A veces me da por pensar que, con la facilidad que he tenido siempre para la rima, en forma de aleluyas o cahicbarrumbas (término inventado por mí), si hubiera nacido veinte años más tarde y con los mismos talentos, ahora sería más joven y seguramente estaría entregado a las nuevas corrientes culturales, y quizá me prodigara, en persona o como guionista de plató, en las llamadas "peleas de gallos", improvisando ripios sin buscar ni métrica ni humor ni arte alguno. Me imagino rapero, y en el reflejo de la pantalla del ordenador me contemplo como tal, y me invade tal pena que huyo de inmediato a la realidad, aunque sea ésta. Estaremos en crisis, estaré en paro... pero siempre hay algo por lo que dar gracias.
miércoles, marzo 27, 2013
domingo, marzo 24, 2013
J'SUIS SNOB
Me reconozco esnob. ¿Quién lo diría? Austero como soy, casi tacaño. Presumo de la edad de mis jerseys y desconozco la procedencia de su lana. Veo pasar los adelantos tecnológicos durante generaciones mientras me aferro a mi móvil sin pantalla táctil o aguanto con una tele de tubo (hasta este año). Le pongo medias suelas a mis zapatos, los limpio cuando me acuerdo, desconozco los nombres de flores, frutas y animales que definen los mil matices de cada color, uso coches usados por sistema, y viajo en metro. Pero soy esnob. Y no lo digo ya porque disfrute viendo los catálogos de Muji, esa tienda japonesa de materiales puros, líneas sencillas y precios discretamente abultados, sino porque... lo soy, créanme que lo soy. Aunque no, claro, un esnob al estilo Boris Vian (se lo pongo versionado al español por Andy Chango; la canción comienza en el minuto 2:00)
Mi esnobismo no es completo, es un enobismo parcial dirigido a la alimentación y la salud. Compro las hierbas para infusiones en una tienda de sibaritas a precio aparentemente de oro. Aunque, no se engañen, trae a cuenta. La calidad es infinitamente superior. La cuestión es si me lo puedo permitir, pero si contamos con que la bolsita tan cara de cien gramos de hierbas equivale en peso a cuatro cajas de veinticinco sobrecitos... ¡magia!: resulta hasta barata. Ahí he aprendido que el agua para el té verde no debe llegar a hervir, y que la infusión debe ser corta, de unos dos minutos, para que no amargue. ¡Eso no te lo cuentan en cualquier sitio! Eso sí, durante la estancia en la tienda con música de jazz, aromas de café y té, y una exposición permanente de chocolates exóticos, mermeladas de naranja amarga y de jengibre y todo tipo de golosinas y delicatessen más con cuidada presentación y etiquetas de diseño, tengo que contenerme para no emborracharme y gastar más de la cuenta. Me ayuda que esas cosas sí son caras y verdaderamente no las necesito. Pues vaya una birria de esnob que está usted hecho, dirán ustedes. Así es, ya lo digo, soy un esnob parcial... y de pacotilla.
De hecho, descubrí la precariedad de mi esnobismo ayer mismo, sábado, cuando fui a comprar una barra de pan esnob en una panadería esnob abierta hace sólo unos meses en mi barrio. He renunciado a gastarme más de tres euros en panes esnob elaborados con levadura esnob, digo madre, y me muevo entre dos barras integrales, una de varios cereales, y otra adornada con semillas. Ya sé que es poca cosa, que es sólo un detalle, un grano de arena para pensar que como un poco más sano y que extiendo esta filosofía a mi familia, que me invitan a comer los fines de semana. Pero lo hago convencido. Y este convencimiento, de forma paradójica, convive con un escepticismo y cierta sorna hacia mí mismo, hacia el amplio equipo de panaderas jóvenes y guapas (he contado tres distintas, más dos hombres que como insistan en seguir despachando harán que la experiencia pierda todo el encanto) y, cómo no, hacia el resto de la clientela que se llevan las empanadillas, quiches y tartaletas sin preguntar el precio.
Fue una clienta precisamente ayer quien bajó mis humos esnobes y me hizo reír internamente a carcajadas. No es infrecuente que los clientes de este comercio nos interesemos por las particularidades de cada barra de pan, e incluso su precio, a la hora de elegir. Pero lo suyo no fue eso, fue probablemente, la frase más esnob que puede uno escuchar en una panadería. ¡En una panadería! No quiero ni imaginarme lo que podría llegar a decir en una tienda de zapatos. No les haré sufrir más, ahí la va la frase:
- Vamos a comer salmón ahumado. ¿Qué pan le va?
El panadero, listo como él, aprovechó para colocarle el pan de centeno de levadura madre que llevaban sin vender desde que abrieron la panadería.
Les dejo con la voz de Boris Vian, en imagen fija.
martes, marzo 19, 2013
TÍO Y MÁS
Dice el refrán que a quien Dios no da hijos el Diablo da sobrinos, y a mí ha dado nueve, que son una bendición. Sobre todo porque no quiero ni pensar que, en lugar de sobrinos, tuviera nueve hijos.
El jueves pasado, uno de ellos cumplió los dieciocho, esa mayoría de edad precoz que otorga nuestra ley. En medio de la crisis se constató la abundancia: de familia, de amigos, de cariño, de esfuerzo y de agradecimiento. Su madre, mi hermana, y su padre, con la participación de abuelas, hermanos, cuñados y amigos, convirtió su día en toda una fiesta sorpresa, una gymkana de acontecimientos que hizo que el pobre Diego por poco alcanzase a la vez la madurez y su primer infarto.
Por no exagerar, diré que fue una comida sorpresa en casa, adonde acudimos sin que él lo supiera, todos los familiares y amigos que pudimos, y por la tarde, calmada ya la expectativa de festejos, nos encontró a todos otra vez para jugar un partido de futbito en un polideportivo al que había ido con su padre con la excusa de reservar pista de tenis. Confieso haber sido el inductor de esta segunda ronda, pensando en su afición por el deporte y en el recuerdo de mi propia experiencia en este juego. Hacía ya cerca de tres años que no me ponía bajo los palos, pero aún podía rememorar el disfrute infantil de parar balones. Cuando me sentí agotado con los primeros tiros en el calentamiento, supe que había calculado mal mis fuerzas. Mi sobrino se recuperaría de la emoción a la mañana siguiente; yo empiezo a respirar de nuevo justo esta tarde. Dieciocho ya... ¡nos hacen mayores!
El cumplir años, al fin y al cabo, es ley de vida: el tiempo pasa. Lo malo es lo de la otra. Sí, la mayor, que nació cuando yo aún no había cumplido los catorce, y me hacía ilusión ser un niño-tío. Lo suyo no tiene perdón de Dios. Vale que terminen una carrera, vale que estudien oposiciones, que tengan novio, que se casen... Todo eso está bien, que hagan su vida, que se diviertan. ¿Pero que me vengan con que van a tener un hijo? Así, sin preguntar ni nada.
Yo no estoy preparado para eso. Me va a convertir para su hijo, sin yo comerlo ni beberlo, en un pariente lejano y mayor, un extraño de barba blanca, de cuyo cariño recelerá si soy afectuoso, y cuyo trato evitará si me vuelvo hosco. Nunca llegará a entender muy bien del todo cuál es el parentesco que nos une (mala cosa es cuando una relación no se puede expresar en una sola palabra) y ni yo casi me atrevo a formularlo, como si fuera una extraña enfermedad, pues siento que me caen a plomo veinte años más, de pronto, y se llevan por delante, lo primero, los cuatro pelos que aún aguantan en vanguardia, en velado tupé.
Tengo a mis abogados investigando si puedo rechazar el cargo, pero me han adelantado que no es fácil. No me miren así, que les veo, ni se atrevan a juzgarme. No exagero ni un poco, esto es un drama. Pónganse en mi lugar. Una cosa es ser tío, ¡pero tío abuelo...!
jueves, marzo 14, 2013
CAMBIA TUS CREENCIAS
Confieso que no sé si el humorista nace, se hace... o se lo hace. De estos últimos conozco a unos cuántos. Pero he encontrado en mí una manera más de ser humorista, y es "dejar que te lo hagan". Así es: te quedas sentado tranquilamente en tu casa, y el universo te trae el humor. ¿O no es gracioso que el nuevo papa sea argentino? ¿O que los titulares de prensa traten de convencernos de que es un hombre humilde? Pero bueno, ¿en qué quedamos? ¿No era argentino? Puede ser que sea un papa con sensibilidad social y que esté al lado de los pobres, pero como buen argentino, no estará simplemente con los pobres, sino con LOS MÁS desfavorecidos.
Pero no hemos venido aquí a hablar del papa, sino de la carta que recibí hace un par de días. Un misterioso sobre blanco tamaño A5 en posición vertical, con mi nombre y dirección correctamente impresos y un lema abajo que rezaba "cambia tus creencias". Misterioso, ¿verdad? Enseguida pensé en los testigos de Jehová, que por fin entraban en el siglo XX y renunciaban a la venta directa de "puerta fría" por técnicas más modernas de marketing, y lo sentí. Si esto resultaba ser cierto, habría perdido para siempre la oportunidad de acoger en casa a un equipo proselitista para tener una amigable charla sobre la divinidad, la Biblia y el funcionamiento del universo. Una vez estuve a punto de conseguirlo. Una voz de mujer joven con suave acento meridional, con toda probabilidad americana e incluso afinando más, caribeña, tocó el timbre de mi portero automático. Recuerdo inequívocamente que dijo ser testigo de Jehová y tengo la vaga impresión de que me comentó la posibilidad de charlar, pero ya lo dudo. Yo, amable y casi hasta entusiasta, le dije: "Claro, sube". Pero no subió. Mi torpeza para traer mujeres a mi casa raya en lo increíble.
Volvemos al sobre. El tacto, ya les digo, era rígido, por lo que parecía contener un tarjetón o algún tipo de folleto. En la solapa del remitente leí: PORSCHE. Extraño, ¿verdad? Extraño, pero cierto: Porsche me mandaba una carta pidiéndome que cambiara mis creencias. ¡Como si no tuviera bastante con las que tengo, para encajar ahora unas distintas a estas alturas! Abrí la carta y en su interior, efectivamente, había un folleto de la citada marca de coches deportivos de lujo dedicado al Porsche Cayenne Diesel. Y debajo "Cambia tus creencias". Si lo piensan, no es tan descabellado. Dios y el Porsche Cayenne son igual de inalcanzables.
