jueves, noviembre 30, 2006

PUBLICIDAD ENVOLVENTE

Ayer vi la hasta ahora mayor agresión publicitaria de mi vida. Una conocida marca de refrescos se ha apoderado literalmente de la estación de autobuses de Avenida de América. Tomando las escaleras de bajada hacia el metro, uno se ve envuelto por todos los lados por los colores de su campaña. Colores vivos, alegres y azucarados que invitan a vivir con euforia y entusiasmo... aunque, dada la superficie que ocupan, más que invitar, obligan.

Resulta que uno entra en un intercambiador de transportes de la Comunidad de Madrid - es decir, un servicio público que nos pertenece a los ciudadanos -, y sin embargo, se siente como si hubiera entrado en el mundo de este refresco. ¿No debería haber alguna medida o control sobre la ocupación publicitaria del espacio público? ¿Os imagináis que las cuatro fachadas que rodean la Plaza Mayor fueran pintadas con los colores y logotipos de una única marca comercial? Ahora ya no somos público que elegimos fijarnos o no en los anuncios... Ya no miramos la publicidad: la publicidad nos mira a nosotros. Ahora el anuncio se nos presenta como el ojo ubicuo de un Gran Hermano que todo lo ve y que nos vigila. Quizá no sepa dónde vivimos, pero al menos sabe qué autobús cogemos.

Ante semejante demostración de fuerza, sólo se me ocurre una cosa: no beber más cocacola.

(1.- Algún día me haré con una cámara digital y aprenderé a colgar fotos para este tipo de notas visuales.
2.- Con esta nota "refrescante" interrumpo la sequía de mi blog -hasta olvidé cómo acceder-.)

viernes, noviembre 10, 2006

DILATACIÓN DE PUPILAS (MÁS ES MENOS)

De un tiempo a esta parte veo peor. He perdido agudeza visual. Veo MENOS. Fui a graduarme la vista, pensando que me hubiera aumentado la miopia. Y así ha sido. Tengo MÁS dioptrías.

La mujer que me atiende - supongo que médica oftalmóloga - no es la titular de la consulta. A mitad de la tarea, y mientras estoy mirando al frente, sin mis gafas de ver y con unas de "ir viendo qué tal", se presenta el amo: alto, mayor, canoso, trajeado, con aire de aristócrata que bajara a los establos de la mansión, a echarle un vistazo a los caballos. Lee mi apellido y lo reconoce: "a tus padres los trataba yo, ¿no?". En efecto. Le contesto sin poder mirarle y casi sin verle. Descubre que hacía tres años que no pasaba por allí. "Entonces hay que dilatarle". "Eso pensaba hacer", dice la médica. Y aún me pregunta el doctor: "¿Y no has pensado en operarte?" "Pues sí, me lo estaba pensando". Otra vez se le ha adelantado el hombre a la mujer. "Se lo iba a preguntar ahora". Y mientras tanto, no me dejan a mí consultar mis dudas, incertidumbres y miedos al respecto. Veo así que el médico, con su brusca interrupción, no busca sólo desautorizar a su empleada y desconcertarme imponiéndome una segunda opinión antes aún que la primera. Viene a captar operaciones, a convertir al paciente en cliente sin que sé dé cuenta. Le bastan diez segundos para romper el "tempo" y la confianza médica-paciente, sembrar el espacio de avidez, y llevarse todo el sosiego que pudiera haber en ese espacio. La médica me dice que sí, que me ha aumentado media dioptría en cada ojo, pero que no me hace receta hasta dilatarme la pupila, y sin darme lugar a preguntar, me conduce con una tarjeta hasta la recepción y se va. Ella sigue en la consulta, así que no se despide. Yo también, así que tampoco. Pero luego no hay más ocasión. La recepcionista me pregunta qué día prefiero para dilatarme. El viernes, sin duda, y me cita. Le pregunto cuánto tiempo tengo que estar, y me dice que una hora. Y aun quiero asegurarme de algo más, cómo voy a ver después y si no veo bien, por cuánto tiempo, y contesta, como regañando: "¡Pues mal, cómo va a ver! Después de dilatarse la pupila tiene la visión disminuida 24-48 horas". No lo hace con mala intención, sino para demostrar cuánto sabe y lo rápida que es, que no para de atender llamadas, dar citas y despachar en el mínimo tiempo posible a los clientes (digo, pacientes). Pero a uno le parece haber oído subliminalmente un "que parece usted tonto". Chica, sólo me han dilatado las pupilas una vez y no lo recordaba. (Por cierto, otro día hablaremos del uso del singular y del plural en oftalmología: las pupilas son la pupila y las gafas son la gafa). El caso es que uno sale del oculista con las orejas gachas, sin despedirsey con una cierta desazón. Le queda a uno la extraña sensación de que lo fueran a operar ya de improviso sólo por haber dicho que se lo está pensando, que ahora no se puede echar atrás, y que sería una impertinencia preguntar por los riesgos.

De momento, hoy me dilantan las pupilas. Mis pupilas serán MÁS grandes; mi visión MENOS aguda.

viernes, noviembre 03, 2006

ESGRIMA Y LLUVIA

(Dedicado a mi amigo Txopsuey)

De mis tiempos de aprendiz de esgrimista poco conservo. El traje, la careta y la espada, pero pocas enseñanzas. No fui precisamente un discípulo aventajado. Sin embargo, en días de lluvia como hoy encuentro una insólita utilidad en los movimientos básicos que trataron de inculcarme. Según se me acerca algún transeúnte con paraguas (habitualmente mujer mayor bajita, gorda y que circula bajo la cornisa, para ser más preciso), se pone en marcha un reflejo adquirido. A derecha o a izquierda, aparto de mi camino ese instrumento del demonio con una eficaz parada de sexta.

