecería que quisiera sacarme la cabeza de los hombros. Yo suspiraba por que terminara el lavado, pero, al no ver una triste pila delante, no tenía ni idea de cómo pensaba aclararme o si, simplemente, pensaba retirarme la espuma con la toalla.

Mi peluquera por fin dejó de sacudirme el cráneo y empezó a secarse las manos en la toalla que tenía sobre los hombros. Quizá con demasiada fuerza, pues sus manos penetraban en mi espalda. Al tercer frotamiento, me di cuenta de que no era accidental. Seguía haciéndolo igual, y continuaba sus manipulaciones más abajo, haciéndome separarme de la silla para poderme masajear toda la espalda. Mis recelos me impedían relajarme. ¿A qué venía tanto sobo? ¿Acaso era un servicio extra con el que redondear al alza el precio del corte de pelo? ¿Pretendería ofrecerme, como hace poco leí en las noticias, un "final feliz"? Dudé incluso si enfadarme, pero, entre lo mal que me sale y que el brusco zarandeo no me resultaba del todo desagradable, me conformé con un gesto de sorpresa, encogiendo los hombros y volteando las manos hacia el cielo en búsqueda de explicación. La peluquera masajista, a por uvas, siguió a lo suyo, pasándose ya al plano personal en la conversación (como no podía ser de otra manera a estas alturas): "Mu delgado tú", "mucho hueso", dijo. Se rió, y pasó a darme golpes con los cantos de las manos en la zona dorsal de la espalda.

Ahora ya sé lo que siente un coche al pasar por un túnel de lavado, pero, como todo llega, también mi paliza terminó y me pasó a un lavabo que estaba tras una columna. Allí, en dos segundos, me vertió agua calentita del grifo sobre mi espumoso pelo. Por fin algo se aclaraba en mi cabeza. Pero, como parece que se había propuesto convertir un simple corte de pelo en una gymkana alegórica de la vida, no podía brindarme dos estímulos positivos seguidos. Tras el acalarado, vino el secado, con una toalla que olía no sé si a gambas o a esas empanadillas chinas que no me gustan ni en los restaurantes. ¿Dim sum se llaman?

Con la toalla me pasó, ya sí, a la silla de cortar, donde mi simpática amiga quiso emular el modo occidental de cortar el pelo: dando conversación. No soy yo muy partidario de ello, pero al menos no hablamos ni de política ni de fútbol. Mi maternal peluquera se interesó por si yo comía bien, pues le parecía que debía de comer poco, me preguntó si tenía hijos y, a renglón seguido de decirle que no, dedujo que estaba soltero (¿por qué no podría yo estar casado y no tener descendencia? Me intriga esta china), investigó si tenía novia y, al saber que ni siquiera, ya entró a saco a aconsejarme que me buscara una chica para que me diera bien de comer. Yo un poco protesté, diciéndole que yo mismo me cocinaba y que comía bien, pero no quise insistir demasiado. Tal vez quería presentarme a su sobrina Mari-Lí y no quería yo quitarle las intenciones. Vanas ilusiones las mías.

En unos momentos, todo pareció embarullarse. Una china hablaba por teléfono en su idioma, al poco entraba un chino macho en el local, y se ponía a hablar con mi peluquera. Terminaban y al rato la china pelirroja se acercaba a nosotros y se sentaba en la encimera a charlar con ella y echar unas risas animadamente. Juan Liverpool, Lover, Luismi de La Tira y todos los fans de Seinfeld me entenderán si les digo que me sentí como Elaine en el episodio de las manicuras coreanas. Afortunadamente, pude controlar mi susceptibilidad.

Entre tanto, mi china preferida me cortaba el pelo, sin prisa, pero sin pausa; sin pausa... pero sin ninguna prisa, y pasándome el peine por la cabeza como si quisiera ararla para plantar patatas. ¿Por qué en mi imaginación me había elaborado la absurda idea de que una peluquera china sería suave y delicada? Y lo peor es que no terminaba nunca. Llegó un momento en que me preguntó: ¿Así ya? A mí me parecía que no se me podía cortar más el pelo y le dije que sí, deseando irme, pero ella, perfeccionista hasta la exasperación, volvió a retocarme alrededor de las orejas y a cincelarme toda la cabeza con el peine. Paso por alto el detalle desagradable de que, de vez en cuando, me parecía percibir el olor de su aliento y me hacía añorar el de la toalla que olía a gambas. Y no dejaré de mencionar el alivio que sentí cuando, por el espejo, vi en el extremo opuesto de la peluquería, a la china pelirroja propinándole a una nueva clienta un masaje similar al que había recibido yo antes. Parecía, pues, que era una gentileza de la casa para todo el mundo.

