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lunes, mayo 09, 2011

PRIMAVERA PRIMERA

He descubierto cosas esta primavera, me he pillado un par de trampas en mi vida, he dejado en evidencia a mi boicoteador y he vuelto al niño antes del niño.

Hemos tenido el regalo de un verano antes de tiempo. Insólito, inaudito, extemporáneo, ¡tan gozoso! Y el boicoteador, dándole la espalda al termómetro, se ha negado a quitarse el jersey ni aun con veintisiete grados, en el convencimiento, prudente, de que esto era irreal y pasaría. Pero lo he visto y le he hecho callar. Era bien fácil. Tan sólo echar un ojo a las predicciones y disfrutar del día con los dos.

La lluvia ha venido porque le correspondía, y saberlo con tiempo me ha ayudado a aceptarla. Los días han sido igualmente luminosos, cristalinos, brillantes. O es que los he visto por primera vez sin juicio en contra. Cuando renuncias a decir “qué asco de día”, no hay un día mejor que otro (aunque mi flaco cuerpo prefiera el sol y el calorcito).

He mirado asombrado el fenómeno de la semana santa: que caiga cuando caiga siempre llueve. La he vivido sin ansia ni dolor, sin hacer agenda para llenar el tiempo, sin viajes apurados para “aprovechar los días”, sin hacer mil cosas para poder contarlas, tan solo contemplando las horas como quien mira al mar. Cuando no tienes expectativas, nada puede defraudarte y la vida siempre te colma.

Y el sábado en el pueblo he captado una sensación completa, de olor, de luz, de tacto y temperatura, que venía de lejos, del final de la infancia. No era alegre ni triste, era objetiva, pura, sin condiciones. Y he pillado a mi intruso con las manos en la masa, buscando entre recuerdos un vago sentimiento de frustración, pesado, oscuro y decepcionante, con que lastrarla. Me he dado cuenta a tiempo y lo he parado, y con autoridad le he dado un golpe en la mano: eso no se hace.

Me ha gustado descubrirlo y también darme cuenta de que se ha vuelto torpe, que sus dedos de carterista ya no encuentran tan fácil las peores fotos, que quizá no son tantas, que incluso no hay ninguna, y he vivido engañado, autoconvencido de tener mil recuerdos tristones. Tampoco vayamos ahora a lanzar las campanas al vuelo, que si aquello ha triunfado será que tampoco existió lo contrario: esa arcadia feliz, el paraíso del que tanto nos hablan. No importa. Quizás me venga bien una niñez mediana para aprender mejor a huir de los extremos.

Busco un delicado equilibrio entre arriba y abajo. Pero el centro no está entre medias, sino más alto que arriba.

martes, noviembre 23, 2010

ESTOY QUE LO PIERDO

Que alguien me corrija si lo explico mal, pero un cuento indio dice más o menos que la vida es un palacio lleno de obras de arte y bellos objetos por el que uno tiene que atravesar portando una jarra de aceite sobre su cabeza. Si te distraes viendo las obras, corres el riesgo de que se caiga el jarrón y derrames su contenido. Si sólo estás pendiente de éste, puedes perderte la "colección permanente" de la vida y la exposición itinerante que te haya tocado en suerte. El secreto está en saber ver y disfrutar de la belleza sin dejar de atender el tesoro propio que te han encomendado. Y en eso estoy, en tratar de no perderme yo ni perderme nada... pero mucho me temo que algo se acabará cayendo por el camino.

PRIMER PARAGUAS, PRIMERA PÉRDIDA

De momento, he perdido el paraguas. Mi primer paraguas chispas. Pequeño, de bolsillo, negro, con funda negra. Lo describo para que si alguien encuentra uno de esas características tan especiales e inequívocas sepa que es el mío.

Ya sé que todo el mundo pierde el paraguas, pero eso no me sirve de consuelo: mi rigor es hacia mí; los demás, que se arreglen consigo mismos. Y lo que más me duele es que no consigo rastrear ni tan siquiera el momento es que usé mi paraguas por última vez. Puedo haberlo llevado, quizá, al futbito. Es la opción que barajo ahora mismo, aunque no sirve de mucho, no sabría a quién reclamarlo.

Tres euros creo que me costó este mismo año. Lo sé, es el paraguas más miserable del mundo, pero yo era paragüista en pruebas y no merecía la pena mayor inversión. Y, visto lo visto, hice bien en no ceder a mi tentación de comprarme ese de 20 euros en Muji, de encendido color naranja. Aunque quizá ese sí podrían reconocérmelo. Tal vez me suelte la cabeza y me anime.

¿Es metáfora de algo este descuido o sólo advertencia? ¿Descuido de qué, advertencia de quién? La persona del mundo en que más confío soy yo mismo... y empiezo a no poderme fiar.

Huy, qué final más inquietante.

viernes, octubre 01, 2010

KRIPTONITA

Esa música que no es música sino ruido atronador ataca al animal: agarrota los músculos y muele los huesos. En cuanto a lo que pueda haber de espíritu en uno, lo desmorona al primer instante, de un solo golpe en la base misma de la débil construcción. No es mucho mejor la melodía sensiblera y acuosa que ablanda el hueso y enñoñece el alma, pero en este caso se trataba de música seca y percutida en un local amplio empequeñecido por efecto de la poca luz y del mucho público. Ha sido entrar y constatarlo una vez más. Los minutos justos para despedirme como quien pierde un avión, y me he ido. No, mejor dicho: he huido. Es demasiado tarde, el daño está hecho; pero ha sido a tiempo, podía haber sido peor. Búscaré música clásica y tal vez dentro de un mes, siendo optimistas, reine otra vez la armonía.
Qué extraño magnetismo tienen algunas palabras (¿Escribí ya sobre ello o sólo pensé en hacerlo? No atribuyo esta duda a mi memoria, sino a la pereza literaria que me habita desde hace meses, sin apenas oposición por mi parte). La palabra "fiesta", por ejemplo, sigue despertando en mí una extraña y nerviosa expectación. ¿Expectación de qué? ¿Acaso no he comprobado que todos los tipos de fiesta posible que son sólo una ceremonia de venenosos excesos? Saturación de comida, azúcares, alcoholes y música tóxica de diversa índole. ¿Por qué la celebración de la vida se empeña en destruirla?

Si en lugar de un cumpleaños familiar es una cena de adultos, se añade la fantasía de un posible acercamiento a alguna bella joven. No niego que en ocasiones, y aun sin probar gota de alcohol, se produce en mí un cierto efecto de borrachera social y se me suelta la lengua, y entonces, si los astros me proporcionan encanto, quizá pueda acaparar por un tiempo la atención de mi círculo. Pero todo es vano e inconcreto.

¿Quizás aún permanezca un algo residual de antiguos boicoteos propios, un insano apego a la frustración...? No creo, uno ya ha conquistado el "Puedo". Puede haber tardado media vida (que en este momento aún es toda) en convencerse, pero un día se da cuenta: Puedo. Ese mismo día se pregunta: ¿Debo?