(Si tuviera paraguas lo llevaría cerrado y sin fintas ni arabescos, les atacaría por sorpresa con un fondo.)

martes, octubre 31, 2006

CAMBIO DE HORA

Nunca me ha gustado el horario de invierno. Eso de que a las seis de la tarde sea totalmente de noche me deprimía bastante. Este otoño, afortunadamente, he entrado con buen pie, me encuentro con buena salud mental, nerviosa y anímica, y me doy cuenta de que todas las circunstancias son neutras. La tristeza la pone uno. Por supuesto, me sigue gustando mucho más el sol, el calor y la luz que la noche, las nubes y la lluvia, pero no me hago un conflicto por eso. Es otoño, luego el día dura menos, hace más frío y llueve. Es un hecho objetivo. Si el otoño no fuera así, el verano tampoco podría ser el que es. Pero me desvío, no quería hablar de las estaciones en sí, sino de la manipulación del hombre con los horarios.

Creo que siempre tenemos una desviación de horario con respecto al sol, no sé por qué (por otro lado, ¿qué sabe el sol de las horas?). Pero, por encima de esa supuesta desviación, nos sacamos otra más haciendo los cambios de hora de invierno y de verano. Uno pensaría, lógicamente, que cuando los días duran más, se podría retrasar una hora, y cuando duran menos, adelantarla. Así anochecería más o menos a la misma hora todo el año. Sin embargo, es al contrario. Cuando el día es suficientemente largo, se adelanta la hora para que se haga de noche más tarde todavía, y cuando es más corto, se atrasa, para que a uno la merienda le sepa a cena. Se argumentan razones de ahorro de energía. Estarán estudiadas, digo yo.

Ahora bien, pensemos en este detalle: la duración de los días va subiendo o bajando (según las estaciones), a razón de aproximadamente un minuto al día. Eso quiere decir que para que anochezca una hora antes, tienen que pasar dos meses. De modo que lo que la mecánica del universo tarda dos meses en hacer, el hombre lo hace en una sola noche. Yo no entiendo mucho de casi nada, pero me da la sensación de que eso no puede ser sano.

viernes, octubre 27, 2006

¿QUÉ SE CREEN QUE SOMOS?

Desde hace algún tiempo, en los andenes de las estaciones de metro de Madrid hay pantallas de televisión. Sería más apropiado decir de vídeo, ya que imagino que no son receptores de emisiones sino reproductores de piezas grabadas. Eso es lo de menos. Lo que me ha dado por pensar es ¿por qué?

Metro de Madrid ("Vuela", decía una publicidad) se enorgullecía de dar un servicio rápido y eficaz, y en la medida en que yo lo uso, creo que lo dan. Los trenes vienen , según la franja horaria, más o menos distanciados, pero en general con bastante frecuencia, a excepción del final del día, en que sólo pasan cada cuarto de hora o así (en todo caso, mucho mejor que el autobús en cualquier momento del día). A veces llegan cada dos o tres minutos; otras cada cinco, cada siete, cada diez... Pongamos que la espera media sea de siete minutos. Bien. ¿No somos capaces los ciudadanos de estar en silencio siete minutos, simplemente esperando que llegue el tren? ¿Tienen que entretenernos en cualquier situación de pausa por la que pasemos? ¿Se creen nuestros gobernantes en la obligación de mantenernos siempre distraídos?

Si nos paramos a pensar es hasta ofensivo. Como unos padres modernos sin tiempo para sus hijos, cambian su mala conciencia por tecnología y nos despachan con un vídeo, como si fuéramos niños a los que mantener calladitos un par de horas con una película de Disney, aunque la hayan visto cien veces (como los reportajes del metro, por cierto). ¿Quiénes se creen que son? ¿Qué creen que somos nosotros? Lo peor es que igual nos hemos hecho a la idea y nos hemos vuelto tan infantiles como piensan. El día menos pensado, a alguno de nosotros no nos gusta el vídeo que echan, y nos ponemos a berrear, a patalear y nos tiramos al suelo.
A ver quién viene a recogernos y qué piruleta nos da para que nos callemos.

miércoles, octubre 25, 2006

¿POETA MALDITO? MALDITO POETA

Me cuelo en la celebración del aniversario de un centro de talleres alternativos, y nos obsequian con muestras de sus actividades: bailes diversos y lecturas de poemas. Rondan dos niños pequeños, que supongo hijos de los organizadores. Uno de los aprendices de poeta se sienta en un silla en la cabecera de la sala y enuncia el título de su poema. Algo sobre una despedida en una estación de tren. Suena a pareja que rompe, pero él lo adorna de dramatismo con palabras como muerte, ataúd, y cosas así. Se ve que lo ha superado. Y mientras el lector se recrea en su negrura, a uno de los niños se le escapa una pelota en color, verde, redonda y alegre. La pelota bota y rueda hasta la silla del poeta. Su cara, ahora, es otro poema. Al ojo atento no pasa desapercibida su irritación por haber sido interrumpido. El joven coge la pelota, y no la suelta. Piensa así retener el juego del niño, sus gritos, e incluso captar su atención. ¡Que el mundo se detenga! Como debió de detenerse sin duda en la escena de despedida que describe. Falta un cartel de prohibición: Atención, personas sufriendo, prohibido disfrutar. El niño, ajeno a todo esto, interrumpe más, reclamando lo suyo: "Dame mi pelota". Alguien le hace callar, y el niño no insiste. Se pone a mirarnos a todos con asombro. Cuando termina la lectura, se le regalan al autor unos desganados aplausos de compromiso, y éste juega ahora a hacerse el guay devolviéndole el juguete al pequeño con una sonrisa falsa. Para poeta, el niño.