Pero las marcas no quieren nuestra alma. La mayoría de ellas no valen nada (las almas, digo). Las únicas creencias que había que cambiar eran seis items sobre el citado coche: que consume demasiado, no cuida el medio ambiente, no es apto para el día a día, viene poco equipado, es inaccesible y que un Cayenne no es un Porsche. Errores todas las creencias, excepto la última, que no es un error, sino un Gran error. Aunque también es un error por parte de Porsche pensar que yo tenía esas creencias. En realidad nunca había dedicado ni dos segundos a elaborar ninguna creencia sobre el Cayenne. Miento, sí tenía una: Debe de ser carísimo.
Como en muchos avisos publicitarios te crean la necesidad y el deseo, pero no te dicen lo que te va a costar, agradecí que en este folleto, pusieran el precio y bien grande. Y al verlo, me reafirmé en mi fe: efectivamente es carísimo. Aunque también en Porsche tienen razón: no es innaccesible. Una persona trabajando mucho y ahorrando mucho durante muchos años, sin irse nunca de vacaciones y si tiene la suerte de no perder el trabajo o que le rebajen el sueldo a la mitad, podría llegar a preferir comprarse el coche en lugar de un piso en la playa. Luego, trabajando mucho y ahorrando mucho durante muchos años, podría pagar un año de seguro.
El hecho, pues, es que en plena crisis un hombre en paro recibe una invitación para gastarse 74.600 euros en un coche (o 700 durante 47 cuotas, con 20.925,08 de entrada y una comisión de apertura de 1609,89, que suman 88.332,18). ¡700 euros al mes durante 4 años! ¡Pero si 700 euros es más de lo que han costado los dos últimos coches que he tenido (Un recuerdo a la memoria de don Vicente y un afectuoso saludo a Gonzalo, mi benefactor). Si esto no es humor, ¿qué lo es? Estoy por enviarles una carta declinando su invitación por falta de liquidez. Aunque también, y ya que hablamos de creencias, les diré que aunque creo en el Cayenne y otros coches de lujo porque tengo evidencias de su existencia, mi religión no me los permite.
miércoles, marzo 13, 2013
PAPABLES Y MINISTRABLES
Me ha decepcionado la RAE. En mi versión del diccionario de la lengua española, que ni siquiera es la última, admite las entradas de los palabros "papable" y "ministrable", inventos que parecen de hablantes díscolos y comodones, tal vez de la prensa.
Es condición de la lengua el carácter generativo; es decir, que el lenguaje se puede crear, siguiendo unas reglas internas propias. De esta manera, el sufijo -ble se puede añadir a la raíz de cualquier verbo con el sentido de "lo que puede ser hecho". Es decir, que algo administrable es que se puede administrar, y algo palpable es que se puede palpar. Por ello, resulta artificioso componer unas palabras a partir de un sustantivo (papa y ministro, en estos casos), en lugar de un verbo. ¿O sí existen los verbos? Pues la verdad es que sí existen.
Hay un verbo "ministrar" con los sentidos de servir o ejercer un oficio, empleo o ministerio, dar o suministrar a uno una cosa y, por último, administrar. Según esto, el ministrable no es la persona que va a ministrar, sino la cosa que va a ser ministrada; es decir, el oficio, empleo o ministerio. Sería más razonable decir que una determinada actividad pública, por ejemplo, la Igualdad, es ministrable si hay indicios de que se va a convertir en ministerio, en este caso el ya extinto Ministerio de Igualdad.
En el caso de "papar", la cosa es más divertida, porque viene a significar o bien comer cosas blandas sin mascar o sencillamente comer, lo que nos da como resultado que alguien papable es alguien blando que se puede comer sin masticar. Quizá haya algún gordito de poco tono muscular entre los cardenales, cuya carne se deshiciera en la boca, pero ¿alguien lo ha comprobado antes de decirlo?
Soy consciente de lo cómodo que resulta utilizar estos adjetivos, pero me opongo completamente por la confusión que crean en los hablantes, al dar un uso nuevo a un sufijo ampliamente utilizado. Una cosa es la generación del lenguaje, y otra muy distinta inventar. Y si queremos inventar, es mejor alejarnos de modelos existentes para no crear una duplicidad que al final acaba anulando la regla. Si el sufijo -ble se puede aplicar por igual al complemento directo que al sujeto, las palabras generarán duda sobre su sentido. ¿Alquilable será un piso que se puede alquilar o el casero que lo tiene vacío? ¿Bebible es una bebida apta para el consumo humano o un hombre que tiene sed?
Mi propuesta, pues, es desterrar estos engendros de nuestro uso común y utilizar palabras sencillas que todos conocemos como "favorito" o giros, a priori menos económicos, pero sin duda más respetuosos con el ecosistema lingüístico y a la larga mucho más acordes con criterios de sostenibilidad lingüística. Candidatos con más mérito, con más apoyos, que tienen "más papeletas"... son maneras más incómodas de decirlo, pero menos agresivas con nuestra lengua. Y tenemos que cuidarla, porque cada día la hablamos más gente.
En otro caso, y puestos a inventar, siempre podemos echar mano del creador más independiente y exitoso que ha habido en nuestro país en los últimos tiempos, y para designar a las personas merecedoras de las dignidades de ministro o papa, utilizar los giros "fistro ministerial" y "fistro papal". Peor no iba a ser, ya se lo digo yo.
martes, marzo 12, 2013
CORRIJO A SARTRE: EL INFIERNO NO ES EL OTRO; EL INFIERNO ES EL VECINO
Con alguien comentaba no hace mucho sobre el sentido circular del tiempo, que transcurre como en espiral y te va situando en el mismo punto pero en niveles distintos, y te encuentras personas o situaciones similares a las de hace tiempo, pero con otro punto. Uno ya no es el mismo, o es el otro quien ha cambiado, o quizá los dos. Te pones más nervioso. O menos. El otro no es tan irritante, o uno más paciente... Y ya que hablábamos ayer, como hace un rato, de vecinos, he recordado que hubo otro en otro tiempo que hizo bueno a cuantos vecinos enfadados pueda encontrarme yo en mi vida. Yo era más joven e influenciable, él más hijoputa, y en esa lucha me conviertí en el cabrón con pintas que quizá, sólo quizá, haya ya superado. Les dejo con el cuento que me inspiró para la serie inédita "Cuentos de todas las horas" (¡Atención editores!)
LAS CUATRO DE LA MAÑANA
MI VECINO
Mi
vecino se despierta siempre a la hora que yo llego, y lo asocia. No se lo puedo
reprochar. Aunque él cree que sí me lo puede reprochar a mí, y cada vez que me
ve me echa una bronca. Al principio me asustaba. Es normal, porque es muy feo.
Mi vecino tiene mucho pelo y muchas cejas. Es un mono enfadado. Pero ahora ya
no me asusto. Le veo poco, esa es la verdad, y tampoco le hago demasiado caso.
Incluso durante mucho tiempo, las veces que le he visto, no ha tenido nada que
decirme. Debía de estar haciéndolo todo muy bien, lo cual hasta cierto punto me
defrauda. Es como si le obedeciera, y mi vecino es la última persona del mundo
que yo tomaría como líder.
Se
cree que le despierto yo al abrir la puerta o al bajar la persiana. ¿Cómo se
puede despertar nadie porque una persona baje la persiana, aunque sea rápido? Y
luego mitifica las horas. Se le llena la boca de hablarme de las tres, las
cuatro o las cinco "de la madrugada". Madrugada la suya; la mía es
trasnochada. Y la mala suerte es que coincido en llegar cuando se agota su
sueño. Lo conozco poco, pero, por lo que le conozco - que no tiene nada que
hacer y que vive obsesionado con la casa, los ruidos y los vecinos -, no me
imagino qué puede soñar. Quizá que se funde una bombilla de la escalera y él,
intrépidamente, antes de que nadie se dé cuenta, la sustituye por otra. De
hecho, en la vida real ha cambiado dos bombillas de 60 ó 100 en cada plafón por
una sola de 40, para ahorrar. O para asustarnos, porque encontrarse con su cara
en esa penumbra tiene que dar un vuelco al corazón.
No
se crean ustedes que lo juzgo, sólo me tomo el tiempo de comentar, porque con
él no se puede dialogar nunca. Te quiere echar una bronca, y te la echa, con lo
cual se te quitan las ganas de pedir disculpas y de rectificar tu actitud. Pero
cuando he dicho que era un mono enfadado, lo decía sólo físicamente. Algo de
inteligencia debe de tener. Tiene, por ejemplo, una teoría del ruido. El ruido
sube de abajo arriba. Supongo que por eso no se corta en pegar martillazos los
sábados y los domingos a las ocho de la
mañana o en mover trastos constantemente. Pensará que no le oigo. Lo de los
martillazos lo tengo superado con unos tapones para los oídos - una gran
solución; a lo mejor un día se la enseño -, pero lo de los movimientos sobre el
suelo no. ¿Qué moverá? ¿De dónde adónde? ¿Y para qué? A veces suena a
desplazamiento de cama, otras veces a aparatos de gimnasia... Lo que me molesta
es que la curiosidad me distrae y no vuelvo a coger el sueño. A lo mejor un día
le echo la bronca yo. El quiere denunciarme por hacer ruido; yo le denunciaré a
él por oír mis ruidos. No tiene por qué hacerlo. Me roba mi ruido.
Llega
un momento en que es hasta gracioso. Pero no me río delante de él, porque es
muy modesto, y seguro que no le gustaría saber que he descubierto su lado
divertido.Sólo desde el punto de vista del humor se puede entender que haya
comprado un candado para el cuarto de la basura para que nadie pueda echar las
bolsas en el contenedor antes de que esté en la calle. Tenemos un turno para
sacarlos: una semana cada vecino, de modo que me toca prácticamente cada dos
meses. Entre eso, y que casi no genero basura, que paso poco por casa y a veces
estoy de viaje, cuando me toca se me olvida. Eso le saca mucho de quicio.
Entonces, a la mañana siguiente, se pone a escuchar - se pone o, simplemente,
le sale, porque para mí que está atento a todo cuanto hago -, y, en cuanto voy
a bajar a la calle... ¡zas!, sale por la puerta y me grita. Yo siempre caigo en
la trampa, y me paro, por si fuera algo importante, y entonces empieza:
-
¡¿Eh?! ¡¿Qué pasa contigo?! ¡¿Que la basura no la sacas?!