Entonces, en algún momento la música hace inaudible la conversación y me deja sin armas, el humo hace el aire irrespirable y tomo conciencia de que al día siguiente, justo al día siguiente, tengo que estar en perfecto estado de revista y conviene irse, que aquí no hay nada más que hacer, nada más que ver. Entre otras cosas, porque la luz se ha hecho escasa e intermitente. Así que me voy. Y terminó la fiesta y quedó en nada.

viernes, noviembre 20, 2009

LA PELUQUERÍA CHINA

Hace cosa de un año pensé que ya había encontrado, por fin, mi peluquería cuando descubrí “La Moderna”, con su aspecto clásico y elegante, su aire tradicional, sus asientos de cuero rojo y la seguridad que transmite su especialización en caballeros. Pero algo no me gustó en mi último corte, cuando el peluquero me atendió sin barrer antes del suelo la pelambre muerta del último cliente, o de clientela anterior, porque para mí que eso era mucho pelo para un solo hombre. Expongo estos antecedentes para que no piensen ustedes que soy un veleta picaflor de barberías que se corta el pelo con el primero que pasa. Yo quisiera ser fiel a una única peluquería buena, bonita y barata, pero no la encuentro.


Cuando héte aquí que, unas semanas atrás, me dan en mi barrio un papel anunciando la inauguración de una peluquería unisex. Eso no es en sí una ventaja. Las mujeres van más que los hombres a la peluquería y, si tenemos que compartir la atención, es frecuente que haya que esperar turno o, incluso, pedir hora, lo que va contra mis principios. Yo tardo en decidirme a cortarme el pelo, pero cuando me decido y encuentro el tiempo, tiene que ser en ese momento. Además, es sabido que en las peluquerías ambisexuadas, los hombres nos dejamos menos dinero que las mujeres y, por tanto, somos clientes de segunda. Sin embargo, dos detalles despertaron mi curiosidad. Uno, que tanto el repartidor como el nombre del local eran inequívocamente chinos, y dos, que los precios eran ostensiblemente baratos. En días posteriores tuve ocasión de localizar el negocio, constatar su buen aspecto, y tomar nota de que está atendido por mujeres. Esa experiencia no me la podía perder.

Podría haber esperado un poco más, pero ya se cumplían más de tres meses y mis puntas comenzaban a hacer volutitas sobre las orejas. La expectativa de una incierta entrevista de trabajo próximamente, y la posibilidad de que, de pronto, no vuelva a disponer tan alegremente de mis días, me terminó de empujar.

Premeditadamente no me lavé la cabeza, para acceder a la tarifa 2 de caballeros: lavar y cortar, 8 euros. Al entrar al local, en primer término, una china joven y atractiva le hacía las uñas a una clienta. A la derecha, otra, con el pelo teñido de tono rojizo con las piernas separadas y detrás de una mujer, parecía estar montada sobre su espalda tratando de domarla. No era así: estaba sentada en otro taburete. Aunque igualmente parecía que trataba de domarla. Una tercera chica, algo más mayor que estas dos, terminaba en ese momento con su clienta, y se dispuso a atenderme. Parecía haber entendido perfectamente que quería lavarme y cortarme el pelo, pero me invitaba a sentarme frente a una mesa sin lavabo que me desconcertaba. Obedecí y encontré que la orden era correcta: me puso el campú sin mojarme la cabeza, y luego, con un botecito de agua, me fue echando chorritos para hacer espuma. La temperatura del agua y el tacto de las manos eran igualmente fríos. La chica se entregaba a su trabajo con dedicación, pero en lugar del suave masajeo capilar que uno esperaba, me estaba dando unas friegas tan fuertes y enérgicas que casi parecería que quisiera sacarme la cabeza de los hombros. Yo suspiraba por que terminara el lavado, pero, al no ver una triste pila delante, no tenía ni idea de cómo pensaba aclararme o si, simplemente, pensaba retirarme la espuma con la toalla.

Mi peluquera por fin dejó de sacudirme el cráneo y empezó a secarse las manos en la toalla que tenía sobre los hombros. Quizá con demasiada fuerza, pues sus manos penetraban en mi espalda. Al tercer frotamiento, me di cuenta de que no era accidental. Seguía haciéndolo igual, y continuaba sus manipulaciones más abajo, haciéndome separarme de la silla para poderme masajear toda la espalda. Mis recelos me impedían relajarme. ¿A qué venía tanto sobo? ¿Acaso era un servicio extra con el que redondear al alza el precio del corte de pelo? ¿Pretendería ofrecerme, como hace poco leí en las noticias, un "final feliz"? Dudé incluso si enfadarme, pero, entre lo mal que me sale y que el brusco zarandeo no me resultaba del todo desagradable, me conformé con un gesto de sorpresa, encogiendo los hombros y volteando las manos hacia el cielo en búsqueda de explicación. La peluquera masajista, a por uvas, siguió a lo suyo, pasándose ya al plano personal en la conversación (como no podía ser de otra manera a estas alturas): "Mu delgado tú", "mucho hueso", dijo. Se rió, y pasó a darme golpes con los cantos de las manos en la zona dorsal de la espalda.

Ahora ya sé lo que siente un coche al pasar por un túnel de lavado, pero, como todo llega, también mi paliza terminó y me pasó a un lavabo que estaba tras una columna. Allí, en dos segundos, me vertió agua calentita del grifo sobre mi espumoso pelo. Por fin algo se aclaraba en mi cabeza. Pero, como parece que se había propuesto convertir un simple corte de pelo en una gymkana alegórica de la vida, no podía brindarme dos estímulos positivos seguidos. Tras el acalarado, vino el secado, con una toalla que olía no sé si a gambas o a esas empanadillas chinas que no me gustan ni en los restaurantes. ¿Dim sum se llaman?

Con la toalla me pasó, ya sí, a la silla de cortar, donde mi simpática amiga quiso emular el modo occidental de cortar el pelo: dando conversación. No soy yo muy partidario de ello, pero al menos no hablamos ni de política ni de fútbol. Mi maternal peluquera se interesó por si yo comía bien, pues le parecía que debía de comer poco, me preguntó si tenía hijos y, a renglón seguido de decirle que no, dedujo que estaba soltero (¿por qué no podría yo estar casado y no tener descendencia? Me intriga esta china), investigó si tenía novia y, al saber que ni siquiera, ya entró a saco a aconsejarme que me buscara una chica para que me diera bien de comer. Yo un poco protesté, diciéndole que yo mismo me cocinaba y que comía bien, pero no quise insistir demasiado. Tal vez quería presentarme a su sobrina Mari-Lí y no quería yo quitarle las intenciones. Vanas ilusiones las mías.

En unos momentos, todo pareció embarullarse. Una china hablaba por teléfono en su idioma, al poco entraba un chino macho en el local, y se ponía a hablar con mi peluquera. Terminaban y al rato la china pelirroja se acercaba a nosotros y se sentaba en la encimera a charlar con ella y echar unas risas animadamente. Juan Liverpool, Lover, Luismi de La Tira y todos los fans de Seinfeld me entenderán si les digo que me sentí como Elaine en el episodio de las manicuras coreanas. Afortunadamente, pude controlar mi susceptibilidad.

Entre tanto, mi china preferida me cortaba el pelo, sin prisa, pero sin pausa; sin pausa... pero sin ninguna prisa, y pasándome el peine por la cabeza como si quisiera ararla para plantar patatas. ¿Por qué en mi imaginación me había elaborado la absurda idea de que una peluquera china sería suave y delicada? Y lo peor es que no terminaba nunca. Llegó un momento en que me preguntó: ¿Así ya? A mí me parecía que no se me podía cortar más el pelo y le dije que sí, deseando irme, pero ella, perfeccionista hasta la exasperación, volvió a retocarme alrededor de las orejas y a cincelarme toda la cabeza con el peine. Paso por alto el detalle desagradable de que, de vez en cuando, me parecía percibir el olor de su aliento y me hacía añorar el de la toalla que olía a gambas. Y no dejaré de mencionar el alivio que sentí cuando, por el espejo, vi en el extremo opuesto de la peluquería, a la china pelirroja propinándole a una nueva clienta un masaje similar al que había recibido yo antes. Parecía, pues, que era una gentileza de la casa para todo el mundo.