sábado, octubre 14, 2006

EXTRAÑAS DECEPCIONES

Hay satisfacción cuando se colman las expectativas. Frustración cuando se tuercen y no llegan a buen fin o lo hacen a deshora. Esto sucede, si hablamos de deseos, de proyectos, de cosas que queremos. Pero, ¿y si nos referimos a nuestros miedos y temores? Debo de tener una mente tortuosa (ya hago por arreglarla), pero alguna vez me ocurre también en esos casos. Ahí va un ejemplo reciente, con cuestiones de esta nuestra comunidad.

Tenemos que revisar la red de saneamiento de la comunidad de vecinos, engorrosa labor, que sin duda va a trastornar a los locales comerciales de la casa. De pronto, descubro que el bar está en obras, de reforma total, el mejor momento para que entren los poceros a ver qué hay ahí abajo y, si tienen que picar, que piquen. Total, el suelo van a ponerlo nuevo. Pero hay que darse prisa, porque los albañiles quieren ponerse a solar pronto. Tienen fecha de entrega y compromisos posteriores. Si queremos que coincidan, hay que elegir rápidamente el presupuesto, y uno no sabe, así que tiene que esperar a algún vecino sabio a pedir consejo, y luego llamar a la empresa elegida. Puede que tengan ya otros trabajos contratados y no puedan venir cuando a uno le interesa, en todo caso, ya estamos advertidos también de que hay que pedir permisos al ayuntamiento, y la cosa suele ir lenta... Uno, pues, hace lo que puede para hacer coincidir dos obras, cuando nada está en su mano, y se preocupa y se estresa inútilmente pensando en que va a llegar el tío Paco de la realidad con sus rebajas en forma de problemas. Y sin embargo, de pronto, como mágicamente, resulta que la empresa más barata les inspira confianza a los expertos, se les llama, y están disponibles y dispuestos para empezar de un día para otro. Podrán venir el miércoles. Una satisfacción, por supuesto, y un gran alivio. Las sensaciones positivas protagonizan este momento.

Pero, fuera de guión, escondida en algún oscuro rincón de la mente, hay una sombra decepcionada, la del mártir masoquista que esperaba dificultades que dieran sentido a su estrés, dimensión a su trabajo y voz a su queja. Está decepcionado, porque todo está siendo más fácil de lo que pensaba, y, por tanto, se ha estresado en vano como un gilipollas; su trabajo, ahora, ha quedado a la vista como lo que es, una simple llamada de teléfono, y, por tanto, no podrá contestar a quien le diga que eso de ser presidente de comunidad "no es para tanto".

Esto es sólo un caso. Podríamos, sin duda, encontrar anécdotas similares. Pero bastante me he extendido ya con el ejemplo. No quisiera que se perdiera de vista la reflexión: a veces, al ingrato, hasta la buena suerte decepciona.
Para el lector curioso, le diré que la tarde anterior a la fecha concertada para que viniera el camión-bomba de los poceros, habiendo coordinado la parte más difícil - los dos locales - apareció un problema donde menos se esperaba. Había que advertir al vecino del bajo de que iban a venir los operarios a las nueve de la mañana (su vivienda da acceso a dos patios, y tendría que permitirles entrar). Pero no estaba en casa, ni había dejado llave a nadie ni se le pudo localizar en toda la tarde ni por la noche. A uno de los patios se puede llegar también desde la farmacia, así que sólo cabía rezar para que no fuera necesario entrar en el otro. Después, por la mañana, los poceros no vinieron a las nueve. Un poco más tarde, uno recibe una llamada informando de no pueden dejar el camión como pensaban, y necesitarán acotar una zona con vallas. Quedan, por tanto, en volver el lunes. Este retraso anula - o dilata - el problema con el vecino, y vuelve a poner de relieve los problemas de coordinación: casi imposible que el bar no pongan nada de suelo hasta entonces.

Este que os escribe da en ese momento un salto cualitativo, y, ni satisfecho ni decepcionado, simplemente acepta lo que viene (y lo que no viene). Por cierto, es sábado, seguimos sin localizar al del bajo y el bar está solado casi del todo. Salga el sol por Antequera.

miércoles, octubre 04, 2006

¡EUREKA! ¡ME ENCONTRARON!

