sábado, septiembre 30, 2006

LA LEY DE LA VIDA

Desde hace cuatro o cinco años - quizá más -, cada vez que termina la temporada de futbito, hacemos una votación en el equipo para ver si seguimos. Algunos compañeros se van fuera los fines de semana y tienen que venir expresamente el domingo a jugar. Nos vamos haciendo mayores, somos pocos, venimos justos, y nos cansamos. Y raro es el año en que no nos lesionamos alguno, y tardamos en recuperar, con lo que, encima, somos menos. Incluso ha aparecido el reúma en nuestras filas. Una ruina. Pero aunque nos cueste, nos gusta jugar, y son tantos años, que se hace duro decir "ya no jugamos más". Este año el equipo ha cumplido el 25 aniversario, una cifra muy redonda como para poner fin, pero ha vuelto a salir que sí. De hecho, creo que nadie ha votado en contra.

Sin embargo, a la hora de apuntarnos, nos hemos quedado sin nuestro tradicional turno de los domingos por la mañana. Sólo nos dejaban los sábados por la tarde (imposible para los padres de familia con niños y para los que salen los fines de semana), y los domingos de 3 a 6 (imposible para los que tenemos la penosa manía de comer). ¿Total? Que, finalmente, no nos hemos apuntado. La vida ha impuesto su ley.

Quizá nosotros no nos hubiéramos atrevido nunca a dejarlo. Quizá estábamos prolongando demasiado una época. Quizá era necesario hacerlo incluso por salud. Por tiempo. Por tranquilidad... El deporte no es necesariamente tan saludable como dicen.

No escribo esto por contar mi vida, que poco interés tiene, por no decir ninguno, sino para hacer ver cómo, a menudo, ante nuestras indecisiones, nuestra confusión, nuestros bloqueos, apegos, inconsciencias o falta de metas, es la vida la que decide por nosotros. Éste, desde luego, no es un giro demasiado importante en la vida de ninguno, pero estoy seguro de que todos hemos vivido algún acontecimiento ajeno e involuntario que, positiva o negativamente, ha marcado el rumbo de nuestro camino durante un tiempo o para siempre.

lunes, septiembre 25, 2006

DOS COMO GREGUERÍAS

El hombre no desciende del mono: directamente empieza siendo mono. Impepinablemente, cada vez que una persona ve a una madre con su bebé en el cochecito, dice: Qué niño más mono.

Cuánta impertinencia la de esos desconocidos que paran a las madres con hijos pequeños y les hacen preguntas: "¿Cómo te llamas?". El niño, tímido, hosco o lento de reflejos, calla, mientras una voz impostada contesta en su nombre "Me llamo Carlos, y tengo cinco años". Tienen algo de ventrilocuas las madres.

miércoles, septiembre 20, 2006

MI PRIMERA VIDA

Tengo un amigo, Dani, que tiene un blog (aquí tenéis el enlace), y hace unos días traía una referencia sobre una página web en la que, simplemente poniendo tu fecha de nacimiento, te decía quién habías sido en tu vida anterior. Llamémoslo reencarnacionismo lúdico.

Un compañero de trabajo, Manu, dedicó hace poco un guión al tema de las vidas anteriores. Llamémoslo reencarnacionismo humorístico.

También otro blogger que me visitó recientemente tenía un post sobre el particular. Reencarnacionismo poético, en este caso.

Incluso Carlos Martínez Vallés, cuya página web referencio aquí, tiene un libro titulado "¿Una vida o muchas?", en el que aporta razones a favor y en contra de este asunto. Reencarnacionismo filosófico... o no.

Excepto el último, cuyo libro leí hace tiempo, los otros tres documentos han aparecido en mi vida en el plazo de dos semanas (incluso dos de ellos con pocos días de diferencia), de modo que he querido hacer una reflexión.

Se supone que el asunto éste de las reencarnaciones tiene que ver con la ley del karma, según la cual y hasta donde la entiendo toda acción tiene su consecuencia, en esta vida o en una futura, y uno debe seguir encarnándose hasta liberarse de todas sus deudas kármicas o aprender la lección que le toque. Esa ley del karma, según algunos, nos hace relacionarnos con antiguos familiares, parejas, amigos, enemigos, compañeros, y trocar amores en odios y odios en amores, y vivir en otra vida el rol del que fue tu antagonista en la anterior, y en definitiva sufrir los vaivenes, subidas y bajadas de las pasiones humanas. Así, cada vida es un tiempo para saldar cuentas de una anterior.

Pero... ¿y si fuera ésta mi primera vida?

jueves, septiembre 14, 2006

FELICIDAD Y ESTADÍSTICA

9.999 veces de 10.000 uno sale de casa con la cartera y vuelve con ella. Podría decirse incluso que 99.999 de 100.000, pero siempre hay uno que la pierde dos veces al año y jode la media. La única vez de las diez mil en que uno la pierde, se siente el hombre con más mala suerte del mundo. Sin embargo, nadie da gracias por las nueve mil novecientas noventa y nueve veces en que fue afortunado porque no la perdió. Pongamos que tres o cuatro de esas veces, uno estuvo atento, y le corresponde el mérito de haberla custodiado, pero las otras nueve mil novecientas noventa y cinco la ha conservado por mera suerte, sólo porque no se le ha caído ni se la han quitado.

El lunes fui al cine a la Plaza de España. Al salir, fui andando por la Gran Vía y en Callao me di cuenta de que no llevaba la cartera encima. Fácil que se me hubiera caído sola de un bolsillo lateral del pantalón, o al sacar el móvil, sin darme cuenta, o incluso que me la hubiera quitado un artesano carterista. Di el dinero por perdido, e hice un somero inventario de tarjetas y carnés que habría que anular y volver a tramitar, y entretanto corrí todo lo que pude para llegar antes del siguiente pase de la película. No tenía mayor confianza en encontrarla, pero ir mirando el suelo de la acera por si se me hubiera caído y siguiera allí sí que me pareció un trabajo duro, ingenuo y seguro que infructuoso. Llegamos (hice correr también a mi amigo Dani), y, sí, ahí había estado, la habían encontrado, la habían entregado en taquilla y, por fin, me la devolvieron.

Cuando llegué a casa, me di cuenta de que había salido con la cartera y había vuelto con ella, y me sentí un hombre afortunado, a pesar de haber estado viendo Alatriste.

Fue una fortuna también que me acompañara Dani y no una modelo del club Fuera de Cibeles. Si en Callao me doy cuenta de que no llevo la cartera, ¿cómo pedirle que se ponga a correr a mi lado con los tacones? O sigo con ella sin saber qué habrá sido de mis carnés, y pidiéndole que me invite a todo, o la despacho a su casa, mientras yo me entretengo en estas minucias prosaicas. Nunca hubiera acertado.

Y a quien piense que le debo una carrera a mi amigo (que por cierto no llevaba cartera, porque se la había dejado en casa) le diré que se equivoca, él después se dejó un libro, y le tuve que acompañar yo. Entre los dos hemos roto la estadística en un solo día.

martes, septiembre 12, 2006

YO TAMBIÉN SOY TOP MODEL

Me siento más bello en estos días.