Finalmente, todo terminó, y bajé de la silla como quien baja de la noria del parque de atracciones, aunque aún me esperaba cualquier cosa a la hora de pagar. Pero no, fueron los ocho euros que marcaba la tarifa. Ese fue, seguramente, el único punto en que se cumplieron mis expectativas. Pero no me arrepiento: en mi anodina vida, pude vivir en menos de una hora, toda una montaña rusa de emociones: de la sorpresa al desconcierto, pasando por la diversión, el agrado, el disgusto, el placer (poco) y el dolor (pequeño). Como Lope, diré “quien lo probó lo sabe” (y si no, ya se enterará). Aunque no sería del todo sincero si ignorara un cierto sentimiento de pérdida de inocencia que me invadió al salir. En mi corazón rondaba ya la idea vaga de que tampoco será ésta mi peluquería definitiva.

No obstante, no descarto volver.

martes, noviembre 03, 2009

EN QUÉ ESTARÍA YO PENSANDO

De vuelta a casa andando, paso por delante de un local en obras sobre cuyo escaparate han pegado varios carteles de publicidad. En un fugaz instante, leo de un tirón el titular de uno de ellos, único en la calle, y me sorprende. Es una propuesta que no se refiere a ningún campo profesional, académico o comercial, sino que invade directamente la esfera personal y quiere influir sobre el carácter de las personas. Me hace gracia, no obstante, y hasta simpatizo con él, pero es tan increíble que tengo que pararme y frotarme metafóricamente los ojos para volver a mirar y leerlo detenidamente. En efecto, como me temía, no podía ser. El cartel invita a matricularse en un curso de moda con un gancho tan objetivo y concreto como “Hazte estilista”. ¿De dónde había sacado yo que ponía “Hazte elitista”? En qué estaría yo pensando.

jueves, octubre 22, 2009

MI EX

Una amiga, convencida de que un hombre y una mujer tendrían una inmediata afinidad si coincidían en dos puntos: ser solteros y heterosexuales, me presentó el correo electrónico de una amiga suya: Álvaro, éste es el e-mail de X; e-mail de X, éste es Álvaro. Tras comprobar en un par de “citas a ciegas” puramente epistolares que no pegábamos nada, viví la extraña circunstancia de “cortar” con alguien con quien no había salido nunca y que, por cierto, no conocía ni mi cara (Yo sí la suya; hay personas más desinhibidas a la hora de colgar su foto en internet; por mi parte, creo que bastante hago con firmar con mi nombre real). El caso es que un amigo mío, chistoso él, bautizó a la chica con la que no había tenido ninguna relación, como “Mi ex”.
Pero, rizando el rizo de la teoría de los seis grados de separación que no inventa pero sí divulga mi amigo Juan (http://www.liverpoolmadrid.com/2008/04/la-teora-de-los-seis-grados-de.html), amigo por cierto de mi chistoso amigo, resulta que estoy a dos grados de separación de mi ex por otro camino, ya que ha resultado ser amiga de la novia de un amigo.

La carambola termina por el momento con un bloqueo de las sincronicidades tan absurdo que raya en lo milagroso. Ya es raro verme en un bar. Pues el otro día estuve. Estuvieron también mi amigo, su novia, “mi ex” y más gente. En este caso, la posibilidad de que no nos llegáramos a conocer, bien porque nos presentaran, bien porque participáramos en una misma conversación, era realmente baja, y sin embargo se dio. Incluso me atrevería a decir que, sin yo esconderme ni ella evitarme (aunque no tengo certeza de ninguna de ambas cosas), nunca estuve en su ángulo de visión. Ni siquiera cuando participamos en el mismo corrillo: la conversación la coparon ella y mi amigo y luego desapareció por donde había venido.

Vamos, que mi ex y yo no nos hablamos... pero de buen rollo.

DAR RECUERDOS

De camino a casa paseando (el frío pedía metro, pero me empeñé), veo a dos personas juntas, una de las cuales habla por el móvil con una tercera que parece ser conocida de ambos. La que lleva el teléfono transmite a su acompañante algo que le dice su interlocutor en las ondas: “que le da recuerdos”. El recordado se rebela y pide coger el móvil para que se los dé directamente a la oreja. No sé en qué quedaría la cosa, pero me mueve a reflexión, porque si esta persona llega a ponerse al teléfono, ¿qué le diría el otro? “Hola, Fulano, muchos recuerdos”. Imposible.

Los recuerdos son algo que nunca se pueden dar personalmente. Parecería que son una especie de encargo incómodo que uno puede dar a alguien para que se lo dé a otro, pero que no quieres ver la cara que pone el receptor cuando los recibe. Un ejemplo: le has comprado a un primo segundo un regalo de boda que crees que es adecuado y que le gustará pero a ti no te convence. No vas con el jarrón en brazos para dárselo; se lo mandas por mensajero o por medio de alguien que sabes que lo va a visitar. Igual con los “recuerdos”. Es como si fuesen algo de lo que avergonzarse. Por eso, el empeño por ponerse al teléfono de esa persona tenía algo de desafío. “¿Cómo que me manda recuerdos? ¡Eso no me lo dice a mí a la cara! ¡Trae el teléfono! “, y cuando lo coge: “Venga, venga, dime ahora eso que me querías decir. ¿Qué es lo que me mandabas...?”.