Finalmente, todo terminó, y bajé de la silla como quien baja de la noria del parque de atracciones, aunque aún me esperaba cualquier cosa a la hora de pagar. Pero no, fueron los ocho euros que marcaba la tarifa. Ese fue, seguramente, el único punto en que se cumplieron mis expectativas. Pero no me arrepiento: en mi anodina vida, pude vivir en menos de una hora, toda una montaña rusa de emociones: de la sorpresa al desconcierto, pasando por la diversión, el agrado, el disgusto, el placer (poco) y el dolor (pequeño). Como Lope, diré “quien lo probó lo sabe” (y si no, ya se enterará). Aunque no sería del todo sincero si ignorara un cierto sentimiento de pérdida de inocencia que me invadió al salir. En mi corazón rondaba ya la idea vaga de que tampoco será ésta mi peluquería definitiva.

No obstante, no descarto volver.

jueves, octubre 22, 2009

POR HABLAR

Ayer estuve en acupuntura, y mientras dejaba que las agujas clavadas sobre puntos estratégicos hicieran su trabajo, el médico recibió una llamada de una persona que tenía gripe. El doctor le sacudió la paranoia de que fuera gripe A y le recomendó remedios sencillos que conozco pero que no divulgaré para que no demanden por instigar a la automedicación. Yo entonces pensé: “Cuánto tiempo hace que no me pongo malo”, como suelo pensar una o dos veces al año. Y también, como siempre, involuntariamente me arrogué cierto mérito por tener una buena constitución y por cuidarla adecuadamente. De forma instantánea y casi automática me sacudí esos sentimientos de vanidad y, en segundo término, quise minimizar la reflexión. Incluso no haberla hecho nunca. Pero fue inútil: el pensamiento ya estaba lanzado al universo. Y alguien debió de oírme. El dios de las bromas, mi tutor castigador del curso del 63 cósmico, o mi ángel de la guarda, atento a que no se me suban los humos, ¿quién sabe? El caso es que, como era de esperar, en la misma tarde noche de ayer empecé a notar el picor en la garganta tan característico de mis constipados. Y a estas horas se lo puedo confirmar con toda seguridad: estoy constipado. Y con ello, otra constatación: la bufanda de verano ya no es suficiente.
(Por cierto, para información sobre la gripe A recomiendo este link:
http://vimeo.com/6790193 )

PAGAR “DE OÍDO”

El jabón de lavavajillas es caro. Ahora lo venden en pastillas comprimidas o en pequeñas bolsas con la dosis justa de jabón líquido. En la última compra tuve que reponer, y, aunque ya me había decidido por una marca líder, cuando llego al pasillo me encuentro con que no sé si su liderazgo es de ventas, de investigación y desarrollo, de variedad de productos o de confusión al consumidor. Quiero decir que tenía, al menos, dos bolsas diferentes. En una, las dosis contienen sólo jabón verde; en la otra, añaden otro líquido azul engarzado con el verde en un dibujo en plan yin-yang. Dice que abrillanta. En mi casa nadie me he quejado nunca del brillo de la cristalería, así que me llevo la normal. ¿Pero qué tamaño? Me dejo guiar por mi instinto. Mi instinto de ahorrar, quiero decir. Hay una bolsa que dice que en caja me descuentan directamente dos euros y medio. ¡Pues ésa y no se hable más!

Compro más cosas. No muchas, pero sí las suficientes para olvidarme del precio del lavavajillas y de la estupenda oferta de la que me voy a beneficiar. Cuando voy a pagar, algo me suena raro. Me parece mucho dinero para las pocas cosas que llevo. Caigo en que el lavavajillas vale como ocho euros, con lo cual ya es fácil que llegue a la cantidad que me ha dicho la cajera. Pero en el mismo momento me doy cuenta de que, a esos ocho euros y pico hay que hacerle un descuento. ¿Me lo habrán hecho? No padre. Lo reclamo. La cajera confirma que es así, pero no se la ve muy suelta ejecutando el operativo de la oferta. Una compañera le explica que simplemente me dé el dinero (yo ya he pagado), y que pegue la pegatina en el ticket. Accedo a irme sin mi comprobante de compra. No creo que le fuera a sacar más partido.

Minutos después, en la frutería compro cuatro cosas con intención de bajar en un par de días con una lista más amplia. A la hora de pagar, el precio vuelve a sonarme alto. Es aproximadamente la misma cantidad que suelo gastar, pero me he llevado menos cosas. El ticket no menciona el género; sólo el peso, el precio del kilo, y el resultante. No consigo asignar a qué corresponde cada cosa, y el frutero vuelve a pesarlo todo. En efecto, me estaba cobrando dos euros y pico de más.
Vaya tarde. Si compro en un par de tiendas más, me forro. Ahora, como no empiece a trabajar pronto me voy a convertir en contable.

viernes, octubre 16, 2009

VÉRTIGO

A las preguntas "¿En qué trabajas?", "¿A qué te dedicas?" e incluso la extensa e indeterminada "¿Qué eres?", uno acostumbra a saber qué contestar. Parecen las tres una misma cosa, y sin embargo puede uno dedicar su vida a algo completamente diferente de su trabajo - la familia, la justicia social, la poesía... - y, por supuesto, ser mucho más que un mero profesional de alguna cosa.

Bien está la reflexión, pero lo cierto es que uno ha entrado siempre a ese trapo y no voy ahora a hacerme el exquisito. O quizá sí, porque, estando como estoy en un periodo de inactividad profesional, la respuesta a esas preguntas empieza a no ser tan clara ni tan rápida.

Aún no ha llegado el momento de cambiarla, pero ya me entran dudas con el tiempo verbal. El presente habitual, "soy", implica una absoluta confianza en volver a trabajar de lo mismo en un plazo razonable, estableciendo así (como hasta ahora ha pasado) una continuidad atravesada por varias interrupciones, unas más cortas y otras más largas. Pero ¿y si no volviera a llamarme nadie, si no volviera a trabajar en "lo mío"? ¿Seguiría "lo mío" siendo "lo mío" sin mí?

Evidentemente, mis contactos, conocimientos y experiencia, mi curriculum en definitiva, van a posibilitar más fácilmente un nuevo trabajo donde me era habitual. Ahora, por ejemplo, tengo pendiente una entrevista, y un ex-jefe y sin embargo amigo me ha encargado que escriba unas cosas para un proyecto que quiere presentar.
Otra cosa es que no surja nada de todo esto, el tiempo siga pasando, y uno empiece a perder la costumbre y la mano, y se le olvide lo que siempre le había sido fácil. Ahora, por ejemplo, no consigo ponerme a escribir lo que debo. ¿Y si llega el plazo y no tengo nada y le dejo colgado?
También pudiera ser que quien pierda la costumbre sea el medio, y aprenda ya a funcionar sin ese tornillito que soy yo. Hay que asomarse a todas las posibilidades. Aunque algunas dan un poquito de vértigo.
Por eso, no siendo adivino y sin poder anticipar lo que me deparará el futuro, si me preguntan a qué me dedico, encuentro más adecuado usar un pretérito perfecto: "Hasta ahora he trabajado como...", que no implica que no pueda volver a ganarme la vida como siempre, pero que tampoco lo da por hecho. La fórmula creo que es idónea incluso para cuando uno está trabajando. Es como ponerse una traba para, aunque sea testimonialmente y por sólo un instante, poner en cuestión nuestras certezas; en especial la de la propia identidad: ¿Quién soy yo? No vale decir "carpintero" o "taxista" o "escritor". Uno para, duda, y dice: "Trabajar, trabajo de camarero, pero ser... no tengo ni idea de quién soy".