El lunes me encontraron. No es que estuviese fugado ni huyendo de nadie; es sólo que tuve uno de esos encuentros fortuitos que me son tan habituales, sólo que, en esta ocasión, no fui yo quien me encontré a otra persona, sino que fue la otra persona la que me encontró a mí. ¿El orden de los factores no altera el producto? No lo sé: siempre se ha dicho que Colón descubrió América, no que América descubrió a Colón, que también podría ser. Comparaciones aparte, sí es lo mismo en cuanto al hecho práctico de volver a vernos una antigua compañera y yo, ponernos al día de nuestras vidas, informarme de que tiene dos niños, uno de ellos presente durante el encuentro, e intercambiarnos teléfonos y correos electrónicos. Pero no en el hecho trascendente y real del azar. El acontecimiento, en este caso, le pertenece a ella. Ella es el sujeto afortunado (no por encontrarme a mí, sino por encontrarse a alguien) y yo el objeto de su casualidad. Desde algunos puntos de vista, si a uno le ocurren las cosas por algo, ella se ha encontrado conmigo por alguna razón; es decir, que mi localización, en teoría, será para aportar alguna clave a su vida, en este caso no a la mía. Debo decir que a la inmensa mayoría de los encuentros que tengo no consigo verles una razón última (ni primera, muchas veces), y alguna vez he pensado si el "receptor" de mis encuentros no serían los demás; por justa viceversa, a lo mejor podría ser yo el beneficiado de esta casualidad. Como no le he visto aún la ventaja, volveré a mi primera teoría: ella me ha encontrado, y yo he sido visto. Ahora sé cómo se sintió el Principio de Arquímedes cuando el propio Arquímedes lo vio claro y meridiano y salió a la calle gritando "¡Eureka!". ¿Qué puedo gritar yo?

sábado, septiembre 30, 2006

LA LEY DE LA VIDA

Desde hace cuatro o cinco años - quizá más -, cada vez que termina la temporada de futbito, hacemos una votación en el equipo para ver si seguimos. Algunos compañeros se van fuera los fines de semana y tienen que venir expresamente el domingo a jugar. Nos vamos haciendo mayores, somos pocos, venimos justos, y nos cansamos. Y raro es el año en que no nos lesionamos alguno, y tardamos en recuperar, con lo que, encima, somos menos. Incluso ha aparecido el reúma en nuestras filas. Una ruina. Pero aunque nos cueste, nos gusta jugar, y son tantos años, que se hace duro decir "ya no jugamos más". Este año el equipo ha cumplido el 25 aniversario, una cifra muy redonda como para poner fin, pero ha vuelto a salir que sí. De hecho, creo que nadie ha votado en contra.

Sin embargo, a la hora de apuntarnos, nos hemos quedado sin nuestro tradicional turno de los domingos por la mañana. Sólo nos dejaban los sábados por la tarde (imposible para los padres de familia con niños y para los que salen los fines de semana), y los domingos de 3 a 6 (imposible para los que tenemos la penosa manía de comer). ¿Total? Que, finalmente, no nos hemos apuntado. La vida ha impuesto su ley.

Quizá nosotros no nos hubiéramos atrevido nunca a dejarlo. Quizá estábamos prolongando demasiado una época. Quizá era necesario hacerlo incluso por salud. Por tiempo. Por tranquilidad... El deporte no es necesariamente tan saludable como dicen.

No escribo esto por contar mi vida, que poco interés tiene, por no decir ninguno, sino para hacer ver cómo, a menudo, ante nuestras indecisiones, nuestra confusión, nuestros bloqueos, apegos, inconsciencias o falta de metas, es la vida la que decide por nosotros. Éste, desde luego, no es un giro demasiado importante en la vida de ninguno, pero estoy seguro de que todos hemos vivido algún acontecimiento ajeno e involuntario que, positiva o negativamente, ha marcado el rumbo de nuestro camino durante un tiempo o para siempre.

lunes, septiembre 25, 2006

DOS COMO GREGUERÍAS

El hombre no desciende del mono: directamente empieza siendo mono. Impepinablemente, cada vez que una persona ve a una madre con su bebé en el cochecito, dice: Qué niño más mono.

Cuánta impertinencia la de esos desconocidos que paran a las madres con hijos pequeños y les hacen preguntas: "¿Cómo te llamas?". El niño, tímido, hosco o lento de reflejos, calla, mientras una voz impostada contesta en su nombre "Me llamo Carlos, y tengo cinco años". Tienen algo de ventrilocuas las madres.

miércoles, septiembre 20, 2006

MI PRIMERA VIDA

Tengo un amigo, Dani, que tiene un blog (aquí tenéis el enlace), y hace unos días traía una referencia sobre una página web en la que, simplemente poniendo tu fecha de nacimiento, te decía quién habías sido en tu vida anterior. Llamémoslo reencarnacionismo lúdico.

Un compañero de trabajo, Manu, dedicó hace poco un guión al tema de las vidas anteriores. Llamémoslo reencarnacionismo humorístico.

También otro blogger que me visitó recientemente tenía un post sobre el particular. Reencarnacionismo poético, en este caso.

Incluso Carlos Martínez Vallés, cuya página web referencio aquí, tiene un libro titulado "¿Una vida o muchas?", en el que aporta razones a favor y en contra de este asunto. Reencarnacionismo filosófico... o no.

Excepto el último, cuyo libro leí hace tiempo, los otros tres documentos han aparecido en mi vida en el plazo de dos semanas (incluso dos de ellos con pocos días de diferencia), de modo que he querido hacer una reflexión.

Se supone que el asunto éste de las reencarnaciones tiene que ver con la ley del karma, según la cual y hasta donde la entiendo toda acción tiene su consecuencia, en esta vida o en una futura, y uno debe seguir encarnándose hasta liberarse de todas sus deudas kármicas o aprender la lección que le toque. Esa ley del karma, según algunos, nos hace relacionarnos con antiguos familiares, parejas, amigos, enemigos, compañeros, y trocar amores en odios y odios en amores, y vivir en otra vida el rol del que fue tu antagonista en la anterior, y en definitiva sufrir los vaivenes, subidas y bajadas de las pasiones humanas. Así, cada vida es un tiempo para saldar cuentas de una anterior.