Pero, claro, tiene sentido. A un tercero le puedes decir que le diga a alguien que te acuerdas de él, pero si estás hablando con esa persona directamente, esos recuerdos están de sobra. ¿Cómo no te vas a acordar si estás hablando con él?

¿MARKETING O TRABAJO BIEN HECHO?

A punto de bajar las escaleras que llevan a mi andén del metro oigo una melodía delicada que mi oído reconoce y que mi cuerpo todo acepta con agrado. Vuelvo a la vista, y al fondo del pasillo, veo a un hombre mayor sentado, tocando el violín, y a un lado otra persona que, interpreto, maneja otro instrumento. De inmediato identifico la pieza: el Ave María de Schubert . Con un reflejo prosaico del que me avergüenzo, echo un vistazo para comprobar que mi tren aún no llega y me encamino hacia el viejo. Según me acerco, todos los elementos van tomando forma y realidad. El acompañamiento orquestal no es en directo, sino una grabación que el maestro, como tantos otros músicos de la calle, trae en algún tipo de reproductor; la persona que se sentaba a su lado, pues, no hace un dueto musical con él. Quizá sí en la vida: tiene todo el aire de ser su mujer.

Ya llego a la funda abierta de su instrumento donde exhibe varias estampas de vírgenes y una pequeña cestita para recibir el agradecimiento de su público transeúnte. Nunca he visto en el metro una cesta más llena. El violinista, viejo, bajito, calvo, resulta entrañable. Alguno nos quedamos un instante enfrente de él, por hacer los honores a su arte, y contemplamos el gesto sonriente con que acepta las monedas. Retardamos nuestro paso, pero no nos atrevemos a quedarnos de pie como pasmarotes en la esquina. Las cuatro o cinco personas que han pasado en estos segundos le han dejado algo. Coincide también que todas ellas eran personas de edad que quizá hayan empatizado con el viejito simpático o incluso con el exhibicionismo de su fervor mariano. En todo caso, mérito suyo por acertar de pleno con su público objetivo. Si lo pilla Antena 3, lo mete de jefe de programas.

PAGAR “DE OÍDO”

El jabón de lavavajillas es caro. Ahora lo venden en pastillas comprimidas o en pequeñas bolsas con la dosis justa de jabón líquido. En la última compra tuve que reponer, y, aunque ya me había decidido por una marca líder, cuando llego al pasillo me encuentro con que no sé si su liderazgo es de ventas, de investigación y desarrollo, de variedad de productos o de confusión al consumidor. Quiero decir que tenía, al menos, dos bolsas diferentes. En una, las dosis contienen sólo jabón verde; en la otra, añaden otro líquido azul engarzado con el verde en un dibujo en plan yin-yang. Dice que abrillanta. En mi casa nadie me he quejado nunca del brillo de la cristalería, así que me llevo la normal. ¿Pero qué tamaño? Me dejo guiar por mi instinto. Mi instinto de ahorrar, quiero decir. Hay una bolsa que dice que en caja me descuentan directamente dos euros y medio. ¡Pues ésa y no se hable más!

Compro más cosas. No muchas, pero sí las suficientes para olvidarme del precio del lavavajillas y de la estupenda oferta de la que me voy a beneficiar. Cuando voy a pagar, algo me suena raro. Me parece mucho dinero para las pocas cosas que llevo. Caigo en que el lavavajillas vale como ocho euros, con lo cual ya es fácil que llegue a la cantidad que me ha dicho la cajera. Pero en el mismo momento me doy cuenta de que, a esos ocho euros y pico hay que hacerle un descuento. ¿Me lo habrán hecho? No padre. Lo reclamo. La cajera confirma que es así, pero no se la ve muy suelta ejecutando el operativo de la oferta. Una compañera le explica que simplemente me dé el dinero (yo ya he pagado), y que pegue la pegatina en el ticket. Accedo a irme sin mi comprobante de compra. No creo que le fuera a sacar más partido.

Minutos después, en la frutería compro cuatro cosas con intención de bajar en un par de días con una lista más amplia. A la hora de pagar, el precio vuelve a sonarme alto. Es aproximadamente la misma cantidad que suelo gastar, pero me he llevado menos cosas. El ticket no menciona el género; sólo el peso, el precio del kilo, y el resultante. No consigo asignar a qué corresponde cada cosa, y el frutero vuelve a pesarlo todo. En efecto, me estaba cobrando dos euros y pico de más.
Vaya tarde. Si compro en un par de tiendas más, me forro. Ahora, como no empiece a trabajar pronto me voy a convertir en contable.

EL PARTIDO DEL VIERNES

Después de dejar que la vuelta al cole se asiente, llega el momento de que los Padres y Antiguos Alumnos reconquistemos nuestros terrenos: los campos de futbito, el del patio y el del polideportivo. El viernes comenzamos la temporada de este curso, en mi caso con muchas ganas y totalmente resignado a sufrir agujetas hasta el próximo partido. Desde finales de mayo lo más cerca que he estado de hacer deporte ha sido restaurando un futbolín este verano (eso merecería un blog entero, pero se me pasó el momento), y la inactividad pasa factura. Así y todo, encaro el curso deportivo con ilusión y alegría. Creo haber comentado alguna vez que jugar al futbol es, con toda probabilidad, la única actividad que me divierte. Así que, si puedo jugar, doy gracias... ¡y hasta que el cuerpo aguante!

