sábado, noviembre 01, 2014

LA INTERPRETACIÓN DE LOS ANUNCIOS

En este mundo lúdico en que me gusta sentir que vivo y me desenvuelvo con afortunada ingenuidad, los anuncios pueden representar un elemento mágico, como si te trajeran un mensaje de otros lugares para indicarte una pista de orientación a tu vida. Cumplirían así la función de las imágenes oníricas de nuestros sueños, tan raras de recordar y difíciles de interpretar. Por eso, quiero lanzar al aire algunas dudas que me han surgido con respecto a dos anuncios depositados en el parabrisas de mi coche en momentos distintos de este año.

Empiezo con el más reciente. Resulta que, después de interrumpir mi largo paro con un trabajo formidable pero corto, me veo otra vez sumido en la inactividad laboral, empiezan a pasar los días y vuelvo a hacer repaso creativo de mis posibilidades de ganarme la vida, aunque sea por otros medios y con otros talentos de los que he empleado hasta ahora. Aflora entonces un curso de masajista que hice algunos años que me dio una difusa titulación que no ejercí, y pienso que adónde voy a ir a mis años, con mi mala forma física, procesos artríticos en periodo de sorda y lenta (pero segura) gestación y sin siquiera experiencia, y me encuentro con esto:


¿Cómo? ¿Buscan masajistas de cualquier edad y grado de experiencia? ¡Este anuncio está hecho para mí! O espera. Lo de masajista liberal quiere decir ejercer la profesión por tu cuenta, en plan autónomo, ¿no? ¿O será más bien con conocimientos de economía de mercado con los que elaborar sesudas conferencias para las clientas mientras les descargo los trapecios?  También podría uno interpretar que ese genérico "masajistas liberales" no es tan genérico, sino un femenino que no ha conseguido hacerse notar y que sería necesario deshacer su ambigüedad sólo añadiendo alguna característica como, por ejemplo, "tituladas".  E incluso, puestos a pensar mal, se me ocurre que quizá la "liberalidad" exigida no se refiere a términos económicos personales o públicos, sino más bien a una generosa manera de ser de apertura extrema hacia todo tipo de experiencias por libertinas que resulten.  Sumido en estas dudas, no me animé a llamar.

El otro, anterior, no me supuso tanto conflicto porque no tentaba a mis necesidades de ganar dinero... Si acaso, quizás... probablemente... a gastarlo, lo que me tengo terminantemente prohibido. A ver lo que les parece a ustedes.

Echamos en falta información, ¿verdad? No me refiero a una dirección o teléfono, que esos los he borrado. Lo que falta claramente es un verbo. Vemos apenas un pie de foto nominal meramente descriptivo de unas señoritas jóvenes, educadas y discretas. Tan discretas que no se sabe ni qué anuncian: si una exposición de fotografía, un piso que alquila habitaciones, un coñac o... no se me ocurre qué otra cosa. 

Pero lo más desconcertante del caso es la expresión "diferentes terminaciones". ¿Eso qué quiere decir? ¿Se refiere a los extremos de las chicas? ¿Acaso no terminan todas con un par de pies? ¿Hay alguna sirena que termina en cola de pez, termina otra en punta, en un taco de madera, en una esfera de hueso? O quizá sea una manera poco clara de especificar su nivel de estudios. No alabo la manera de comunicarlo, pero tendría sentido. Serían diferentes terminaciones porque una ha terminado la Secundaria, otra Magisterio y una tercera Filología Hispánica (lo que supondría un notable cambio en el aspecto del alumnado desde los tiempos en que yo cursé esa carrera).

Porque el anuncio es antiguo y ya no tengo ni el teléfono, pero tentado estaría de llamar para que me aclararan. En todo caso, estoy abierto a sus comentarios. ¿Qué les parece que piden u ofertan estas dos pequeñas octavillas callejeras?






viernes, octubre 31, 2014

MIS AMIGOS ARTISTAS

Parece que Borges estaba más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. No sé si esto es extrapolable a los amigos, pues me veo rodeado de un círculo cada vez mayor y cada vez mejor de artistas, pintores, poetas, escritores, intelectuales de cuya amistad me precio y me honro, aunque el talento y el trabajo no se peguen demasiado. Y si están pensando mal, piensan bien. Además de orgullo, también me dan un poquito de envidia que no me va a impedir admirar su obra.

Tengo una paradoja sentimental entre la mala conciencia de ir retrasado con mis crónicas que nadie me ha pedido y la delectación en un ocioso y continuado dejar para mañana. Trataré de destilar ambos sentimientos para quedarme con lo mejor: encontrar el placer, pero no en el "dolce far niente" sino en su culminación (un "fare qualcosa, per piccola que sia"), que en este caso será ser fiel a mí mismo y cumplir con ese deber responsable de escribir. Empiezo con Guillermo.

TESIS: BELLEZA SERENA

Me perdí la inauguración de la exposición de Guillermo Summers "Unveil", en la galería Kreisler, Hermosilla 8 (a punto de terminar, dense prisa), y la vi en acompañada soledad ya hace un par de semanas. Leí alguna reseña y las he olvidado para no repetir a los profesionales.

Entrar en la exposición es ya pasar a otro plano. Esquivamos el tráfico y el ajetreo consumista de una de las calles más comerciales y caras de Madrid doblando una esquina y refugiándonos en Kreisler. Silencio, espacio y luz donde respirar y detener el tiempo.

Allí nos acogen unas obras claras, de neblinas luminosas, donde la clásica yuxtaposición de fondo y figura se trastoca, de manera que el fondo pasa a primer plano en forma de velo, dejando entrever formas perfectas y sencillas, negro sobre blanco, o casi negro tras blanco, pero ni siquiera negro, ni siquiera blanco.

No podría relacionar esta obra con ningún otro estilo o género; me evoca más espiritualidad, me lleva al zen. Todo es ordenado y armonioso, tranquilo, sin estridencias. Viendo la obra uno se imagina al artista encarando el trabajo como una ceremonia del té.

El trabajo es tan limpio y perfecto que me cuesta pensar que los resultados no hayan sido buscado premeditadamente y al milímetro, pero en cuestión de emociones no todo se puede prever. No sé si Guillermo pretendía hacer una obra reflexiva e introspectiva o si es algo que pongo yo junto con la circunstancia en que accedo a su obra, pero así me lo parece.

La exposición me infunde serenidad y, de alguna extraña manera, me devuelve la confianza perdida en el ser humano y en el arte. Si el hombre, representado por un hombre, el artista, en este caso, es capaz de esta perfección, de esta belleza, silenciosa y callada, que reclama ser vista, pero sin gritos ni exigencias. Parafraseando al personaje de Jack Nicholson en la comedia "Mejor Imposible", ver esta exposición hace que uno se sienta mejor persona (¡Ojo, corruptos! Con venir no se perdonan los pecados, hay que devolver el dinero).

Mi amigo y compañero de trabajo Fernando del Moral, en una antigua conversación, bromeaba con la expresión "belleza serena" que he delicado a "Unveil" y que por entonces solía atribuirse en exclusiva mujeres de la realeza un tanto inexpresivas. Esa serenidad le sonaba a muerte; para mí es vida. Interior, profunda, elevada.

Pero el político que hay dentro de mí igual puede hablar bien de una cosa y de su contraria; en este caso, además, con sinceridad. Porque la exposición de Roberto Villar no puede ser (en contenido y circunstancias de la visita) más distinta y a la vez también brillante.

ANTÍTESIS: MÚLTIPLE AZAR

Si mi visita a la exposición de Guillermo fue recogida y meditativa, al día siguiente, convocado por Roberto, compañero guionista devenido artista plástico (lo que me hermana doblemente con él), me sumí en el ajetreo mundano de una inauguración. Coincidí con otros compañeros, apenas con el artista, y haciendo honor al título de la exposición ("El Lenguaje del Azar") compartimos los azares y vicisitudes laborales de los viejos y los nuevos tiempos.

Expone Roberto en Siluro Concept (Cervantes, 3, creo que aún le quedan unos días también a esta exposición), unos cuadros que expresan la cara oculta, desordenada, desconcertante de un guionista acostumbrado al juego de la lógica y los significados de las palabras, al humor y a los quiebros de los dobles y triples sentidos, siempre racionales, a las frases con dirección y meta, a los relatos con planteamiento, nudo y desenlace. Parecería que, de pronto, en la pintura, encontrara Roberto una especie de "escritura automática" y, por tanto, azarosa, pero que, por sí misma va encontrando su propio sentido. Como la vida misma.

Mucho color, mucha materia en su pincelada, que más que extendida es percutida, a golpe de espátula angulosa, que, como ladrillos, van construyendo los espacios y, en algunas ocasiones, acaba dejando ver como salida de la nada, una figura real, un gato, una figura femenina, un rostro, y siempre la luz... Quizá no hay tanto azar, después de todo. Puede que la vida, múltiple y colorista, se vea a veces desbordada por su propia multiplicidad, pero en el "Lenguaje del azar" una inteligencia (la mano, no invisible, del artista) pone armonía en los colores y la composición. Quizá la clave esté precisamente en eso, en el "lenguaje". Donde hay lenguaje no hay caos.

SÍNTESIS: TEMPO JUSTO

Y termino, de momento, con Adolfo (y digo de momento, porque ahí tengo a Elena Goatelli y Ángel Esteban  dando vueltas por el mundo y ganando premios con sus documentales , a Rafa Soler lanzado en una carrera consigo mismo a ver cuántos libros de poesía consigue publicar, a María Ruisánchez, que publica ya su segunda novela, o al propio Fernando del Moral del que antes hablaba, que para diciembre nos presentará "Una gran profesional").

Sólo listar estos nombres ya me revela lo múltiple y diverso de mi vida, por monacal que sea. Y de eso, de lo diverso, trata el libro (Diverso.es) de Adolfo Cueto, XL premio ciudad de Burgos, que presentó el experto y ameno crítico Niall Binns. Habla el libro de los tiempos modernos, y el presentador da testimonio de una vida posible sin móvil.

El evento, emotivo por el tiempo acumulado, pues nos conocemos desde hace más de veinte años, fue más íntimo que la presentación de Roberto, y menos solitario que la exposición de Guillermo. Y creo encontrar ese término medio en otros elementos: la voz templada del poeta, su ritmo adecuado, su tiempo tranquilo con ceremonia y sin parsimonia, buscando el sentido entre lo solemne y lo ligero, lo vital y lo cotidiano, la trepidante vida exterior y el lento transcurrir del tiempo de la creación. Citaba, por cierto, Niall Binns a un poeta (lo siento, he olvidado quién) que hablaba del ocio necesario para escribir, y me engaño sintiéndome artista sólo por no hacer nada.