Pero... ¿y si fuera ésta mi primera vida?

jueves, septiembre 14, 2006

FELICIDAD Y ESTADÍSTICA

9.999 veces de 10.000 uno sale de casa con la cartera y vuelve con ella. Podría decirse incluso que 99.999 de 100.000, pero siempre hay uno que la pierde dos veces al año y jode la media. La única vez de las diez mil en que uno la pierde, se siente el hombre con más mala suerte del mundo. Sin embargo, nadie da gracias por las nueve mil novecientas noventa y nueve veces en que fue afortunado porque no la perdió. Pongamos que tres o cuatro de esas veces, uno estuvo atento, y le corresponde el mérito de haberla custodiado, pero las otras nueve mil novecientas noventa y cinco la ha conservado por mera suerte, sólo porque no se le ha caído ni se la han quitado.

El lunes fui al cine a la Plaza de España. Al salir, fui andando por la Gran Vía y en Callao me di cuenta de que no llevaba la cartera encima. Fácil que se me hubiera caído sola de un bolsillo lateral del pantalón, o al sacar el móvil, sin darme cuenta, o incluso que me la hubiera quitado un artesano carterista. Di el dinero por perdido, e hice un somero inventario de tarjetas y carnés que habría que anular y volver a tramitar, y entretanto corrí todo lo que pude para llegar antes del siguiente pase de la película. No tenía mayor confianza en encontrarla, pero ir mirando el suelo de la acera por si se me hubiera caído y siguiera allí sí que me pareció un trabajo duro, ingenuo y seguro que infructuoso. Llegamos (hice correr también a mi amigo Dani), y, sí, ahí había estado, la habían encontrado, la habían entregado en taquilla y, por fin, me la devolvieron.

Cuando llegué a casa, me di cuenta de que había salido con la cartera y había vuelto con ella, y me sentí un hombre afortunado, a pesar de haber estado viendo Alatriste.

Fue una fortuna también que me acompañara Dani y no una modelo del club Fuera de Cibeles. Si en Callao me doy cuenta de que no llevo la cartera, ¿cómo pedirle que se ponga a correr a mi lado con los tacones? O sigo con ella sin saber qué habrá sido de mis carnés, y pidiéndole que me invite a todo, o la despacho a su casa, mientras yo me entretengo en estas minucias prosaicas. Nunca hubiera acertado.

Y a quien piense que le debo una carrera a mi amigo (que por cierto no llevaba cartera, porque se la había dejado en casa) le diré que se equivoca, él después se dejó un libro, y le tuve que acompañar yo. Entre los dos hemos roto la estadística en un solo día.

martes, septiembre 12, 2006

YO TAMBIÉN SOY TOP MODEL

Me siento más bello en estos días.

He leído las últimas informaciones sobre las tablas de pesos y medidas que debe tener una modelo para desfilar en la pasarela Cibeles. Hay una magnitud denominada índice de masa corporal que está relacionada de algún modo con la salud (no con la belleza, que a las modelos, como el valor a los soldados, se les supone), y determina que una persona saludable debe marcar entre 18 y 25. Esta cifra se halla dividiendo los kilogramos de peso del individuo por el cuadrado de su altura en metros, de modo que, a más altura y menos peso, menor índice de masa corporal. Ni que decir tiene que las modelos llegan raspando al 18 mínimo exigido. Por ejemplo, dos chicas de 1'75 (cuadrado, 3'06) que pesen respectivamente 56 y 55 kilos, tendrán un índice de masa corporal de 18'30 (sana), en el primer caso, y de 17'97 en el segundo (insana). Con este rasero se han quitado de en medio en Cibeles a un tercio de las desfilantes aspirantes en la pasarela. A ellas, sobre todo, dirijo mi solidaridad. Si no os quieren en Cibeles, que sepáis que bajo mi techo, si no quedaros, al menos sí podréis siempre desfilar.

No penséis ahora que todos los hombres somos iguales y pensamos en lo mismo. Yo me considero en este caso semejante a vosotras. ¿Verdad que coméis bien y con apetito, y que en realidad es vuestra constitución delgada la que os mantiene así de esbeltas y etéreas? Pues yo igual. Coma lo que coma y en la cantidad en que lo coma, en el último año no he conseguido pasar de 58 kilogramos de peso. Midiendo como mido, 1'80 metros (cuadrado: 3'24), me sale un IMC de 17'90. Sí, a mí también me hubieran echado. Yo también soy top-model.

En resumidas cuentas, mis espigadas amigas, que si queréis que hagamos algún tipo de asociación para protestar, consolarnos o lo que sea, no tenéis más que decírmelo, que para eso estamos.

domingo, septiembre 10, 2006

NO SÓLO DE TORRES GEMELAS VIVE EL 11-S

Propongo un reto a mis dos lectores, entre los cuales me incluyo: adivinad a qué otra efeméride hace referencia el título de este post. Es decir, ¿qué acontecimiento señalado se conmemora el once de septiembre? (Pista: ocurrió en España).