Por lo que a mí respecta, ya me he hecho algún cursito que otro a lo largo de los años por si tuviera que hacer un repentino cambio de carril (que no de acera), pero la verdad es que no tengo demasiada confianza en poderme desenvolver bien en esas otras labores ni mucho menos que me pudiera ganar la vida ni la mitad de bien que hasta ahora. De momento, estoy aprendiendo otras destrezas, como apuntarme al paro en un solo día y sin madrugar. ¡Ojo!, que hay pasar por cuatro sitios (¿tiene sentido que haya que esperar una cola para que te den un impreso?). Tuve suerte, ayer inauguraban en mi oficina un turno de tarde extraordinario, martes y jueves de cuatro y media a seis y media.

miércoles, marzo 04, 2009

LA COMUNIDAD

Las comunidades de vecinos y sus reuniones y juntas son un socorrido tópico para la comedia negra. La realidad habitualmente confirma y hasta supera toda ficción, desbordando iniquidades, rencillas y malos rollos. Por ello, me es obligado dar gracias por tener la comunidad que tengo, todo lo contrario del sombrío paradigma que está en el imaginario colectivo. Y no es que mi ingenuidad me nuble la vista, puesto que pude reconocer perfectamente a un vecino indeseable en otra comunidad a la que pertenecí en una época ya pasada. Aunque quizá también deba agradecerle a él su antipatía, ladridos y malos modos, que fueron un factor que tuve en cuenta para buscar mejor acomodo.


Mi comunidad actual es, y toco madera, una balsa de aceite. A las juntas faltan la mitad de los vecinos, pero el resto siempre estamos y solemos estar de acuerdo. El martes tuvimos un escuetísimo orden del día: aprobar cuentas, aprobar presupuestos, cambio de contadores de agua, cuestiones sobre las bombillas de la comunidad y renovación de junta de gobierno. No hubo discusiones, sólo información, algún intercambio de impresiones, y listo. Incluso el siempre problemático punto de la presidencia de la comunidad se resolvió bien. Un vecino eligió voluntario a otro y se erigió él mismo como vicepresidente. Hay que decir que, esté quien esté, ellos siempre echan una mano. Desempeñaron el cargo hace años durante varios cursos seguidos, pero se borraron por un incidente con una vecina que demandó a la comunidad por un malentendido con los anteriores administradores. Cambiamos de administradores, la vecina fue presidenta, y ellos la ayudaron como a todos. Todo ha vuelto a la normalidad.

La junta duró una hora. Fue en un salón parroquial lejos de la casa y volvimos todos juntos, dando un paseo y charlando amigablemente.

Reconozco que hubiera sido más gracioso describir enfrentamientos, insultos, los argumentos absurdos y enquistados de unos vecinos contra otros, pero no fue así, y lo prefiero. Y lo agradezco. Estas cosas también hay que decirlas, no todo va a ser la crisis.

domingo, febrero 15, 2009

EXCESOS INOCENTES

Si la moderación es constante, rigurosa e inflexible, ¿no es excesiva? Y si es exceso la moderación, ¿no sería entonces moderación el exceso que la interrumpe? O tal vez sólo estoy tratando de justificar mi exceso del viernes, que lo fue consciente, aceptado y querido. No me emborraché, no trasnoché ni me drogué ni me di a vicios. Jugué al fútbol.
- ¿Y eso es exceso?
- Dos partidos.
- Ah.
Y cuando digo fútbol digo fútbol sala, y cuando digo jugué digo de portero, que es de lo que juego. Los excesos se pagan, claro, y así me he pasado el sábado, molido de cuerpo entero, y sin embargo sin sufrir, pues disfruté tanto los partidos que el propio cansancio me resultó, de una extraña y masoquista forma, placentero.
El caso es que estoy en racha y quería aprovecharla. Ya el viernes anterior hice un buen partido y el primero de esta tarde también lo fue. Ningún anal de la historia del deporte escolar habrá de recogerlos, pero en mi historia reciente sentí una recuperación de sensaciones perdidas, pero más conscientes. ¿Que cómo paré? Ni yo mismo lo sé, pues las intervenciones no son premeditadas ni diseñadas, pero sé que me sentí habitando el cuerpo y dominando mi espacio, lo que agradeció la portería. Mi voluntad guió mis reflejos en los disparos a puerta, me animó a salir seguro en los balones altos de los córneres que suelo esperar atrincherado en la línea, y me hizo preciso y oportuno en las salidas a los contraataques, para desesperación de los contrarios, que una y otra vez se estrellaban contra mí en sus intentos de hacer gol. Alguno marcaron, por supuesto, pero eso no enturbia en absoluto la seguridad propia de haber hecho las cosas bien.
Por eso, al acabar, y al ver que los equipos que iban a sucedernos en el campo, cortos de efectivos y sin portero, lanzaban al aire una petición de socorro en forma de invitación a jugar en sus filas, mi satisfacción se sintió insatisfecha y se tentó. Fue una tentación que no podría comparar con nada, pues ni siquiera soy goloso que después de un pastelito quiera otro: con un poco de chocolate, ya estoy harto. La temperatura, aun de invierno, era agradable, y yo me hice pequeño y me repetí a mí mismo en esas tardes de verano de mi infancia en las que todo mi mundo era un balón y jugar al fútbol hasta que se hiciera de noche, y las chicas mayores de la pandilla de mi hermano me llamaban "pagtito", porque siempre andaba buscando gente con quien jugar, con el único gesto de enseñar un balón y preguntar "¿partido?" con una erre mal pronunciada.
Sabía que no debía, que no estoy acostumbrado a tanto exceso físico, que me iba a cansar demasiado, pero... ¡cómo me apetecía! Y como, al fin y al cabo, no tenía compromiso alguno con el absurdo día de san Valentín, al día siguiente, dije "Me quedo".
También hice buen partido este segundo, si se lo preguntan, pero ayer, no podía doblar la espalda más de treinta grados ni avanzar las piernas mucho más, de modo que hice mis recados despacito, que tampoco es mala cosa.
Está bien, vale, no me miren con esa cara. No lo volveré a hacer.

lunes, enero 12, 2009

TO BE FREE OR NOT TO BE FREE... GRAT IS THE QUESTION

Una conocida compañía de telecomunicaciones me envía el siguiente mensaje de texto a mi móvil:

"Fulanistar publi premiamos tus 8 años de fidelidad, habla en 2009 con Fulanistar 1000 min.gratis/ultima semana/mes hsta agosto.Alta hsta17/01(3e+IVA)info 4545(0,23e)".

Para ser una compañía de comunicación, se comunican bastante mal. Errores de puntuación, acentuación, elisión aleatoria de vocales (no se trata del lenguaje SMS de un adolescente, más bien parece una redacción desidiosa) y, por supuesto, un mensaje poco claro. ¿Te regalan 1000 minutos al mes, todos los meses hasta agosto o 1000 minutos en total? ¿Los tienes que consumir en las últimas semanas de cada mes o es que la promoción empieza a final de enero y de forma continua hasta agosto? ¿Y por qué ponen una barra entre "última (mejor con acento) semana" y "mes", dejando las palabras "mes hasta agosto" como si constituyeran una misma frase. Y luego, por supuesto, la traca final: ¡te cobran el "regalo"!