Y en este mundo múltiple y único, pero sobre todo dual y de contrastes, interrumpo abruptamente mi crónica al recibir una llamada para ofrecerme un trabajo. Mi búsqueda pasiva de empleo ha dado resultado.

En resumen, que recomiendo:

- Exposición "Unveil", Guillermo Summers, galería Kreysler, Hermosilla 8.
- Exposición "El Lenguaje del Azar", Roberto Villar, Siluro Concept, Cervantes, 3.
- Diverso.es, Adolfo Cueto (XL Premio Ciudad de Burgos), editorial Visor.


jueves, octubre 16, 2014

S.E.R. O NO SER

Mitad de septiembre. Recibo una carta del grupo Popular del Ayuntamiento de Madrid alardeando de algunas de las cosas que han hecho y que piensan hacer con nuestro dinero (polideportivos, bicis, plazas de Margaret Thatcher...) y anunciándome que el año que viene quitarán el impuesto de basura (que hace unos años se sacaron de la manga) y reducirán un 12% el IBI (que en los últimos diez años prácticamente se ha triplicado). 

INCISOS:
- La perspectiva del tiempo nos alerta sobre la gratuidad de los nombres de los partidos.¿Partido "Popular"? Me dan ganas de fundar el Partido Salvador para obligar a la prensa a llamarnos "salvadores" hagamos lo que hagamos.

- El IBI, ese impuesto de ortografía desconcertante. Tratándose de la vivienda, uno pensaría que se escribe con uve: IVI, lo cual le pondría de inmediato en la familia del IVA. Sin embargo, eso significaría Impuesto de la Vivienda y nos sobraría una I, que por razones obvias no podría ser de Ipotecada, porque sería redundante. El caso es que significa Impuesto sobre Bienes Inmueblesy evidencia que ya se ha cumplido aquella profecía de nuestros mayores "Nos van a acabar cobrando hasta por respirar". Por respirar no, pero si nos cobran por la vivienda, en realidad nos están cobrando por vivir.

Continúo. Dos semanas más tarde me llegan el recibo de basura y el IBI de este año, convirtiendo en una broma absurda la carta anterior. Si, dentro de un año uno de estos impuestos no estará, y el otro sólo será un 280% más caro que hace diez años, pero ahora ¡paga! No comprendo estas ganas de nuestros gobernantes de quedar mal.

Y ahora, lo mejor. Me mandan una carta para la Renovación del SER. Me conmueve el interés del ayuntamiento en el desarrollo espiritual de los ciudadanos. En concreto, de los residentes, pues el epígrafe completo es RENOVACIÓN Residentes S.E.R. O sea, que los que no residan en Madrid, que no se renueven. Tampoco estaría mal que renovaran su ser los que mandan, que no digo que lo tengan peor que nosotros, pero tienen más peligro.

Pero al abrir el sobre llega la realidad con su prosa, y descubro que ese "ser" son sólo siglas, las irónicas siglas del Servicio de Estacionamiento Regulado, y digo irónicas porque no veo el servicio por ningún lado. Un servicio sería que el ayuntamiento pusiera aparcacoches a los residentes que pagamos la tarjeta, pero eso de pagar primero y buscarse la vida después no lo hacen ni los gorrillas sevillanos. Ellos al menos tienen la decencia de no cobrarte hasta que no has aparcado. 

miércoles, julio 16, 2014

ESPEJITO, ESPEJITO

Hace un momento, en el cuarto de baño de mi lugar de trabajo, mientras me lavaba los dientes, he visto a un señor con barba canosa vistiendo una camiseta fina de un color intenso entre granate y magenta. Era yo. Y me he dicho: ¿qué hace un señor mayor vistiendo como un joven de veinticinco años? Lo primero, demostrar lo bien que cuido la ropa, porque precisamente esa misma camiseta ya la vestí con veinticinco años. Me la compré en Sevilla en el verano del 91, un año antes de la Expo. Muchos de vosotros no habíais nacido. No me hago idea de cuánto color y apresto ha podido perder en estos años. En todo caso, los echo bastante menos en falta que el pelo.

Lo que es un hecho innegable es que esa cara de maduro interesante y esa camiseta de joven despistado no casan en absoluto. ¿Quiere ello decir que la vaya a tirar? ¡Parece mentira que me conozcáis tan poco! Aunque, eso sí, trataré de usarla durante periodos antisociales y de ermitañismo. La conclusión más fuerte a que me ha empujado esta visión caduca de mí mismo es que, no hoy ni mañana, a ritmo lento, despacio pero seguro, poco a poco, como sin que se note,  debo ir sacando de mi armario las camisetas desgastadas y los pantalones de aventurero para sustituirlos por prendas más acordes a mi imagen actual. Guayaberas y pantalones mil rayas.  

miércoles, julio 02, 2014

MI FUTURO VISTO POR LA ESPALDA

Hace un par de sábados pude verme a mí mismo de mayor, sin que mi madurez se diera cuenta porque mi presente estaba detrás de ella.

Exagero, era sólo por captar su interés. Sí vi a un hombre algo mayor, no anciano. Sesentón, yo diría. Calvo, más calvo de lo que yo espero estar a sus años (aunque tampoco me imaginaba de joven como ahora me veo). De estatura y complexión medianas, pero de espíritu libre y juguetón. Un columnajuguetista de la vida. ¿Que por qué lo sé? Se lo cuento. 

Entraba al metro y tenía que bajar unas escaleras. Las mecánicas no funcionaban (desde hace tiempo, por cierto), y era obligado el uso de las estáticas (¿o cómo se nombran las escaleras de siempre, de peldaño sólido y permanente, que ni se mueven ni se pliegan?). Y hete aquí que cuando bajo la vista para contemplar la pendiente escalonada que me separa del piso de abajo me encuentro a un viejoven, un provecto infantil que, quizá como rebeldía contra la avería del sistema o, al contrario, queriendo sacar lúdica tajada del momento, se sienta de lado sobre la barandilla dejando colgar sus pies y se desliza por el pasamanos hasta el primer descansillo. O sea, lo que haría cualquier niño menor de diez años de cualquier familia angloamericana acomodada con casa de dos plantas en cualquier película edulcorada de los años 50 (por decir una fecha). Sólo que en la realidad, en público, con los sesenta y cinco cumplidos y arriesgándose a que sus hijos lo incapaciten para quedarse con la pensión. Esa parte también nos distingue. A mí mis hijos nunca me incapacitarán. Tendrán que hacerlo mis sobrinos.

He dado seguramente, sin que ustedes ni yo nos diéramos cuenta, con la clave de este jovial comportamiento. ¿Sesenta y cinco años he dicho que tendría? Puede que más, pero ¿y si ese era precisamente el día de su cumpleaños, cuando alcanzaba la deseada y gloriosa edad de la jubilación? De ahí, claro, el júbilo por haberse ganado, para lo sucesivo, el vivir sin trabajar. Bien puede celebrarlo, que tal vez sea de las últimas promociones de jubilados pensionados que saque nuestro país. 

Percibo en mis lectores sonrisillas irónicas y gestos de escepticismo condescendiente. No se lo creen, claro. Y lo comprendo, yo también recelaba de lo que veían mis propios ojos, pero como testimonio material del suceso aquí les traigo un dibujo de la escena.


¿Cómo? ¿Vuelven a reírse? ¿Tampoco se lo creen, santotomases de la vida? Deben saber que su incredulidad halaga mi vanidad e hincha mi ego, pues supone que yo solo por mis medios podría haberme inventado este dibujo. Y sin embargo, nada más lejos. Es una burda y chapucera copia de un modelo real, como todo lo que hago. Bajen ya esas cejas de desprecio y superioridad moral. Eso también lo puedo demostrar, y puesto que así lo quieren, así lo voy a hacer.


¿Y ahora qué? ¿Me creen ahora? ¿Reconocen que todas las cosas que cuento me pasan de verdad?

Rayos, eso ni que no me lo esperaba de ustedes. ¿Photoshop, dicen? Qué falta de alegría. Cualquier cosa con tal de negar que uno en la vida pueda encontrarse, de repente, con una escena divertida y fuera de lo habitual, como sacada de contexto. Photoshop dicen... ¡Yo no tengo paciencia para eso!

miércoles, junio 04, 2014

TRES DÍAS DE JUNIO

LUNES AL REVÉS

El lunes fue el día al revés, el primer día en la historia reciente de España en que un hombre que ejerce un poder renuncia voluntariamente a él. Pero ¿qué es eso dentro de la intrahistoria, la historia verdaderamente importante, la de la cotidianidad de las pequeñas personas, mi día a día? Sí, el mío.

Mi lunes sí fue un día al revés. Se confundieron al darme las vueltas en el comedor, y me las dieron de más. Algo en mí lo anticipó cuando vi que el display de la caja del autoservicio marcaba 1,90, pero pensé que sería el precio de la bandeja de mi antecesor en la cola. La urgencia de la cajera y de los compañeros clientes que me seguían me obligó a abandonar el lugar de los hechos con precipitación y cierto estupor, y no fue hasta más tarde cuando me hice verdaderamente consciente de que la concesionaria de los menús, por una vez, había cobrado el precio justo que realmente merece su comida.

Se me presentó otra figura invertida a la tarde, cuando fui a entrar en el Eroski cercano a mi casa, y encontré, después de mucho tiempo sin verla, a mi cajera favorita del otro lado del pasillo, vestida de calle y haciendo la compra. Ella salía y yo entraba por otra puerta. La cosa quedó ahí, no era cosa de hablarle en plan: "Tú no sabes quién soy, pero has pasado mi compra por la cinta corredera dos o tres veces y no me has resultado indiferente...".

MARTES DE CONTINUISMO

En medio de esta corriente de relevos de poder y crisis institucionales en las altas esferas políticas, sin embargo las pequeñas comunidades apuestan por un continuismo que me afecta muy de cerca. Sí, amigos lectores, pueden felicitarme: con un gasto de 0 euros en campaña, sin la intermediación de publicidad, crowfunding, sin siquiera presentarme a las elecciones e incluso absteniéndome de votar por mí mismo, ayer tarde fui reelegido presidente de mi comunidad de vecinos. Glorioso final para un día en que empecé haciendo de portero en una figuración sin texto para un sketch en cuyo guión había previamente participado.