He leído las últimas informaciones sobre las tablas de pesos y medidas que debe tener una modelo para desfilar en la pasarela Cibeles. Hay una magnitud denominada índice de masa corporal que está relacionada de algún modo con la salud (no con la belleza, que a las modelos, como el valor a los soldados, se les supone), y determina que una persona saludable debe marcar entre 18 y 25. Esta cifra se halla dividiendo los kilogramos de peso del individuo por el cuadrado de su altura en metros, de modo que, a más altura y menos peso, menor índice de masa corporal. Ni que decir tiene que las modelos llegan raspando al 18 mínimo exigido. Por ejemplo, dos chicas de 1'75 (cuadrado, 3'06) que pesen respectivamente 56 y 55 kilos, tendrán un índice de masa corporal de 18'30 (sana), en el primer caso, y de 17'97 en el segundo (insana). Con este rasero se han quitado de en medio en Cibeles a un tercio de las desfilantes aspirantes en la pasarela. A ellas, sobre todo, dirijo mi solidaridad. Si no os quieren en Cibeles, que sepáis que bajo mi techo, si no quedaros, al menos sí podréis siempre desfilar.

No penséis ahora que todos los hombres somos iguales y pensamos en lo mismo. Yo me considero en este caso semejante a vosotras. ¿Verdad que coméis bien y con apetito, y que en realidad es vuestra constitución delgada la que os mantiene así de esbeltas y etéreas? Pues yo igual. Coma lo que coma y en la cantidad en que lo coma, en el último año no he conseguido pasar de 58 kilogramos de peso. Midiendo como mido, 1'80 metros (cuadrado: 3'24), me sale un IMC de 17'90. Sí, a mí también me hubieran echado. Yo también soy top-model.

En resumidas cuentas, mis espigadas amigas, que si queréis que hagamos algún tipo de asociación para protestar, consolarnos o lo que sea, no tenéis más que decírmelo, que para eso estamos.

domingo, septiembre 10, 2006

NO SÓLO DE TORRES GEMELAS VIVE EL 11-S

Propongo un reto a mis dos lectores, entre los cuales me incluyo: adivinad a qué otra efeméride hace referencia el título de este post. Es decir, ¿qué acontecimiento señalado se conmemora el once de septiembre? (Pista: ocurrió en España).

jueves, septiembre 07, 2006

ENVIDIO MI CASA

Se dice que los franceses son chovinistas, y les gusta más lo suyo que cualquier otra cosa, y los españoles somos envidiosos, y nos gusta lo de los demás más que lo nuestro (excepción hecha de las opiniones y prejuicios: nuestras ideas son siempre insuperables, faltaría más). Para uno, ser español no es más que un cúmulo de circunstancias y condicionantes a menudo favorables, pero a veces no tanto, y se mueve, por tanto, entre el tópico nacional y el individualismo rebelde. Traducido: que, a veces, lo propio me parece mejor que lo ajeno, mientras que, por temporadas, me da por encontrar siempre en los demás elecciones más acertadas. Por ejemplo, la vivienda: el tipo de casa, su situación, su decoración, el estilo de vida... Se trata de una envidia de escaso alcance, que se agota en sí misma, pero me sorprende por su comportamiento compulsivo y desordenado. Así, puedo un día envidiar el estilo recogido y hogareño de la casa de unos amigos, para el día siguiente soñar con el elegante piso de techos altos que he visto en una película francesa; un día admiro el minimalismo de un pequeño estudio que te muestra una revista, otro deseo el ático con terraza del prójimo, en el mismísimo centro, y más tarde me da por pensar que el que sí que se lo sabe montar es el que se ha ido a vivir al campo, alejado del mundanal ruido, en una casa grande, con terreno y huerto. Vamos, que me das el catálogo de ikea y me vuelves loco. Y luego mira uno su casa, y le parece que está bien, que tiene su gracia, pero no tiene un estilo muy definido, que está un poco desordenada, algo sucia, y que si tuviera que decorarla ahora, no metería tantos colores, pondría menos muebles... o igual se iría a vivir a otro sitio, de otra manera... Y en este punto es donde sucede lo asombroso. De pronto, veo el reflejo de algún espacio de mi casa en un espejo, y me impresiona. Pero no al reconocerlo como de mi casa, sino, al contrario, como si fuera un rincón entrevisto en cualquier otro sitio. Como si acabara de ver la foto en una revista y pensara: qué buena idea, me encantaría tener un escritorio así. Al fin y al cabo, como ya nos anticipaba la Alicia de Lewis Carrol, al otro lado del espejo, está el País de las Maravillas. En este caso, mi casa simétrica. Qué locura.

Me gustaría tener mi casa. Me gustaría ser yo.

martes, septiembre 05, 2006

¿QUÉ SABE EL CUERPO?

El lunes me quise apuntar a clases de natación en un polideportivo municipal cerca de casa. La inscripción para las actividades deportivas estaría abierta desde las ocho y media, y yo tenía que irme a las nueve y media para una reunión, luego me convenía estar a primera hora, pero ¿qué hora era ésa? Es posible que, tratándose de plazas limitadas y baratas, hubiera grandes colas para conseguirlas. Sin embargo, sin una confirmación de este punto, no tenía mucho sentido llegar a las siete de la mañana para esperar el primero delante de nadie. Me planteé, por tanto, ir a las ocho, media hora antes de la apertura. Si no era suficientemente temprano, mala suerte.


Ignoro por qué razón, esa noche no conseguí conciliar el sueño. Pasadas las seis de la mañana, después de tratar de aburrirme con un capítulo de un libro denso, de hipnotizarme con un par de sudokus difíciles (que resolví) e intentos infructuosos de aplicar técnicas de control mental contra el insomnio (que no resolví), di la cosa por imposible, y me levanté para adelantar un trabajo pendiente. Después, hice tiempo para ir al polideportivo. Llegué sobre las ocho menos diez. Había apenas veinte personas que esperaban de forma desordenada. ¿Quién es el último?, pregunté. Hay que coger número, me dijeron. Efectivamente, en la puerta había un hombre repartiendo turnos. Me dio el 97.


Por las conversaciones que pude oír después, me enteré de que, aunque las puertas no se abrían hasta las ocho y media, se empezaron a dar números a las seis de la mañana. Los primeros que lo cogieron podían llevar desde las tres. Se especuló con que alguno había dormido allí. Me encontré (¿cómo no?) con una compañera, que había estado a las seis y poco, y le habían dado el 56. Y yo pensé que la noche que había pasado en blanco sobre la cama perfectamente la podía haber pasado en la cola del gimnasio. ¿Sabía mi cuerpo eso y no le hice caso?


Abriendo a las ocho y media, para que atendieran el número 97 - el mío - en la taquilla antes de las nueve y media tenían que ir a una velocidad de más de tres números cada dos minutos (90 en 60). Cuando a las nueve menos cuarto, supe que iban por el 8, desistí de esperar más. No obstante, parecía que la gente buscaba más bien actividades para sus hijos que para ellos. Quizá hubiera suerte con la natación para adultos. Por la tarde volví a ver si quedaban plazas para mi curso de aprendizaje... y sí. Quedaban, e incluso elegí entre distintos horarios. Podía haberme ahorrado el madrugón (que, puesto que no dormí, no lo fue tanto, aunque tampoco "trasnochón", pues resultó involuntario). Eso no lo sabía el cuerpo.