Hablaría de lo cortos que estamos de efectivos los naranjas este año, del gran fichaje que hemos hecho y de más que habrá que hacer, pero mi blog es personal y en esta nota he venido a hablar de mi intervención en el partido. Porque estuve enorme. Podía no haberlo estado y lo habría dicho. O, al menos, me habría callado. Pero no sé que tuve, presencia tal vez, un estar permanente en mi sitio, que sin casi moverme llegué a desesperar a nuestros contrarios los blancos. Aguanté cuando debía, salí cuando fue oportuno, tapé hueco en todo momento sin perder la vertical. Y casi sin yo saberlo, mis reflejos sacaron la mano en varias ocasiones a una altura y distancia del cuerpo absurdas, despejando lo que era un gol cantado. Mientras, nuestras filas iban entrando en calor y, tras un tercio largo del encuentro sin hallar portería, conseguimos marcar. Después, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, fueron cayendo más goles.

En nuestro lado, también cayó alguno: un tiro imparable, después de rechazar dos disparos a bocajarro, y otro en una jugada sucia de córner en que – ahí sí que no estuve bien – no salí a defender mi territorio. Saqué un balón del suelo en la misma línea, pero uno de los míos, que cubría el poste, impidió con su pierna que el balón saliera de la puerta, y un delantero blanco la empujó. Resultado: Naranjas, 7; Blancos, 2.


Al terminar no necesité las felicitaciones de mi equipo, aunque las hubo. Yo sabía el partido que había hecho, aunque también sentía que no lo había hecho yo, sino que, simplemente, había dejado actuar al cuerpo sin interferir, y éste había sabido estar en su sitio y hacer lo que debía. De vuelta a casa, sólo notaba un tirón en la parte posterior del muslo izquierdo, que ya traía yo de días anteriores. El sábado, no tenía más agujetas que si me hubiera pasado la tarde jugando a las cartas. Así pues, resultado: Satisfacción, 100; Cansancio, 0.

martes, octubre 06, 2009

SEXO MINIMALISTA

1. A veces uno camina por la calle y se encuentra a una mujer de esas de belleza ligera y delicada que tanto apreciamos algunos, caminando en su misma dirección. Entonces juega a "probársela", a ver "si le queda bien". Es tan sólo andar junto a ella, a cierta distancia, respetando unos límites para no molestar, y mirando de reojo, por contemplar su paso elegante y natural, nunca altivo, con la secreta esperanza de comprobar que, milagrosamente, pese a no ser uno tan distinguido, caminamos acompasados al mismo ritmo y que, el paso no engaña, "somos de la misma talla". El juego termina cuando ella llega a su boca de metro o entra al restaurante asiático en que trabaja.

2. Mirando a las desconocidas, uno en ocasiones se topa de frente con sus miradas. Despectivas las de las guapas y ambiciosas que se sienten por encima de ti después de subirse a sus tacones; incitadoras las de algunas profesionales que parece que te van a contagiar a distancia toda su miseria y la de sus clientes; muchas sonrientes, sin más; algunas, despistadas, y también las hay neutras o indiferentes. Pero un día te encuentras con una mirada que en menos de un segundo transmite seducción, deseo y satisfacción, todo en un mismo instante y sin necesidad de contacto físico. Al momento, te has ido de allí, siguiendo tu camino, con un cierto sabor a "qué chica más maja" y sin ninguna ansiedad por saber su nombre ni volverla a ver.

jueves, septiembre 24, 2009

VISIONES

Dos visiones en los dos últimos días:

AUTOTROMPETISTA

Un hombre, más joven que mayor, en su vehículo comercial, más coche que furgoneta, parado en medio del tráfico, más por el semáforo que por un atasco, aprovecha el tiempo y, en lugar de tocar la bocina impacientemente tratando de que el primer coche salga como un resorte en cuanto cambie el disco, saca su instrumento y ensaya con él. Suerte tiene de que sea una trompeta y no un contrabajo o un piano de cola, pero la sorpresa para mí es igualmente mayúscula. E igualmente mayúscula la simpatía que despierta en el trompetista que pude ser. Más renuente que frustrado, me considero un aficionado tramposo que cogió el atajo de la imitación. Ya sé que no es lo mismo. ¡Bravo por el trompeta!