jueves, septiembre 07, 2006

ENVIDIO MI CASA

Se dice que los franceses son chovinistas, y les gusta más lo suyo que cualquier otra cosa, y los españoles somos envidiosos, y nos gusta lo de los demás más que lo nuestro (excepción hecha de las opiniones y prejuicios: nuestras ideas son siempre insuperables, faltaría más). Para uno, ser español no es más que un cúmulo de circunstancias y condicionantes a menudo favorables, pero a veces no tanto, y se mueve, por tanto, entre el tópico nacional y el individualismo rebelde. Traducido: que, a veces, lo propio me parece mejor que lo ajeno, mientras que, por temporadas, me da por encontrar siempre en los demás elecciones más acertadas. Por ejemplo, la vivienda: el tipo de casa, su situación, su decoración, el estilo de vida... Se trata de una envidia de escaso alcance, que se agota en sí misma, pero me sorprende por su comportamiento compulsivo y desordenado. Así, puedo un día envidiar el estilo recogido y hogareño de la casa de unos amigos, para el día siguiente soñar con el elegante piso de techos altos que he visto en una película francesa; un día admiro el minimalismo de un pequeño estudio que te muestra una revista, otro deseo el ático con terraza del prójimo, en el mismísimo centro, y más tarde me da por pensar que el que sí que se lo sabe montar es el que se ha ido a vivir al campo, alejado del mundanal ruido, en una casa grande, con terreno y huerto. Vamos, que me das el catálogo de ikea y me vuelves loco. Y luego mira uno su casa, y le parece que está bien, que tiene su gracia, pero no tiene un estilo muy definido, que está un poco desordenada, algo sucia, y que si tuviera que decorarla ahora, no metería tantos colores, pondría menos muebles... o igual se iría a vivir a otro sitio, de otra manera... Y en este punto es donde sucede lo asombroso. De pronto, veo el reflejo de algún espacio de mi casa en un espejo, y me impresiona. Pero no al reconocerlo como de mi casa, sino, al contrario, como si fuera un rincón entrevisto en cualquier otro sitio. Como si acabara de ver la foto en una revista y pensara: qué buena idea, me encantaría tener un escritorio así. Al fin y al cabo, como ya nos anticipaba la Alicia de Lewis Carrol, al otro lado del espejo, está el País de las Maravillas. En este caso, mi casa simétrica. Qué locura.

Me gustaría tener mi casa. Me gustaría ser yo.

martes, septiembre 05, 2006

¿QUÉ SABE EL CUERPO?

El lunes me quise apuntar a clases de natación en un polideportivo municipal cerca de casa. La inscripción para las actividades deportivas estaría abierta desde las ocho y media, y yo tenía que irme a las nueve y media para una reunión, luego me convenía estar a primera hora, pero ¿qué hora era ésa? Es posible que, tratándose de plazas limitadas y baratas, hubiera grandes colas para conseguirlas. Sin embargo, sin una confirmación de este punto, no tenía mucho sentido llegar a las siete de la mañana para esperar el primero delante de nadie. Me planteé, por tanto, ir a las ocho, media hora antes de la apertura. Si no era suficientemente temprano, mala suerte.


Ignoro por qué razón, esa noche no conseguí conciliar el sueño. Pasadas las seis de la mañana, después de tratar de aburrirme con un capítulo de un libro denso, de hipnotizarme con un par de sudokus difíciles (que resolví) e intentos infructuosos de aplicar técnicas de control mental contra el insomnio (que no resolví), di la cosa por imposible, y me levanté para adelantar un trabajo pendiente. Después, hice tiempo para ir al polideportivo. Llegué sobre las ocho menos diez. Había apenas veinte personas que esperaban de forma desordenada. ¿Quién es el último?, pregunté. Hay que coger número, me dijeron. Efectivamente, en la puerta había un hombre repartiendo turnos. Me dio el 97.


Por las conversaciones que pude oír después, me enteré de que, aunque las puertas no se abrían hasta las ocho y media, se empezaron a dar números a las seis de la mañana. Los primeros que lo cogieron podían llevar desde las tres. Se especuló con que alguno había dormido allí. Me encontré (¿cómo no?) con una compañera, que había estado a las seis y poco, y le habían dado el 56. Y yo pensé que la noche que había pasado en blanco sobre la cama perfectamente la podía haber pasado en la cola del gimnasio. ¿Sabía mi cuerpo eso y no le hice caso?


Abriendo a las ocho y media, para que atendieran el número 97 - el mío - en la taquilla antes de las nueve y media tenían que ir a una velocidad de más de tres números cada dos minutos (90 en 60). Cuando a las nueve menos cuarto, supe que iban por el 8, desistí de esperar más. No obstante, parecía que la gente buscaba más bien actividades para sus hijos que para ellos. Quizá hubiera suerte con la natación para adultos. Por la tarde volví a ver si quedaban plazas para mi curso de aprendizaje... y sí. Quedaban, e incluso elegí entre distintos horarios. Podía haberme ahorrado el madrugón (que, puesto que no dormí, no lo fue tanto, aunque tampoco "trasnochón", pues resultó involuntario). Eso no lo sabía el cuerpo.


En el polideportivo, no habían tenido la deferencia de poner el listado de plazas libres visibles desde la calle para que nadie hiciera cola en balde, ni tampoco habían sacado el cartel con el horario de inscripción. Con suerte, había podido verlo días atrás, pegando la cara al cristal de la puerta, colgado de un tablón de anuncios interior (¿Qué sentido tiene informar de algo en un tablón de anuncios no accesible al público?). Lo que no pude ver fue la letra pequeña: se repartirán números desde las 6. Una faena, porque, de haberlo sabido, habría estado antes. Pero una suerte, porque no me era necesario hacer esa cola. Y también otra vez una faena, puesto que, al no dormir, no me costaba haberme acercado antes, y podía haber aprovechado, si lo hubiera sabido. Aunque una suerte de nuevo el que me dieran un número suficientemente alto para que no tuviera que plantearme quedarme a ver si daba tiempo. Qué mezcla de azares afortunados y desafortunados en un solo suceso.