Entonces
yo pienso "¿Pero qué día es hoy?" Y me doy cuenta de que es jueves y
que el martes tenía que haberla sacado.
-
¡¿Es que notas el olor en la escalera?!
Porque
esa es otra cosa: que no me deja contestarle. Enseguida me hace otra pregunta
retórica de estas. Y a veces, ya le contesto.
-
Pues no. ¿Qué olor?
Porque
es verdad que no he notado ningún olor.
Después
de eso, puse mucha más atención en estar en casa para sacar la basura cuando me
tocaba, y la cosa iba bien, hasta que un día, me acechó y se me echó encima por
la mañana cuando salía.
-
¡Eh, tú! ¡¿Qué pasa contigo?! ¡¿Que el cubo no lo metes?!
Desconcierto
en mi mente. ¿Que no meto el cubo?
-
No. Yo lo saco.
-
Sí, pero luego hay que meterlo.
Hay
que meterlo, hay que meterlo... ¡Hay que joderse, eso es lo que hay!
-
No sabía.
-
¡No! ¡Que se mete solo!
-
Ayer llegué a las diez y media, y ya lo había sacado.
o
-
Cuando he salido por la mañana, ya estaba dentro.
¡Toma!
No voy a venir antes para que no lo saque nadie. O a madrugar para meterlo. Si
se pone nervioso y lo saca él, es cosa suya.
Y
lo de los portazos... Eso fue de lo primero. Lo de los portazos fue gracioso,
porque en una reunión de comunidad dijo que la puerta había que cerrarla bien,
que a veces se quedaba abierta, y luego me echó una bronca por pegar un
portazo. ¿Un portazo? Un portazo es cuando empujas la puerta con fuerza. Cuando
se deja que un enorme portón de hierro caiga a su sitio por su propio peso para
asegurarse de que cierra, eso no es portazo,es inercia. Y, en este caso,
además, cumplir instrucciones. Pero mi vecino es gilipollas,¿y qué puedo
hacerle?
-
¡¿Qué pasa con vosotros?!
Eso,
otro día. Llevaba un mes sin pasar por casa y acababa de volver el día
anterior. No podía haber hecho nada. Y, ¡coño!, que ahora era plural, y yo sin
saberlo. No sé si es signo de respeto o se cree que formo parte de una
conspiración a nivel internacional.
-
La otra, que llega a las tres de la mañana pegando portazos...
Probablemente
sí, si en lugar de echarme la bronca me lo hubiera pedido por favor.
-
Pues ya se enterará cuando ni le deje dormir yo.
Cuando
terminé de descansar, me levanté y, con una sonrisa maliciosa, busqué su número
en la guía. Estaba a nombre de su mujer. Debe de ser viudo. O la volvió loca,
vete tú a saber. Mi idea era llamarle un día en mitad de la noche,para
despertarle. Partirle toda la noche.Por gilipollas. Lo malo es que, como
realmente no le odio, me parece doblemente cruel. No me gusta dar lugar a malos
entendidos. Y lo gracioso es eso, que no es por odio. Lo haría sólo para darle
una lección. Seguro que sospecha que soy yo, pero nunca podría saberlo con
seguridad. ¿Tendrá el teléfono al lado de la cama o lejos? ¿Cuántas llamadas
necesitaré para despertarle e, incluso, que se levante? ¿Cuatro? Cinco y colgar
estaría bien. Seguro que se despierta e incluso se levanta. Pero, total, ¿para
qué? No, seguramente no lo haga.
FIN
Bueno, como comprenderán esto es una recreación ficticia. En realidad todo fue así excepto lo de la venganza. Nunca busqué su teléfono en la guía. Lo que hacía era llamarme al mío dos o tres veces por la tarde sin dejar mensajes. Cuando pasa esto y pongo en marcha el contestador, se pasa un minuto tocando pitidos. Fuertes, desagradables. Por eso dejé el contestador con el volumen al máximo antes de salir de viaje, y me llevé un aparato marcador de tonos (estamos hablando del año 1997) con el que poder poner en marcha el contestador desde otro teléfono y así escuchar los mensajes a distancia. Y eso es lo que hacía a las tres o las cuatro de la mañana cuando terminábamos de grabar: llamarme, marcar el código del contestador y esperar a que empezaran a sonar los pitidos de mis anteriores llamadas sin mensaje, a ver si el sonido subía de abajo arriba y le despertaba en mitad de la noche, y sin poder protestar porque al fin y al cabo... ¡yo no estaba en casa!
Debo de ser una mala persona, porque aún me sonrío pensando en esa travesura, y no me arrepiento.
lunes, marzo 11, 2013
EL VECINO ENFADADO
Hoy me he vuelto a cruzar con mi vecino enfadado, le he vuelto a saludar alto y claro, y él ha vuelto a pasar de mí, apretando los dientes y mirando al infinito. Y me he sentido mal. Me divierte tanto verle hacerse el ofendido ostensiblemente que pienso si no será una crueldad saludarle.
En realidad era más divertido antes, cuando empecé a notar este comportamiento, que fue después del verano. A veces se hacía el despistado y me evitaba. Me dio pena un día en que fue a contestarme y se dio cuenta de que había hecho intención de retirarme el saludo, y se quedó boqueando, con el saludo a medias. E incluso una vez que le pillé desprevenido, le saludé sin que me viera llegar y me contestó en voz baja. Acto seguido se estaba arrepintiendo de su debilidad y lo pasaba mal, y a mí me divirtió. Y me sigue divirtiendo verle tan instalado en su orgullo herido. Por eso, no sé si es cruel hacerle pasar un mal rato voluntariamente.
Pero en mi defensa diré que no sólo lo hago por divertirme. Diría incluso que no es ni siquiera mi principal intención. En parte es por educación, porque es una persona conocida, vecino de mi propia casa, y me parece absurdo no saludarle. También por respeto, porque es un mayor, y porque forma parte del Consejo de Estado del edificio, como todos los que alguna vez han sido presidentes de la finca. Como yo mismo. Y porque yo no estoy enfadado con él. De hecho, me cae bien, y me da pena verle contenerse. Y si yo también le retiro el saludo a él, nunca más podremos hablarnos el uno al otro.
El hombre está enfadado desde que, ahora hace un año, hicimos unas obras de limpieza y pintura de la fachada, que duraron más de lo previsto, y le ocasionaron la molestia de tener una red verde delante de su ventana unos veinte días. También, que le dijeron que bajara las persianas para proteger la ventana. Pero esto era sólo mientras se estaba trabajando en esa zona, no las veinticuatro horas del día los siete días de la semana. Esto es lo que he sabido del tema. Yo no era el pintor que tardó ni el contratista que lo contrató ni la lluvia que lo retrasó todo ni la mala suerte que hizo que no nos gustara cómo quedó y nos decidiéramos a pintar la fachada entera en vez de sólo una parte, como habíamos quedado. Yo no era nada de eso, pero sí era una cosa: era el presidente. Mea culpa.
Puede ser que su enfado también tenga que ver con que, en mi ausencia, él reclamara información sobre el estado y duración de las obras a otros vecinos, particularmente los de la comisión de obras, y más particularmente a uno de ellos, y que estos, por ignorancia real o por mero hartazgo, le daban largas, silencios, bromas y todo tipo de capotazos con tal de torearle. Y eso pudo sentarle mal. Es posible también que no encajara con gusto el que un día, el vecino más bromista, le tocara los testículos, esta vez no como siempre, sino literalmente. Por encima de los pantalones, se entiende, que estamos entre caballeros. En honor a la verdad, diré que no presencié el espectáculo, pero el propio protagonista activo me lo relató entre risas, sin que yo supiera muy bien qué cara ponerle. Debí haber hecho acopio de autoridad y mandarle de inmediato a pedir disculpas al pobre viejo. Podría decir que no tengo carácter, podría decir que este vecino bromista tiene quince años más que yo, podría decir muchas cosas que son verdad, pero más verdad que todo esto es que ni se me ocurrió. De hecho es ahora mismo, al escribirlo, cuando por primera vez se me pasa por la cabeza.
Luego hubo que recoger firmas para autorizar la extensión de las obras de pintura, y llamamos a su puerta, y estuvo enfadado con su amigo y compañero de presidencias, que no había pintado nada - y nunca mejor dicho - en todo el asunto; conmigo, que no había tenido ocasión de hablar con él de nada, y, por supuesto, con el otro, al que le cerró la puerta en las narices en primera instancia, y en segunda le recibió a paraguazos. La imagen, de tan infantil y tan antigua, me resulta tierna como el recuerdo de una historia del tebeo, del que se llamaba así, TBO.
Después se negó a pagar las derramas, el administrador trató del calmar las aguas, y creo que ya se puso al corriente, no lo sé... pero a mí no me saluda. Y no es a mí solo, que ya otros vecinos me lo han comentado, poniendo el grito en el cielo: "Qué se habrá creído", "Pues yo ya no le vuelvo a saludar". Cuánta energía perdida en enfadarse y qué poco esfuerzo en comprender. Porque, sabiendo lo que tiene en casa, a una hermana con problemas mentales de la que tiene que cuidar, es fácil entender que le desquicie cualquier cosa, como no poder levantar la persiana, o que le toquen los huevos metafórica o literalmente. Por eso, aunque a veces dude de si lo hago por educación o por divertirme, siento que tengo que seguir saludándole.
viernes, marzo 08, 2013
LO DEL COLESTEROL
No quería comentar nada por no alarmar, pero ayer se me fue el dedo en el teclado, y ahora casi es más sospechoso hacerme el olvidadizo y pasar por alto el tema. Las cosas hay que saberlas y afrontarlas. Sí, es un hecho: tengo colesterol. Y cuando digo tengo colesterol, quiero decir colesterol del malo y quiero decir que lo tengo alto. Tampoco una barbaridad, no se vayan ustedes a creer, y está en mi voluntad bajar esas cifras. Pero, ¿cómo?, si me han dado una tabla de lo que debería hacer... ¡y ya lo hago! No como mantequilla ni margarina, y miro los ingredientes de los envases para evitar comprar alimentos elaborados con grasa de palma o coco. Como la fruta y la verdura indicada, como legumbres, consumo frutos secos a diario, y cereales integrales, apenas dos huevos a la semana, no tomo bollería industrial, ni grasas animales y cocino todo a la plancha o cocido.