En el polideportivo, no habían tenido la deferencia de poner el listado de plazas libres visibles desde la calle para que nadie hiciera cola en balde, ni tampoco habían sacado el cartel con el horario de inscripción. Con suerte, había podido verlo días atrás, pegando la cara al cristal de la puerta, colgado de un tablón de anuncios interior (¿Qué sentido tiene informar de algo en un tablón de anuncios no accesible al público?). Lo que no pude ver fue la letra pequeña: se repartirán números desde las 6. Una faena, porque, de haberlo sabido, habría estado antes. Pero una suerte, porque no me era necesario hacer esa cola. Y también otra vez una faena, puesto que, al no dormir, no me costaba haberme acercado antes, y podía haber aprovechado, si lo hubiera sabido. Aunque una suerte de nuevo el que me dieran un número suficientemente alto para que no tuviera que plantearme quedarme a ver si daba tiempo. Qué mezcla de azares afortunados y desafortunados en un solo suceso.

Pero en definitiva: ¿sabía mi cuerpo que tenía que estar radicalmente temprano en la cola y por eso se negó a dormirse? ¿Y sabía mi instinto que habría plazas de sobra como para apuntarme después, y por eso insistía en buscar el sueño? ¿Y qué sabía mi razón? Poco, muy poco. Lo justo para decir: me voy, vendré después por si acaso. No tenía ninguna expectativa, esperanza ni corazonada de salirme con la mía, pero podía ir, estaba cerca y tenía tiempo. No perdía nada por intentar. Así fue cómo al final conseguí el objetivo sólo actuando razonablemente. Se ve que la razón también tiene razones que el corazón desconoce.

jueves, agosto 31, 2006

NO TENGO CALOR

Para rabia y envidia de mis conciudadanos madrileños colegas en rodriguicia agostera y aun a sabiendas de que puedo ganarme una justificadísima bofetada, declaro con osadía que no tengo calor. Reconozco que lo hace y, en cierto modo, lo capto, pero no me mueve a queja ni a lamento ni a respiración fatigosa siquiera. Y si noto la espalda empapada en sudor, lo achaco, claro, al calor, pero como si éste fuera una circunstancia periférica de escasa importancia. O mejor, como el inevitable defecto que se disculpa al amigo sin siquiera mencionarlo.
El verano es, en efecto, nuestro amigo, y sudores y mosquitos son esos pequeños inconvenientes que hay que saber pasar por alto, so pena de vernos privados de su amistad para siempre. A mí a veces me pregunta esta estación "¿tienes calor?". Y, aunque podría contestar un agónico "sííííggg" con voz de asfixia para crearle mala conciencia, prefiero sobreponerme y, sin llegar a mentir, ofrecer un discreto "un poco". Como cuando el amigo lleva media hora anclado en los prolegómenos de la historia que te quiere contar y de pronto se inquieta - "a lo mejor me estoy poniendo un poco pesado" -, y uno le tranquiliza con un "No, no te preocupes". Pues con el verano igual. "¿Calor? Sí, un poco, pero lo normal, no es ni para mencionarlo".


Debo apuntaros una cosa a este respecto. He observado que cuanto menos te quejas del calor, menos lo notas. El indiscreto que confiesa abiertamente "estoy sudando" (qué innecesario, además), destila gotas más gordas y en mayor cantidad en el momento de decirlo. Decid "qué calor hace" (o qué calor azo, que viene a ser lo mismo), y el propio calor al oírlo se hinchará de orgullo y se le hará mayor.

Y no es sólo eso. Asiste a mi argumento una razón moral. Algunos no me conocéis personalmente, pero enseguida os pongo en situación. Soy un delgadito sin reservas calóricas y me paso el invierno encogido en un ovillo como queriéndome hacer de lana para resguardarme del frío. Los días en que me destemplo ya podría ponerme encima el doble de mi peso en jerseis, y seguiría temblando. Paso mucho frío en invierno. Frío de tiritar, de no quitarme a veces la bufanda ni siquiera en interiores; de quedarme sentado temblando de miedo al frío y de frío propiamente dicho. Entonces sueño con el calor y anhelo la llegada de la primavera y más aún del verano, y me declaro friolero cuando me preguntan, y afirmo, si se plantea la cuestión, que soporto mejor el calor que el frío. Dónde va a parar.


Dicho esto, ¿qué clase de hombre sería, qué sinvergüenza incoherente o inconformista gruñón, si al llegar los rigores del verano, tan deseados, me empezara a quejar? No, señores. Si opto por el calor, cuando viene lo acepto. Y si es fuerte, lo aguanto, y si es insoportable, lo soporto con entereza. Sobre todo, eso: no perder la compostura y la dignidad. Nada de doblegarse ante el clima. Cuerpo firme, sudor controlado y sonrisa impertérrita de eterna gratitud al sol, por el buen tiempo.

Preguntadme, os reto, con malicioso retintín, sin queréis, "¿no tienes calor?". Entonces me volveré y, sin sombra de duda ni de sufrimiento, con un abierto contento que todo lo acepta (y lo que no lo disimula), que, por cierto, interpreto muy bien, contestaré "¿Calor? No. No tengo calor".

miércoles, julio 12, 2006

EL CINE ESTÁ ENLADRILLADO

No es el comienzo de un trabalenguas, sino la triste realidad. No tengo cámara digital para incluiros una foto, pero la verdad es que impresiona. Si alguno tenéis ocasión de pasar por la calle General Oraa, podéis ver como han emparedado las dos entradas contiguas y simétricas del cine Dúplex (en lenguaje inmobiliario estricto, debería ser "adosado" o "pareado" más bien). La imagen me recuerda la escena de la película "Solas" (creo que la vi en ese cine, solo, por cierto), en que María Galiana abre la ventana de la habitación de su hija y se encuentra una pared de ladrillos. No estaba el cielo ni el sol al otro lado, ni están ya las películas dentro del cine. Lo malo es que no me extraña. Cuando me acercaba muchos martes por la noche (su día del espectador), a menudo tenía un pase privado para mí solo. Cuando estaba el hombre mayor (dueño o gerente, no sé), era un poco más estricto, y no pasaba la peli si no había un mínimo de tres o cinco personas de público. Parece que hay una normativa al respecto. Qué gusto de sesiones, que ya no disfrutaré. Hacía algún tiempo que habían puesto un cartel agorero de "Se Vende", pero yo esperaba que nadie lo comprase y el cine siguiera como estaba, a mi disposición para los pases privados de los martes. No ha podido ser. Me queda el temor de que dentro de poco lasofertas que presente este local no sean un reducción de precio un día a la semana, sino unos prosaicos 3 x 2 en latas de atún y detergente para lavadoras. Espero equivocarme. Los chinos que están al lado, también lo esperan.

viernes, julio 07, 2006

BISES

Por invitación de una amiga, estuve el otro día en el concierto de un cantautor. Un lugar pequeño, pero muy bien aprovechado. A decir del artista, el mejor garito. No quiero hablar de sus canciones, ingeniosas, emotivas, bonitas, tristes y también duras; de amor, desamor, altibajos emocionales y desgarro; entre lo brillante a veces, y lo sensiblero siempre. Arrastró mucho público incondicional que se sabía las letras, a menudo complicadas. Tampoco se trata ahora de sacar pegas a la excesiva optimización del espacio en el local, aunque la incomodidad fue la que me llevó a la reflexión que ahora os traigo.