PERRO SALTARÍN

Un perro blanco y peludo de esos samoyedos de zonas frías cruza un paso de cebra con alegres saltitos, quizá contento de que el verano se acabe y anticipando otro invierno helador más adecuado a su constitución y abrigo. Corre como al trote, con una gracia especial, como de puntillas. Se diría un perro bailarín. No es muy grande, aventuro que es cachorro. Detrás de él, a tres o cuatro metros, pasa su dueña, sujetándolo con una correa ni floja ni tirante, con la tensión justa y, sobre todo, constante. Ni el perro la arrastra tras él ni tampoco pierde el ritmo el animal, de modo que la cuerda caiga fláccida al suelo. La mujer no es vieja, pero tampoco una jovencita, y se mueve acompasada al paso ligero de su amigo. Cruza con una extraña carrera que es rápida, pero no tiene prisa, sin casi tocar el suelo. La ciudad, por unos instantes, no hace ruido.

martes, abril 14, 2009

LA SINIESTRALIDAD EN SEMANA SANTA

Leo que la siniestralidad en Semana Santa ha caído a mínimos históricos. ¿Será verdad? Yo encontré las procesiones igual de siniestras que siempre.



Se refiere la noticia a la caída de los accidentes de carretera, que ha habido menos, y con menos muertos. Contrasta esta satisfacción abstracta (nadie siente ser superviviente, nadie cree pertenecer al 18% menos de víctimas que el año pasado) con el dolor concreto de quienes han perdido a alguien esta vez. Se celebra, pues, la estadística, con satisfacción, pero sin alegría ni triunfalismos.



Y después de este bajón, para dejarlo en alto, comparto con ustedes este simpático gesto subversivo encontrado en Trujillo.



Por cierto, dato extraño: de mis acompañantes, las personas más descreídas eran las más interesadas en las procesiones, mientras que a los más religiosos nos producían un rechazo tendente a infinito.

Y digo yo: ¿no podríamos inventarnos un folclore más festivo, menos morboso y que no juegue con las cosas sagradas, para entretener a los turistas?

domingo, febrero 15, 2009

EXCESOS INOCENTES

Si la moderación es constante, rigurosa e inflexible, ¿no es excesiva? Y si es exceso la moderación, ¿no sería entonces moderación el exceso que la interrumpe? O tal vez sólo estoy tratando de justificar mi exceso del viernes, que lo fue consciente, aceptado y querido. No me emborraché, no trasnoché ni me drogué ni me di a vicios. Jugué al fútbol.
- ¿Y eso es exceso?
- Dos partidos.
- Ah.
Y cuando digo fútbol digo fútbol sala, y cuando digo jugué digo de portero, que es de lo que juego. Los excesos se pagan, claro, y así me he pasado el sábado, molido de cuerpo entero, y sin embargo sin sufrir, pues disfruté tanto los partidos que el propio cansancio me resultó, de una extraña y masoquista forma, placentero.
El caso es que estoy en racha y quería aprovecharla. Ya el viernes anterior hice un buen partido y el primero de esta tarde también lo fue. Ningún anal de la historia del deporte escolar habrá de recogerlos, pero en mi historia reciente sentí una recuperación de sensaciones perdidas, pero más conscientes. ¿Que cómo paré? Ni yo mismo lo sé, pues las intervenciones no son premeditadas ni diseñadas, pero sé que me sentí habitando el cuerpo y dominando mi espacio, lo que agradeció la portería. Mi voluntad guió mis reflejos en los disparos a puerta, me animó a salir seguro en los balones altos de los córneres que suelo esperar atrincherado en la línea, y me hizo preciso y oportuno en las salidas a los contraataques, para desesperación de los contrarios, que una y otra vez se estrellaban contra mí en sus intentos de hacer gol. Alguno marcaron, por supuesto, pero eso no enturbia en absoluto la seguridad propia de haber hecho las cosas bien.
Por eso, al acabar, y al ver que los equipos que iban a sucedernos en el campo, cortos de efectivos y sin portero, lanzaban al aire una petición de socorro en forma de invitación a jugar en sus filas, mi satisfacción se sintió insatisfecha y se tentó. Fue una tentación que no podría comparar con nada, pues ni siquiera soy goloso que después de un pastelito quiera otro: con un poco de chocolate, ya estoy harto. La temperatura, aun de invierno, era agradable, y yo me hice pequeño y me repetí a mí mismo en esas tardes de verano de mi infancia en las que todo mi mundo era un balón y jugar al fútbol hasta que se hiciera de noche, y las chicas mayores de la pandilla de mi hermano me llamaban "pagtito", porque siempre andaba buscando gente con quien jugar, con el único gesto de enseñar un balón y preguntar "¿partido?" con una erre mal pronunciada.
Sabía que no debía, que no estoy acostumbrado a tanto exceso físico, que me iba a cansar demasiado, pero... ¡cómo me apetecía! Y como, al fin y al cabo, no tenía compromiso alguno con el absurdo día de san Valentín, al día siguiente, dije "Me quedo".
También hice buen partido este segundo, si se lo preguntan, pero ayer, no podía doblar la espalda más de treinta grados ni avanzar las piernas mucho más, de modo que hice mis recados despacito, que tampoco es mala cosa.
Está bien, vale, no me miren con esa cara. No lo volveré a hacer.