Sí, se han dado cuenta, ¿verdad? Me he comido algo. Dos cosas, lo confieso. Los lácteos que comía no eran desnatados. Ya lo he corregido, me he quitado el yogur griego del desayuno, uno al día no todos los días, y me he quitado lo poco que pudiera comer de queso. Y luego está lo del pescado, que hay que comer más y preferiblemente pescado azul. ¡Pues ya está! Llevo un mes cenando sardinas cada dos días. Afortunadamente, ayer me llegó un correo de estos absurdos que dice que si les cortas la cola no huelen al cocinarlas. Lo he hecho, y ha funcionado, no sé por qué. Ahora espero el correo que diga que las propiedades del pescado azul están en el olor, y que unas sardinas que no huelen no reducen el colesterol.
También me dijeron que no me preocupara, y no me he preocupado. Que a lo mejor no era por la comida, sino porque lo generaba yo, y he tratado de no generarlo, sin saber cómo. O por la genética, y he buscado a otros padres, pero ya soy mayor para que me adopten. O por el estrés... pero eso sí que no. ¡Cómo va a ser por el estrés, si lo que me ha estresado ha sido saber que tenía colesterol! Afortunadamente, hay algo más que puedo hacer por mi salud: caminar. Y eso hago: camino por las principales arterias de la ciudad, oxigenando el recorrido y barriendo metafóricamente la grasa. Y que no me venga nadie ahora a decirme que las metáforas suben el colesterol.
En fin, amigos, vigílense, porque si yo, que debo de estar dentro del 5% por ciento de la población que más sano come en Madrid, he podido tener colesterol, ¡nadie está a salvo!
Sí, se han dado cuenta, ¿verdad? Me he comido algo. Dos cosas, lo confieso. Los lácteos que comía no eran desnatados. Ya lo he corregido, me he quitado el yogur griego del desayuno, uno al día no todos los días, y me he quitado lo poco que pudiera comer de queso. Y luego está lo del pescado, que hay que comer más y preferiblemente pescado azul. ¡Pues ya está! Llevo un mes cenando sardinas cada dos días. Afortunadamente, ayer me llegó un correo de estos absurdos que dice que si les cortas la cola no huelen al cocinarlas. Lo he hecho, y ha funcionado, no sé por qué. Ahora espero el correo que diga que las propiedades del pescado azul están en el olor, y que unas sardinas que no huelen no reducen el colesterol.
También me dijeron que no me preocupara, y no me he preocupado. Que a lo mejor no era por la comida, sino porque lo generaba yo, y he tratado de no generarlo, sin saber cómo. O por la genética, y he buscado a otros padres, pero ya soy mayor para que me adopten. O por el estrés... pero eso sí que no. ¡Cómo va a ser por el estrés, si lo que me ha estresado ha sido saber que tenía colesterol! Afortunadamente, hay algo más que puedo hacer por mi salud: caminar. Y eso hago: camino por las principales arterias de la ciudad, oxigenando el recorrido y barriendo metafóricamente la grasa. Y que no me venga nadie ahora a decirme que las metáforas suben el colesterol.
En fin, amigos, vigílense, porque si yo, que debo de estar dentro del 5% por ciento de la población que más sano come en Madrid, he podido tener colesterol, ¡nadie está a salvo!
jueves, marzo 07, 2013
ANDO PARADO Y NO PARO DE ANDAR
Noto la crisis en que antes no tomaba taxis por no gastar, y ahora, por ahorrar, hasta me ahorro el metro. Le doy una coba a cada metrobús que no se imaginan. El último me lleva durando desde principios del mes pasado, y no es que no salga de casa, que estaré parado pero no paro. Lo que pasa es que en el ocio del desempleo el tiempo ha dejado de ser un artículo de lujo, y uno nada en su abundancia. Por eso puedo permitirme ir andando a muchos sitios, y lo hago. Debo de llevar como tres caminos de Santiago en el último mes. Además me viene bien por una cosa del colesterol que ya les contaré si me animo a seguir escribiendo.
Vivo en un cruce de caminos y puedo ir a muchos sitios en línea recta, y a muchos más con doblar una sola esquina a lo largo del trayecto. Si uno sabe cómo llegar y tiene el tiempo, la distancia no parece tanta.
Andando, la ciudad se me hace más corta y accesible. Vivo en Madrid como quien vive en un pueblo, un pueblo grande, de altos edificios y numerosa vecindad, donde hay de todo: conciertos gratuitos de fundaciones, presentaciones de libros en grandes almacenes, un herbolario en cada manzana, talleres de pintura, homeópatas... Me gusta ver que se puede disfrutar de una vida tranquila sin tenerse uno que retirar al campo. Madrid se me ha convertido, sin ella saberlo, en una ciudad de provincias, una "ciudad lenta". En mi camino, ni veo los coches, más que cuando tengo que atravesar la Castellana, y los semáforos se confabulan para que no pueda hacerlo de un tirón. Ni de dos. Pero me da igual. Tengo tiempo.
Y en este "beatus ille" urbano, en que el mundanal ruido pierde identidad y se disuelve en otras notas, encuentro una secreta satisfacción en el pequeño vértigo que me entra al no recordar dónde aparqué el coche por última vez hace seis días.
Vivo en un cruce de caminos y puedo ir a muchos sitios en línea recta, y a muchos más con doblar una sola esquina a lo largo del trayecto. Si uno sabe cómo llegar y tiene el tiempo, la distancia no parece tanta.
Andando, la ciudad se me hace más corta y accesible. Vivo en Madrid como quien vive en un pueblo, un pueblo grande, de altos edificios y numerosa vecindad, donde hay de todo: conciertos gratuitos de fundaciones, presentaciones de libros en grandes almacenes, un herbolario en cada manzana, talleres de pintura, homeópatas... Me gusta ver que se puede disfrutar de una vida tranquila sin tenerse uno que retirar al campo. Madrid se me ha convertido, sin ella saberlo, en una ciudad de provincias, una "ciudad lenta". En mi camino, ni veo los coches, más que cuando tengo que atravesar la Castellana, y los semáforos se confabulan para que no pueda hacerlo de un tirón. Ni de dos. Pero me da igual. Tengo tiempo.
Y en este "beatus ille" urbano, en que el mundanal ruido pierde identidad y se disuelve en otras notas, encuentro una secreta satisfacción en el pequeño vértigo que me entra al no recordar dónde aparqué el coche por última vez hace seis días.
jueves, mayo 26, 2011
¿DESTINOS CAMBIADOS?
Yo iba para Raúl, un nombre que podría ser de origen francés y significar "atrevido en la guerra", pero no soy atrevido ni en la paz. En la guerra, me temo, saldría corriendo. Ante la posibilidad de morir matando, prefiero ni morir ni matar. Quien combate y huye vive para combatir de nuevo.
Mis tíos, que me apadrinaron, sugirieron el nombre de Álvaro y a mis padres les pareció bien. Álvaro es un nombre de origen germánico que viene de las raíces all (todo) y wars (prevenido), y, como mi propio nombre indica, soy una persona bastante prudente y prevenida.
¿Esta identificación entre el nombre y la cosa fue un misterioso acierto de mis padres y padrinos que, sin saber, conocieron mi carácter? ¿O, al contrario, he desarrollado una personalidad por la sutil influencia de mi nombre? ¿Es posible que el significado del nombre esté tan asociado a su forma, su sonido y su grafía, que conformen un todo que nos pueda influir? ¿Sería más arrojado de haberme llamado Raúl? Pero entonces, ¿son todos los raúles belicosos y timoratos los álvaros todos? Quizá sí, pero no todas las personas sean igualmente sensibles a las influencias. ¿Yo lo soy? En ese caso, ¿me cambiaron el destino? Cómo saberlo. ¿A mejor o a peor? Chi lo sá. ¿Habrá en mi lugar un Álvaro frustrado devenido Raúl para cubrir mi falta?
Sin embargo, se sugiere también un origen germáncio del nombre de Raúl, según el cual significaría "consejero valiente", lo que no abriría tanta brecha entre mi vida actual y mi destino original... aunque lo cierto es que tampoco recuerdo que mucha gente me pida opinión ni que sea valeroso cuando la doy.
Al menos puedo confiar en que la fecha en que nací fue la que me correspondía y no fue manipulada por los médicos para adelantarla y poderse ir de puente. Nací en lunes.
(¿Y no he hablado yo de esto alguna vez?)
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viernes, mayo 20, 2011
POESÍA
A veces, los poetas me aceptan sin reparo entre los suyos. Y yo acepto el regalo inmerecido sin libros ni autores preferidos; sin pluma, sin versos propios, sin escribir poemas. Trato de ser poesía.
lunes, mayo 09, 2011
PRIMAVERA PRIMERA
He descubierto cosas esta primavera, me he pillado un par de trampas en mi vida, he dejado en evidencia a mi boicoteador y he vuelto al niño antes del niño.
Hemos tenido el regalo de un verano antes de tiempo. Insólito, inaudito, extemporáneo, ¡tan gozoso! Y el boicoteador, dándole la espalda al termómetro, se ha negado a quitarse el jersey ni aun con veintisiete grados, en el convencimiento, prudente, de que esto era irreal y pasaría. Pero lo he visto y le he hecho callar. Era bien fácil. Tan sólo echar un ojo a las predicciones y disfrutar del día con los dos.
La lluvia ha venido porque le correspondía, y saberlo con tiempo me ha ayudado a aceptarla. Los días han sido igualmente luminosos, cristalinos, brillantes. O es que los he visto por primera vez sin juicio en contra. Cuando renuncias a decir “qué asco de día”, no hay un día mejor que otro (aunque mi flaco cuerpo prefiera el sol y el calorcito).
He mirado asombrado el fenómeno de la semana santa: que caiga cuando caiga siempre llueve. La he vivido sin ansia ni dolor, sin hacer agenda para llenar el tiempo, sin viajes apurados para “aprovechar los días”, sin hacer mil cosas para poder contarlas, tan solo contemplando las horas como quien mira al mar. Cuando no tienes expectativas, nada puede defraudarte y la vida siempre te colma.