Después de hora y media larga de música, solo, con un bajo, con un batería, o con el batería y un bajo, por fin el cantante anunció su última canción. Y la cantó. Le aplaudimos.La canción había estado bien, el concierto había estado bien... incluso ya estaba bien de concierto. Él y sus amigos desaparecieron de la escena no se sabe bien por dónde, y la gente aplaudió pidiendo más. Yo me congratulé de ver que ellos ya no estaban. Pronto podríamos salir de ese microespacio reducido. Se encendieron las luces. Los aplausos ya eran muy dispersos. De vez en cuando, alguien gritaba: Otra, otra... y despertaba las palmadas y las reclamaciones de más música por parte de otros fans. Todo muy intermitente, sin un entusiasmo general muy sólido. Pero los provocadores eran tenaces y siguieron, y poco a poco consiguieron un aplauso más continuado y que el "otra, otra" tomara cuerpo. Y entonces salió el artista, volvió al escenario y cantó tres o cuatro canciones más.

Y digo yo: ¿a qué viene ese juego tonto entre público y cantantes? Si dices que terminas, termina, y si vas a cantar más, cántalo ya y no nos hagas sufrir ni a los que te quieren seguir escuchando ni a los que soñamos con verdaderamente has terminado. Podía haberme ido, pensaréis... Era difícil entre ese mar de taburetes. Además, había venido con gente, y estaba un poco obligado.

Son cosas extrañas estos añadidos postizos que nos encontramos en la vida: la coletilla del torero, la propina del camarero, las tomas falsas de las películas o series de televisión, que cada vez son más falsas y menos tomas, los bises y las posdatas. Curioso tema este de las posdatas. Inventadas para las cartas manuscritas, para poder añadir algo, una vez firmadas, y no tener que reescribirlas enteras de nuevo, adquieren un carácter un poco absurdo en la era informática, en que se puede editar, poner y quitar palabras a nuestro antojo antes de imprimirla en papel. Entonces, si la carta se firma después de la posdata... ¿por qué la posdata es posdata, habiendo habido ocasión de que fuera antedata? He visto - probablemente yo mismo he escrito - posdatas en un e-mail. ¿Qué sentido tiene eso?

Al final, todo se trata de tradiciones, rutinas y complicidades creadas. El cantante con su público, sabiendo ambos que aunque diga que termina, luego seguirá si le ruegan un poquito; el camarero con sus clientes, que sabe que sabe que éstos se van a dejar alguna moneda de más sobre lo marcado en la cuenta porque hay una ley no escrita que lo manda; el remitente y el destinatario de un e-mail, que juegan a imitar en su mensaje una realidad de referencia: la carta manuscrita de siempre, sin firma, sello ni sobre, pero con posdata.

miércoles, junio 28, 2006

A POR NOSOTROS, OÉ

Define el diccionario la ilusión como "concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por el engaño de los sentidos". Metáfora de la vida.

Se viste la gente de un color, llevan banderas, tambores, pitos, se pintan la cara, se reúnen en un mismo lugar para hacer masa y cantar las mismas canciones, como si eso fuera a durar siempre... pero siempre termina antes de tiempo (no lo digo porque nos eliminen, pues incluso la victoria se agota en sí misma). El caso es que perdemos y, de pronto, se deshace la ilusión, desaparece el engaño, no hay razón de ser para esas caras pintadas ni esas canciones. "A por ellos, oé"... ¿A por quiénes? Ya no iremos a por nadie más. Se ve entonces la sinrazón de tanta parafernalia y pienso que, más allá de la decepción patriótica, se despierta en los aficionados un cierto sentido personal de ridículo. ¿Qué hace uno, en medio de la calle, pintado de rojo y amarillo, si su equipo ya no juega? Imagino que uno, entonces, preferiría no haberse vestido tanto con su ilusión, y pasar desapercibido ante los demás y ante sí mismo.

Cuando todo termine, ¿qué haremos con la camiseta de nuestra profesión, la bandera del dinero, la cara pintada con los colores de la familia, los cánticos de nuestros amigos o los tambores del "así soy yo"? Esas derrotas nos llegarán todas juntas cuando menos nos las esperemos, y uno tendrá que buscarse debajo de la camiseta, el maquillaje y los gritos de ánimo, y apenas tendremos unos instantes para tratar de encontrar algo. Y entonces uno desearía no haberse dedicado tanto a corear el "a por ellos", y haber practicado más el "a por mí". Nosce te ipsum.

jueves, junio 22, 2006

¿TE MOLESTA QUE FUME? PUES MIRA, SÍ.

Transcurridos unos meses desde la ley de protección al no fumador, quisiera hacer unas reflexiones. En el día a día, no he encontrado grandes cambios. Ahora trabajo en casa, quizás en las oficinas sí se note. Conste que soy partidario de que hubiera la posibilidad de habilitar salas (smoking rooms) para los fumadores a los que costara dejar su hábito. Pero en todo caso, creo que es un hábito personal y perjudicial no sólo para ellos (allá cada uno), sino para todos los que están a su alrededor. Y a esos hay que protegerlos.
Sin embargo, tanta amenaza de persecución y en el 95% de los bares lo son de fumadores. Lo entiendo, es su negocio, y muchos no-fumadores ya están acostumbrados a convivir y tolerar el humo.
Por cierto, hay una organización llamada "Fumadores por la tolerancia", en cuya página web he intentado entrar repetidas veces sin conseguirlo. Siempre me he preguntado a qué tolerancia se refieren, porque es evidente que una persona que fuma en un lugar público está obligando a todos los demás a que toleren su hábito... pero ¿qué tolerancia ofrecen ellos a cambio? ¿A qué tolerancia obliga un no-fumador?
¿Y eso del "derecho personal de cada uno"? Claro, el fumador tiene derecho a ahumarte cuando y donde quiera... ¿y el derecho de uno a que no le ahúmen?
Todo sería más fácil con educación y civismo entre todos, desde luego. A mí me da un poco de vergüenza que tenga que ser una ley la que ordene esta convivencia, pero así es. Lo más cercano a la educación que podemos ver en los fumadores es esa pregunta, que en el fondo es retórica (o si no, ¿por qué siempre se hace con el cigarrillo en una mano y el mechero en la otra?): ¿Te molesta que fume? Con eso creen que quedan como señores caballeros educadísimos, y claro, si a uno le molesta, tiene que contestar "Sí", y chafare al amigo, causarle estupor, frustración y un enojo mal disimulado. Sí, evidentemente uno queda mal si contesta que sí a la pregunta "¿te molesta que fume?". En mi opinión, lo más educado es no fumar delante de conocidos no fumadores o desconocidos de hábitos también desconocidos.
Y en cuanto a la ley, si bien creo que se han pasado en el ámbito del trabajo, al no permitir las salas de fumadores, se han quedado cortos en otras cuestiones. Fumar al aire libre no es legislable y uno siempre puede evitar ponerse al lado del que fuma, pero ¿y en los puntos de encuentro o lugares de espera donde uno debe permanecer? Hablo de las colas. La cola del autobús, la cola del cine... ¿Tiene uno que aguantar el humo del que va detrás de él? Claro, uno podría moverse... y perder el turno.
Los fumadores sienten ahora que se les acosa, pero no se dan cuenta de que hasta ahora (y siguen un poco) han sido ellos quienes han acorralado a los no fumadores con sus cigarros.
Sí, todo esto es un problema, pero lo es de los fumadores. Toda ayuda que se pueda aportar, será bienvenida, pero la solución no es aguantar los humos.
Os dejo con un poemilla que escribí al respecto en mi casa para mis amigos tabaquistas que, cómo no, les hizo mucha gracia y que, cómo sí, no les quitó la intención de fumar.

MI ÚNICO RUEGO.

Amigos que venís, y encantado os recibo,
recordad que es aquí la casa donde vivo.
Así que si fumáis, habéis de saber, pues,
que, sin querer fumar, fumaré ahora y después.