MIÉRCOLES DE SINCRONÍA

Hoy miércoles, a una hora más temprana de la acostumbrada, llego al patatal en que aparcamos y mientras me demoro en apagar la radio, subir las ventanillas y coger el parasol para el cristal delantero, aparca a mi lado, en batería y sin maniobras, una espía rusa a quien nos gusta espiar en el trabajo. Viene sin gafas y con mucha prisa, y por celebrar la sincronía con un paseo hasta el trabajo, abandono mi intención de poner el parasol y salgo del coche inmediatamente. Ella me ha saludado, y da la réplica a mi conversación ocho metros por delante, así que me pongo en modo "marcha atlética" y, con la lengua fuera, consigo ponerme en paralelo con ella. Lleva diez minutos de retraso, pero está a años luz de educación de mucha gente, pues controla su nerviosismo para esperar a que yo también pase mi tarjeta después de ella por el torno. Breve encuentro: unos metros más allá, entramos por la puerta principal de la tele de todos, y nuestros caminos se separan. 

¿Para siempre? No me sean noveleros. Por una vez he salido a comer, y a la vuelta, como una especie de fractal de los sucesos, se repite en pequeño la coincidencia. En esta ocasión, está en el rellano exterior de la puerta principal hablando por teléfono. Una llamada que corta pronto para poder cruzar cuatro palabras conmigo. En esta ocasión soy yo quien lleva una prisa imprecisa. No es que tenga que estar a una hora; ni siquiera sé qué hora es exactamente, pero es como si me hubiera tomado demasiado tiempo para comer. Entiéndelo, Natascha.

(Aclaro, por cierto, que lo de espía rusa es tan solo una profesión literaria que hemos atribuido de común acuerdo mi compañero de fatigas, el gran Amalio Rodríguez, y yo a una intrigante mujer que a veces nos encontramos por los pasillos de la que está siendo por unos pocos meses nuestra casa).

Más magia y sincronicidad cuando, al hilo de una pequeña trabazón de lengua de nuestro eficientísimo ayudante de producción Óscar, Amalio y yo, sin previa comunicación, coincidimos en hacer el mismo chiste en dos redes sociales diferentes. ¿El mismo exactamente? Bueno, exactamente, exactamente no. No con las mismas palabras, pero el mismo chiste.

Será que a los guionistas, cuando pasamos mucho tiempo juntos, se nos sincronizan los chistes.



sábado, mayo 24, 2014

ALEGRÍA

Como decía mi admirado Agui (www.malajesolo.com), "Voy a contar una cosa antes de que se me olvide".

Acabo de venir de la presentación del libro de viñetas "Los lunes me odian", de Laura Santolaya, a la que había sido convocado por la asociación cultural Guindostán hacía quince días y cuya página web www.p8ladas.com esta mañana me ha recomendado mi jefe sin saber que yo sabía. Me divierte muchísimo este juego de llegar al mismo punto desde caminos distintos que me está sucediendo últimamente casi a diario. Ni me ha extrañado que la guapísima fotógrafa de la fiesta fueran en realidad dos gemelas, y que una de ellas esté trabajando ahora para el Mago More, con quien coincidí hará unos doce o trece años en el programa de chistes "Esto no es serio" (título que yo mismo presté de mi primer libro, de otros catorce años antes, y que había sido prologado, curiosamente, por el mismo jefe con el que hoy trabajo y que me ha recomendado a Laura). Y, por cierto, acabo de darme cuenta, en aquel programa también participaba el mismísimo Malaje Solo, a quien he hecho referencia al inicio de este post. Sí, yo también me estoy mareando.

Y lo bueno del caso es que no era esa la cosa que quería contar. Si lo he mencionado es porque, precisamente, conocer a una humorista gráfica me ha recordado la nota que desde hace un par de días estoy queriendo escribir. Quiero hablar, antes de que se me olvide, de alegría. Estoy muy contento. ¿Porque tengo trabajo? Sí, pero no es por eso. ¿Porque lo que pase en Lisboa se quedará en Madrid? Felicito al publicista, pero no me va la vida en ello. ¿Porque el domingo es la fiesta de la democracia? No digo nada, que estamos en jornada de reflexión. Si estoy contento es porque ha sido reconocido un genio: Quino.

Que concedan el Premio Príncipe de Asturias a Quino es, sin lugar a dudas, la mejor noticia que he recibido esta semana. Para mí supone un reconocimiento al humor como signo de inteligencia y de cultura; a la viñeta como forma de arte; a los chistes, como expresión poética y filosófica. Yo admiro a Quino por todas esas cosas; por la humanidad que se desprende de sus personajes y situaciones, por la serena reflexión que encierra su línea clara y precisa; por sus personajes conocidos y por sus anónimos. Y no es una alegría sensiblera que entronque con recuerdos de mi vida, de una niñez feliz pegada a las tiras de Mafalda. No recuerdo haberla leído de niño; de hecho, cuándo leí el primer chiste de Quino, si tenía texto o era mudo, si era de Mafalda o de otra gente. Lo que sí sé es que todos han sido siempre luminosos. Trascendentes o triviales, tristes o alegres, serios o divertidos, todos sus chistes tienen algo de aforismo, de sabiduría y, más allá de la aparente, de belleza y sutileza. De amor y de arte.

Les parecerá una tontería, pero cuando premian a una persona que admiro me parece que de alguna forma me premiaran a mí, un poco porque lo siento mío, como si lo hubiera descubierto yo. Es como si, silenciosamente y sin saberlo, hubiera estado apostando por él desde hace años y que, de pronto, alguien me dijera: "tienes razón". También me parece que, en ese premio, se reconoce a todos los dibujantes y a todos los humoristas, al Roto, a Forges, a Laura también, a Les Luthiers, y a la Argentina entera. Me entran ganas de felicitar a todos ellos y darles las gracias por Quino, su compañero, su hermano, su hijo... nuestro padre, tío, abuelo, amigo.

Felicidades, Quino; muchas gracias, Quino.


domingo, mayo 04, 2014

INSPIRADORA PUBLICIDAD

SOBRE DESIGUALDAD Y CHULERÍA

A veces la publicidad, seguramente de forma involuntaria, tiene hallazgos realmente inspiradores: eslóganes pensados para promocionar el lado más superficial y frívolo de la vida, de pronto, nos hacen topar con otro aspecto de la realidad. No parece que haya nada malo en desmarcarse, distinguirse en la manera de vestir, que no toda la ropa sea igual, como de uniforme. Asimismo, qué mejor que ser optimista, ver el lado bueno de la vida, disfrutarla a tope. Desde que "El club de los poetas muertos" descubrió el "carpe diem" para el gran público, el hedonismo parece haber ganado solidez moral. ¡Si ya lo decían los sabios latinos!

En fin, a lo que voy. Que sí, que la vida puede ser chula, que la ropa de algunas marcas es muy vistosa, y más vestida por chicas atractivas y despreocupadas, pero con la galopante desaparición de la clase media, de pronto choca vincular con el optimismo nada que recuerde a la desigualdad, aunque sólo sea en el nombre.

Y ahora, el chiste, en www.lapizdequintintas.blogspot.com



sábado, abril 19, 2014

NATURAL

El dibujo, lejos de alejarme de las letras, me ha vuelto más filólogo, de modo que sigo con matices de Matiz. Voy, en concreto al naturalismo de las clases con modelo, que por aquí y por allá he visto definidas indistintamente como "al natural" y "del natural", lo que me tiene loco. Queriendo concretar más, quizá la clave está en el objeto (o sujeto) sobre el que se pone el foco, de modo que puede haber una clase de "modelo al natural" y otra de "apuntes del natural" y que ambas consistan en una misma cosa, con la diferencia de que los apuntes del natural pueden ser de un modelo humano, animal, vegetal o mineral. Me queda la duda de si podría considerarse un apunte del natural la copia de un sobre de sopa Knorr (las latas Campbell sólo las he visto en pintura y, por lo que a mí respecta, bien podrían ser una invención de Warhol). En cuanto al modelaje "al natural", daría la sensación de que se trata de un discreto eufemismo para velar un término más obvio y directo - desnudo - cuya sola idea y formulación de alguna forma nos agita (en especial a los aficionados). No en vano los nudistas profesionales adoptan la etiqueta de "naturistas", seguramente porque les parece natural andar con toda su naturaleza al aire.

Pero es tanta la amplitud semántica del término natural que, de alguna manera, siempre da lugar a equívocos. Por ejemplo: ¿entraría en la categoría de "natural" este posado?


Esforzado lo fue, pobrecito mío, claro que sí, y todos lo apreciamos y se lo agradecimos, pero por más desnudo que estuviera, la postura no entraba en el repertorio habitual de nadie que yo conozca (y espero que tampoco del propio modelo), lo que iría en contra de varias de las acepciones de la palabra "natural", pues no lo es en el sentido de "serle propio a alguien, pertenecer a su naturaleza o forma de ser" ni tampoco en el de "habitual, regular, esperable".

Con las mismas (o, mejor dicho, con las contrarias), cabría preguntarse si los modelos improvisados que posan para Dibujo Madrid (www.dibujomadrid.wordpress.com) en el Retiro lo hacen "al natural" o si el hecho de que no se quiten la ropa los convierte en artificiales. Y en ese caso, ¿nuestros apuntes lo serían "del natural" o "del textil"? Nótese, por otro lado, que, puestos a relacionarnos con la naturaleza, el parque del Retiro es más natural que el local de la Guindalera, y que, por más que pueda uno aficionarse a la trementina y sentir alergia al polen, lo natural es lo segundo, y lo primero, ¡vicio! (¿os podéis creer que ahora mismo estoy buscando si tengo un frasco de aguarrás en algún rincón). 


La verdad es que cualquiera que viera a la chica recordará que se comportó de forma absolutamente natural (en el sentido de espontáneo), sin parar de hablar ni de moverse. Y al mismo tiempo, ese comportamiento tan espontáneo no nos resultó natural a ninguno (en ese otro sentido de "normal, regular, habitual"). 

Resumamos lo que hemos hablado sobre la naturaleza de lo natural. ¿Qué es natural? Por definición, es lo perteneciente a la naturaleza, de modo que un espacio natural puede ser un  pedazo de naturaleza no contaminado por la mano del hombre, pero también es aquello conforme a la propiedad de las cosas, así que también lo sería un entorno humano en el que todos se comportaran de acuerdo a sus respectivas naturalezas o formas de ser. Aunque mucho me temo que el segundo caso acabaría naturalmente en catástrofe. Catástrofe natural, claro.