Y el sábado en el pueblo he captado una sensación completa, de olor, de luz, de tacto y temperatura, que venía de lejos, del final de la infancia. No era alegre ni triste, era objetiva, pura, sin condiciones. Y he pillado a mi intruso con las manos en la masa, buscando entre recuerdos un vago sentimiento de frustración, pesado, oscuro y decepcionante, con que lastrarla. Me he dado cuenta a tiempo y lo he parado, y con autoridad le he dado un golpe en la mano: eso no se hace.
Me ha gustado descubrirlo y también darme cuenta de que se ha vuelto torpe, que sus dedos de carterista ya no encuentran tan fácil las peores fotos, que quizá no son tantas, que incluso no hay ninguna, y he vivido engañado, autoconvencido de tener mil recuerdos tristones. Tampoco vayamos ahora a lanzar las campanas al vuelo, que si aquello ha triunfado será que tampoco existió lo contrario: esa arcadia feliz, el paraíso del que tanto nos hablan. No importa. Quizás me venga bien una niñez mediana para aprender mejor a huir de los extremos.
Busco un delicado equilibrio entre arriba y abajo. Pero el centro no está entre medias, sino más alto que arriba.
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martes, noviembre 23, 2010
ESTOY QUE LO PIERDO
Que alguien me corrija si lo explico mal, pero un cuento indio dice más o menos que la vida es un palacio lleno de obras de arte y bellos objetos por el que uno tiene que atravesar portando una jarra de aceite sobre su cabeza. Si te distraes viendo las obras, corres el riesgo de que se caiga el jarrón y derrames su contenido. Si sólo estás pendiente de éste, puedes perderte la "colección permanente" de la vida y la exposición itinerante que te haya tocado en suerte. El secreto está en saber ver y disfrutar de la belleza sin dejar de atender el tesoro propio que te han encomendado. Y en eso estoy, en tratar de no perderme yo ni perderme nada... pero mucho me temo que algo se acabará cayendo por el camino.
PRIMER PARAGUAS, PRIMERA PÉRDIDA
De momento, he perdido el paraguas. Mi primer paraguas chispas. Pequeño, de bolsillo, negro, con funda negra. Lo describo para que si alguien encuentra uno de esas características tan especiales e inequívocas sepa que es el mío.
Ya sé que todo el mundo pierde el paraguas, pero eso no me sirve de consuelo: mi rigor es hacia mí; los demás, que se arreglen consigo mismos. Y lo que más me duele es que no consigo rastrear ni tan siquiera el momento es que usé mi paraguas por última vez. Puedo haberlo llevado, quizá, al futbito. Es la opción que barajo ahora mismo, aunque no sirve de mucho, no sabría a quién reclamarlo.
Tres euros creo que me costó este mismo año. Lo sé, es el paraguas más miserable del mundo, pero yo era paragüista en pruebas y no merecía la pena mayor inversión. Y, visto lo visto, hice bien en no ceder a mi tentación de comprarme ese de 20 euros en Muji, de encendido color naranja. Aunque quizá ese sí podrían reconocérmelo. Tal vez me suelte la cabeza y me anime.
¿Es metáfora de algo este descuido o sólo advertencia? ¿Descuido de qué, advertencia de quién? La persona del mundo en que más confío soy yo mismo... y empiezo a no poderme fiar.
Huy, qué final más inquietante.
PRIMER PARAGUAS, PRIMERA PÉRDIDA
De momento, he perdido el paraguas. Mi primer paraguas chispas. Pequeño, de bolsillo, negro, con funda negra. Lo describo para que si alguien encuentra uno de esas características tan especiales e inequívocas sepa que es el mío.
Ya sé que todo el mundo pierde el paraguas, pero eso no me sirve de consuelo: mi rigor es hacia mí; los demás, que se arreglen consigo mismos. Y lo que más me duele es que no consigo rastrear ni tan siquiera el momento es que usé mi paraguas por última vez. Puedo haberlo llevado, quizá, al futbito. Es la opción que barajo ahora mismo, aunque no sirve de mucho, no sabría a quién reclamarlo.
Tres euros creo que me costó este mismo año. Lo sé, es el paraguas más miserable del mundo, pero yo era paragüista en pruebas y no merecía la pena mayor inversión. Y, visto lo visto, hice bien en no ceder a mi tentación de comprarme ese de 20 euros en Muji, de encendido color naranja. Aunque quizá ese sí podrían reconocérmelo. Tal vez me suelte la cabeza y me anime.
¿Es metáfora de algo este descuido o sólo advertencia? ¿Descuido de qué, advertencia de quién? La persona del mundo en que más confío soy yo mismo... y empiezo a no poderme fiar.
Huy, qué final más inquietante.
martes, octubre 05, 2010
ALGO PASA CON EL BANCO DE SANTANDER
No es que venga ahora a quejarme de cláusulas abusivas y comisiones. En realidad, el único vínculo que mantengo con el banco de Santander es que, hará unas semanas, durante un breve trayecto a pie, me fijé por casualidad en una placa roja que había en la fachada de una sucursal suya en la calle del conde de Peñalver. ¿Qué decía esta placa? Ni más ni menos que esto:
Efectivamente, en clara rebeldía con las normas de ortografía, estaba acentuada la palabra "Peñalver" a pesar de ser palabra aguda terminada en"r". Error mayúsculo sobre letra minúscula, ya que, además de quebrantar una de las más sólidas convenciones del idioma, se mostraba en ello una incoherencia interna preocupante, pues el propio nombre del banco - Santander - responde al mismo esquema silábico: trisílabo agudo terminado en "r" (más aún; en "er"), y estaba sin tilde.
Omito mis aventuras fotográficas: sólo diré que esta instantánea fue cualquier cosa menos instantánea. Pero aquí está. Y quizá me la hubiera guardado en una carpeta perdida, a la espera de descubrir otras faltas en señalizaciones urbanas de todo tipo: vallas publicitarias, letreros luminosos, rótulos de comercios, etc. Pero he aquí que pronto encontré una foto hermana con la que relacionarla. ¿Héla dónde has dicho? Aquí:
En José Abascal volvía a repetirse el mismo patrón... si es que fuera un patrón, que no lo era por lo que ya he indicado: que en ese caso, Santander también habría habido de llevar su correspondiente tilde.
Y obstinado en su error, el rotulista del banco rojo (en el sentido más literal del color, por supuesto), volvía a hacer de las suyas treinta números más abajo.
¿Qué pasa con el banco de Santander? Como lingüista licenciado ofrezco desde aquí a quien corresponda mis servicios de corrector de rótulos que buena falta les hace. ¿Sólo por tres errores?, dirán ustedes. No se crean. En breve me acercaré a la oficina de Maria de Molina para hacer la correspondiente fotografía a la placa, que ya le he echado el ojo, y compartirla con ustedes. Sí, sí, "Maria", han leído bien. Es el Santander el que lo ha escrito mal.
Y con esto, inauguro una etiqueta en mi blog.
Estaremos atentos a más delitos contra las inocentes palabras.
domingo, octubre 03, 2010
RELACIONES Y MATEMÁTICAS
- Lo nuestro no puede ser - le dijo él a ella -. ¿No ves que tienes sólo veinte años y yo cuarenta? Te doblo la edad. ¿Te das cuenta? Cuando tú tengas treinta años, yo tendré sesenta; cuando tú tengas cuarenta, yo tendré ochenta, y cuando tú te mueras, yo seré demasiado mayor para cuidarme solo.
viernes, octubre 01, 2010
KRIPTONITA
Esa música que no es música sino ruido atronador ataca al animal: agarrota los músculos y muele los huesos. En cuanto a lo que pueda haber de espíritu en uno, lo desmorona al primer instante, de un solo golpe en la base misma de la débil construcción. No es mucho mejor la melodía sensiblera y acuosa que ablanda el hueso y enñoñece el alma, pero en este caso se trataba de música seca y percutida en un local amplio empequeñecido por efecto de la poca luz y del mucho público. Ha sido entrar y constatarlo una vez más. Los minutos justos para despedirme como quien pierde un avión, y me he ido. No, mejor dicho: he huido. Es demasiado tarde, el daño está hecho; pero ha sido a tiempo, podía haber sido peor. Búscaré música clásica y tal vez dentro de un mes, siendo optimistas, reine otra vez la armonía.
Qué extraño magnetismo tienen algunas palabras (¿Escribí ya sobre ello o sólo pensé en hacerlo? No atribuyo esta duda a mi memoria, sino a la pereza literaria que me habita desde hace meses, sin apenas oposición por mi parte). La palabra "fiesta", por ejemplo, sigue despertando en mí una extraña y nerviosa expectación. ¿Expectación de qué? ¿Acaso no he comprobado que todos los tipos de fiesta posible que son sólo una ceremonia de venenosos excesos? Saturación de comida, azúcares, alcoholes y música tóxica de diversa índole. ¿Por qué la celebración de la vida se empeña en destruirla?
Si en lugar de un cumpleaños familiar es una cena de adultos, se añade la fantasía de un posible acercamiento a alguna bella joven. No niego que en ocasiones, y aun sin probar gota de alcohol, se produce en mí un cierto efecto de borrachera social y se me suelta la lengua, y entonces, si los astros me proporcionan encanto, quizá pueda acaparar por un tiempo la atención de mi círculo. Pero todo es vano e inconcreto.
¿Quizás aún permanezca un algo residual de antiguos boicoteos propios, un insano apego a la frustración...? No creo, uno ya ha conquistado el "Puedo". Puede haber tardado media vida (que en este momento aún es toda) en convencerse, pero un día se da cuenta: Puedo. Ese mismo día se pregunta: ¿Debo?
Entonces, en algún momento la música hace inaudible la conversación y me deja sin armas, el humo hace el aire irrespirable y tomo conciencia de que al día siguiente, justo al día siguiente, tengo que estar en perfecto estado de revista y conviene irse, que aquí no hay nada más que hacer, nada más que ver. Entre otras cosas, porque la luz se ha hecho escasa e intermitente. Así que me voy. Y terminó la fiesta y quedó en nada.
Si en lugar de un cumpleaños familiar es una cena de adultos, se añade la fantasía de un posible acercamiento a alguna bella joven. No niego que en ocasiones, y aun sin probar gota de alcohol, se produce en mí un cierto efecto de borrachera social y se me suelta la lengua, y entonces, si los astros me proporcionan encanto, quizá pueda acaparar por un tiempo la atención de mi círculo. Pero todo es vano e inconcreto.