Os quiero como sois y no os quiero cambiar,
y si fumáis, fumad, no dejéis de fumar.
Ni opino sobre ello ni tampoco os ataco.
(Sólo debo decir que odio el tabaco).

Pero odio el tabaco como se odia el delito,
y al igual que al ladrón la ley le compadece,
para mí un fumador en nada desmerece.
Lo que fume, pa’ él; a mí me importa un pito.

Un amigo es amigo aun siendo fumador,
y por toser un poco no creo que me muera,
pero dejad que sueñe en un mundo mejor:
el que quiere fumar fuma muy poco, y fuera.

Deciros esto aquí resulta doloroso,
pero es que, si fumáis, yo luego después toso.
No lo pido por mí, que si quiero me aguanto,
pero otras razones a mi razón se suman,
y es que tengo también amigos que no fuman
y no quiero, si vienen, el causarles quebranto.

¿Os suena estricto?
Obrad como queráis,
que si me preguntáis
negaré haberlo escricto.

En fin, nada prohibo;
si os empeñáis me haréis un fumador pasivo
del tabaco cautivo
aun en mi propia casa.
Pero esto es lo que pasa:
que estáis en vuestra casa,
al fin, en todo caso;
y haré la vista gorda, haré como que paso.
Enfadarme por eso no sería de recibo.

Esto, pues, es lo más que puedo hilar de fino:
y creo que el respeto, al menos, compagino
con mi aversión al humo en grado sumo,
y como veis abajo muy breve lo resumo:

Si podéis no fumar,
yo lo prefiero.
Si me queréis matar,
tomad el cenicero.

Si decidís fumar a mi costa y pesar,
el caso el rizo riza,
si también además
me ensuciáis todo el suelo con la propia ceniza.

domingo, junio 11, 2006

CAMBIO DE RUMBO

Me encuentro a un conocido el viernes, un redactor de la tele con quien coincidí en un programa hace seis años. Me cuenta que ha dejado la tele, y ahora está de guardia de seguridad en el aeropuerto. Estaba harto de la incertidumbre de los programas, de tener que "trabajarse" el siguiente trabajo...y más cosas. Conozco la historia. Otro amigo también dejó el medio para coger el traslado de una papelería. Una amiga quiere hacer las oposiciones a profesora de instituto, pero si trabaja no tiene tiempo para estudiar y si no trabaja no puede vivir... Es difícil cambiar. Sobre todo, si toda tu experiencia es el mismo campo. De pronto, empezar de cero y, probablemente, ganando menos. Acertada o no su decisión, admiro en él la valentía de encarar su vida, darse cuenta de lo que no le gusta, y cambiar de rumbo pasados los cuarenta. La vida no es un laboratorio donde puedas comparar dos decisiones en dos probetas de circunstancias idénticas para ver cuál se desarrolla mejor, de modo que uno nunca sabe si acierta... pero hay personas que consiguen tener muy claro que su camino, sea cual sea, debe ser otro del que están llevando. Le pregunto: "¿Y estás bien?". Es sincero: "No, bien no, pero cuando termina mi turno me voy a casa y ya se puede hundir Barajas". Le deseo mucha suerte... y toco madera porque no se hunda el aeropuerto. Antes de separarnos, descubro la paradoja de este encuentro. "Fíjate en tu camiseta", le digo. Es una camiseta con frase que en este caso no sé a qué quiere referirse, pero por un momento resulta desafortunada. Pone "Usted no me conoce". Y precisamente yo sí que le conozco.

jueves, junio 01, 2006

COMO UNA PRESENTACIÓN DE POWER POINT

Podría cagarme en todo, como hacen las palomas en mi coche. Sí, podría, pero no lo hago. Al contrario, me siento extrañamente feliz y aliviado, como si hubiera sido bendecido con un chorro de buena suerte. ¿Quizás me he convertido, sin darme cuenta en un personaje de presentación de power point? Qué horror. A partir de ahora puedo ir de una dirección de correo a otra, repartiendo bendiciones y maldiciones a quienes continúen o interrumpan la cadena. No, decididamente no autorizo a comerciar así con mi historia. Os la cuento, no obstante.

Quienes me conocen, saben que una de mis pertenencias más queridas es un renault cinco (por el culo te la hinco) del año 1985 (por el culo te la hinco otra vez). Sí, tengo un blog y simultáneamente un coche de más de veinte años. Son las paradojas del ser humano. Para lo que lo uso no me compensa cambiarlo.

Para mañana tenía programado un ¿viaje? a Alcobendas, y se me ha ocurrido mirar qué tal seguía aparcado el coche. Hay que hacerlo de vez en cuando, por si de pronto te colocan un aviso de mudanza y, sin que te des cuenta, estás en plaza prohibida. Aparte de encontrarlo guarro como él sólo, me ha parecido ver una grieta en el parabrisas. Efectivamente, siguiendo el rastro de la raja, he llegado al centro de un impacto con su "tela de araña" alrededor y rayas en todas direcciones. Mi primer impulso ha sido no hacer nada y posponerlo todo, pretendiendo - como Dani siempre recuerda que hace Homer Simpson - que todo se resuelva por sí mismo. Pero, ¿no sería peligroso llevar así el cristal? ¿Y si se termina de romper por el camino? Había pensado incluso en pasar por un lavado automático, pero en estas condiciones me parecía temerario exponer el cristal a ningún tipo de presión. He subido a casa, he cogido la llave, he sacado el limpiacristales que llevo en el maletero y he limpiado todas las ventanas con cuidado. Después, he cogido la carpeta del seguro para ver si me cubría la luna, esperando que sí.

Pues no. Tengo lo menos que se despacha en seguros. No sólo es a terceros y nada más, sino que abajo del todo, como recochineo, te lo pone expresamente: no ha contratado incendios, robos ni lunas (así dicho, parece lógico: ¿quién iba a contratar un incendio?). En todo caso, he llamado haciéndome el tonto, por si las moscas. Lo mismo en los años que llevo con el seguro las cláusulas han cambiado a favor del cliente o qué se yo. Pues tampoco. Me han ofrecido los nombres de algunos talleres, pero yo, estando a 20 metros de un Arevalillo, y puestos a tener que pagar, he preferido no desplazarme demasiado. Hasta aquí hemos llegado al límite de mi desgracia: cristal roto, seguro que no paga y explicación de que, en las condiciones que describo, el parabrisas es irreparable y hay que cambiarlo.

Entro en el taller y pregunto: cuánto cuesta el cristal, cuánto tardan en hacerlo y si me lo pueden hacer mañana mismo. A todo que sí, pero me hacen la pregunta del millón: ¿es un renault cinco o un supercinco? Si el tamaño es el mismo, no entiendo la diferencia. Pues resulta que el cristal del renault cinco vale 120 euros porque va con goma y se pone en una hora, y el del supercinco son 255 (sólo 45 euros menos de lo que me costó el coche), porque va pegado y necesitan tres horas. El caso es que siempre he pensado que era un Supercinco, pero nunca lo he tenido claro. Ya estoy multiplicando (sí, más 40.000 pelas).

No obstante, vuelvo al coche, donde había dejado la carpeta del seguro, miro la ficha técnica y - aquí llega el giro de guión hacia el final feliz - no encuentro en ningún lugar el prefijo "super". Vuelvo al taller y lo confirmo: es renault cinco, y el cristal me va a salir barato.