Verdad es que mis ocho años de permanencia no responden a la fidelidad, sino más bien a la desconfianza de que ninguna otra compañía te vaya a timar menos. He pensado a veces en Simyo por el precio, y no lo descarto, aunque recelo de su cobertura y servicio. Fulanistar, aunque apela a mi fidelidad, sabe que no lo es tal. Pero eso no le autoriza para vacilarme. Si para disponer de 1000 minutos gratis tengo que pagar tres euros más IVA (¿una sola vez o todos los meses?), hay algo que está muy claro: ¡Esos minutos no son gratis!

Gratis es lo que se da "de balde", "por gracia", a cambio de nada. 1000 minutos a cambio de tres euros más IVA (o, probablemente, 21 euros más IVA, si te lo cobran cada mes desde febrero hasta agosto) puede ser barato, no lo sé, ¡pero no es gratis! Ni es gratis, por supuesto, pagar 0'23 euros por simplemente llamar al 4545 para solicitar información sobre este "premio", algo totalmente imprescindible después de recibir el mensaje críptico que te han mandado.

En fin, que nadie da duros a peseta ni euros a céntimos, y si el tiempo es oro, evidentemente nadie te va a regalar los minutos.

jueves, enero 08, 2009

AGENDA DEL CREADOR

No uso agenda. Lo que tengo que hacer lo llevo en la cabeza. Tampoco estoy metido en demasiados fregados. ¿Qué apunto? Hoy, lunes: a las diez, entrar a trabajar; a las seis y media, salir de trabajar. ¿A ver qué tengo que hacer el martes? ¡Huy, lo mismo! Espero acordarme.

Pero cada año la Sociedad General de Autores y Editores me envía su Agenda del Creador (¿Tú no eras de Derechos de Autor de Medios Audiovisuales? En lo audivisual sí, pero tengo obra dramática declarada en la otra gestora, monopolista en este asunto, que por supuesto no me ha reportado ningún beneficio). Hace pocos días tiré la correspondiente al año 08. Su esmerado diseño y calidad de materiales merecían mejor destino y por eso la conservé, pero, transcurrido el curso, no tenía sentido, así que la he desarmado para poder reciclar el papel por un lado, tirar la espiral del lomo por otro, y quedarme con los separadores transparentes de plástico duro por si me sirven para algo. Lo irónico es que he tardado un año en decidirme a deshacerme de ella, y en cuanto lo he ello, ¡zas!, recibo el ejemplar de 2009.

Pero a lo que iba es al chiste que inevitablemente me sugiere cada año el petulante nombre de "Agenda del Creador". No puedo evitar imaginarme a Dios apuntando sus "cosas que deben ser hechas" (del latín "agenda"): Lunes.- Hacer la luz; distinguir día y noche; Martes.- Hacer el firmamento; Miércoles.- Crear la tierra y el mar, y en la tierra, la vegetación; Jueves.- Hacer el sol y la luna para señalar el día y la noche; Viernes.- Crear animales en la tierra y en el mar; Sábado.- Crear al ser humano; Domingo.- Llamar a Zeus para ir al cine.

Y a continuación, pensar en el tópico: ¿Qué hubiera pasado si Dios hubiera sido español? Que la creación habría tardado mínimo dos años. Uff, ¿ahora me voy a poner a crear la luz? Con la de cable que hace falta para eso. Y los animales los haré, pero sin prisas, que las cosas bien hechas bien parecen. ¿Mira que si además es valenciano y los perros los hace con el hocico a un lado, como el Cobi de Mariscal?

Y yo me pregunto: ¿la dialéctica entre el creacionismo y el evolucionismo se puede aplicar también al campo de la imaginación y la invención y redacción de textos? Porque a mí llamarme "creador" me queda alto, pero reconocerme "evolucionista" parecería una confesión de plagio, y tampoco es eso, que a uno sus ideas le cuestan un esfuerzo y unas neuronas.

¡Con lo discreto que sería el título "Agenda del autor"!

jueves, diciembre 04, 2008

DIARIO DE UN FRIOLERO

Petite Siberia, día 49 del otoño de 2008

Petite Siberia es un lugar donde no hace mucho frío, pero nunca hace calor; donde no hace mucho frío, pero nunca estás bien templado; donde nunca hace mucho frío... pero un poquito sí. Yo trabajo en Petite Siberia.

El otro día me cambié de sitio a un puesto más protegido que estaba desocupado, pero la profundidad de visión era mucho menor, y la sensación de una paradójica corriente quieta de aire frío por debajo de la mesa era la misma, así que he vuelto a mi mesa habitual. Estoy a un lado del pasillo. Por delante de mí tengo toda la sala, el distribuidor y más allá se ve el otro ala. Detrás de mí, sólo otra fila de mesas, y las ventanas, pero allí no termina el pasillo, sino que dobla en ángulo recto en dirección contraria a las mesas y lleva a una salida de emergencia.

Y me pregunto ¿es fumar una emergencia? Porque es aquí adonde salen todos los fumadores de la sala a fumar. No tengo nada en contra, es la salida que tienen más a mano, si bien el lugar presenta algunos inconvenientes para esta actividad que se deberían tener en cuenta: Uno, que la puerta no se puede abrir desde fuera, de modo que, mientras fuman, deben mantener abierta la puerta para poder entrar, con la consiguiente entrada de frío y salida de calor. Dos, que la puerta cierra mal, con la consiguiente entrada de frío y salida de calor.

En los días de viento, se escucha batir a un lado y a otro a esa puerta desencajada en su quicio. Por eso, cuando noto en mis piernas el lento discurrir del frío, me levanto y compruebo si la puerta está bien cerrada. Huele mucho a tabaco la zona, lo que me indica que muchas veces no "se sale" a fumar, sino que se fuma desde dentro. Noventa y nueve de cada cien veces tocas la puerta con el dedo meñique de la mano izquierda y la puerta se desplaza, así que la tengo que cerrar yo, que, según parece, y a pesar de haber sido tradicionalmente una persona poco dotada para habilidades manuales, me he convertido en el único de toda el ala que sabe cerrarla.

Pero el afán didáctico mueve mi vida y he pegado, a ambos lados del cristal, unas sencillas y claras instrucciones, que ahora comparto con el mundo.


Compañeros, el trabajo, como la vida, es un constante juego de superación. Las condiciones actuales nos obligan a un permanente ejercicio de adaptación a los nuevos tiempos. Con creatividad, atención y esfuerzo común podremos superar todos los retos que se nos presenten. Incluso, aunque parezca mentira, el de dejar cerrada esta puerta de emergencia cada vez que volvamos de fumar. Para ello, el departamento de “Esapuertaquehaycorriente”, ha elaborado las siguientes

INSTRUCCIONES PARA CERRAR LA PUERTA:

1. ASIR LA BARRA TRANSVERSAL DE LA PARTE INTERIOR DE LA PUERTA.

2. HACER UN MOVIMIENTO SECO Y ENÉRGICO DE TRACCIÓN (NO DE ARRASTRE), HASTA ESCUCHAR UN CONTUNDENTE “¡BLAM!”.

3. COMPROBAR DE UN VISTAZO EN EL QUICIO DE LA PUERTA QUE NO HAY HOLGURA. SI LA HAY, VOLVER A ABRIR Y REPETIR LOS PASOS 1 Y 2.

4. SI NO HAY HOLGURA APARENTE, CONFIRMAR QUE LA PUERTA ESTÁ FIRME EN SU POSICIÓN DE “CERRADA”, EMPUJANDO SOBRE EL CRISTAL HACIA AFUERA. SI LA PUERTA SE MUEVE, SIGNIFICA QUE NO ESTABA REALMENTE BIEN CERRADA. SE IMPONE, ENTONCES, VOLVER A ABRIR Y REPETIR LOS PASOS 1,2 Y3.