lunes, enero 26, 2009

VIDA REGALADA

En el mismo "feliz sábado" del otro día, que esto no lo conté, me llama la atención un nuevo local moderno y de vistosos colores. Es de comidas preparadas. Ahora no como en casa, y cuando como, la comida me la preparo yo; otra cosa me parece "hacer trampa". No obstante, bueno es saber que está por si acaso. Total, que en mi tranquilo y curioso pasear me paro y veo que hacen paellas de encargo. ¿Cuánto costarán? Al verme merodear, se asoma una simpática encargada y me invita a entrar. Me da un folleto-carta, me comenta el asunto del negocio, en qué consiste, que elaboran diferentes platos a diario que poderse llevar como menú o desparejados, que también sirven un menú en un comedor anejo, que todo es casero, de calidad, como si lo cocinara tu madre, etc. Y para que así me conste, me regala un táper de ragú de pollo para que lo pruebe. Lo probé y estaba bueno. El sitio se llama "Hoy cocina Lola" o algo así, y Lola no es, ya lo pregunté, mi anfitriona, sino una señora mayor y, por lo que a mí respecta, misteriosa.

Un poco más tarde, en la frutería, me regalaron el medio papayón que me llevé (porque uno entero es mucho, y se me termina estropeando). Resulta que lo tenían ya preparado porque otro señor se había llevado el otro medio, como en el chiste del armario.

(INCISO. CHISTE DEL ARMARIO:
Un hombre entra en una tienda de muebles y ve un armario que le gusta, llama a un dependiente y se lo dice. "Me gusta este armario, pero es demasiado grande para mí; me bastaría la mitad, ¿no me lo pueden cortar". El dependiente trata de sacarle la idea de la cabeza, pero como el cliente insiste, termina por decirle que tiene que hablar con el encargado. Total, que va al encargado a preguntarle indignado a ver qué hace porque un "gilipollas de los cojones" se ha empeñado en que quiere sólo medio armario. El encargado pone cara de circunstancias, y el dependiente se da cuenta de que ha metido la pata. Efectivamente. Se vuelve, y ahí está el cliente caprichoso, pero, con rapidez de reflejos, el de la tienda resuelve: "Menos mal que este señor quiere el otro medio".)

Llega mi hermano, que le han cambiado de edificio, y algunos utensilios que tenía no le valen, y me ofrece unas bandejas para dejar cosas. Entiendo que son estas bandejas para papeles y carpetas que se ponen encima de la mesa y que, además de acotar un espacio para el trabajo entrante, el saliente y el inclasificable, pueden apilarse una sobre otra en varios niveles, para hacer urbanismo vertical de oficina. Al final era un bandeja clasificadora de objetos que se coloca en una cajonera para poner bolis y un montón de cosas pequeñas más, incluyendo un rollo de celo. Contando con que en el trabajo tengo un solo boli que no uso, no es que sea muy útil, pero, ¡oye!, es un regalo. Así que como tal lo contabilizo.

Por alguna asociación de ideas que no recuerdo, formulo en voz alta en mi trabajo el grato recuerdo que tengo de una serie de televisión de mi infancia, "Kung Fu". De la que, por otro lado, en más de treinta años quizá no me haya acordado más de un par de veces (si bien lel apelativo "pequeño saltamontes" estuvo bastante presente en nuestros intercambios dialécticos familiares). Al rato, un compañero me dice que me puede conseguir la primera temporada, porque un amigo suyo que trabaja en la distribuidora se la regaló y a él no le interesa (no diré nombres para no poner en compromisos innecesarios a nadie).

Y hoy, apenas una hora después de llamar a informática en el trabajo porque de un tiempo a esta parte cada vez que trataba de pinchar un enlace en una página de internet se me cerraba el explorer, me vienen casualmente a cambiar el ordenador. Porque tocaba, no por no arreglármelo. Así que estoy estrenando equipo. Esto no es un regalo exactamente, porque el ordenador no es de mi propiedad, ni siquiera de la empresa, que creo que los tienen en renting, y precisamente por eso, me retiraban el antiguo (a mí y a otros tres compañeros): para devolverlo. Ya habrá otra empresa más pobre, en estos tiempos de crisis, que los aproveche, digo yo.

lunes, enero 19, 2009

FELIZ DÍA

¿Será verdad eso de que uno siembra lo que recoge? Nuestro receloso acervo tiene un refrán para el karma negativo: "Quien siembra vientos recoge tempestades". Incluso aquello de que "el tiempo pone a cada uno en su sitio" se suele emplear con una connotación aviesa, y no deseando éxitos y parabienes a nadie. Pero, siendo justos, a quien hoy siembra soles se le puede suponer que recoja días de playa en el futuro.