No sé cómo se ha roto el cristal ni por qué, pero los accidentes ocurren. Puedo cabrearme pensando que tengo que gastarme 120 euros con los que no contaba o saltar de alegría porque me ahorro 135 de si el coche fuera un poco mejor. Puedo, además, dar gracias de que me venga en un momento en que no me supone un descalabro económico. E incluso, con las mismas, he medio negociado que me consigan un retrovisor de desguace a modo de favor, que me iba haciendo falta. Y a todo esto, la actividad y la eficacia desplegada me han dado de pronto una mayor seguridad en mí mismo; he podido manejar una situación sin agobiarme y prácticamente la he neutralizado (que todas las cosas sean como ésta, claro). Así son mis desgracias y mis accidentes: prudentes y de efectos discretitos. El universo confabula a mi favor incluso en estos casos.

No enviéis este post a nadie, que vengan aquí a verlo. Os deseo a todos mucha suerte, pero no os garantizo nada.

martes, mayo 30, 2006

ELLA NO ERA ASÍ

Ayer vi "Juana la Loca" de Vicente Aranda en la tele y recordé una anécdota. Hace unos años, cuando la estrenaron, coincidí en el cine con una vecina de mi casa, una mujer mayor. Yo iba a ver una comedia ligera y ella a "Juana la Loca". Unos días después, coincidí con la vecina en el portal de casa y, por tener una conversación algo más personal, le pregunté qué le pareció la película. "Bien", me dijo, "pero ella no era así". Me quedé pasmado y no me atreví a preguntar nada más. No había visto la película y no sabía cómo retrataba a Juana la Loca, pero, francamente, tampoco tenía una idea preconcebida de cómo podía haber sido esta mujer. Quizás mi vecina tenía más inquietud histórica que yo, y había leído libros sobre el particular, aunque lo dudo. Y, con todo, cualquier cosa que se diga de un personaje histórico se hará a partir de los escritos que otras personas hayan hecho sobre el mismo. Si ya es difícil conocer a una persona con la que convives, imagínate a una que vivió hace siglos. Sin embargo, la frase de mi vecina creo que es muy representativa de nuestra actitud ante las cosas. La realidad o (como dice un amigo) confirma nuestros prejuicios o es mentira. En este caso, la imagen de Juana la Loca no coincidía con la que tenía de ella mi vecina, así que su opinión sobre la película era, sencillamente que "ella no era así".

viernes, mayo 26, 2006

HOY, PROGRAMA DOBLE

Improviso hoy un nuevo formato: un solo post y dos temas. Pensé que iban a ser tres, pero se me ha olvidado el tercero. Dada la desigualdad de longitudes, y siguiendo con el símil cinematográfico, consideremos la primera nota el "corto" previo y a la segunda la "peli" propiamente dicha.

LOS AMIGOS DE MIS AMIGOS SON AMIGOS DE OTROS AMIGOS MÍOS.

Da vértigo pensarlo, pero nuestros amigos tienen vida propia, conocen a gente por su cuenta sin que nosotros lo controlemos ni tan siquiera a veces lo sepamos. Me informa ahora una amiga de que un antiguo compañero de piso y amigo suyo conoce a otra amiga mía. Ambos me conocen, pero no se han conocido por medio de mí. Qué pequeño es el mundo y qué prescindibles somos.

EL CÓDIGO DA VINCI

Desde que me puse a trabajar muchas horas y empecé a no disponer de tanto tiempo para leer, fui prefiriendo el relato corto al novelón y, desarrollé una especie de "tochofobia" (manía a los libros voluminosos), que aliada con una "popfobia" (reticencia ante lo excesivamente popular), han dado como resultado una "best-seller-fobia".

Todo es justificable. La tochofobia, porque en mi adolescencia, me tragué "La Montaña Mágica" , como si fuera un plato nuevo y extraño (si no te lo terminas en la comida, te lo pongo a la merienda, y, si no, a la cena, y, si no, para mañana... y así varios meses), y creo que no le saqué la sustancia. Al menos, vi que la tenía. En cuanto a la "popfobia", llámenme elitista o esnobista, pero pienso que algo que le gusta a la mayoría de la gente no puede ser malo, de acuerdo, pero tampoco demasiado bueno. Al contrario que un antiguo eslogan de no sé qué producto que rezaba "millones de personas no pueden estar equivocadas", pienso que lo más probable es, precisamente, que lo estén.

Por todo ello, no sentí ninguna curiosidad por leer el código Da Vinci hace un par de años cuando empezaba a ponerse de moda, ni me parece prioritario ver la película. Debo de ser, por tanto, la persona que menos sabe de esta historia en el mundo civilizado. Y sin embargo, viendo la tele (ahora ya no parezco tan esnobista, ¿verdad?), no hago más que encontrarme debates en torno al libro y la película de marras. Por lo que deduzco, el mayor interés de todo el asunto se centra en si Jesús tuvo descendencia con María Magdalena. ¿Estamos locos o qué? ¿Qué más da? Si Jesús fue una persona realizada, el haber mantenido relaciones sexuales ni le quita ni le pone nada. Y en cuanto a los hipotéticos descendientes, ¿qué pasa? ¿Que los hijos del "Hijo de Dios", son "nietos de Dios", y de alguna manera "semidioses"? ¿O la cosa es que alguien nos oculta información? Si la información la queremos para ponernos a hacer "Salsa Rosa" de la Historia, diré que hasta me parece bien. No obstante, no he leído el libro ni he visto la película, así que, seguramente, estaré equivocado.

miércoles, mayo 24, 2006

¿Y SI NOS COLAMOS NOSOTROS?

Parece que el tema de las coladuras ha levantado ampollas. En estas "reglas del juego" no escritas, cada uno cree que su interpretación es la válida. Me pasó una vez en un supermercado, cuando estaba pagando, que una mujer (no es misoginia, es que es así), voceó con mal tono algo como "gracias por guardarme el sitio". Yo no sabía de qué me hablaba, la miré y aguanté un rapapolvo con la mirada de Robert de Niro que sugiere Txopsuey. Querido amigo, eso da igual: esta gente no va al cine. Parece ser que delante de la caja había dejado una cesta de plástico con su compra y se había ido a por algo que se le había olvidado. Ella no estaba cuando yo llegué, y la cesta ni la vi. Aunque hubiera sido absurdo no entrar a pagar por esperar a un fantasma. Y sin embargo, ella daba como ley que basta un objeto para guardar el puesto. Creo que todos coincidimos en que eso sólo puede ser válido - si lo es - si llegas antes de que le toque el turno al siguiente. No sería lo mismo si dejas en tu lugar a otra persona que puede ir pasando la compra e incluso pagar. Ya te arreglarás tú con ella. Por eso hacer la compra uno solo es más complicado. No se te puede olvidar nada. Si no, mala suerte.

Recuerdo mis angustias de pequeño cuando me mandaban a por un recado a la frutería. En otros sitios, basta con que te fijes en quién está antes que tú, y la cola circula fluida y armoniosamente movida por las reglas de la educación y la cortesía. Aquí como se te olvidara pedir la vez se te colaba hasta el Tato. En un ambiente tan hostil, uno aguantaba estoico las interminables tertulias personales de las mujeres con el frutero mientras improvisaban qué podían ir queriendo. Y tú, que tenías superclaro que querías sólo una ramita de perejil y dos limones, aguantando una hora. Luego, para más inri, te decían: ah, si querías sólo eso, haberlo dicho. Decididamente, el gran invento del siglo XX es la máquina de turnos.