¿Quizás aún permanezca un algo residual de antiguos boicoteos propios, un insano apego a la frustración...? No creo, uno ya ha conquistado el "Puedo". Puede haber tardado media vida (que en este momento aún es toda) en convencerse, pero un día se da cuenta: Puedo. Ese mismo día se pregunta: ¿Debo?
Entonces, en algún momento la música hace inaudible la conversación y me deja sin armas, el humo hace el aire irrespirable y tomo conciencia de que al día siguiente, justo al día siguiente, tengo que estar en perfecto estado de revista y conviene irse, que aquí no hay nada más que hacer, nada más que ver. Entre otras cosas, porque la luz se ha hecho escasa e intermitente. Así que me voy. Y terminó la fiesta y quedó en nada.
domingo, mayo 09, 2010
ME DEJO BARBA
De nuevo y sin saber muy bien por qué, me dejo barba. ¿Es por ahorrarme un poquito de tiempo por la mañana ahora que madrugo tanto? Sabéis que no, que si me levanto quince minutos antes luego lo amortizo presumiendo. Llevaba tiempo pensándolo, que yo no hago las cosas así a lo loco. En realidad es que creo que yo soy con barba, sólo que a veces descanso.
La barba me queda bien, pero últimamente le había dado por hacerse la interesante y ponerme unas canas en la barbilla que, francamente, no corresponden a mi edad, saber y gobierno. Por eso, la castigué al ostracismo y, como no me gusta andar dando bandazos - ahora me afeito, ahora no - he aguantado como un año desbarbado, haciéndome el jovencito. Esperemos que la barba haya aprendido la lección y salga negra como las penas. Aunque tampoco me tiene muy contento que digamos el pelo de la cabeza. Vale que no es canoso, pero se ha entregado a la pereza, al no crecer y al clarear, y ya no es la tupida mata que solía ser. Y eso no es plan porque yo sí soy el que era.
Estaba, en fin, que no sabía si esperar a gastar las cuchillas y la crema de afeitar antes de dejarme la barba, cuando se me han juntado un par de días tontos de no afeitarme y me lo he planteado. Al fin y al cabo, no me viene mal tener la maquinilla cargada para repasarme el cuello (como digo en mi facebook, es ese cuello repasado el que distingue al que se está dejando barba del que simplemente no se afeita). Es mal momento, lo sé. Me había puesto una foto de perfil en plan hombre lobo, con unas gafas de pasta que no son mías para desconcertar al personal actual que me conoce otro aspecto, y, de pronto, en lugar de aprovecharme de este camuflaje, voy y me mimetizo con mi foto, para que todos puedan reconocerme a la primera.
Quizás es que, después de haber entrado por el aro del facebook, no me reconocía a mí mismo, y me reencuentro mejor con la barba que con mi juvenil cara de pajarito. O que espero que esta barba señorial infunda temor, autoridad, respeto o, en todo caso, distancia. Eso va a ser. Una especie de señal no verbal que viniera a decir: Eh, no se confundan, no se crean que por hacerme del facebook ahora voy a ser un modernito extrovertido. Yo sigo siendo el mismo hombre serio, riguroso e inaccesible que acostumbraba.
La última pregunta tiene que ver con las últimas preguntas. ¿Será esta barba la definitiva, con la que despida mis días y con la que, si llego a merecerlo, salude a San Pedro en las alturas?
La barba me queda bien, pero últimamente le había dado por hacerse la interesante y ponerme unas canas en la barbilla que, francamente, no corresponden a mi edad, saber y gobierno. Por eso, la castigué al ostracismo y, como no me gusta andar dando bandazos - ahora me afeito, ahora no - he aguantado como un año desbarbado, haciéndome el jovencito. Esperemos que la barba haya aprendido la lección y salga negra como las penas. Aunque tampoco me tiene muy contento que digamos el pelo de la cabeza. Vale que no es canoso, pero se ha entregado a la pereza, al no crecer y al clarear, y ya no es la tupida mata que solía ser. Y eso no es plan porque yo sí soy el que era.
Estaba, en fin, que no sabía si esperar a gastar las cuchillas y la crema de afeitar antes de dejarme la barba, cuando se me han juntado un par de días tontos de no afeitarme y me lo he planteado. Al fin y al cabo, no me viene mal tener la maquinilla cargada para repasarme el cuello (como digo en mi facebook, es ese cuello repasado el que distingue al que se está dejando barba del que simplemente no se afeita). Es mal momento, lo sé. Me había puesto una foto de perfil en plan hombre lobo, con unas gafas de pasta que no son mías para desconcertar al personal actual que me conoce otro aspecto, y, de pronto, en lugar de aprovecharme de este camuflaje, voy y me mimetizo con mi foto, para que todos puedan reconocerme a la primera.
Quizás es que, después de haber entrado por el aro del facebook, no me reconocía a mí mismo, y me reencuentro mejor con la barba que con mi juvenil cara de pajarito. O que espero que esta barba señorial infunda temor, autoridad, respeto o, en todo caso, distancia. Eso va a ser. Una especie de señal no verbal que viniera a decir: Eh, no se confundan, no se crean que por hacerme del facebook ahora voy a ser un modernito extrovertido. Yo sigo siendo el mismo hombre serio, riguroso e inaccesible que acostumbraba.
La última pregunta tiene que ver con las últimas preguntas. ¿Será esta barba la definitiva, con la que despida mis días y con la que, si llego a merecerlo, salude a San Pedro en las alturas?
jueves, mayo 06, 2010
UN ERMITAÑO EN FACEBOOK
"Hazte de facebook, hazte de facebook, que está muy bien"; "así estás en contacto con todos tus amigos"; "hazte de facebook, que se liga mucho"; "si no te haces tú, te hago yo la página".
Yo me resistía, pero confieso que me asustaba la posibilidad de que alguna amiga, por hacer la gracia, me hiciera una página falsa y mi anonimato fuera suplantado por una burbuja vacía etiquetada con mi nombre y que el día de mañana, si lo necesitaba, tuviera que hacerme un hueco a codazos con la nadidad de otro yo. Una cosa es ser anónimo y otra ser conocido de forma errónea. Quizá eso tampoco debía haberme importado, pero el caso es que al final se han salido con la suya. Ahora siento vergüenza por haber mostrado debilidad, un poco como si me hubiera traicionado a mí mismo, a mi estilo de vida simple, ordenado, centrado, alejado de modas y consumos. Ya no me puedo mirar a la cara. Y como afeitarse a ciegas es complicado, volveré a dejarme la barba.
Entrar en facebook es como morirse y ver asistir a tu funeral a todas las personas que han aparecido alguna vez en tu vida. Como un alef donde se reflejaran al unísono los rostros de todos tus conocidos y conocidos de conocidos, y conocidos de conocidos de conocidos hasta el infinito, sin mesura ni criterio. Como una fiesta perpetua sin motivo, innecesaria e intrascendente. Es barroco, maximalista, inabarcable, infernal. Y sin darnos cuenta aceptamos la cantidad como valor absoluto, como si la plenitud de la vida se midiera por el número de amigos de esta particular forma de amistad. Más es más.
Sus instrucciones y demandas lo convierten a uno en una especie de tamagotchi del señor Facebook que, erigido en tu nueva madre, te sugiere que te hagas amiguito de fulano o de mengana porque tenéis uno o dos amigos comunes, aunque echo en falta cierto criterio represor que te indique con quién no debes juntarte. Facebook, en su azaroso comportamiento, te arrojaría sin dudar en brazos de cualquier mala compañía que te llevara a las drogas, la prostitución o el arribismo. Adolescente cotilla, te pone al corriente al segundo de las nuevas relaciones de tus contactos. "Ahora Javi y Alejandro son amigos". Como si antes estuvieran enfadados. Parece uno esperar los "están saliendo" y los "han cortado" que se sucedían semana a semana en las pandillas quinceañeras en verano.
¿Qué pintas tú en facebook? Me dirán. Y yo también me lo pregunto. Quizás mi fortuna en la vida me ha hecho despertar, junto al recelo, una cierta confianza en el azar. Así, de pronto, me aventuro a ser un poco más accesible y a que me pueda encontrar alguien interesante, sin perder por ello la escurridiza opacidad que caracteriza a este ermitaño.
Para contradecir mis expectativas, por de pronto, ya he quedado mal innecesariamente con dos o tres personas que solicitaron mi amistad - como si eso se pudiera pedir - y a las que he "ignorado" sin saber que eso era entendido como una seca negativa. Eran personas con quienes coincidí en algún punto de mi vida y a las que, por esa costumbre social del "a ver si nos vemos" y "tenemos que quedar", incluí en mi directorio de correo. Allí seguían, como yo en el suyo, supongo, posadas, tranquilos, sin hacer ruido ni estorbar, como una prenda de fondo de armario que algún día pudiéramos necesitar. ¿Y por qué, entonces, tenía yo que tomar una decisión drástica y a bote pronto sobre el papel que desempeñan en mi vida? ¿Acaso soy su enemigo porque me parezca fuera de lugar tener un reporte permanente de sus actividades, y ellas de las mías? Bien pensado, podría decir lo mismo de todos los amigos que llevo agregados.
Pero ya que he venido a este mundo raro, me buscaré una silla y trataré de observar sin poner fotos ni colgar vídeos, sin hacer ruido, en fin, a ver si puedo. Mientras tanto, pondré en la columna de lo positivo que me ha hecho añorar el blog, este blog, que tan abandonado tengo, y que, en realidad, he descubierto que prefiero mil veces como forma de expresión. Y por eso hoy, de nuevo, actualizo.
Yo me resistía, pero confieso que me asustaba la posibilidad de que alguna amiga, por hacer la gracia, me hiciera una página falsa y mi anonimato fuera suplantado por una burbuja vacía etiquetada con mi nombre y que el día de mañana, si lo necesitaba, tuviera que hacerme un hueco a codazos con la nadidad de otro yo. Una cosa es ser anónimo y otra ser conocido de forma errónea. Quizá eso tampoco debía haberme importado, pero el caso es que al final se han salido con la suya. Ahora siento vergüenza por haber mostrado debilidad, un poco como si me hubiera traicionado a mí mismo, a mi estilo de vida simple, ordenado, centrado, alejado de modas y consumos. Ya no me puedo mirar a la cara. Y como afeitarse a ciegas es complicado, volveré a dejarme la barba.