En la nochevieja del 84 y primero de año del 85, escuché aquí y allá, como todos los unos de enero, el tradicional saludo "Feliz Año Nuevo". Dicha felicitación se extiende desde el final del saliente hasta los primeros días del entrante, de modo que, si uno ve a un compañero, amigo o conocido por primera vez en el año antes de, por ejemplo, el 15 de enero, pueda aplicársela. Pero de tanto usarse parecería que pierde sentido la expresión, y en aquellos días de mi convulsa adolescencia, encontré un desfase abismal entre los entusiastas "Feliz Año" y los rutinarios "Buenos días" de los días inmediatos. Era como si al decir Feliz Año Nuevo deseáramos felicidad sólo para la jornada de Año Nuevo, y al instante siguiente todos nuestros buenos deseos se hubieran olvidado, de modo que pensé: ¿por qué felicitar el año todo de una vez y no día a día? Y tuve la ocurrencia, quizás algo cursi, no lo niego, pero también simpática, de saludar a todo el mundo cada mañana con un enérgico "Feliz Día". No era yo tan feliz por aquel entonces que pudiera repartir felicidad a troche y moche, pero ¿qué quieren?, desearla es gratis, y conseguía sin mucho esfuerzo ponerle buena a cara a todos los tiempos. No sé hasta cuándo logré seguir el juego. Como mucho, hasta final del curso escolar.

Sería presuntuoso por mi parte arrogarme la propiedad de la expresión "feliz día", toda vez que son dos palabras, adjetivo y sustantivo, bastante comunes en español, y bien puede cualquier hablante ponerlas juntas. Pero, puesto que nunca antes se lo había oído decir a nadie en ese contexto - y puede que en ningún otro, creo que sí puedo atribuirme la paternidad del saludo, aunque tenga que ser compartida con muchos desconocidos que, con parecidas o distintas razones que yo, y sin tener noticia unos de otros, hayan acuñado también la misma frase, sintiéndose originales (como yo me sentí).

El caso es que el sábado, veinticuatro años después de entonces, fui a una tienda de cafés e infusiones (artículo aparte merece la disquisición de qué nombre darle, puesto que cafetería, tetería o herbolario se aplican a otro tipo de negocio), y cuando hube comprado y pagado mis cien gramos de menta piperita , recibí como un boomerang sutil que alegró mis oídos la atenta despedida de la dependienta (quizá dueña). ¿Qué me dijo? "Feliz día". Gracias. Lo fue.

jueves, enero 08, 2009

AGENDA DEL CREADOR

No uso agenda. Lo que tengo que hacer lo llevo en la cabeza. Tampoco estoy metido en demasiados fregados. ¿Qué apunto? Hoy, lunes: a las diez, entrar a trabajar; a las seis y media, salir de trabajar. ¿A ver qué tengo que hacer el martes? ¡Huy, lo mismo! Espero acordarme.

Pero cada año la Sociedad General de Autores y Editores me envía su Agenda del Creador (¿Tú no eras de Derechos de Autor de Medios Audiovisuales? En lo audivisual sí, pero tengo obra dramática declarada en la otra gestora, monopolista en este asunto, que por supuesto no me ha reportado ningún beneficio). Hace pocos días tiré la correspondiente al año 08. Su esmerado diseño y calidad de materiales merecían mejor destino y por eso la conservé, pero, transcurrido el curso, no tenía sentido, así que la he desarmado para poder reciclar el papel por un lado, tirar la espiral del lomo por otro, y quedarme con los separadores transparentes de plástico duro por si me sirven para algo. Lo irónico es que he tardado un año en decidirme a deshacerme de ella, y en cuanto lo he ello, ¡zas!, recibo el ejemplar de 2009.

Pero a lo que iba es al chiste que inevitablemente me sugiere cada año el petulante nombre de "Agenda del Creador". No puedo evitar imaginarme a Dios apuntando sus "cosas que deben ser hechas" (del latín "agenda"): Lunes.- Hacer la luz; distinguir día y noche; Martes.- Hacer el firmamento; Miércoles.- Crear la tierra y el mar, y en la tierra, la vegetación; Jueves.- Hacer el sol y la luna para señalar el día y la noche; Viernes.- Crear animales en la tierra y en el mar; Sábado.- Crear al ser humano; Domingo.- Llamar a Zeus para ir al cine.

Y a continuación, pensar en el tópico: ¿Qué hubiera pasado si Dios hubiera sido español? Que la creación habría tardado mínimo dos años. Uff, ¿ahora me voy a poner a crear la luz? Con la de cable que hace falta para eso. Y los animales los haré, pero sin prisas, que las cosas bien hechas bien parecen. ¿Mira que si además es valenciano y los perros los hace con el hocico a un lado, como el Cobi de Mariscal?

Y yo me pregunto: ¿la dialéctica entre el creacionismo y el evolucionismo se puede aplicar también al campo de la imaginación y la invención y redacción de textos? Porque a mí llamarme "creador" me queda alto, pero reconocerme "evolucionista" parecería una confesión de plagio, y tampoco es eso, que a uno sus ideas le cuestan un esfuerzo y unas neuronas.

¡Con lo discreto que sería el título "Agenda del autor"!

domingo, diciembre 21, 2008

EL SECRETO DE PARAR PENALTIS Y OTROS SECRETOS

Ayer jugué al fútbol sala, con resultado dispar. Finalmente ganamos, y en lo que a mí respecta defendí el resultado con uñas y dientes en los últimos minutos. Pagaba así el karma de dos cantadas que nos supusieron los dos primeros goles en contra. En mi descargo, debo decir que jugamos con un balón de fútbol, que es más grande y ligero que el de fútbol sala, y cuyo comportamiento físico es distinto. Pero también, todo hay que decirlo, paré un penalti. En esta ocasión, probablemente el tamaño y peso del balón me benefició. En un disparo a puerta, es más difícil de dirigir, coge menos velocidad y es demasiado grande para la portería. Pero lo paré.