Pero la máquina de turnos también presenta su casuística. No ignoraréis, claro, que hay personas que cogen un turno en un puesto, en otro y en otro, y esperan sólo en aquel donde prevén que les llegue antes la vez, para aprovechar el tiempo. Nada que objetar. Pero, ¿y si se les pasa el turno de otro puesto? ¿Puedes, con el 82, pedir después de que hayan atendido al 83, colándote al 84 que ya se frotaba las manos? Y si es así, ¿hasta cuántos números?

Me distraigo de mi propósito. Después de las iras suscitadas sin pretenderlo (yo mismo no las sentí tan fuertes) con el artículo anterior, quería reflexionar si uno mismo no recaerá o habrá recaído alguna vez en pecados similares. Por ejemplo, en el coche. Uno está en un carril de incorporación a una vía atascada. La norma indica esperar a que pase la fila, aunque el sentido común no lo recomienda (no pasarías nunca). ¿Qué hace uno? Ir asomando el morro hasta que la presencia de tu vehículo en la vía principal sea un hecho consumado. ¿Coladura o no? En mi defensa y justificación, diré que cuando estoy en la vía preferente, asumo y llevo a término lo que he venido en llamar el "efecto cremallera". He observado que, de forma orgánica, se va produciendo una especie de turno: pasa uno de la incorporación, uno de la principal, uno de la incorporación, uno de la principal... Evidentemente, esto se forma en parte gracias a la cortesía de los vehículos con preferencia y en parte por la osadía de los otros que van metiendo la cabeza. Yo asumo este efecto cremallera desde ambos lados sin colgarme medallas en un caso ni sentirme culpable en el otro.

Pero, acerquémonos más a los casos propuestos en el post anterior. Tú haces la compra y se te olvida una tontería (a la del otro día no era una tontería lo que se le había olvidado, pero en fin); se te ha olvidado comprar, por ejemplo, una cabeza de ajo. Vuelves a la frutería. Ya antes habías esperado una cola antes de atenderte. ¿Esperarías cola otra vez, o tratarías de exponer tu caso? Y si lo expusieras, ¿lo harías como pidiendo un favor o como asumiendo que te lo van a hacer? Lo paradójico es que el que materializa el favor es el frutero, pero quienes realmente te lo hacen (queriendo o sin querer y sin que nadie les pregunte) son los otros clientes.

¿Y en el teatro? Llegas pronto, compras las entradas, te sientas a tomar algo. Cuando te quieres fijar, ves que se ha formado una cola importante delante de la entrada. Toda (o casi toda) esa gente ha llegado más tarde que tú. Eso sí, no se han sentado tranquilamente, se han currado la espera de pie. Pero, realmente, ¿iríais humildemente desde la cabecera del vestíbulo donde están las mesas, hasta el final de la cola para poneros en vuestro sitio? ¿O más bien intentaríais ir buscando un hueco? Es difícil saberlo. ¿Os habéis puesto a tomar algo a sabiendas de que había una cola aparte u os ha pillado de improviso? Yo, si me hubiera sucedido sin darme cuenta, seguramente hubiera tratado de colarme discretamente, sin pretender ser el primero de la fila y sin pretender tener razón si alguien me lo afeaba, pero creo que lo hubiera hecho. Es parecido a cuando vas en coche y empiezas a ver una cola de coches a la izquierda o a la derecha, y tú sigues circulando, adelantando a todos los que están parados. De pronto, te das cuenta de que la cola es para tomar tu salida o incorporación y que, realmente, deberías haberte puesto el último y tragarte la retención. En este caso no se puede retroceder, de modo que no hay otra que colarse. Cuando eres tú el que espera y lleva media hora para recorrer un kilómetro, tiendes a pensar mal del que quiere colarse casi al final, pero hay que recordar que, por ignorancia, despiste - y a veces por llevar prisa, reconozcámoslo - uno también lo ha hecho. Pensad en ello y veréis con menos odio a los que se os cuelan. Ellos son vosotros.

Queda, por último, hablar de esa trampa que hemos hecho todos y por la que no sentimos ningún tipo de remordimiento: la de colar a alguien. ¿Por qué nos parece tan mal que una persona se cuele a título individual, y toleramos, sin embargo, que la cuele otra persona? Como si el orden en una fila fuera una propiedad con la que negociar. Vamos a ver, si yo estoy el tercero y cuelo a la que está la décima porque la conozco y le tengo simpatía, yo puedo asumir perder un puesto y esperar un poco más, pero ¿por qué puedo obligar a perderlo a las otras seis personas que estaban entre nosotros? La cosa es más grave cuando el producto de la cola es escaso. Quedan diez entradas para los diez primeros. Si yo cuelo a alguien, puede ser que deje sin entrada a alguien que había llegado antes que mi beneficiada. ¿A que no habíais pensado en ello? (Por eso, Liuva, aunque te lo dije en los comentarios, creo que si nos encontramos en una cola no debería colarte. Ni tú a mí. Ya tendremos tiempo de hablar después).

El que esté libre de pecado... (no sé por qué, pero me temo que hoy me vais a lapidar).

lunes, mayo 22, 2006

GENTE QUE SE CUELA

Escribí una nota sobre el sábado sin pararme a hacer una asociación al menos tan casual como la editada. En el mismo día, dos mujeres (tres en realidad) se me colaron. Cada una con sus razones y con toda seguridad creyéndose en posesión de la verdad. Pero se me colaron. Una, favorecida por la dependienta de un comercio con un dudoso sentido de la justicia. Fue, pues, realmente, la tendera quien la coló, pero el resultado es que se me coló. Y en orden a romper este círculo obsesivo, quizá sea mejor que haga el relato concreto de ambas coladas.

Pollería. Una y pico (y pata) del mediodía. Entro a comprar media docena de huevos. Hay dos personas atendiendo, pero me toca esperar. Se va una señora, atienden a otra, y se me despierta la impaciencia. Yo soy el siguiente. Mientras la despachan, entra una mujer. No me parece que sea la que se acaba de ir (pero aunque lo fuera). Aparece teatral y, con muchos aspavientos, dice que qué loca está, que se le va la cabeza, y que se le ha olvidado comprar algo. Así recuerda a clientes y dependientes que ella "ya ha estado allí". Yo me temo lo peor. Me temo lo peor muchas veces, y la mayoría de ellas no llega a suceder, así que, junto con lo peor que me temo, también me espero que ocurra lo correcto; es decir, que al terminar con las clientas que están comprando, me despachen a mí, y, en cuanto hayan terminado con los que estábamos antes, por fin se dediquen a la mujer olvidadiza cuyo turno, por cierto, ella misma había dado por cerrado con anterioridad. ¿No parece razonable? Lo peor que me temo es, por supuesto, que se me cuele. Y se me cuela. La cuela en realidad, ya lo he anticipado, la dependienta, que se dirige directamente a ella. Me parece inaceptable. Podría, por supuesto, haberle dicho algo, pero me pone nervioso reaccionar en estas situaciones en las que no cabe la razón. Quizás hubieran respetado mi turno; quizá no; quizá, en atención a que sólo quería media docena de huevos, me hubieran despachado, en plan favor (inaceptable también, pero me hubiera valido). El caso es que, paralizado, esperé que el olvido de la doña hubiera sido escaso (uno olvida comprar el perejil, no las patatas), pero no pintaba: empezó con un pedido de mayorista y tono de enumeración, y, como antes, volví a temerme lo peor. Y ahora sí era seguro: estaba en racha. Así pues, sancioné a la pollería con mi castigo callado y me fui. Di la espalda a un lugar donde acababan de ofenderme con una tonta injusticia. No soy tan ingenuo como para pensar que los dependientes captaron mi mensaje. Pensarían que, al igual que la señora olvidó comprar algo, yo habría recordado de más, y que en realidad no necesitaba nada. Ahora veo que en la vida todo es riesgo e inversión, hasta en la compra. Para conseguir seis huevos, debería haberle echado un par y, aunque hubiera parecido redundante e incluso paradójico, no debería haberme cortado en montar un pollo en la pollería.