O no tanto, porque, en otra acepción, "natural" es aquello que sucede comúnmente, y en este sentido, dejarnos llevar por nuestras salvajes naturalezas no es estrictamente lo más natural del mundo. Al menos, para los "naturales" (en el sentido de "nacidos en un lugar") del mundo civilizado. Visto así, es más "natural" un modelo vestido que uno desnudo, por más que el segundo tenga más relación con la naturaleza. Y por ello mismo, nos atrevemos a aconsejar a los amigos que "sean naturales" cuando los padres de su novia los inviten a comer por primera vez, confiando en que nos entiendan bien y demuestren su naturalidad- su espontaneidad, su forma natural de ser -,  como es natural - o sea, como suelen - , de forma que, intimidados por un hombre mayor de gesto adusto sobreprotector de su niñita, se pasen la comida callados mirándose los cordones de los zapatos. Corremos, no obstante, el riesgo de que nos malinterpreten y entiendan por naturalidad el presentarse en pelotas en casa de los suegros (admitámoslo, en algún lugar de nuestra turbia naturaleza, deseamos que alguien alguna vez escenifique el equívoco).

Pero, sea por lo que sea, la connotación de "natural" es positiva, aunque su aplicación sea, por lo natural, bastante redundante. ¿No les choca que exista el "zumo de naranja natural", como si pudiera haber un zumo artificial? El caso es que lo hay, pero probablemente no es que no sea natural, sino que no es zumo de naranja. Y aunque no lo encuentro en el diccionario, juraría haber escuchado la aplicación de "natural" a la temperatura de un vaso de agua (me confirman que es un uso natural de la zona de Cataluña. "Natural" como equivalente a "del tiempo" y "del tiempo" como equivalente a "templada". Ni fría del frigorífico ni pasada por un calentador. O sea, que natural es en invierno en fría y en verano caliente y, por alguna razón, en ambos casos eso es igualmente sano. Y si lo natural es el desnudo, y éste es integral, más sano todavía. Claro, porque lo integral, lo orgánico, lo ecológico, lo biológico y, en definitiva, lo "natural" siempre es sano (aunque los microbios y las infecciones estén también en la naturaleza). 

Y ahora que me detengo un momento, me pregunto: ¿es natural darle tantas vueltas a una palabra? Y todo a partir de una duda preposicional entre modelos al natural o del natural. Sea como sea, seguiré yendo con la misma naturalidad textil a las sesiones del taller Matiz (Pilar de Zaragoza, 58, www.tallerdeartematiz.com) a practicar el natural artificio del dibujo.

martes, abril 15, 2014

¡ME HAN PASADO A BOLI!

Qué regresión a la infancia ayer.

En la sesión de dibujo con modelo, Gema, una de las profes de Matiz, me dijo que dejara ya el lápiz y me animara a usar el rotulador. Estamos hablando de hacer un dibujo del natural en poses que ayer fueron de 5 minutos; de no poder borrar para corregir y obligarme a hacerlo bien a la primera o dejar para siempre la marca de los trazos equivocados; de tener confianza y arriesgarme. Qué responsabilidad. 

Aunque, por otro lado, ¿qué riesgo hay en que te salga mal un dibujo? Si en el taller no ponen notas, si jamás los compañeros nos señalamos las faltas cuando miramos los dibujos de otros, si no soy más que un mero aficionado (¡Ojo, que no lo digo por decir, que en estas sesiones compartimos espacio con profesionales).

Lo cierto es que siempre acudo con ánimo de experimentar, y en la bolsa con lápices, además del duro, el blando, la barra de grafito, la goma y el sacapuntas, llevo rotuladores fino, grueso, e incluso un pentel para dar tinta. Y, con todo eso, acabo usando un único lápiz que ni siquiera afilo y con el que termino haciendo dibujos desdibujados con un trazo grueso e impreciso que engloba tantas posibles trayectorias que cómo no acertar.


Por eso, aunque su indicación no fue una orden - ni podía serlo -, sino simple sugerencia, propuesta o empujoncito, no pude negarme. O sí que pude y no lo hice: me lancé. Ahí, todo loco. Urgido por el breve tiempo de la pose y un frenético gipsy jazz que había de música de fondo (y que, por cierto, Gema amenazó con sustituir por "El vuelo del moscardón") empecé a trazar con una autoridad prestada el lateral de la silueta de arriba abajo hasta comprobar que los pies quedaban dentro de la hoja en vertical, y al volver hacia arriba por otro lado, las distintas partes, sus tamaños, direcciones y proporción fueron casando unas con otras como por milagro hasta que toda la figura encajó. 

Pero no es de esta satisfacción de la que quería hablar, sino de esa primera, que vino en el mismo momento en que mi superiora, la autoridad allí en ese momento - sí, Gema, tú - me mostró su confianza al darme permiso para subir el siguiente escalón, haciéndome al mismo tiempo avanzar en el dibujo y retroceder en el tiempo, porque, como sugería al principio, la escena me llevó directamente al momento en que mi profesor (3º de EGB, creo; don Matías, supongo), como llevaba haciendo desde hacía días con otros compañeros, me dijo que a partir de ese momento ya podía escribir con bolígrafo. El momento de dejar el lápiz, para nosotros, era una especie de hito de fin de infancia, un rito de paso. De paso, en concreto, a boli, que es como designábamos nosotros a ese momento, llenos de ilusión y de ingenua alegría. La fortuna me ha bendecido después con buenas notas, alguna incluso en la carrera, y siempre he estado contento de llegar a casa y dar la noticia, pero nunca tanto como el día en pude exclamar "¡Me han pasado a boli!".

Y os lo cuento, aunque no os importe a nadie, porque en casa no tenía a nadie a quien gritárselo. 

Otro día hablaremos de más matices de Matiz, capital cultural de la Guindalera.


lunes, febrero 24, 2014

EL TIEMPO DE LAS VUELTAS

Qué curioso momento es el de las vueltas de una compra. Casi siempre pagamos con un billete, un plano de papel que tomamos de un extremo, ofreciendo el otro al vendedor para que lo agarre por allí. Hasta el pequeño de cinco euros es lo bastante grande para que no haya roce alguno entre comprador y vendedor. Pero ¿qué pasa cuando pagamos con monedas o tenemos que recibir vueltas? A veces dejo el dinero sobre el mostrador, desplegando bien la calderilla para que se vea que está completa, o señalando la moneda de dos euros, no vayan a pensar que es de sólo uno. Otras veces doy el dinero en la mano, pero sin tocar. No es que escancie las monedas desde lo alto para que hagan ruido al chocar unas contra otras al caer en la mano del dependiente, simplemente las deposito. Cuando las monedas topan con la palma de la mano de la otra persona, es hora de soltarlas y retirarse, aunque en ocasiones, generalmente de forma involuntaria, se produce un mínimo contacto por un instante. ¿Y qué hace uno cuando tienen que darle vueltas? No esperamos, como en el bar, a que el vendedor deje el dinero sobre el mostrador para sacarnos las manos de los bolsillos y recogerlo. Extendemos la mano formando un cacito, reclamando lo nuestro. Pretendiendo la exigencia del cliente, nuestro gesto expresa la humildad de pordiosero.

Ayer la panadera joven y llamativa me dio las vueltas en la mano, sin eludir el contacto de sus dedos, y no apartó de inmediato la mano, sobresaltada, como haríamos cualquiera. Diría yo que se demoró, y en lugar de tardar un instante, duró dos, menos de un segundo en todo caso. Que fuera porque eran monedas pequeñas, por un lapsus psicomotor, por blandura de carácter o que tuviera el día sensible, eso no lo sé yo. Dudo mucho que fuera algún tipo de mensaje personal dirigido a mí, que, por cierto, y ahora que lo pienso, tampoco aparté la mano de inmediato, sobresaltado. Seguramente por que no se me cayeran los quince céntimos. O quizá tuviera yo también el día sensible. ¿Y cuándo no?  

domingo, enero 05, 2014

CUENTOS DE AÑO NUEVO

Ya sé que preferirían que los escribiera de uno en uno y publicar un post con cada uno de ellos. ¿Creen que no me gustaría? Ir colgándolos de uno en uno y que el cuentakilómetros de mis entradas subiera en mayor número. Pero ya que me pongo, creo que es mejor estampar los cien pájaros que ahora tengo en mano en lugar de contar con esos que, uno a uno, podrían emprender el vuelo de mi imaginación.

1. TARTA CON CARTA (CUENTO)

El pasado día 1 recibí una tarta individual, de una sola ración en forma circular, con una vela en forma de 1 encima. Simple, de diseño poco esmerado. Seca, de mucho bizcocho y de chocolate amargo excesivamente azucarado. A través del plástico que la envolvía se intuía claramente su fabricación industrial. Pero agradecí el detalle igualmente, siempre es agradable que se acuerden de uno, no siendo para citarlo a un juzgado. Con ella venía un sobre. Era de la empresa que me paga actualmente, y que no acostumbra a mandar cestas de navidad ni ningún tipo de regalos.Dentro del sobre una carta. Logo de empresa, membrete del departamente, data, estimado Álvaro blabla, etcétera, etcétera y en resumidas cuentas una frase:

Feliz cumpleaños y que no cumpla ninguno más.

Y yo, tonto de mí, voy y me emociono.

2. CUANDO SONARON LAS CAMPANADAS, TODAVÍA ESTABA EN PARO (COMENTARIO DE TEXTO)

Me encanta la sencilla estructura del maestro Monterroso: un circunstancial de tiempo para marcar un punto en la historia y un "todavía" dando a entender un largo e incierto pasado de la acción. Me pasaría la vida haciendo cuentos hiperbreves así.

En esta ocasión, además, para menor claridad, se da el caso de que la forma verbal no distingue si es una primera o una tercera persona. Pero es tan misterioso que casi ni dice nada. Podríamos hacer un quiebro en la relación entre los tiempos verbales a modo de licencia poética y conseguir un cuento más real y más literario al mismo tiempo. Hélo aquí: Cuando sonaron las campanadas, todavía estoy en paro.

¿Por qué "estoy", en presente? Porque lo digo desde este momento, ya han pasado unos días desde las campanadas y ese "estaba" podría haber quedado desfasado, pero no. ¿Y entonces por qué hablar de campanadas? Porque son un hito en la línea del tiempo, una puerta a otro espacio, una vuelta a la esquina de la historia, si es que la vida, en lugar de una línea, fuera una manzana (y la muerte, el otro bario, claro está).

Las campanadas son sonoras y ruidosas, visuales, festivas, carnavaleras, un rito mundano que a la vez nos recuerda el paso del tiempo y nos lo hace olvidar. Aún hay más, porque la historia de fondo que nutre este cuento añade un dato más que no quisiera que sonara a queja, pero al que no le falta mala sombra. Mi último trabajo fue la retransmisión de las campanadas el año pasado precisamente.