5. SI LA PUERTA NO SE HA MOVIDO DE SU POSICIÓN, SIGNIFICA QUE LA HAS CERRADO BIEN, ¡ENHORABUENA!

lunes, septiembre 29, 2008

FE DE VIDA. FE EN LA VIDA

FE DE VIDA
Sigo vivo.

FE EN LA VIDA
El otro día fui a visitar a una amiga convaleciente de una delicada operación, y la vida me regaló una bonita estampa que me conmovió. Al entrar en la habitación encontré a una mujer dando de comer a otra, mi amiga, con una sonrisa en la boca, con paciencia y con amor. No era su madre, que haría todo esto por ley de vida, ni una enfermera, que lo haría por imperativo profesional, o una voluntaria, que lo hiciera por vocación. Era su suegra, deshaciendo sin esfuerzo el chiste tópico de las malas relaciones entre suegras y nueras.

En "La palabra", de Dreyer, una nuera atendía y cuidaba a su suegro con un cariño propio de hija. En otro, pero parecido orden de cosas, se encuentra un amigo mío que le regala a los padres de su exnovia las cestas de Navidad, porque a él no le gusta el turrón. Vale que está loco, pero me mola ese buen rollo que mantiene con sus ex suegros, que además de suegros son ex.

La pareja de una persona la elige ella misma, no sus padres (por lo menos habitualmente en el mundo occidental), de modo que los suegros, nueras y yernos que pueda tener una persona en su vida vienen impuestos por la vida. Son los que te tocan, no los que eliges. Por eso encuentro en estas relaciones una cualidad especial que valoro mucho: la aceptación. La vida me da una suegra y la acepto. ¡Ojo!, cuando digo aceptación no digo resignación. La resignación es un disgusto callado y sordo que arrastra las circunstancias de la vida sin atreverse a rebelarse. La aceptación es el gusto de cumplir con amor y alegría las responsabilidades que a uno le tocan en cada momento. Y mirando la cara sonriente de la mujer que atendía el otro día a mi amiga se sabía que ella aceptaba su labor. Al igual que mi amiga aceptaba su enfermedad con entereza y los cuidados de su suegra con alegría.

Mi amiga es un encanto y muy buena gente, y se merece a unos suegros que también lo sean. Sus suegros me parecieron muy buenas personas y muy agradables, y seguro que también merecen una nuera como mi amiga. Eso facilita las cosas, pero no le resta ni un poquito de belleza a la escena que contemplé el otro día.

(Si me he puesto muy moñas, decídmelo)

lunes, agosto 25, 2008

MÍSTER LEXATÍN

La actualidad (la mía) me obliga a recuperar una de las canciones más celebradas de "No soy feliz. En absoluto" (2002), para rendirle merecido homenaje a un benefactor.

Yo tuve una amiga que se llamaba paz;
yo siempre estaba en paz y ella en mi interior,
y yo le daba guerra y luego la dejé...
Su prima Valeriana la sustituyó.

Ella me consolaba, volví a dormir bien,
pero al fin fui tan malo que no pudo más;
no fue cosa de ella, que fue de los dos,
pero me quedé solo con mi soledad.

Y entonces lo descubrí,
yo nunca fui más feliz...

Ven a mí,
Míster Lexatín,
Orfidal,
que me siento mal.

Tú me quitas la angustia existencia
y contigo puedo dormir del tirón,
de noche y cuando tengo que trabajar
me relajas, relajas un montón.

Ven a mí,
Míster Lexatín,
muac, muac, muac,
te quiero Prozac.

Si me ataca algún infarto neuronal,
tú me agarras y me llamas tontorrón,
me susurras y de un golpe magistral
quedo groggy y tú ganas por KO.

Ven a mí,
míster Lexatín,
gracias a ti,
vuelvo a sonreír.

A tu lado ya no temo la ansiedad,
me proteges de ese estado de terror,
me convences de que deje de pensar,
y atontado ya me duermo en el sillón...

Si estoy como un cromo
aplastado en mi álbum,
me acuerdo y me tomo
un potente valium.

Son "rerum novarum"
que al urbi y al orbe
dan, como el tranxilium,
una paz enorme.

Ven a mí,
Míster Lexatín.
Orfidal,
que me siento mal,
muac, muac, muac,
te quiero Prozac,
tran, tran, tran-
xilium, valium vaaaa...

Ven a mí,
Míster Lexatín,
chiquitín,
¿quién te quiere a ti?

(Omitimos el archivo sonoro para conservar el anonimato de audio del autor, que siempre da más misterio)

viernes, julio 04, 2008

NO QUIERA EL OLMO DAR PERAS

Quiere el pájaro ser árbol,
fuerte, duro, resistente,
pertenecer a la tierra,
echar raíces.
Y a veces, mientras vuela,
siente envidia.
El árbol no le envidia,
porque no le ve volar.

viernes, mayo 23, 2008

TIEMPO AGITADO

1
Llamada de una antigua compañera, más de un año que no hablábamos, dos que no nos veíamos, para pedir un teléfono, nos emplazamos a comer un día.

La semana pasada contacto con mis dos primos para felicitarles el cumpleaños (40, ellos me siguen), con dos días de diferencia, y un poco después, mi tía.

¡Voy a un concierto de pop-rock! ¡Yo!

Me encuentro con un excompañero con el messenger abierto, y hablamos después de tiempo (bueno, la verdad es que no hay semana que no nos dejemos recados en nuestros respectivos blogs, pero esto es otra cosa). A resultas de eso, mañana, reunión-cine de excompañeros.

Otro antiguo amigo que me localiza en el blog y contacta conmigo, ayer hablamos. Nos veremos también.

Me presentan a una amiga por SMS-email-blog. Un saludo.

Me pongo en contacto con otro excompañero para un asunto de ruedas. Conoceré a su nueva hija pronto.

Y mi amiga la canaria que viene a Madrid para una boda. Quedaremos un día.

Y mis amigos de siempre que no veo nunca. Nos vamos a ver.

Y lo que no cuento (aunque tampoco me he dejado mucho, la verdad).

¡El ermitaño sale de la cueva!

Y sin embargo, estoy constipado, tal vez no pueda hacer lo importante.

2
Dos reuniones en dos salas distintas. La buena y la mala (Sostiene Moreno que son la mala y la peor). El suelo se mueve bajo mis pies en el trabajo. Un terremoto de nivel 8 en la escala Hache. Tal vez mi destierro termine antes de tiempo. No digo más.

El ermitaño vuelve a la cueva.

3 ANÉCDOTA
Instrucciones para su lectura: no leer los textos entre paréntesis, entorpecen las frases.
- Compro (en el herbolario, dato innecesario). Cuenta: 6'90. Pago con dos billetes de 5. Me dice la dependienta: ¿Tiene los 90 (0'90, para los matemáticos)? Los busco y no los tengo, sólo llego a 75 (0'75, claro). Espero que tal vez los acepte, al fin y al cabo un descuento de 15 céntimos en una cuenta de 6'90 euros para un cliente habitual es insignificante. Ni se lo plantea (tacaña de mierda). Me da el cambio de 10 (€): tres con diez (3'10 €). Reflexiono después.

"¿Tiene los noventa?" ¿Cómo que si tengo los noventa? ¿No será más fácil que tú tengas una única moneda de 10 céntimos, tonta de los cojones?