Pero en definitiva: ¿sabía mi cuerpo que tenía que estar radicalmente temprano en la cola y por eso se negó a dormirse? ¿Y sabía mi instinto que habría plazas de sobra como para apuntarme después, y por eso insistía en buscar el sueño? ¿Y qué sabía mi razón? Poco, muy poco. Lo justo para decir: me voy, vendré después por si acaso. No tenía ninguna expectativa, esperanza ni corazonada de salirme con la mía, pero podía ir, estaba cerca y tenía tiempo. No perdía nada por intentar. Así fue cómo al final conseguí el objetivo sólo actuando razonablemente. Se ve que la razón también tiene razones que el corazón desconoce.

jueves, agosto 31, 2006

NO TENGO CALOR

Para rabia y envidia de mis conciudadanos madrileños colegas en rodriguicia agostera y aun a sabiendas de que puedo ganarme una justificadísima bofetada, declaro con osadía que no tengo calor. Reconozco que lo hace y, en cierto modo, lo capto, pero no me mueve a queja ni a lamento ni a respiración fatigosa siquiera. Y si noto la espalda empapada en sudor, lo achaco, claro, al calor, pero como si éste fuera una circunstancia periférica de escasa importancia. O mejor, como el inevitable defecto que se disculpa al amigo sin siquiera mencionarlo.
El verano es, en efecto, nuestro amigo, y sudores y mosquitos son esos pequeños inconvenientes que hay que saber pasar por alto, so pena de vernos privados de su amistad para siempre. A mí a veces me pregunta esta estación "¿tienes calor?". Y, aunque podría contestar un agónico "sííííggg" con voz de asfixia para crearle mala conciencia, prefiero sobreponerme y, sin llegar a mentir, ofrecer un discreto "un poco". Como cuando el amigo lleva media hora anclado en los prolegómenos de la historia que te quiere contar y de pronto se inquieta - "a lo mejor me estoy poniendo un poco pesado" -, y uno le tranquiliza con un "No, no te preocupes". Pues con el verano igual. "¿Calor? Sí, un poco, pero lo normal, no es ni para mencionarlo".


Debo apuntaros una cosa a este respecto. He observado que cuanto menos te quejas del calor, menos lo notas. El indiscreto que confiesa abiertamente "estoy sudando" (qué innecesario, además), destila gotas más gordas y en mayor cantidad en el momento de decirlo. Decid "qué calor hace" (o qué calor azo, que viene a ser lo mismo), y el propio calor al oírlo se hinchará de orgullo y se le hará mayor.

Y no es sólo eso. Asiste a mi argumento una razón moral. Algunos no me conocéis personalmente, pero enseguida os pongo en situación. Soy un delgadito sin reservas calóricas y me paso el invierno encogido en un ovillo como queriéndome hacer de lana para resguardarme del frío. Los días en que me destemplo ya podría ponerme encima el doble de mi peso en jerseis, y seguiría temblando. Paso mucho frío en invierno. Frío de tiritar, de no quitarme a veces la bufanda ni siquiera en interiores; de quedarme sentado temblando de miedo al frío y de frío propiamente dicho. Entonces sueño con el calor y anhelo la llegada de la primavera y más aún del verano, y me declaro friolero cuando me preguntan, y afirmo, si se plantea la cuestión, que soporto mejor el calor que el frío. Dónde va a parar.


Dicho esto, ¿qué clase de hombre sería, qué sinvergüenza incoherente o inconformista gruñón, si al llegar los rigores del verano, tan deseados, me empezara a quejar? No, señores. Si opto por el calor, cuando viene lo acepto. Y si es fuerte, lo aguanto, y si es insoportable, lo soporto con entereza. Sobre todo, eso: no perder la compostura y la dignidad. Nada de doblegarse ante el clima. Cuerpo firme, sudor controlado y sonrisa impertérrita de eterna gratitud al sol, por el buen tiempo.

Preguntadme, os reto, con malicioso retintín, sin queréis, "¿no tienes calor?". Entonces me volveré y, sin sombra de duda ni de sufrimiento, con un abierto contento que todo lo acepta (y lo que no lo disimula), que, por cierto, interpreto muy bien, contestaré "¿Calor? No. No tengo calor".

miércoles, julio 12, 2006

EL CINE ESTÁ ENLADRILLADO

No es el comienzo de un trabalenguas, sino la triste realidad. No tengo cámara digital para incluiros una foto, pero la verdad es que impresiona. Si alguno tenéis ocasión de pasar por la calle General Oraa, podéis ver como han emparedado las dos entradas contiguas y simétricas del cine Dúplex (en lenguaje inmobiliario estricto, debería ser "adosado" o "pareado" más bien). La imagen me recuerda la escena de la película "Solas" (creo que la vi en ese cine, solo, por cierto), en que María Galiana abre la ventana de la habitación de su hija y se encuentra una pared de ladrillos. No estaba el cielo ni el sol al otro lado, ni están ya las películas dentro del cine. Lo malo es que no me extraña. Cuando me acercaba muchos martes por la noche (su día del espectador), a menudo tenía un pase privado para mí solo. Cuando estaba el hombre mayor (dueño o gerente, no sé), era un poco más estricto, y no pasaba la peli si no había un mínimo de tres o cinco personas de público. Parece que hay una normativa al respecto. Qué gusto de sesiones, que ya no disfrutaré. Hacía algún tiempo que habían puesto un cartel agorero de "Se Vende", pero yo esperaba que nadie lo comprase y el cine siguiera como estaba, a mi disposición para los pases privados de los martes. No ha podido ser. Me queda el temor de que dentro de poco lasofertas que presente este local no sean un reducción de precio un día a la semana, sino unos prosaicos 3 x 2 en latas de atún y detergente para lavadoras. Espero equivocarme. Los chinos que están al lado, también lo esperan.