¿Quién me iba a decir  a mí entonces que cuando sonaran las campanadas, todavía estaría en paro?

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Y así, de pronto, cobra sentido este cuento y el anterior. Dos pájaros de un tiro.

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3. CUANDO EL COCHE DEL BUENO ES MÁS LENTO QUE EL CABALLO DEL MALO (DIARIO KÁRMICO)

Recordarán mis lectores habituales que hace unos meses (el 1 de abril, en concreto) conté que los limpaparabrisas delanteros de mi coche me habían desaparecido, probablemente sustraídos, presuntamente por unos desaprensivos. Hemos cambiado de año, pero el karma me persigue. El día 1 por la mañana pude observar que me faltaba la escobilla del parabrisas trasero (apunto en mi agenda mental: comprar limpiaparabrisas). No sé si me la quitarían en la misma nochevieja o si fue antes pero no la eché en falta hasta que cogí el coche y llovió. Eso no importa ahora, sólo quiero fijarme en una cosa: en abril, los de delante; en enero, el de atrás. Me persiguen, sí, pero los estoy despistando.

4. INCONSCIENTE (ENSAYO CLÍNICO)

Me pregunto cuánta consciencia se pierde cuando se pierde la consciencia. Es decir, ¿es uno consciente de haber perdido la consciencia? Y si no lo es, ¿hasta dónde se remonta esa inconsciencia? ¿Conecta con otras inconsciencias de menor escala, como cuando uno se puso al galope de una caballo al que había cinchado sólo por un lado? ¿Y por qué estas preguntas tan a primero de año? Porque me he dado un golpe en la cabeza. ¡Cómo! ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien? Sí, tranquilos. Ni me he enterado.

El día de Nochevieja acudía a cenar a casa de mi hermana y al verme en el espejo del ascensor observé una acusada herida en mi cabeza. Larga, pero superficial; superficial, pero ancha, de casi un milímetro. Por un momento me asusté, y mi cuerpo tuvo un pronto de querer sentir dolor, pero no le salió. Ahora con esas. Del susto pasé a la extrañeza: ¿cuándo puedo haberme hecho esto? Y sobre todo: ¿cómo puedo no haberme dado cuenta si era prácticamente una cicatriz de cuatro centímetros? Como siempre que olvido algo, intenté dar marcha atrás mentalmente para encontrarlo. Llegué a un golpe que me había dado por la tarde con una repisa del lavabo al lavarme la cara. Pero no me había hecho mucho daño, y más bien había sido con el pico, no era como para hacer esa perfecta y larga línea recta... El ascensor llegaba a la planta, así que aparqué mis disquisiciones y traté de disimular mi herida con mi tupé de cuatro pelos. Me avergonzaba que me pudieran preguntar cómo me había hecho eso y no saber contestar.

El truco funcionó. Nadie reparó en mi herida. Pero espera: ¿de verdad funcionó? Estamos hablando de una herida incisa contusa en todo lo alto de la frente sólo oculta bajo un débil sombrajo capilar. ¿No sería más bien que me han hecho una delicada operación de cerebro a vida o muerte, que ha salido bien, pero me han borrado el pasado inmediatamente anterior, y que toda mi familia y sus amigos se confabularon para no recordármelo?

Un día después, bajo mi llamativo paraguas naranja que nunca perderé porque si me lo olvido todos recordarán que era el mío, mi pequeño y endeble paraguas que no soporta un embate de viento, observé la forma y anchura de sus varillas, coincidentes con las de mi herida, y recordé haberlo sostenido en alguna ocasión demasiado cerca de mi cabeza. ¿Podría ser que la herida fuera un golpe de paraguas? Eso no lo recordaba. ¿Y que la hubiera causado tan sólo el rozamiento? Qué delicada piel tenemos en la cabeza algunos escritores.

Recuerdo con nitidez la pedrada en la frente que recibí de niño cuando mediaba en un conflicto armado (armado con piedras) entre mi primo, Pelé (un amigo al que llamábamos así) y los nietos de Lorenzo Portal, un vaquero del pueblo de cuando aún pastaban vacas en El Espinar. Si recuerdo un golpe así, sería muy extraño que esta herida hubiera sido causada por un fuerte golpe y que no recordara. Habría que pensar que el golpe que había dejado inconsciente y que no lo recuerdo precisamente porque me dejó inconsciente. Pero qué quieren que les diga, prefiero esa versión a la del paraguas.


5. DIÓGENES Y YO (ENSAYO CÍNICO)

He estado haciendo limpieza. Me gusta terminar el año deshaciéndome de cosas y poniendo orden en casa. Esta vez la tarea ha cabalgado entre el año saliente y el entrante, y entre nubes de polvo, pelusas, gestión de residuos e indultos por si acaso, todo ha terminado prácticamente en una reordenación del inventario y poco más.

Tenía a gala sentirme un joven ecológico y comprometido que separa envases, papel, vidrio y basura y apenas genera residuos para su ciudad, pero he entendido que no. Sí genero basura, claro que genero basura. Lo que pasa es que no la saco.

Y eso de que vivo solo es un mito. Hace ya años que mi síndrome de Diógenes y yo somos pareja de hecho. El día que se muera, heredaré sus cosas y no notaré su ausencia.


jueves, diciembre 19, 2013

SI TÚ ME DICES VEN 2.0

Plantean los filósofos un problema ontológico: si a una silla se le rompe una pata y la cambias por otra, ¿sigue siendo la misma silla? ¿Y si se le rompe una segunda y una tercera y hasta la cuarta también sucesivamente, e igualmente las cambias, y después el asiento y finalmente el respaldo, hasta que no queda ninguna de las piezas originales? ¿Sigue siendo entonces la misma silla? Dicen que el hombre va regenerando todas sus células de tal forma que al cabo de siete años no queda una igual. O así lo he entendido yo.
 
Hablo de esto en relación con el Trío Los Panchos. Tengo conocimiento de su existencia desde hace más de treinta años, y ya me parecían viejísimos.Pero el caso es que sigue existiendo el trío, aunque no quede nadie de ese trío en concreto. La wikipedia dice que se formaron en el año 44, pero los tres miembros fundadores ya han muerto. Por el camino, han ido apareciendo y desapareciendo nuevas voces. Se da incluso el caso de que uno de los miembros actuales es hijo de uno de los primeros Panchos y, por tanto, podría decirse que "ha heredado" el grupo.
 
¿Y por qué hablo de Los Panchos? Pues la verdad es que no hay ningún asunto de actualidad que lo justifique. De hecho, no hay nada menos actual que Los Panchos. Pero el caso es que, quizá precisamente por ello, me ha dado la ventolera de "actualizar" uno de sus más célebres boleros, "Si tú me dices ven". Aquí el tema original:

 
Después de escuchar esto, yo les cambiaría el nombre por "Los tan panchos". A mí me parece que ese alarde de sentimentalismo esconde una falta total de prudencia y sentido común, de modo que me he propuesto lanzar otra versión más razonable para evitar que Los Panchos ablanden el cerebro a las generaciones venideras. Como no me gusta mostrar en público mi imagen ni en foto ni en movimiento, no voy a colgar un vídeo de mí mismo cantándola (al menos de momento), pero sí quisiera compartir con ustedes la letra que sustituiría a la que acaban de escuchar.

SI TÚ ME DICES VEN
 
Si tú me dices ven, te lo agradezco;
si tú me dices ven, será un honor para mí.
Mi momento de ir al baño
quizás lo he de ceder,
mis objetos, que son pocos,
¿dónde los guardaré?
 
Si tú me dices ven, me querrás cambiar,
si tú me dices ven, siempre de canal;
si tú me dices ven, ¿qué más tendré que hacer?
 
No aceleres el momento por precipitaciones
para mudarme a tu casa, a tu misma habitación,
dormir contigo sobre un mismo colchón,
guardar mi ropa, toda mi ropa,
en un solo cajón.
 
Pero si tú me dices ven, no lo descarto,
que no se me haga tarde,
que vives en un barrio
perdido, muy chungo, lejos de todo...
Si tú me dices ven... yo me lo pienso.




lunes, diciembre 09, 2013

A BUEN EMPRENDEDOR, POCAS PALABRAS

Admiro a los llamados "emprendedores", algunos me caen bien, pero desconfío de los que pretenden convertirnos a todo a la religión del emprendimiento. Me suena a timo.

Con el "compra ahora, que una casa nunca baja", llevaron al redil de la propiedad hipotecada a toda la clase media, de la que buena parte se ha arruinado y el resto se ha esclavizado de por vida. Ahora, para terminar con los que quedan, los animan con palabras de aliento y apoyo institucional y crediticio a que se hagan "emprendedores". Con eslóganes como "no esperes que te den trabajo, genera tú tu propio trabajo" estimulan la fantasía de la autonomía económica, como si al registrar una empresa te regalaran unas planchas de imprimir dinero.

Encuentro este mito similar al de los "españoles por el mundo", que salen en la tele y hacen que se sienta uno gilipollas por quedarse en España, como si por el solo hecho de salir ya te adjudicara el universo un palacete, una fortuna y una novia heredera, culta y amorosa. "¿Por qué no te vas a Yemen como el de la tele? Allí se gana mucho dinero", dirá una madre, mirando a su hijo con esa mezcla rara y condescendiente de cariño y maldisimulado desprecio, angustiada por el futuro de su retoño y saturada de su presencia prolongada a lo largo de los años en el salón comedor de la casa familiar. No sabe la madre que todo el dinero disponible en Yemen para extranjeros está en manos del atontado que se despide ahora de las cámaras haciendo adiós con la manita. Y al hijo le aflorará el trauma infantil de la permanente comparación que, con respecto a las notas y al comportamiento, le hacían sus padres con su repelente primo Luisito. El empollón.

Dejar de trabajar para otros y convertirte en tu propio jefe, eso cualquiera lo compra. Pero la realidad es que el ser tu propio jefe fácilmente se convertirá en ser tu propio esclavo, o el esclavo de la empresa que has montado, e incluso el esclavo del banco que te ha dejado dinero, si has tenido suerte. De modo que, cuando te animan a ser "emprendedor", te están diciendo "olvídate de la mediocridad de trabajar para vivir y conviértete en un guerrero del mercado que vive para trabajar". En palabras del señor Mercadona: "toma ejemplo de los chinos" (que se pasan el día metidos en su tienda con toda la familia sin hacer otra cosa en la vida que atender el negocio).