(Ya dije que leer los textos entre paréntesis entorpecía las frases).

domingo, mayo 18, 2008

LAS RENTAS DE LA RENTA

Hace unos días rellené el borrador de la declaración de la renta, y ayer lo pasé a limpio, minuciosamente, volviendo a calcular a mano y con calculadora cada una de las casillas. Descubrí, y subsané, un error. Tendré que pagar un poquito más, qué se le va a hacer.

Me da cierta aprensión este proceso, como si el más mínimo error pudiera disparar todas las alarmas en la Agencia Tributaria, y se pusiera de inmediato un procedimiento inquisitorial para desposeerte de todo. Pero entiendo que uno debe ocuparse de sus cosas. Hace un par de años o tres, en que me salía a devolver, no me lo pagaron y me mandaron una declaración que corregía - a su favor - la mía. Comprobé que todo era correcto, la acepté, y todo se resolvió sin derramamiento de dinero.

Me asustó un poco pensar en cómo la había podido hacer tan mal y pensé en encargársela a un profesional, pero finalmente me decidí a volver a hacerla, con más cuidado si cabe. No me resigno a pensar que no puedo rellenar una declaración de la renta que son sólo sumas, restas y reglas de tres. No puede ser tan difícil. Y en todo caso, si no les gusta la mía, que me manden la suya, como esa vez.


Y, como de todo hay que sacar partido, la declaración del 2007 ha dejado para mí dos reflexiones que paso a compartir.

CONTABLE A OJO

Qué sorpresa la mía al comprobar que, al final, la cuota resultante es la que yo mismo, en mis pensamientos, había calculado sólo recordando más o menos las cantidades ingresadas y las retenidas, y comparándolas con las del ejercicio anterior.

También he acertado el tipo resultante, con una diferencia de unas décimas. Y, antes que eso, previendo los ingresos totales, ya me había anticipado durante el año a pedir en el trabajo que me rectificaran la retención.

¿Debo preocuparme porque haya un pequeño contable dentro de mí? Espero que no. También me ha sido útil para tomar decisiones, y, junto con ciertas dotes adivinatorias, cuantificar y asumir el coste de un destierro.

Matizo: la cuota resultante de mi declaración no es exactamente la misma cantidad que yo había calculado a ojo. Hay un error de un 5%. A mi favor, además. Tengo que pagar un poco menos de lo que esperaba. Soy un 5% más feliz.

EL PRECIO DE LAS COSAS

Al calcular lo que hay que pagar, hay un momento de terror, cuando ves una cantidad exagerada y, de pronto, no recuerdas que ya has pagado mucho dinero con las retenciones que te han hecho en el trabajo (dinero que no ves, bolsillo que no se resiente) y que aún te tienes que desgravar la hipoteca. Aun en esos momentos he procurado mantener una actitud abierta y agradecida.

Doy gracias porque, con mi proverbial prudencia, consigo no vivir al día, y hoy podría incluso afrontar esa cantidad. Doy gracias porque los impuestos, grandes o pequeños, justos o injustos, son siempre un porcentaje de lo ganado; es decir, que si debes pagar tanto es porque has ganado eso y más. Y cuando finalmente he comprobado que mi cuenta pendiente con Hacienda estaba casi saldada... he dado muchas más gracias.

Dice el Maestro que todo tiene un precio. Y podemos darnos con un canto en los dientes por que el ganar dinero se pueda pagar con parte de ese dinero. De modo que, si este año la declaración me ha salido positiva... eso es positivo, ¿no?

sábado, mayo 03, 2008

GANAS DE NÍSPERO

Mi fruta preferida, si se puede tener una fruta preferida, si se puede tener siquiera algo preferido, es el níspero.

Por su alegre color naranja, su particular sabor, entre ácido y dulce, sin empalagar ni rechinar los dientes, lo fácil que es de pelar, la poca piel y mucha carne que tiene, porque sus huesos están aislados y no entorpecen al comer, aparte de ser lo suficientemente grandes y duros para distinguirlos. Son suaves también, además, los huesos, como el propio níspero.

Por su época. El níspero es primavera, pero sabe a verano, a buen tiempo, al igual que estos primeros calores traicioneros que pronto se irán también te dicen que ya debe de haber nísperos en la frutería.

Por su escasez. Ay, duran tan poco... Apenas dos meses. Tienen un algo de especie en vías de extinción que hay que proteger. Paradójicamente, comiéndonoslos.

Porque es la única fruta que he comido del árbol. Una casa que habité en Málaga en una ocasión tenía un níspero (y un jardín, claro, el níspero no iba a estar en el cuarto de baño), eso puede haberme despertado simpatías por ambos nísperos, árbol y fruto.

Es tan preferida para mí esta fruta que ni siquiera sé sus propiedades. La naranja y el kiwi ya sabe uno que tienen vitamina C, el plátano potasio, y que da energía, la papaya que es el mejor complejo de oligoelementos (o algo así), seguido de cerca por la piña y el melón... ¿Pero el níspero? Dime, oh, Google, para qué vale un níspero.

Por eso, desde que han aparecido hace un par de semanas, quizá tres, cada vez que voy a la frutería compro nísperos y me aseguro de tener siempre en casa. En casa, sí, ahí los tengo, pero ¿cuándo me los como? Porque la fruta que troceo en mi muesli del desayuno es ya, desde hace tiempo, por merecimiento propio, la papaya (en verano, por una política de rotaciones, la cambio por el melocotón, pero eso es otra historia), y luego me voy y no estoy en casa en todo el día. Y el níspero, pese a sus múltiples cualidades, no es una fruta de sacar mucho a la calle. Al trabajo me llevo dos piezas: un plátano para media mañana, que además de servirme de gran aporte calórico , ¡no pringa! Y por la tarde, una manzana, siempre de mayor tamaño que el mayor de los nísperos de que pueda disponer. Sí, podría cambiar la manzana por dos o tres nísperos, pero ¿y lo que me pringaría? Reconozcámoslo: un trabajo no es una cocina, y hay que ser discretos, limpios y cuidadosos con las cosas que comamos en él. También, claro, hay una parte de rutina. ¿Es buena en este caso la rutina o debería romper con todo y liarme la manta a la cabeza? Me llevo nísperos al trabajo, ¡y a la mierda el mundo! No sé...

El caso es que aquí me he encontrado esta mañana, en la frutería (bendito sábado laborable en que poderme abastecer) frente a los carísimos nísperos (que esa es otra), dudando cual Hamlet si comprar o no comprar.

¿Compré o no compré?

Les dejo con la duda y con este dicho popular:

Quien nísperos come y bebe cerveza,
y espárragos chupa y besa a una vieja
ni come, ni bebe, ni chupa ni besa.

Pero si los nísperos son dulces, fresca la cerveza,
tiernos los espárragos y madre la vieja,
Come, bebe, chupa y besa.

(La segunda parte en entredicho; sabía que existía, pero mi padre no la recordaba bien, la he buscado en Google y he encontrado una discusión entre dos versiones; como la otra reivindicaba el inchupable espárrago triguero, me he fiado más de ésta. Curiosamente, me he encontrado a mí mismo en la página de comentarios, porque ya entré hace tiempo y, como no copié o no he encontrado los versos, he vuelto a hacer una búsqueda y de entre todos los sitios a los que podía haber acudido, ¡he ido al mismo! Misterios del universo. Gracias, en todo caso a anónimo y a jaio, en jaio-la-espia.blogalia.com).

Aquí, los nísperos restantes de la semana pasada que me voy a comer en cuanto termine el post:



jueves, abril 17, 2008

CONFESIONES: MI VIDA AMOROSA

Me preguntan un día por mi vida amorosa y ahora que reflexiono yo la descubro intensa.