viernes, julio 07, 2006

BISES

Por invitación de una amiga, estuve el otro día en el concierto de un cantautor. Un lugar pequeño, pero muy bien aprovechado. A decir del artista, el mejor garito. No quiero hablar de sus canciones, ingeniosas, emotivas, bonitas, tristes y también duras; de amor, desamor, altibajos emocionales y desgarro; entre lo brillante a veces, y lo sensiblero siempre. Arrastró mucho público incondicional que se sabía las letras, a menudo complicadas. Tampoco se trata ahora de sacar pegas a la excesiva optimización del espacio en el local, aunque la incomodidad fue la que me llevó a la reflexión que ahora os traigo.

Después de hora y media larga de música, solo, con un bajo, con un batería, o con el batería y un bajo, por fin el cantante anunció su última canción. Y la cantó. Le aplaudimos.La canción había estado bien, el concierto había estado bien... incluso ya estaba bien de concierto. Él y sus amigos desaparecieron de la escena no se sabe bien por dónde, y la gente aplaudió pidiendo más. Yo me congratulé de ver que ellos ya no estaban. Pronto podríamos salir de ese microespacio reducido. Se encendieron las luces. Los aplausos ya eran muy dispersos. De vez en cuando, alguien gritaba: Otra, otra... y despertaba las palmadas y las reclamaciones de más música por parte de otros fans. Todo muy intermitente, sin un entusiasmo general muy sólido. Pero los provocadores eran tenaces y siguieron, y poco a poco consiguieron un aplauso más continuado y que el "otra, otra" tomara cuerpo. Y entonces salió el artista, volvió al escenario y cantó tres o cuatro canciones más.

Y digo yo: ¿a qué viene ese juego tonto entre público y cantantes? Si dices que terminas, termina, y si vas a cantar más, cántalo ya y no nos hagas sufrir ni a los que te quieren seguir escuchando ni a los que soñamos con verdaderamente has terminado. Podía haberme ido, pensaréis... Era difícil entre ese mar de taburetes. Además, había venido con gente, y estaba un poco obligado.

Son cosas extrañas estos añadidos postizos que nos encontramos en la vida: la coletilla del torero, la propina del camarero, las tomas falsas de las películas o series de televisión, que cada vez son más falsas y menos tomas, los bises y las posdatas. Curioso tema este de las posdatas. Inventadas para las cartas manuscritas, para poder añadir algo, una vez firmadas, y no tener que reescribirlas enteras de nuevo, adquieren un carácter un poco absurdo en la era informática, en que se puede editar, poner y quitar palabras a nuestro antojo antes de imprimirla en papel. Entonces, si la carta se firma después de la posdata... ¿por qué la posdata es posdata, habiendo habido ocasión de que fuera antedata? He visto - probablemente yo mismo he escrito - posdatas en un e-mail. ¿Qué sentido tiene eso?

Al final, todo se trata de tradiciones, rutinas y complicidades creadas. El cantante con su público, sabiendo ambos que aunque diga que termina, luego seguirá si le ruegan un poquito; el camarero con sus clientes, que sabe que sabe que éstos se van a dejar alguna moneda de más sobre lo marcado en la cuenta porque hay una ley no escrita que lo manda; el remitente y el destinatario de un e-mail, que juegan a imitar en su mensaje una realidad de referencia: la carta manuscrita de siempre, sin firma, sello ni sobre, pero con posdata.

miércoles, junio 28, 2006

A POR NOSOTROS, OÉ

Define el diccionario la ilusión como "concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por el engaño de los sentidos". Metáfora de la vida.

Se viste la gente de un color, llevan banderas, tambores, pitos, se pintan la cara, se reúnen en un mismo lugar para hacer masa y cantar las mismas canciones, como si eso fuera a durar siempre... pero siempre termina antes de tiempo (no lo digo porque nos eliminen, pues incluso la victoria se agota en sí misma). El caso es que perdemos y, de pronto, se deshace la ilusión, desaparece el engaño, no hay razón de ser para esas caras pintadas ni esas canciones. "A por ellos, oé"... ¿A por quiénes? Ya no iremos a por nadie más. Se ve entonces la sinrazón de tanta parafernalia y pienso que, más allá de la decepción patriótica, se despierta en los aficionados un cierto sentido personal de ridículo. ¿Qué hace uno, en medio de la calle, pintado de rojo y amarillo, si su equipo ya no juega? Imagino que uno, entonces, preferiría no haberse vestido tanto con su ilusión, y pasar desapercibido ante los demás y ante sí mismo.

Cuando todo termine, ¿qué haremos con la camiseta de nuestra profesión, la bandera del dinero, la cara pintada con los colores de la familia, los cánticos de nuestros amigos o los tambores del "así soy yo"? Esas derrotas nos llegarán todas juntas cuando menos nos las esperemos, y uno tendrá que buscarse debajo de la camiseta, el maquillaje y los gritos de ánimo, y apenas tendremos unos instantes para tratar de encontrar algo. Y entonces uno desearía no haberse dedicado tanto a corear el "a por ellos", y haber practicado más el "a por mí". Nosce te ipsum.