Observarán irritados que estoy entrecomillando la palabra "emprendedor", cada vez que la empleo, en singular o en plural. A mí también me disgusta, no se crean. Escrita, leída, hablada y escuchada. Porque ¿qué es eso de ser "emprendedor"? Se usa como si fuera una profesión o una función social, cuando es más bien un rasgo de carácter (por lo que se ve, muy positivo) que les es propio sólo a algunos privilegiados y cuya carencia nos convierte a los demás en poco menos que parias de la sociedad actual.

Toda la vida ha habido gente más "echada p'alante" y otros más "parados" (que no desempleados), y a ninguno de ellos ha habido que espolearlos con campañas para que elijan el riesgo o la seguridad, gente con pájaros en la cabeza que volaban buscando aventuras y fortunas y otros más árboreos que echaban raíces en su terruño por instinto de conservación propia o del entorno. Funcionarios y freelances, comerciales y contables, misioneros y párrocos de barrio, y no ha de ser mejor una cosa que otra. Mucho con cuidar las discriminaciones por razón de sexo, edad o procedencia, y no decimos nada de la discriminación por carácter. Pues desde aquí me opongo a que la carta astral se considere un mérito.

Y todo esto, además, por evitar la palabra adecuada: empresario. Tampoco tenemos muchos alma de empresario, pero, en todo caso, podemos encajar mejor la sugerencia "hazte empresario" que la de "hazte emprendedor", porque emprendedor no se puede hacer uno, como no se puede hacer bajito el que es alto ni rubio el que ya es calvo irremediablemente. ¿Y a qué viene, dirán (lo digo hasta yo), este eufemismo? ¿Tanto mal ha hecho Díaz Ferrán que ya el solo nombre de empresario tira para atrás? ¿Se hace quizás para eludir el natural pudor que puede sentir un trabajador de toda la vida al creer que va a traicionar a su clase para pasarse al "lado oscuro" del mercado laboral? Y digo "cree" porque si se piensa que va a trabajar menos o a ganar más, además de emprendedor será un ingenuo.

Me inclino a pensar (mal, y acertaré) que se trata de una maniobra empresarial, de los grandes empresarios, de los de toda la vida, para distinguir su supuesto buen nombre, del de los nuevos inmigrantes que están llegando a su gremio en oleadas, pequeños empresarios, unipersonales muchos de ellos, de recursos frágiles como pateras, que no se sabe por cuánto tiempo se tendrán a flote. ¿Y vamos a gastar  - dirán - el nombre de "empresario" en alguien que apenas dura entre nosotros unos meses o un par de años? A estos llamémoslos "emprendedores", han pensado, que es algo así como llamarlos becarios o meritorios del gremio de hacer empresa. Si consiguen mantenerse, ya se ganarán el nombre. Y mientras tanto, estarán a prueba como cualquier trabajador, pero sin derecho a paro ni indemnizaciones y, por supuesto, sin que nadie los rescate si las cosas van mal y quiebran.

Lo que digo, un timo.

sábado, diciembre 07, 2013

EL FESTIVO DEL PARADO

Hace no mucho me contaba una amiga que la habían contratado para hacer un programa piloto de televisión, que por falta de presupuesto la echaron antes de tiempo, pero que pretendían que estuviera presente en la grabación de la semana siguiente para echar una mano, en plan favor. Finalmente la contrataron para ese día, domingo. Trabajó dieciséis horas y le pagaron justo el equivalente a un día de trabajo según el salario pactado antes de su despido, sin horas extras, nocturnidades ni nada que se le parezca.

- ¿Pero no me vais a pagar el festivo? - preguntó ella.
- ¿A ti qué más te da, si estás en paro? - le contestó la productora.

Cuando digo la productora, no me refiero a una empresa, sino a una persona que desempeña las funciones de producción, una contratada, una asalariada, tal vez fija, tal vez con un mejor sueldo, tal vez todo ello momentáneamente. Una compañera, quiero decir.

Quizá en festivo no hay guardería donde dejar a una hija o hay más problema para encontrar a un familiar que te haga el favor de cuidarla o simplemente le pueda apetecer estar con su marido que, por fortuna, sí trabaja a diario. O quizá, no es probable en estos tiempos secularizados que nos ha tocado vivir, pero igual el trabajador es católico practicante y se pierde una misa.

Indignaciones aparte, en este fin de semana largo con festivo adosado me han vuelto a la cabeza mis reflexiones, sensaciones y sentimientos sobre cómo vivimos los desempleados los días festivos.

Para el que trabaja, el festivo es, por ejemplo, el día en que no madruga ni tiene prisa (o al menos, no por obligación).

¿Y para el parado? En ese sentido, todos los días serían festivos. Si quiere, no tiene por qué madrugar ni ir a ningún sitio a una hora señalada. Pero hay un detalle muy importante que distingue a los festivos de los laborables. Los festivos son como la muerte que a todos nos iguala, ricos y pobres, trabajadores y desempleados. Una persona que está en su casa en pijama a las diez de la mañana de un día laborable sólo puede ser un parado; pero si ese día es festivo, esa persona podría ser cualquiera, y aunque nadie nos vea, los parados lo sabemos y nos sabe menos mal ser perezosos.

Los festivos también descansan los parados  ¿De qué?, dirán algunos intolerantes insolidarios, ¿de qué tienes que descansar tú, que no das un palo al agua? De su censura, sobre todo. Descansan precisamente de no cumplir con el mandato bíblico de ganarse el pan con el sudor de su frente. Si no me tomara la vida con tranquilidad, diría que es un descanso de ansiedad, de frustración, de culpabilidad (para el que las tenga y las sufra). La búsqueda activa o pasiva de empleo que se le exige al parado en laborable se suspende en festivo. Hoy no hay que sufrir por oportunidades perdidas, por la llamada que no has recibido, por la oferta de la que no te has enterado. Hoy no hay que hacer nada, hoy, te pongas como te pongas, no te va a surgir ningún trabajo.

En festivo, no se puede hacer la compra, y el bolsillo vacío del parado vale lo mismo que el monedero lleno del afortunado esclavo que trabaja. En festivo, el parado solitario se apunta a comer con la familia, que lo acoge (y si no tiene familia, quitamos la coma y se queda en "la familia que lo acoge", que dentro de nada el gobierno lanzará la campaña "Siente un pobre a su mesa", y el azar será capaz de llevarnos a la mesa de un vecino de edificio).

También, por otro lado, el festivo es un poco el territorio del parado, que ya se ha acostumbrado a tener el tiempo libre y a llenar sus horas de aficiones y terapias ocupacionales de lo más diverso, y se convierte en anfitrión de los trabajadores que, después de dedicar a su labor madrugones, transportes, actividad y charla durante cuatro días, acaban mareados y perdidos de sí mismos. ¿Qué me gustaba hacer?, se preguntan. Y el parado sugiere: actualiza tu blog o juega al candy crush hasta que te duelan los dedos.

El parado, eso sí, no siente la ansiedad del trabajador en los fines de semana largos, no tiene obligación de aprovecharlos más, de salir de puente y viajar. Lo podría hacer cuando quisiera, en cualquier momento... si tuviera dinero. En casos como el mío, en que la austeridad está incorporada a mi modo de vida, trabaje o no, no encuentro tanta diferencia. No tengo, eso sí, esa especie de jetlag anticipado que te entra el domingo por la tarde cuando, después de tres o cuatro días viviendo como una persona, descubres que, tras la noche, volverás a trabajar.

Todo esto, en cuanto a la prosa; por lo que se refiere a la poesía del festivo, ¿acaso no tenemos vista, tacto u olfato para darnos cuenta del plus de luminosidad del día de asueto, de la limpieza del aire y el buen rollo que se respira por la calle? Aquí al séptimo día lo llamamos domingo - dominus diem, día del Señor -, pero en inglés lo llaman Sunday - día del sol -, y será casualidad, pero parece que la estrella luce más. O igual es que es mayor el reflejo de los mismos rayos sobre el tradicional "traje de domingo", que aunque en estos tiempos no sea muy de estreno, es de mejor color y conserva su apresto.

No me gusta, por ello, que las tiendas abran en domingo. ¿Contratan a más gente, les pagan más por ser festivo, o les dicen que "a ti qué más te da, si estás en paro"?  El caso es que obligan a abrir también a los pequeños comercios familiares que no se pueden permitir más gente, y hacen que la vida parezca un continuo trabajar, corrompiendo ese ambiente de festivo en el que todos estamos descansando. Salvo los camareros y los futbolistas. Me siento mal comprando en domingo, siempre es porque se me ha olvidado algo entre semana, porque no he estado atento, porque, sabiendo que siempre habrá algo abierto, uno se despreocupa. No, señores, nos están malacostumbrando, nos vuelven irresponsables. Y a veces me parece ver la censura tras la sonrisa del frutero cuando en pleno domingo te acercas a comprar unos plátanos que podías haber comprado simplemente ayer por la mañana. Tú puedes descuidarte porque él trabajará para ti, aunque eso no le suponga no descansar nunca. Ahora, el festivo no es un motivo común de alegría porque no es común, no nos pertenece a todos, ahora, más que nunca, cada uno tiene que luchar por lo suyo hasta el último segundo libre de su día de fiesta. Y eso es muy malo, señores. No sé si para la economía, pero sí para los parados, porque toda esa gente que está trabajando en domingo nos hace quedar muy mal.




miércoles, noviembre 27, 2013

LA CHICA DE LOS DONUTS

Me ocurrió hace un par de semanas o tres, en un breve paréntesis ocupacional en medio de mi desempleada vida y, como en aquel momento no tuve ocasión de contarlo, lo rescato ahora.

Situémonos en un vagón cualquiera de metro, en la larguísima línea 10 de Madrid, con dirección al Norte. Ya hemos traspasado las estaciones punta y ahora los viajeros somos pocos y estamos casi en familia. Tanto que hasta me puedo sentar. El tren para y sube una chica, la chica de los donuts del título. La llamo así porque lleva en la mano un envase de plástico transparente de cuatro donuts extendidos en horizontal, como una bandeja con tapa. De los cuatro bollos para los que está diseñado el pack faltan dos: uno está desaparecido, el segundo se lo está comiendo en ese momento.

El donut no es un alimento bien proporcionado. Y no lo digo ya por su composición alta en azúcares refinados, sino por algo mucho más tangible: su tamaño y peso. Por compararlo con algo de su rango, podemos decir que un croissant, sólo uno, basta para que desayune una persona adulta. Por el contrario, un donut, sólo uno, a pesar de ser altamente saciante, no es suficiente. Y, sin embargo, una segunda pieza completa resulta excesiva. Le sobra aproximadamente un tercio. A mi juicio, pues, el tamaño del donut debería tener la proporción áurea con respecto a la unidad; es decir, 1,618 de lo que es un donut de los de ahora.