Me levanto a diario con amor. Con un poco de sueño también, claro, que con amor sacudo. Con amor me preparo un desayuno que ha de darme energía para el cuerpo, me ducho y visto luego, y hago con entrega mi tarea. Bajo a la calle, y me admira tener a mi disposición un coche, doy gracias mentalmente a mi benefactor, que lo puso en mi mano, y al orden universal que reservó mi hueco en la noche anterior, aunque tuviera que dejarlo en un paso de cebra de momento, para bajar después a cambiarlo de sitio.

Cuando llego al trabajo, aparco con amor, que amor es escoger, entre dos sitios, aquel que es más pequeño, dejando libre el otro a un coche más largo que pueda llegar luego. Camino entre adosados, escucho pajarillos y con amor recibo al sol que me deslumbra y la lluvia molesta y necesaria, cuando viene. Al entrar saludo al de seguridad, con... digamos simpatía, no se me entienda mal.

Con amor y cuidado me reviso la prensa, buscando las noticias más graciosas. Trabajo con amor, y con humor también, lo pide el puesto. Con amor intercambio palabras a millones y opiniones opuestas con mi buen compañero que me gana la mano por el nombre, pues se llama Amador, y dejo que al final sea él - así lo quiere- quien en nombre de ambos encaje las enmiendas y críticas feroces que el jefe nos dedica, quizá sin mucho amor. Y yo le escucho atento, pero sin comprensión (porque a veces no hay alma que le entienda), igual que lo haré cuando lleguen elogios (pues no sólo de amor, que también de ilusión vive el guionista).

Si se nos hace tarde, acepto estar pringando hasta las tantas, y tomo la penumbra y el aire viciado de esta redacción limpia como no ha habido otra cual si fuera mi casa (cada sitio en que estoy es cada vez mi casa). Agradezco incluso el no salir muy pronto y librarme por tanto de atascos infernales. Así puedo, además, llevar a compañeros y aligerarles un poco la carga de la vuelta. Yo agradezco también su compañía, su charla o su silencio, que justifica además que saque el coche y comparta entre varios mi cuota personal de contaminación, mal karma. Si no tardara el doble en tren o en autobús podría amar al planeta un poco más. Mis compañeros, me temo, me odiarían.

Y cada vez que luego llego a casa, también es amor la ciega confianza que pongo en encontrar plaza de aparcamiento. No la hay a la primera, mas sé que encontraré en la siguiente vuelta, en que tampoco hay, en la tercera, cuarta, o en la que ahora proyecto mentalmente. Odio, y lo sé, no debería, a todos los capullos, cabrones, hijoputas, que conducen el coche justo anterior al mío y me quitan los sitios antes que llegue yo. Y mi venganza es saber que, pese a todo, el cosmos me protege y aparcaré hoy también, una vez más.

Con pereza es frecuente y con esfuerzo siempre, hago después en casa mi tarea. Con amor, por supuesto, ésa es la cosa. Me preparo la cena - ya está descongelada, lo previne amoroso el día anterior -, y la ceno mirando con amor la tele, prefiriendo a menudo algún canal, pero sin despreciar por ello el trabajo de otros (mentira, lo sabéis, mentira y gorda). Me acuesto con frecuencia un poco tarde, con amor a la almohada y confianza en dormirme tranquilo y despertar mañana, y hacer mi cometido como siempre o mejor.

No cambio mi semana por la que vive un conde. Amo los viernes pues no trabajo ya para sobrevivir, aunque para vivir trabaje más que nunca, y, por tanto, los jueves, que sólo queda un día. Los miércoles también, porque mañana es jueves; los martes que encarrilan la semana, e incluso amo los lunes porque, por qué negarlo, mi trabajo me gusta, y, fuera ya de bromas, me entrego cada día a hacer lo que me toca, responsable y dispuesto. Sábados y domingos, que trabajo lo mismo o más que un viernes, y son mis favoritos, quiero no distinguirlos y amarlos por igual que a cada día, pues todos son mis días, y de alguna manera soy el padre de todos e hijo de cada uno.

Sigo mi recorrido por mi vida amorosa, y he de decir que amo, ¿os asombra?, la plancha. Es un amor, confieso, que es bastante infrecuente, y ha de saltar barreras que parecen gigantes. Me da mucha pereza, decirlo me avergüenza, sólo sacar la tabla, y lo dejo y pospongo para luego, después, mañana, otra semana... y a veces hasta un mes. Pero cuando lo hago pongo atención y amor. No digo yo que planche, ni mucho menos, bien, pero sí que hago bien cuando yo plancho. Estoy, con todo, lejos de ser un ser perfecto. Mi corazón se entrena, pero le falta tiempo, y aun alberga algún odio en sus rincones. Como digo lo uno, también diré lo otro. Hay algo que no amo y no hago con amor. Lo sé, voy a cambiarlo, pero al menos ahora de momento podéis señalarme censores con el dedo. Confieso y me arrepiento: odio limpiar.

martes, marzo 11, 2008

EL SEGURATA QUE SONRÍE

Todos los días aparco en una calle paralela a mi trabajo, más o menos en el mismo sitio, coche arriba, coche abajo. Salgo del coche, noto el fresco de la mañana, veo el sol, escucho el silencio, los pajaritos, respiro un aire diferente del de Madrid... La verdad es que el mini-paseo hasta el canal es bastante agradable, así que me recreo un poco en mis pasos. De pronto, me doy cuenta de que estoy pensando en estar ya dentro, trabajando, y veo que me he acelerado involuntariamente y mi cabeza va por delante de mis pies. Bajo el ritmo y y vuelvo a caminar como Dios manda. Los adosados iguales, la tranquilidad, los coches que se paran en el paso de cebra cuando cruzo... Todo es orden y armonía.

Luego, cuando llego a la puerta de entrada, veo siempre al guardia de seguridad del parking. No tienen fama de simpáticos los seguratas, y no se lo reprocho. Ocho horas de pie en el mismo sitio sin hablar con nadie y a veces incluso con frío o lluvia puede ser un trabajo un poco coñazo. Pero todo es siempre como te lo tomes. Si es un rollo no ver a nadie, ver a cualquiera tiene que alegrarte. Eso es lo que debe de pensar el guardia de la puerta, porque cada vez que llego, me mira sonriente y me saluda, casi como si me conociera. Por supuesto, yo hago lo mismo, le devuelvo el saludo y la sonrisa alegre y amistosa. Parece un hombre feliz el segurata, y yo lo parezco también. De hecho, anticipo mi buen rollo unos metros antes de llegar a su garita, y me dura hasta un poco más tarde, cuando entro por la absurda puerta giratoria como de hotel antiguo. Me recuerda un poco en los rasgos y los gestos a un amigo mío... y por momentos pensaría que él ya es otro amigo mío. Pero no nos conocemos ni sabemos nuestros nombres. No es mi amigo. Confieso que, por un momento, me decepcionó saber que saludaba con la misma simpatía a todos mis compañeros. Yo quería pensar que mi presencia le daba buen rollo, pero no: es que él es así. No es mi amigo, ya digo. Lo es de todo el mundo y de ninguno. No lo hace por amistad ni dependiendo de a quién se encuentre. Lo hace porque es así, y eso es lo mejor de todo. Lo último que ve del mundo exterior cada persona de la plantilla que entra a trabajar es una sonrisa. Aunque estoy seguro de que la mayoría no la valoran o ni siquiera si fijan.

Yo tuve una época en que saludaba cada mañana a mis compañeros y conocidos con un "feliz día".