¿Y cómo se para un penalti? A lo largo de mi carrera de guardameta, he parado muchas penas máximas. Otras me las han marcado, pero no sería descabellado pensar en un porcentaje de 50/50. 40/60, para asegurar. E incluso 30/70 si lo prefieren. Creo que no es mal resultado. Por eso, me siento autorizado a hablar de mi sistema para pararlos. La cosa consiste únicamente en mantener una postura física de alerta, con la energía concentrada, talones levantados prestos para estirar cualquiera de las dos piernas, y brazos relajados, pero atentos. La vista ha de fijarse en el balón, sólo en el balón y nada más que en el balón, de modo que, en el momento en que éste salga despedido, uno se mueva en dirección a su trayectora para interceptarlo. El mismo método he segido desde mis comienzos en portería de fútbol, más grande.

Ya sé que hay muchos colegas partidarios de la anticipación, que miran las piernas del delantero, la carrera que hace, etcétera, elementos todos con los que te pueden engañar. Ese método es puro azar. Otros, más teóricos, llevarán aprendidas las estadísticas de su contrario: por dónde ha tirado los últimos penaltis, con qué tipo de disparo se siente más seguro... y también se tirarán antes de tiempo, concendiendo una ventaja al contrincante. Las estadísticas tienen valor conclusivo sobre los datos pasados, no adivinatorio de los datos futuros, y el único penalti que cuenta es el que te van a tirar ahora. Es cierto que si uno se tira antes de tiempo, va a llegar más lejos, pero ¿adónde? Si coincides con el balón será por casualidad. También es verdad que al esperar a que el balón salga despedido, es muy posible que lo haga con tanta fuerza y velocidad que no puedas alcanzarlo. De acuerdo, te meterán gol, pero al menos lo habrás intentado correctamente. ¿O acaso no ven el gesto mezclado de rabia y de orgullo del portero que se lanza hacia el balón y no llega a alcanzarlo por apenas unos centímetros? Qué diferente de la retirada vergonzante del arquero que se tiró sin ton ni son para el lado contrario de la pelota. Sí, lectores, con mi sistema no se paran todos los penaltis, pero sí más de los que podría pensarse. Y se paran con la satisfacción de las cosas bien hechas.

Continúo con una curiosidad. Si el deporte es salud, ¿por qué había un dispensador automático de desfibriladores en el polideportivo?

Y termino con un aforismo, que no viene a cuento, pero que se me ha ocurrido:

- El paraíso consiste en aceptar que no hay paraíso.

martes, noviembre 25, 2008

ANTICRÍTICA DE CINE

Este fin de semana fui al cine, pero no soy ningún entendido como para hacer una crítica en condiciones. Sí critiqué a mis amigos que sacaran una entrada en la fila 7 para ver una película de acción. Desde mi butaca no se podía ver la pantalla entera de un solo vistazo, y las persecuciones resultaban más desconcertantes que emocionantes, porque nunca me enteraba de si el que disparaba era el bueno o el malo (¡todos vestidos de traje oscuro y en coches del mismo color!). En todo caso, lo importante era vernos los amigos, que ya hacía tiempo. De otra forma, nunca hubiera ido a ver "Quantum of Solace" (en traducción macarrónica: Cuánto solazo hace).

Casi me muero del susto cuando mi amigo Dani, ya sentados en las butacas, me pregunta: ¿Tú has visto "Casino Royale"? ¡Por supuesto que no! "Es que creo que ésta es la segunda parte", me advierte. Vino a mi recuerdo la más infausta proyección a la que nunca he asistido ni, seguramente, asistiré: "Las dos torres", la segunda parte de la trilogía del Señor de los Anillos. Fui sin haber visto la primera peli... y, bueno, la segunda tampoco es que la viera mucho, porque estaba todo oscuro permanentemente, había batallas en que no sabías de qué parte estaba cada uno ni de quién era cada parte del cuerpo que se veía en la pantalla. Un horror. No fue así la de James Bond. Poco a poco, pude ir enterándome más o menos de qué pasaba, dejarme llevar por el devenir de los acontecimientos, y hacerme una idea general de lo que pretendían los personajes principales.

En estos días he tenido ocasión de pensar en lo que vi, reflexionar, darle vueltas y elaborar una opinión sobre la cinta. Advierto, en todo caso, que se trata de un comentario sobre una película, de modo que si hay algún lector al que le gusta ir al cine desnudo completamente de prejuicios y condicionamientos, es mejor que no lo lea, si bien he procurado no dar muchas claves, para no estropearle la sorpresa a quien todavía no haya ido y quiera ir a verla (que no seré yo quien se lo impida, pero tampoco quien le anime). He aquí, pues, muy en síntesis, muy resumido, lo que, para mí, viene a ser la cuestión principal de la nueva de 007:

La chica es monilla.