Hago esta disertación leonardiana para explicar que comprendí perfectamente que la chica estuviera comiendo un segundo donut. Bueno, tampoco lo comprendí tan perfectamente del todo. Primero, porque tengo para mí que una persona debe salir de su casa por la mañana sin obligaciones fisiológicas pendientes. Es decir, entre otras cosas, habiendo desayunado. Llegar puntual al trabajo y ponerse a desayunar me parece igual que llegar tarde. Y utilizar el baño de la empresa para otra cosa que no sea lavarse las manos, un abuso de confianza. Me sorprende que el bueno de Kant no lo mencione expresamente como parte de su imperativo categórico. En todo caso, la chica de los donuts no iba a desayunar en el trabajo, ya lo estaba haciendo por el camino. Tampoco me entusiasma, pero valoro que aproveche el tiempo. Aunque, chica de los donuts, dondequiera que estés, teniendo en cuenta que eran cerca de las diez de la mañana, me gustaría que hicieras esta reflexión: ¿De verdad no te da tiempo a desayunar en casa? Mejor pensado, casi prefiero que la chica de los donuts no lea esto, me quedaría más tranquilo.

Digo más: me extrañó también el formato del envase, incómodo, poco práctico, desmesurado para una sola persona, escaso para una celebración de cumpleaños. ¿Qué pasó con la célebre caja de cartón de seis de toda la vida? Según veía a la chica comer su segundo (y suponía que último) donut, no podía evitar pensar en el trasiego de cargar con ese despliegue de paquete pasando tornos, empujando puertas de salida del metro, y ocupando después medio escritorio en el trabajo.

Mi extrañeza por ver a una persona comiendo en el transporte público es de índole general, pero este caso aportaba algunas particularidades y es que la chica, por decirlo de alguna forma que no se me entienda, era más convexa que cóncava. No utilizaré la expresión "entrada en carnes", porque me desagrada sintáctica y semánticamente. La palabra "carne" me connota a res sangrante y, en todo caso, ausente de piel, y en cuanto a qué entra en qué, me parece obvio que más bien son las carnes y los kilos los que estaban dentro de la chica. Un poco a presión, eso sí. ¿Le suponía eso algún reparo a la hora de elegir alimentarse de bollería industrial? Evidentemente no: la mujer ingería su bollo, de chocolate en este caso, bocado a bocado, sin prisa pero sin pausa, sin avidez ni deleite, sin placer ni dolor, con una inconsciente determinación, como cumpliendo una misión que le hubiera sido impuesta, como hipnotizada.

¿Y a ti qué te importa?, dirán ustedes. Efectivamente, nada, pero, contagiado quizá de su estado hipnótico, no podía dejar de mirarla y hacerme todas estas reflexiones que ahora comparto. Sabía que no debía mirarla fijamente, pero lo hacía, sabía que no debía analizar tanto la situación, pero ocurría igualmente y, sobre todo, sabía que no debía juzgarla y trataba de no hacerlo, pero un grupo de voces cotorras en mi cabeza insistían en dar vueltas al tema "luego se quejará de que está gorda". Y según lo pensaba, sentía que mis pensamientos de alguna forma encontraban manifestación en mi cara, que aunque no los dijera en voz alta, algo se trasluciría de mi expresión corporal y de mi terca y obstinada manera de mirar a la chica de los donuts. Concentrado en mirar hacia otro lado y pensar en otra cosa, no apartaba mi mirada de ella ni dejaba de pensar, de una u otra manera, en los donut. ¿Qué va a hacer con los que queden? ¿Ofrecerá en su trabajo? ¿Y no es un poco feo ofrecer de los que te sobren después de haber comido? ¿No se los irá a comer todos? No podía evitar censurarla internamente, e internamente sufría y le pedía disculpas por mi mala educación. Pero si ella era ajena al mundo que le rodeaba (dicho sea sin segundas), más lo era al mundo interior del pasajero que tenía enfrente.

De pronto algo pasó que desbloqueó mi hechizo e hizo saltar por los aires todos mis remordimientos de conciencia. Quizá se lo imaginan. De hecho, he metido un espoiler en el párrafo anterior en forma de pregunta retórica como quien no quiere la cosa. Ya lo saben, ¿verdad? La ingesta de un solitario donut en un triste vagón de metro estaba dando de sí más que la célebre magdalena de Proust, y el asunto no era comparable. En realidad, y aunque la chica masticara de forma premiosa, casi rumiando, he sido más yo quien le ha dado coba a su desayuno. El caso es que, irremediablemente, el donut llegó a su fin. Y justo en ese momento, cuando yo pensaba que ya habían terminado mis tribulaciones, que mi compañera de viaje dejaría de comer y yo podría mirar hacia cualquier lado, incluido el suyo, sin ser sospechoso de nada, la joven cogió otro donut, el tercero del paquete y sin pensárselo dos veces se lo llevó a la boca. En ese momento supe que a ella, libre u obligada por fuerzas oscuras, no le importaban nada su peso, su salud ni, por supuesto, lo que pudiera pensar o mirar un anónimo pasajero curioso que le hubiera tocado en suerte delante. No me entretendré tanto con este tercer bollo, el segundo de mi viaje. Lo comió como el anterior: bocado a bocado, con constancia, sabiendo perfectamente adonde quería llegar. Al cuarto. ¿Necesitan que se lo diga? Evidentemente, no iba a llegar a su oficina con un único donut para ofrecerlo a los compañeros. Sin muestra de hartazgo ni de cansancio, también lo cogió, mordió, masticó y deglutió paso a paso como si no hubiera un mañana. ¿He dicho como si no hubiera un mañana? Miento: como si hubiera un mañana y sabiendo que había habido un ayer. Es decir, como todos los días. Sí, señores, mi amiga del metro se había zampado cuatro donuts como cuatro soles sin darle la mayor importancia, claro indicio de que era una rutina habitual que hace mucho había dejado de cuestionarse.

Y yo preocupado.

martes, octubre 08, 2013

MÚSICA DE CALLE

ALL OF ME

Llevo desde el lunes de la semana pasada sin poderme quitar un tema de la cabeza, y digo tema en el sentido de canción, no de asunto o materia. A cada rato se me presenta un tarareo mental de "All of me", el clásico estándar de jazz que, acabo de descubrir en wikipedia, se compuso en 1931 (o sea que tiene 82 años nada menos) y es uno de los temas más grabados de este tipo de música.

La cosa empezó al ver a un conjunto de músicos tocando en la calle. Eran tres y ya no me acuerdo de sus instrumentos. Había un contrabajo, eso no se olvida,  quizás un viento - trompeta, clarinete o saxofón -y probablemente una guitarra. Parecían de ese grupo tan animado que eran como diez o doce y tocaban con mucho swing, rollo "gypsy jazz", y te alegraban el día cuando te los encontrabas. Siempre me planteé cómo podía salirles a cuenta. Aunque sacaran el doble que cualquier acordeonista triste, entre tantos no tocarían a nada. Bueno, pues se ve que han hecho las mismas cuentas que yo, y ahora salen sólo tres. Los EREs han llegado a la música callejera.

Yo iba a hacer un recado, eso no tiene importancia, y me quedé un rato a verlos. Lo bueno de no tener horarios es la libertad para hacer este tipo de actos lúdicos. Por unos momentos, me sentí dentro de una película de Woody Allen. Como mero figurante y sólo en la banda sonora, pero algo es algo. Ahora mismo no sé si la ha incluido en alguna de sus películas, pero sería de extrañar que no. El tema tiene un punto sentimental y triste:

All of me, why not take all of me?
Baby, can't you see I'm no good without you?
Take my lips, I'll never use them
Take my arms, I want to lose them

Your goodbye left me with eyes that cry
Tell me how can I go on, dear, without you?
You took the part that once was my heart
So why not take all of me?
Pero, al igual que Woody Allen lo disfraza todo con diversión, comedia y chistes, la música viva y alegre también parece hacer una parodia de la letra en esta canción.

Por cierto, que yo no recordaba cómo seguía, más allá de la primera estrofa, y tenía curiosidad por conocer su evolución y su final. Imposible, al cabo de un minuto y medio de melodía e improvisación, cuando esperaba algún tipo de giro inesperado, el trío volvió a empezar. Bien, pensé, quizá esta canción tiene esa estructura, en la que se repite todo una vez, y luego hace un cambio para terminar. Tampoco. La improvisada small-band de la plaza de Neptuno parecía haber entrado en bucle. No es de extrañar: ¿quién, salvo yo, se queda más de un minuto escuchándolos? Por eso, con saberse un trozo largo de canción pensaban que iban sobrados, nunca nadie descubriría que en realidad no sabían acabarla. Pero mi inesperada incorporación como público - que pensé que les halagaría - les estaba dejando en evidencia. Consecuentemente, las efusivas y abundantes sonrisas de agradecimiento que me prodigaron al principio se empezaron a tornar en esquivos rictus incómodos.

Al cabo de ocho minutos y cinco repeticiones y media, la cosa empezó a resultar tan angustiosa que opté por irme. Quizá ya era tarde. Una música tan alegre y pegadiza escuchada tan de seguido encontró en mi desocupada cabeza el terreno propicio para arraigar, y desde entonces cada pequeño silencio interior es inmeditamente cubierto por "All of me", en versión instrumental, que hasta ahora tampoco me sabía la letra.

Después de este relato, me parece obligado enlazarles a alguna referencia de la canción y, por no decantarnos por uno u otro, les he seleccionado a un anónimo con un "gypsy style" similar  a los músicos de la calle.

http://www.youtube.com/watch?v=_cZfMLVdvxI

EL CHANTAJISTA

De camino a la compra, en una esquina cercana a mi casa, me encuentro a un músico silente, de pie, apoyado contra la pared, con el acordeón en el suelo, no haciendo nada. Pienso que está justo en el recreo, tiene derecho el hombre, cinco minutos de pausa a la hora, o un pequeñísimo receso entre canción y canción o, quién sabe, acaba de terminar su repertorio, y está pensando por dónde seguir. Yo, que sí sé por dónde seguir, paso de largo y voy a mis recados.