Entrar en facebook es como morirse y ver asistir a tu funeral a todas las personas que han aparecido alguna vez en tu vida. Como un alef donde se reflejaran al unísono los rostros de todos tus conocidos y conocidos de conocidos, y conocidos de conocidos de conocidos hasta el infinito, sin mesura ni criterio. Como una fiesta perpetua sin motivo, innecesaria e intrascendente. Es barroco, maximalista, inabarcable, infernal. Y sin darnos cuenta aceptamos la cantidad como valor absoluto, como si la plenitud de la vida se midiera por el número de amigos de esta particular forma de amistad. Más es más.
Sus instrucciones y demandas lo convierten a uno en una especie de tamagotchi del señor Facebook que, erigido en tu nueva madre, te sugiere que te hagas amiguito de fulano o de mengana porque tenéis uno o dos amigos comunes, aunque echo en falta cierto criterio represor que te indique con quién no debes juntarte. Facebook, en su azaroso comportamiento, te arrojaría sin dudar en brazos de cualquier mala compañía que te llevara a las drogas, la prostitución o el arribismo. Adolescente cotilla, te pone al corriente al segundo de las nuevas relaciones de tus contactos. "Ahora Javi y Alejandro son amigos". Como si antes estuvieran enfadados. Parece uno esperar los "están saliendo" y los "han cortado" que se sucedían semana a semana en las pandillas quinceañeras en verano.
¿Qué pintas tú en facebook? Me dirán. Y yo también me lo pregunto. Quizás mi fortuna en la vida me ha hecho despertar, junto al recelo, una cierta confianza en el azar. Así, de pronto, me aventuro a ser un poco más accesible y a que me pueda encontrar alguien interesante, sin perder por ello la escurridiza opacidad que caracteriza a este ermitaño.
Para contradecir mis expectativas, por de pronto, ya he quedado mal innecesariamente con dos o tres personas que solicitaron mi amistad - como si eso se pudiera pedir - y a las que he "ignorado" sin saber que eso era entendido como una seca negativa. Eran personas con quienes coincidí en algún punto de mi vida y a las que, por esa costumbre social del "a ver si nos vemos" y "tenemos que quedar", incluí en mi directorio de correo. Allí seguían, como yo en el suyo, supongo, posadas, tranquilos, sin hacer ruido ni estorbar, como una prenda de fondo de armario que algún día pudiéramos necesitar. ¿Y por qué, entonces, tenía yo que tomar una decisión drástica y a bote pronto sobre el papel que desempeñan en mi vida? ¿Acaso soy su enemigo porque me parezca fuera de lugar tener un reporte permanente de sus actividades, y ellas de las mías? Bien pensado, podría decir lo mismo de todos los amigos que llevo agregados.
Pero ya que he venido a este mundo raro, me buscaré una silla y trataré de observar sin poner fotos ni colgar vídeos, sin hacer ruido, en fin, a ver si puedo. Mientras tanto, pondré en la columna de lo positivo que me ha hecho añorar el blog, este blog, que tan abandonado tengo, y que, en realidad, he descubierto que prefiero mil veces como forma de expresión. Y por eso hoy, de nuevo, actualizo.
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martes, diciembre 08, 2009
ECLIPSE DE HORA
Miro el reloj: son menos cinco, pero ¿de qué hora? La aguja pequeña ha desaparecido. Sé que son las once menos cinco, pero el largo minutero me tapa la visión del marcador horario. No recuerdo haber visto nunca una conjunción semejante. Si me preguntan, juraría que otros relojes montan las agujas al revés, con la pequeña encima, precisamente para evitar estos eclipses. Por ello, lo valoro como un hecho más singular y me deleito en su contemplación. No sé si habrá que tomar precauciones. Imprudente, lo observo sin radiografías ni gafas de soldador durante ¿30?, ¿40?, ¿60 segundos, todo lo más? El tiempo, que todo lo mueve, ha hecho desplazarse 6 grados al testigo de sus minutos, y por debajo ya asoma el otro centinela, que siempre estuvo allí.
El bolero, por un momento, consiguió su objetivo. "Reloj, no marques las horas".
El bolero, por un momento, consiguió su objetivo. "Reloj, no marques las horas".
viernes, noviembre 20, 2009
LA PELUQUERÍA CHINA
Hace cosa de un año pensé que ya había encontrado, por fin, mi peluquería cuando descubrí “La Moderna”, con su aspecto clásico y elegante, su aire tradicional, sus asientos de cuero rojo y la seguridad que transmite su especialización en caballeros. Pero algo no me gustó en mi último corte, cuando el peluquero me atendió sin barrer antes del suelo la pelambre muerta del último cliente, o de clientela anterior, porque para mí que eso era mucho pelo para un solo hombre. Expongo estos antecedentes para que no piensen ustedes que soy un veleta picaflor de barberías que se corta el pelo con el primero que pasa. Yo quisiera ser fiel a una única peluquería buena, bonita y barata, pero no la encuentro.
Cuando héte aquí que, unas semanas atrás, me dan en mi barrio un papel anunciando la inauguración de una peluquería unisex. Eso no es en sí una ventaja. Las mujeres van más que los hombres a la peluquería y, si tenemos que compartir la atención, es frecuente que haya que esperar turno o, incluso, pedir hora, lo que va contra mis principios. Yo tardo en decidirme a cortarme el pelo, pero cuando me decido y encuentro el tiempo, tiene que ser en ese momento. Además, es sabido que en las peluquerías ambisexuadas, los hombres nos dejamos menos dinero que las mujeres y, por tanto, somos clientes de segunda. Sin embargo, dos detalles despertaron mi curiosidad. Uno, que tanto el repartidor como el nombre del local eran inequívocamente chinos, y dos, que los precios eran ostensiblemente baratos. En días posteriores tuve ocasión de localizar el negocio, constatar su buen aspecto, y tomar nota de que está atendido por mujeres. Esa experiencia no me la podía perder.
Podría haber esperado un poco más, pero ya se cumplían más de tres meses y mis puntas comenzaban a hacer volutitas sobre las orejas. La expectativa de una incierta entrevista de trabajo próximamente, y la posibilidad de que, de pronto, no vuelva a disponer tan alegremente de mis días, me terminó de empujar.
Premeditadamente no me lavé la cabeza, para acceder a la tarifa 2 de caballeros: lavar y cortar, 8 euros. Al entrar al local, en primer término, una china joven y atractiva le hacía las uñas a una clienta. A la derecha, otra, con el pelo teñido de tono rojizo con las piernas separadas y detrás de una mujer, parecía estar montada sobre su espalda tratando de domarla. No era así: estaba sentada en otro taburete. Aunque igualmente parecía que trataba de domarla. Una tercera chica, algo más mayor que estas dos, terminaba en ese momento con su clienta, y se dispuso a atenderme. Parecía haber entendido perfectamente que quería lavarme y cortarme el pelo, pero me invitaba a sentarme frente a una mesa sin lavabo que me desconcertaba. Obedecí y encontré que la orden era correcta: me puso el campú sin mojarme la cabeza, y luego, con un botecito de agua, me fue echando chorritos para hacer espuma. La temperatura del agua y el tacto de las manos eran igualmente fríos. La chica se entregaba a su trabajo con dedicación, pero en lugar del suave masajeo capilar que uno esperaba, me estaba dando unas friegas tan fuertes y enérgicas que casi parecería que quisiera sacarme la cabeza de los hombros. Yo suspiraba por que terminara el lavado, pero, al no ver una triste pila delante, no tenía ni idea de cómo pensaba aclararme o si, simplemente, pensaba retirarme la espuma con la toalla.
Mi peluquera por fin dejó de sacudirme el cráneo y empezó a secarse las manos en la toalla que tenía sobre los hombros. Quizá con demasiada fuerza, pues sus manos penetraban en mi espalda. Al tercer frotamiento, me di cuenta de que no era accidental. Seguía haciéndolo igual, y continuaba sus manipulaciones más abajo, haciéndome separarme de la silla para poderme masajear toda la espalda. Mis recelos me impedían relajarme. ¿A qué venía tanto sobo? ¿Acaso era un servicio extra con el que redondear al alza el precio del corte de pelo? ¿Pretendería ofrecerme, como hace poco leí en las noticias, un "final feliz"? Dudé incluso si enfadarme, pero, entre lo mal que me sale y que el brusco zarandeo no me resultaba del todo desagradable, me conformé con un gesto de sorpresa, encogiendo los hombros y volteando las manos hacia el cielo en búsqueda de explicación. La peluquera masajista, a por uvas, siguió a lo suyo, pasándose ya al plano personal en la conversación (como no podía ser de otra manera a estas alturas): "Mu delgado tú", "mucho hueso", dijo. Se rió, y pasó a darme golpes con los cantos de las manos en la zona dorsal de la espalda.
Ahora ya sé lo que siente un coche al pasar por un túnel de lavado, pero, como todo llega, también mi paliza terminó y me pasó a un lavabo que estaba tras una columna. Allí, en dos segundos, me vertió agua calentita del grifo sobre mi espumoso pelo. Por fin algo se aclaraba en mi cabeza. Pero, como parece que se había propuesto convertir un simple corte de pelo en una gymkana alegórica de la vida, no podía brindarme dos estímulos positivos seguidos. Tras el acalarado, vino el secado, con una toalla que olía no sé si a gambas o a esas empanadillas chinas que no me gustan ni en los restaurantes. ¿Dim sum se llaman?
Con la toalla me pasó, ya sí, a la silla de cortar, donde mi simpática amiga quiso emular el modo occidental de cortar el pelo: dando conversación. No soy yo muy partidario de ello, pero al menos no hablamos ni de política ni de fútbol. Mi maternal peluquera se interesó por si yo comía bien, pues le parecía que debía de comer poco, me preguntó si tenía hijos y, a renglón seguido de decirle que no, dedujo que estaba soltero (¿por qué no podría yo estar casado y no tener descendencia? Me intriga esta china), investigó si tenía novia y, al saber que ni siquiera, ya entró a saco a aconsejarme que me buscara una chica para que me diera bien de comer. Yo un poco protesté, diciéndole que yo mismo me cocinaba y que comía bien, pero no quise insistir demasiado. Tal vez quería presentarme a su sobrina Mari-Lí y no quería yo quitarle las intenciones. Vanas ilusiones las mías.