Y luego a la tarde, en el teatro. Voy invitado por la actriz principal (espléndida en su papel Esperanza Elipe, reitero la recomendación: Café, sala Cuarta Pared, calle Ercilla, 17, Madrid), quien me dice que tengo que estar al menos media hora antes para recoger las entradas y me advierte de que éstas son sin numerar y conviene guardar cola un rato para entrar pronto y escoger buen sitio. Obediente a sus recomendaciones, estoy a las ocho y cuarto (la obra es a las nueve), y espero fuera a que llegue mi acompañante.

El vestíbulo del teatro es profundo y amplio. Junto a la puerta de acceso a la sala hay un bar y unas mesas con sillas para tomar algo mientras se espera. Nosotros rehuimos la comodidad y nos quedamos de pie, pendientes de tomar una buena posición en una cola aún no formada. Me parece de mal efecto pegarme a la puerta, aunque hubiera podido. En cuanto vemos que un grupo de personas se arremolina en primera fila ante la entrada, tomamos la segunda posición. A continuación, tras nosotros y un poco al lado se va formando una cola informe que no transmite mucha seguridad sobre el puesto que uno ocupa. No obstante, sí parece que será suficiente para conseguir un asiento centrado. No bien se abren las puertas, las "cigarras" comodonas que eligieron esperar sentadas en las mesas sin hacer cola se ponen de pie como un solo hombre y vienen a invadir las posiciones que como "hormigas" laboriosas nos hemos trabajado otros de pie. La chica de la sala que ha abierto la puerta nos pide paso a todos para dejar entrar a un hombre mayor que viene de las mesas caminado con dificultad. Me parece correcto. Eso sí. No tanto el que, tras él, dos gordas quieran aprovechar el carril abierto como un coche espabilado que siguiera la estela de una ambulancia urgente en medio de un atasco. La primera nos ha adelantado ya por la derecha, mientras que su amiga se mantiene a nuestro lado, en una especie de incorporación con ceda el paso que, obviamente, no se la ve dispuesta a respetar. La fila avanza y nosotros tratamos discretamente de avanzar con ella. La mujer, haciendo palanca con el codo en nuestro espacio personal, se cuela. Podéis creerme que lo asumo y no me importa. Pero, y aquí viene lo gracioso, cuando mi amiga constata: "Se nos ha colado por todo el morro", y yo lo ratifico con resignación "¿Qué iba a hacer, no iba a empujarla?", nos encontramos con que la doña ha seguido nuestra conversación, y una vez dentro, se justifica airada: "Perdona, pero yo no me he colado, que cuando yo he venido no había nadie". Bonito razonamiento para una persona que, además de llevar cuarenta y cinco minutos en el teatro, ha guardado veinte de cola. Eso le contesto: que cuando he venido yo tampoco había nadie, pero que, además, me he puesto a la cola (que es lo que hay que hacer). Por supuesto, no la convenzo, ni lo pretendo. Sólo faltaba que por hacer entrar en razón a una aprovechada de la vida, perdiéramos nuestra capacidad de elección de sitio, tan justamente ganada. La obra es muy ágil y divertida y hace olvidar el incidente. Pero, en algún lugar de la mente, se me queda grabada una pregunta inquieta: ¿por qué estas personas, además de morro, quieren tener razón?

domingo, mayo 21, 2006

ENCUENTROS PROPIOS Y DELEGADOS

Ayer, mientras espero a una amiga en el teatro, observo a la gente. Miro a las chicas sin preocuparme de si lo hago demasiado fijamente. Una me devuelve la mirada y se me queda mirando más fijamente que yo. Casi me asusta, como si me reprobara. En realidad estoy hablando de segundos. La chica en cuestión me pregunta, como identificándome: ¿Fernando? Qué alivio, no es que yo la haya mirado impertinentemente; es ella la que me ha mirado a mí, creyendo conocerme. "No", le digo, "te has debido de confundir". Ella se justifica, un poco cortada: "Es que eres idéntico". Y, yo, por aliviarle el apuro a la mujer, y por decir algo, suelto sin pensar: "Tengo un hermano que se llama Fernando, eso sí". Lo digo como una anécdota, como una casualidad: ese nombre está en mi vida. Pero es el de un hermano como podía haber sido el de mi padre o el de un perro; es decir, que no lo digo creyendo que eso vaya a solucionar la confusión. Ella sí agarra el cabo: "¿y vais por El Espinar?". En efecto, el Fernando al que ha reconocido es mi hermano. Mi hermano que nunca ha llevado barba, como la llevo yo ahora, que no acostumbra a llevar gafas, como hago yo siempre, y que, desde luego, tiene una nariz más grande que la mía, que ya es decir. "Pues sí, claro, de El Espinar". Ella se identifica, enumera amigos comunes de mi hermano y ella, y sale airosa. Y yo me quedo flipado de que, en ausencia de propios, se me presenten encuentros delegados. Luego, porque la cosa no quede así, me encuentro a una conocida propia, guionista de Globomedia. Esa es mi auténtica coincidencia de la tarde.

Me remito ahora al tema con el que comencé mi blog: los parecidos. A mí me sacan muchos parecidos, y no es (no creo) porque tenga una cara demasiado estándar. ¿Es normal que a uno, fuera de las asociaciones familiares (te pareces a tu padre, a tu madre, a tu tío o tu abuelo) le saquen tantos parecidos? En un programa de televisión en que trabajé había una sección de anónimos parecidos a famosos. Un día la hicimos con los compañeros que trabajábamos. Hubo a quien se sacó un parecido más o menos razonable y a quien no hubo manera. Yo hice cinco apariciones: con barba, como El caballero de la mano en el pecho, Cervantes y don Quijote; afeitándome el bigote, y de perfil, emulé a Lincoln, y quitándomela del todo y ayudado de una camiseta de rayas, era Wally (el de ¿Dónde está Wally?). Me han sacado parecidos a mi padre y a mi abuelo materno (al que no conocí, pero por las fotos no me encuentro el aire), al actor John Turturro, a Franco Battiato (de hecho, en un blog amigo me han puesto como nombre para el enlace "El que se parece a Battiato"), recientemente al personaje de Bernardo de Camera Café (y en consecuencia al actor que lo hace), y ayer (no es la primera vez) a mi hermano. ¿Puede alguien igualar este record de parecidos? Ahí va ese reto. Descuento los parecidos anónimos al primo de alguien o al amigo de alma de otro alguien y retiro también, si queréis, los parecidos familiares, que al fin y al cabo, quien más quien menos los tiene igual. Y, por lo demás, quede constancia de este párrafo en sustitución de la foto de carné que no he puesto adornando mis datos personales en el blog.

Por cierto, a los que estéis en Madrid, os recomiendo la obra "Café", en la Cuarta Pared. Mucho ritmo y mucho humor. Un pelín estirada, quizá, como si terminara dos veces, pero se ve con agrado.