Al cabo de treinta minutos... veinte... quince como poco, vuelvo sobre mis pasos con la carga de la compra hecha y, en la misma esquina, me encuentro al mismo hombre en idéntica actitud y con el mismo acordeón callado. ¿Por qué?, me pregunto. ¿Terminó su jornada laboral? Entonces, ¿qué hace ahí, que no se va a su casa? ¿Le ha entrado pánico escénico? No se le ve asustado. De hecho, hace tiempo que no veo a nadie en actitud más relajada. ¿Quizá un bloqueo artístico? ¿Como el miedo a la hoja en blanco del escritor, pero en música? Sólo encuentro razonable una explicación:

El hombre no ofrece la música para conseguir unas monedas... ¡nos chantajea con ella! Y es probable que le salga más rentable la amenaza de sacar el acordeón que el tocarlo realmente.


OPOSICIONES

Y ahora resulta que el Ayuntamiento de Madrid va a convocar oposiciones para poder tocar música en la calle.

http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/07/madrid/1381147856.html

Miento, no son oposiciones, la noticia no habla de plazas limitadas, sólo de la necesidad de tener autorización. ¡Con lo bonito que es que se puedan hacer cosas libremente, sin necesidad de carnés ni autorizaciones! ¿Que uno toca mejor? Le das dinero y te quedas a escucharlo. ¿Que no te gusta "El cóndor pasa"? Pues pasa tú. Pero ahora va a hacer falta una "Prueba de idoneidad". ¿Será por audiciones o por curriculum? ¿Es suficientemente idóneo un sin papeles con ocho años de violín en el Conservatorio, probablemente no demostrables?

Supongo que a los músicos idóneos les obligarán a sacarse un IAE, hacerse autónomos y pagar impuestos por el dinero recaudado en los días de trabajo, que a lo tonto puede ser más que el salario mínimo, y no porque hagan mucha caja, sino porque el salario mínimo es verdaderamente mínimo.

Y digo yo: ¿y si les hiciéramos pruebas de idoneidad a los políticos?




viernes, junio 21, 2013

LA VIDA ES COMO UNA CAJA DE BOMBONAS

Soy fan del butano. Del gas, no del color. Del color también, siempre que lo llamemos naranja y se componga de más amarillo y más luz que ese oscuro tono de las bombonas. En comparación con los otros consumos domésticos que tengo o podría tener es sin lugar a dudas el más barato, y ya saben que por ese lado a mí me ganan. Soy un hombre extraño. A mí no se me conquista tanto por el estómago como por la economía. En serio, hace poco en una revista (gratuita) de la OCU salió un reportaje comparativo entre las maneras de vivir de una joven pija y una funcionaria de mediana edad. La primera, acostumbrada a marcas "premium" y caprichos; la segunda, austera hasta la médula, concienciada con el medio ambiente, y esforzada por salvar algo para oenegés (OONNGG, para los puristas de las siglas). Por un par de semanas estuve enamorado. Luego vi a la cajera del Eroski y dudé de mis sentimientos.
 
El caso es que la instalación del butano requiere cierto mantenimiento, una revisión oficial cada cinco años. Me tocaba ya (y no en diciembre pasado, como querían hacerme creer para cobrarme antes de tiempo), y llamé para reclamarla. No estaba quien llevaba el tema, así que tomaron nota de mi teléfono para llamarme, y cuando me llamaron lo hicieron como si hubiera partido de ellos la idea: "Oiga, que le toca hacer la revisión". "Ya lo sé, he llamado yo, y la voy a hacer porque quiero, no porque me lo diga usted".
 
Me sorprende la ausencia de lógica en algunas conversaciones. Me dicen que vendrán de 9 a 10. Como no quiero que me encuentren en calzoncillos y con las legañas, tendría que levantarme como a las ocho, así que pregunto "¿No puede ser más tarde?". Y me dicen: "Si quiere, se lo pongo de 9 a 11". ¿Y qué gano yo con eso? Me tengo que levantar igualmente a las ocho por si vienen a las nueve, y encima aumentan su margen de llegada con lo que en lugar de tenerme pendiente una hora me tienen dos. Supongo que si le hubiera pedido que viniera por la tarde, me habría dicho que vale, que entre las nueve y las cinco.
 
Finalmente, vino el técnico a las nueve y media y fue rápido: todo estaba bien. La revisión era tanta pasta que las vueltas parecían ridículas, pero ¿qué sentido tiene dejárselas de propina? A lo mejor lo esperaba y le parecí un tacaño. Puedo vivir con ello. Hasta dentro de cinco años no volveré a verle, si es estoy aquí y si es que viene el mismo. Por otro lado, él está trabajando y yo en paro. ¿Qué es eso de ir de señorito? Podrían perfectamente venir a regañarme los señores del INEM (que ahora se llama SEPE, como míster Proper se llama Don Limpio). "No le damos a usted 400 euros para que los vaya tirando en propinas; si le sobra el dinero, no le damos nada". Se lo tenía que haber dicho al técnico para que no me odiara. "Pensaba darle propina, pero estoy en paro". Y a lo mejor me hacía descuento. Se me ocurre que dentro de poco en el Servicio de Empleo a los perceptores de prestación o subsidio nos obligarán no sólo a buscar trabajo activamente, sino también a reclamar descuentos, como hacía mi madre cuando éramos pequeños en cualquier tienda en la que entrábamos. "El no ya lo tienes".
 
Me enrollo por nada, sólo quería hablar de la conversación de besugos: ¿De nueve a diez, no puede ser más tarde? De nueve a once, si quiere. En momentos así uno quisiera ser un profesor delante de un alumno y explicarle el error, ponerle un negativo y suspenderle la evaluación para que aprenda a pensar. Pero no quise encenderme mucho hasta pasar la revisión del butano, no fuera a soltar una chispa y a saltar por los aires.
 
Una línea más tachada en mi lista de tareas. Qué poco épico suena eso al lado de las muescas de los revólveres. Qué distinta es la vida del amo de casa de la del pistolero.

viernes, junio 14, 2013

GISELA NOVAIS & THE BLUE SUMMERS: ALTAMENTE RECOMENDABLE

Anoche, contraviniendo mis costumbres, cambié lo monacal por lo monegasco e hice vida social. Y hoy mi atrevidísima ignorancia se va a arriesgar a hacer crítica musical; en este caso una reseña laudatoria, para que nadie se ofenda y me diga que no tengo ni idea (lo cual es cierto, por otro lado).
 
Asistí al estreno de un videoclip musical de una calidad y factura impecables. "Give me a shot" es el tema. Sobrio, elegante, con mucha clase. La imagen, el sonido y los intérpretes. Aunque debo confesar que me sentí un poco incómodo: iba vestido de cualquier manera, y aquello era música para escuchar con traje y corbata. No era música seria, pero sí música en serio. Compuesta con rigor e interpretada con todo el buen gusto que ha quedado liberado por falta de uso en nuestros días. De hecho, sin ser para nada una música pasada de moda, evocaba sin querer (o queriendo, ellos sabrán) a otros tiempos, a los buenos tiempos, sean estos cuales sean. Me la puedo imaginar, por ejemplo, en un guateque de los publicistas de Mad Men o en una banda sonora de la nouvelle vague. Es una música que gusta, y gusta que te guste, porque uno siente pertenecer a una cierta aristocracia intelectual y artística al escucharla. No se me vayan a asustar, que no hay que estudiar para escucharla.

Después siguió un concierto con las canciones de su disco de próxima aparición. Fue un concierto acústico, que es casi como decir una exposición visual o un perfume oloroso, pero en los ambientes musicales, "acústico" quiere decir con los instrumentos sin conectar. O sea, sin ruido, como debe ser.
 
Hace poco escuché que el saxofonista de jazz Paul Desmond, al ser preguntado por cómo definiría su sonido, contestó "Como un dry martini". Lo mismo o parecido podríamos decir de Gisela Novais & The Blue Summers. Un dry martini, un whisky con hielo o un gin tonic. Algo sofisticado, pero sin complicaciones. Muy puro y con calidad. Sí, amigos, esta música no puede escucharse de botellón en los bafles surrounder del maletero de un Seat León tuneado. Esto es otra cosa, que pudo ser más o menos así: Yaveh le dijo a Guillermo Summers que se avecinaba un largo diluvio de raps y reguetones que anegaría la Tierra, y le encargó que construyera un grupo en el que poder rescatar los estilos que merecieran la pena, y creó su arca particular: una banda de swing, soul, rhythm and blues, jazz and blue-eyed soul (esto último no sé lo que es, lo ponen ellos en su etiqueta).  
 
Ya metidos en el terreno de las metáforas y comparaciones (¿cómo describir, si no, un sonido?), y por salirnos un poco de los espirituosos, quizá diría que huele a madera y que es un sonido masculino. ¿Qué significa eso? Yo qué sé. Hay grupos estrictamente masculinos que suenan muy femeninos (es una manera de hablar; en realidad suenan a gato). Lo que quiero decir es que suena a club de jazz, a voz grave y profunda, a composiciones pensadas y medidas, a estructura e ingeniería. Y luego está, claro, desmontándome el argumento, Gisela.

He hablado antes de Paul Desmond, y sin embargo era Stan Getz el saxofonista en que uno hubiera pensado. Al ver las fotos de la presentación y el nombre de Gisela, uno esperaba bossa nova. Pero no, nada de eso. Gisela Novais parece nombre de brasileña, pero es argentina y canta en inglés. La banda tiene espíritu cosmopolita, porque no es de aquí ni de allá, ni de ahora ni de los 80 ni de los 60. Nace como clásico de todo tiempo y lugar. Pero no es sólo con su nombre como engaña Gisela, que la ves con cara de niña revoltosa y en dos notas se convierte en femme fatal y gran dama del jazz. No sé hablar de timbres, colores, tesituras y matices, no distingo cada cosa, pero sí le escuché todo tipo de registros y hasta la osadía de quitarse el micro en un momento dado para ofrecernos su voz aún más en vivo.

Cómo sería el concierto que, en un momento dado, llegué a la locura y me descubrí llevando el ritmo con los pies. Quien me conoce sabe que eso supone un entusiasmo al que soy poco dado. En definitiva, pues, diré que se trata de un grupo distinguido, con clase y con estilo, tanto que cuando, por una vez, dejaron sus canciones propias y se animaron a hacer una versión de "Hit the road, Jack" (un tema de Ray Charles tan clásico que lo conozco hasta yo) le dieron tanta personalidad que hacía difícil descubrir al original. No seré yo quien diga si lo mejoraron... pero sí, lo digo: me gustó mucho más. Quizás fue por la novedad, no les digo que no. O por la Novais, pero tienen que escucharlo.

Dijeron que sacaban disco en dos semanas, quizá yo no pueda avisarles por entonces. Estén pendientes.