En unos momentos, todo pareció embarullarse. Una china hablaba por teléfono en su idioma, al poco entraba un chino macho en el local, y se ponía a hablar con mi peluquera. Terminaban y al rato la china pelirroja se acercaba a nosotros y se sentaba en la encimera a charlar con ella y echar unas risas animadamente. Juan Liverpool, Lover, Luismi de La Tira y todos los fans de Seinfeld me entenderán si les digo que me sentí como Elaine en el episodio de las manicuras coreanas. Afortunadamente, pude controlar mi susceptibilidad.
Entre tanto, mi china preferida me cortaba el pelo, sin prisa, pero sin pausa; sin pausa... pero sin ninguna prisa, y pasándome el peine por la cabeza como si quisiera ararla para plantar patatas. ¿Por qué en mi imaginación me había elaborado la absurda idea de que una peluquera china sería suave y delicada? Y lo peor es que no terminaba nunca. Llegó un momento en que me preguntó: ¿Así ya? A mí me parecía que no se me podía cortar más el pelo y le dije que sí, deseando irme, pero ella, perfeccionista hasta la exasperación, volvió a retocarme alrededor de las orejas y a cincelarme toda la cabeza con el peine. Paso por alto el detalle desagradable de que, de vez en cuando, me parecía percibir el olor de su aliento y me hacía añorar el de la toalla que olía a gambas. Y no dejaré de mencionar el alivio que sentí cuando, por el espejo, vi en el extremo opuesto de la peluquería, a la china pelirroja propinándole a una nueva clienta un masaje similar al que había recibido yo antes. Parecía, pues, que era una gentileza de la casa para todo el mundo.
Finalmente, todo terminó, y bajé de la silla como quien baja de la noria del parque de atracciones, aunque aún me esperaba cualquier cosa a la hora de pagar. Pero no, fueron los ocho euros que marcaba la tarifa. Ese fue, seguramente, el único punto en que se cumplieron mis expectativas. Pero no me arrepiento: en mi anodina vida, pude vivir en menos de una hora, toda una montaña rusa de emociones: de la sorpresa al desconcierto, pasando por la diversión, el agrado, el disgusto, el placer (poco) y el dolor (pequeño). Como Lope, diré “quien lo probó lo sabe” (y si no, ya se enterará). Aunque no sería del todo sincero si ignorara un cierto sentimiento de pérdida de inocencia que me invadió al salir. En mi corazón rondaba ya la idea vaga de que tampoco será ésta mi peluquería definitiva.
No obstante, no descarto volver.
Cuando héte aquí que, unas semanas atrás, me dan en mi barrio un papel anunciando la inauguración de una peluquería unisex. Eso no es en sí una ventaja. Las mujeres van más que los hombres a la peluquería y, si tenemos que compartir la atención, es frecuente que haya que esperar turno o, incluso, pedir hora, lo que va contra mis principios. Yo tardo en decidirme a cortarme el pelo, pero cuando me decido y encuentro el tiempo, tiene que ser en ese momento. Además, es sabido que en las peluquerías ambisexuadas, los hombres nos dejamos menos dinero que las mujeres y, por tanto, somos clientes de segunda. Sin embargo, dos detalles despertaron mi curiosidad. Uno, que tanto el repartidor como el nombre del local eran inequívocamente chinos, y dos, que los precios eran ostensiblemente baratos. En días posteriores tuve ocasión de localizar el negocio, constatar su buen aspecto, y tomar nota de que está atendido por mujeres. Esa experiencia no me la podía perder.
Podría haber esperado un poco más, pero ya se cumplían más de tres meses y mis puntas comenzaban a hacer volutitas sobre las orejas. La expectativa de una incierta entrevista de trabajo próximamente, y la posibilidad de que, de pronto, no vuelva a disponer tan alegremente de mis días, me terminó de empujar.
Premeditadamente no me lavé la cabeza, para acceder a la tarifa 2 de caballeros: lavar y cortar, 8 euros. Al entrar al local, en primer término, una china joven y atractiva le hacía las uñas a una clienta. A la derecha, otra, con el pelo teñido de tono rojizo con las piernas separadas y detrás de una mujer, parecía estar montada sobre su espalda tratando de domarla. No era así: estaba sentada en otro taburete. Aunque igualmente parecía que trataba de domarla. Una tercera chica, algo más mayor que estas dos, terminaba en ese momento con su clienta, y se dispuso a atenderme. Parecía haber entendido perfectamente que quería lavarme y cortarme el pelo, pero me invitaba a sentarme frente a una mesa sin lavabo que me desconcertaba. Obedecí y encontré que la orden era correcta: me puso el campú sin mojarme la cabeza, y luego, con un botecito de agua, me fue echando chorritos para hacer espuma. La temperatura del agua y el tacto de las manos eran igualmente fríos. La chica se entregaba a su trabajo con dedicación, pero en lugar del suave masajeo capilar que uno esperaba, me estaba dando unas friegas tan fuertes y enérgicas que casi parecería que quisiera sacarme la cabeza de los hombros. Yo suspiraba por que terminara el lavado, pero, al no ver una triste pila delante, no tenía ni idea de cómo pensaba aclararme o si, simplemente, pensaba retirarme la espuma con la toalla.
Mi peluquera por fin dejó de sacudirme el cráneo y empezó a secarse las manos en la toalla que tenía sobre los hombros. Quizá con demasiada fuerza, pues sus manos penetraban en mi espalda. Al tercer frotamiento, me di cuenta de que no era accidental. Seguía haciéndolo igual, y continuaba sus manipulaciones más abajo, haciéndome separarme de la silla para poderme masajear toda la espalda. Mis recelos me impedían relajarme. ¿A qué venía tanto sobo? ¿Acaso era un servicio extra con el que redondear al alza el precio del corte de pelo? ¿Pretendería ofrecerme, como hace poco leí en las noticias, un "final feliz"? Dudé incluso si enfadarme, pero, entre lo mal que me sale y que el brusco zarandeo no me resultaba del todo desagradable, me conformé con un gesto de sorpresa, encogiendo los hombros y volteando las manos hacia el cielo en búsqueda de explicación. La peluquera masajista, a por uvas, siguió a lo suyo, pasándose ya al plano personal en la conversación (como no podía ser de otra manera a estas alturas): "Mu delgado tú", "mucho hueso", dijo. Se rió, y pasó a darme golpes con los cantos de las manos en la zona dorsal de la espalda.
Ahora ya sé lo que siente un coche al pasar por un túnel de lavado, pero, como todo llega, también mi paliza terminó y me pasó a un lavabo que estaba tras una columna. Allí, en dos segundos, me vertió agua calentita del grifo sobre mi espumoso pelo. Por fin algo se aclaraba en mi cabeza. Pero, como parece que se había propuesto convertir un simple corte de pelo en una gymkana alegórica de la vida, no podía brindarme dos estímulos positivos seguidos. Tras el acalarado, vino el secado, con una toalla que olía no sé si a gambas o a esas empanadillas chinas que no me gustan ni en los restaurantes. ¿Dim sum se llaman?
Con la toalla me pasó, ya sí, a la silla de cortar, donde mi simpática amiga quiso emular el modo occidental de cortar el pelo: dando conversación. No soy yo muy partidario de ello, pero al menos no hablamos ni de política ni de fútbol. Mi maternal peluquera se interesó por si yo comía bien, pues le parecía que debía de comer poco, me preguntó si tenía hijos y, a renglón seguido de decirle que no, dedujo que estaba soltero (¿por qué no podría yo estar casado y no tener descendencia? Me intriga esta china), investigó si tenía novia y, al saber que ni siquiera, ya entró a saco a aconsejarme que me buscara una chica para que me diera bien de comer. Yo un poco protesté, diciéndole que yo mismo me cocinaba y que comía bien, pero no quise insistir demasiado. Tal vez quería presentarme a su sobrina Mari-Lí y no quería yo quitarle las intenciones. Vanas ilusiones las mías.
En unos momentos, todo pareció embarullarse. Una china hablaba por teléfono en su idioma, al poco entraba un chino macho en el local, y se ponía a hablar con mi peluquera. Terminaban y al rato la china pelirroja se acercaba a nosotros y se sentaba en la encimera a charlar con ella y echar unas risas animadamente. Juan Liverpool, Lover, Luismi de La Tira y todos los fans de Seinfeld me entenderán si les digo que me sentí como Elaine en el episodio de las manicuras coreanas. Afortunadamente, pude controlar mi susceptibilidad.
Entre tanto, mi china preferida me cortaba el pelo, sin prisa, pero sin pausa; sin pausa... pero sin ninguna prisa, y pasándome el peine por la cabeza como si quisiera ararla para plantar patatas. ¿Por qué en mi imaginación me había elaborado la absurda idea de que una peluquera china sería suave y delicada? Y lo peor es que no terminaba nunca. Llegó un momento en que me preguntó: ¿Así ya? A mí me parecía que no se me podía cortar más el pelo y le dije que sí, deseando irme, pero ella, perfeccionista hasta la exasperación, volvió a retocarme alrededor de las orejas y a cincelarme toda la cabeza con el peine. Paso por alto el detalle desagradable de que, de vez en cuando, me parecía percibir el olor de su aliento y me hacía añorar el de la toalla que olía a gambas. Y no dejaré de mencionar el alivio que sentí cuando, por el espejo, vi en el extremo opuesto de la peluquería, a la china pelirroja propinándole a una nueva clienta un masaje similar al que había recibido yo antes. Parecía, pues, que era una gentileza de la casa para todo el mundo.
Finalmente, todo terminó, y bajé de la silla como quien baja de la noria del parque de atracciones, aunque aún me esperaba cualquier cosa a la hora de pagar. Pero no, fueron los ocho euros que marcaba la tarifa. Ese fue, seguramente, el único punto en que se cumplieron mis expectativas. Pero no me arrepiento: en mi anodina vida, pude vivir en menos de una hora, toda una montaña rusa de emociones: de la sorpresa al desconcierto, pasando por la diversión, el agrado, el disgusto, el placer (poco) y el dolor (pequeño). Como Lope, diré “quien lo probó lo sabe” (y si no, ya se enterará). Aunque no sería del todo sincero si ignorara un cierto sentimiento de pérdida de inocencia que me invadió al salir. En mi corazón rondaba ya la idea vaga de que tampoco será ésta mi peluquería definitiva.
No obstante, no descarto volver.
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